• No results found

The training of personnel in the design and implementation of the performance management system

CODED QUESTION NUMBER

5.4 FREQUENCY ANALYSIS OF QUESTIONNAIRE FEEDBACK FROM EMPLOYEES

5.4.3 The training of personnel in the design and implementation of the performance management system

Lo que existe está permitido.

-John Lilly, El Centro del Ciclón

Cuando Murphy salió por la puerta delantera, Ed Goldfarb, entre los arbustos, le disparó dos veces con el arma reglamentaria de Mendoza.

Murphy con la boca abierta, arrojado nuevamente contra la puerta, buscó su pistolera de hombro; estaba vivo.

Los dos disparos resonaron en el aire vacío de la montaña, haciendo eco.

Thomas Esposito disparó y falló mientras que la mano de Murphy lenta y firme sacaba el arma y le disparaba a Goldfarb.

Goldfarb retrocedió, herido.

Los ecos aún rebotaban a través de las colinas.

“Mamá, mamá,” dijo Goldfarb, dando vueltas con las manos en el estómago. Estaba llorando.

El tercer hombre, Juan Ybarra, corrió hacia Murphy.

Murphy intentaba levantar la pistola nuevamente. Miraba a Ybarra y trataba de apuntarle con el arma. Sus ojos, totalmente enloquecidos, ya no hacían foco.

Esposito intentaba dispararle a Murphy una vez más, pero Ybarra se interponía. Tenía una erección y sus manos temblaban.

Goldfarb continuaba llorando. Los disparos todavía hacían eco.

Las aves se elevaron en bandadas desde los árboles, aleteando ruidosamente y gorjeando con ansiedad. Un cuervo graznó airadamente.

Murphy dejó caer la mano con la pistola. Sus ojos locos estaban vacíos. “¡Mamá!”, gritó Goldfarb. “¡Lo siento!”

Esposito e Ybarra corrieron torpemente colina abajo. “Mamá”, lloró Goldfarb. “A mí no. Por favor. Lo lamento”. Las aves cruzaron la colina, aleteando ruidosamente.

Un Mustang negro subió por el camino. Esposito e Ybarra se apearon de un salto, corrieron hasta la cola del auto y abrieron el baúl.

“A mí no, por favor”, protestaba Goldfarb.

Esposito e Ybarra sacaron del portaequipaje al detective Mendoza, amordazado con cinta adhesiva, y lo llevaron hasta el jardín. Estaba aturdido, pero su mirada parecía consciente y aterrada.

Esposito corrió hasta Murphy y tomó su pistola. Metió dos disparos en la cabeza de Mendoza. Luego volvió a poner la pistola en la mano de Murphy.

Ybarra arrancó la cinta adhesiva de la boca de Mendoza. Estaba ensangrentada. Goldfarb dejó de llorar y se quedó quieto.

Ybarra tuvo arcadas y aunque estuvo a punto de vomitar, se contuvo. Estaba pálido, y jadeaba.

Esposito recogió el paquete de Murphy, una bolsa de papel marrón. La abrió, sacó una caja, y le quitó la tapa. Insertó un dedo y probó el contenido.

“El judío”, dijo.

“Despabila”, dijo Esposito. "No podemos dejar al judío; no encaja en esto” Ybarra se quedó mirándolo. “Vamos” dijo Esposito. “Ayúdame con el judío”. Llevaron Goldfarb a la parte posterior del vehículo.

Subieron al auto y se fueron.

Halcón-Estrella aterrizó suavemente sobre el césped, y corrió ni bien tocó el piso. Entró a la casa y fue al dormitorio. Encontró lo que esperaba en el armario, otra caja, y probó el contenido. Suavemente, corrió en puntas de pie de vuelta al exterior. Saltó, trepó al techo y se elevó con ayuda de las sogas. Desapareció entre los árboles.

Los dos hombres muertos estaban tendidos sobre el césped. Las aves comenzaron a volver.

El tiempo transcurrido desde que Murphy cruzó la puerta fue de tres minutos, cuarenta segundos.

¡EL MAR! ¡EL MAR!

Los chicos regordetes son menchiclosos.

-Simon Moon, “la convención más halconible de todas”

El mar rugiente estaba llamando. La luna estaba llena, la burguesía estaba activa, el aullido del viento era tan triste como un poema de la década de 1950. Markoff Chaney, incapaz de dormir, se sentó en su cama de la YMCA y urdió travesuras.

Mediante folletos colocados en las paredes del Condado de Orange, había conseguido crear un Comité para Bombardear a las Ballenas, algo que atraía a muchos derechistas simplemente porque que era algo que haría poner el grito en el cielo a los eco-locos y a los liberales. El Comité fue todo un éxito; Después de un año tenía cuarenta y dos miembros. Esto era suficiente, junto a una causa tan indignante, para obtener la máxima atención de los medios - Chaney era consciente de que cualquier cosa, por pequeña que fuera, podía obtener el ojo de los medios de comunicación mientras fuera lo suficientemente repulsiva - y los eco-locos y los liberales sí que estaban gritando.

Chaney reflexionó nostálgicamente en las Lesbianas Radicales. Se sentía como Voltaire contemplando a Dios; Si las Lesbianas Radicales no hubieran existido, él habría tenido que inventarlas ¿Pero que podría llegar a ofrecer para equilibrar lo del Comité para Bombardear a las Ballenas? ¿El Frente de Liberación de Acosadores de Niños? No le haría ni sombra al Frente de Liberación de los Necrófilos de “Higos” Newton. ¿El Consejo Armado de Consumidores de Cocaína? Nadie lo creería…

Repentinamente, el enano recordó el Concilio de Rabinos Armados que había utilizado en su carta al Dr. Frank Dashwood, de Investigación Orgasmo. Había pretendido seguir con eso. Pero el ingreso a plantas nucleares fuertemente custodiadas para alterar los sistemas de refrigeración lo había mantenido tan ocupado últimamente que casi había olvidado al maldito Dashwood y sus estadísticas de mierda.

Chaney estuvo en vela la mayor parte de la noche planeando una campaña para provocar un tambaleo cuántico a las tablas y los gráficos de Dashwood.

Cuando finalmente se durmió, su cuerpo diminuto se curvó en una espiral orgonómica que lo hacía parecer un inocente niño escolar.

A la mañana despertó lleno de pis y vinagre.

¡El mar! ¡El mar! Ondeando su largo cabello verde, las brujas del mar lo llamaban. Encontró un bar poco iluminado, ingresó a la cabina de teléfono, conectó su equipo Bluebox y pronto había convencido a un operador de Washington que era un funcionario de la Casa Blanca con asuntos importantes.

“Esto es una llamada desde la casa blanca”, le dijo el operador a la secretaria de Investigación Orgasmo. “El Presidente está esperando en la otra línea. Quiere hablar con el Dr. Dashwood de inmediato”.

“Y-ya lo conecto” dijo la Srta. Karrige, bastante asombrada y confundida. El enano escuchó con regocijo el tono de espera.

“F-F-Frank Dashwood,” tartamudeó la voz del doctor.

“Soy Ezra Pound del Comité de Juego Limpio para Bad Ass”, dijo el enano, cambiando su historia ahora que tenía a la víctima en línea. “Nos han dicho que usted es uno de los líderes de la comunidad científica, y, francamente, estamos buscando todo el apoyo de personalidades distinguidas que podamos obtener para nuestro próximo anuncio de página completa en el News-Times-Post del domingo. Supongo que usted es consciente de la dura situación de Bad Ass” dijo significativamente, mintiendo, desde luego (pero con cierta seguridad, ya que cada lugar en el mundo tenía una situación complicada en 1984).

“Oh, sí, por supuesto”, dijo el Dr. Dashwood evasivamente. “Envíeme su material escrito y lo leeré atentamente”.

“Doctor” dijo el enano severamente, “si usted viviera en Bad Ass, ¿No querría acción inmediata?”.

“Bien, sin dudas, pero si usted me envía su material…”.

(“¡Oh, Ace, cariño, cariño!” dijo claramente que una voz femenina cerca del teléfono.) Hubo una pausa de asombro; el enano deliberadamente la dejó pasar hasta que el médico habló nuevamente.

“Eh, identifique el sobre para que yo lo reciba personalmente. Puede estar seguro de que he tenido muy presente lo de la crisis de Bad Ass. Terrible, simplemente algo terrible. Pero, eh, ahora debo volver a mi deber – “

(“¡Métemela bien en la concha, Ace! ¡Oh, cógeme toda la concha!”).

“Doctor,” dijo el enano severamente, “¿Está usted fornicando mientras habla conmigo? ¿Es esa su respuesta, señor, a la gente desesperada de Bad Ass?”.

(“¡Ya, ya!” chilló la voz. “¡Oh Jesús Jesús Jesús YA!!!!!!!!”)

Hermoso, pensó el enano; no pude haber llamado en un mejor momento. “Dr. Dashwood”, dijo rígidamente, “No creo que usted sea realmente el tipo de persona que agregará estatura al Comité de Juego Limpio para Bad Ass”. Colgó con vehemencia.

Hermoso. Absolutamente hermoso.

Salió hacia la oficina de correos y hacia la Fase Dos de su campaña, sonriendo todo el camino - excepto cuando cruzó la calle prudentemente porque se encontró con una de las mujeres gigantes que paseaba a un enorme San Bernardo.