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Después de dos años de estar instalados en la vereda de El Tamboral, Tania siente la necesidad de regresar a la ciudad de Cali. A partir de este momento empieza a experimentar un sentimiento de contradicción que discurre entre su deseo por establecerse en la ciudad y el no poder encontrar las condiciones para permanecer en ella. En este sentido aparecen dos pruebas en franca oposición, por un lado se encuentra lo que le significa el desplazamiento a la ciudad, significado que se enmarca en la idealización que se tiene de la escolarización en la vía de la movilidad social (idealización que en gran medida es construida por la madre), y por el otro está lo que implica el mundo del trabajo como forma de asegurar el bienestar y la inserción en la ciudad:

“A pesar de tener techo y comida fija, yo quería que tuviéramos otro tipo de trabajo. Ya mi niña [la hija mayor] empezó a necesitar que el colegio, que una cosa y la otra. Entonces yo le dije que nos viniéramos y que yo quería volver a trabajar. Yo quería que él se sacara algo en la vida

laboral aquí en la ciudad, que trabajara en una empresa, pues pensaba que acá eran mejores los

ingresos y que había más posibilidades para el estudio. Pensaba en algo que pagaran mejor y con eso poder hacernos a nuestras cositas. Me animé con que acá [se refiere a la ciudad de

Cali] podía conseguirme un trabajo, que él se consiguiera un trabajo. Además mi mamá me decía:

vea mija, usted no ha terminado su bachiller y eso es fundamental para tener oportunidades en la vida”.

Siendo motivada por su madre a tomar esta decisión presiona a su compañero a regresar a la ciudad, encontrando como respuesta una resistencia que emana del hecho práctico que para los hombres con bajo nivel de escolaridad la inserción en el mundo laboral resulta ser una prueba que difícilmente se puede superar: “A él no le gustaba mucho la idea; me decía: yo qué voy a hacer a la ciudad, yo no estoy enseñado a ese rol de la ciudad. Entonces yo le decía: pero usted ha podido, si usted se ha enseñado al campo, se enseña a la ciudad. Pero nooo, a él no fue que le cuadrara mucho”.

De nuevo en Cali, se ubican en la casa de una hermana de su compañero: “Nosotros nos vinimos para Cali de nuevo cuando yo ya tenía 20 años, eso fue como en el 2006. En esa época llegamos a la casa donde una cuñada, una hermana de mi esposo, ella vivía en el barrio Los Naranjos con su esposo”. Durante dos años y medio de estadía en la ciudad, Tania logra terminar su bachillerato. Fue así como gracias a una beca que su madre gestiona por intermedio de los políticos a los que ella ayudaba en sus campañas electorales, culmina sus estudios de secundaria. Ésta no era la primera vez que su madre contribuía a recoger votos a cambio de algún tipo de ayuda para sus hijos o para personas del barrio en el que vivían:

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“Cuando nosotros llegamos acá mi mamá se reencontró con una persona que ella conocía y que seguía trabajando en eso de la política. Ella le dijo mire, yo tengo mi hija que no ha terminado su bachiller. Entonces que esa persona le contestó: pues ayúdeme que allí hay unas becas, y mi mamá le dijo claro, listo! Es que a mi mamá siempre le ha gustado trabajar con los políticos. Yo recuerdo que ella le preparaba comidas al doctor Carlos Holmes Trujillo. A ella le gustaba tener esos vínculos porque según decía esa gente le ayudaba con el estudio de nosotros, que le ayudaban, que con la lista de útiles. Por intermedio de ellos ella estudió un curso de culinaria y enfermería en la Junta de Acción del barrio Unión de Vivienda Popular.

Es así como la madre por intermedio de sus “contactos” con políticos, y en medio de una idealización por la educación, instiga a su hija a retornar a la ciudad en busca de su anhelo de madre de terminar un bachillerato técnico y con eso ingresar en el mundo laboral:

“Era que mi mamá estaba muy pendiente de cuando salían así que ayudas, que para pagar el arriendo o para la comidita. Entonces ella les ayudaba a conseguir gente para que votara, y para eso hacía muchas actividades en el barrio en que vivíamos; por ejemplo en el barrio Porto Nuevo, que hoy día es Potrero Grande. Era como un líder político, hacía rifas, ollas comunitarias, bailes y repartía regalos con la gente. Fue entonces que gracias a que a mi mamá le dieron unas becas yo aproveché para estudiar de una, solo tenía que pagar como $10.000 mensuales. Allí fue que aproveché e hice mi once y me gradué en el INTENALCO- Instituto Técnico Nacional de Comercio Simón Rodríguez”.

Mientras Tania retomaba sus estudios, su compañero se dedicó a trabajar temporalmente en una empresa de gaseosas, hecho que no le significa ninguna posibilidad de movilidad social, por el contrario se convierte en una eventualidad que confirma el fracaso en la inserción laboral:

“cuando vinimos acá le empecé a mandar hojitas de vida y empezó a lavar botellas en Postobón, allí se empezó a ganar como $150.000. Durante los dos años y medio que estuvimos aquí, él nunca ascendió porque él no pudo estudiar y porque tampoco tenía mucha cancha en trabajar con empresas. Al ver que no mejoraba la situación empezamos a buscar dónde trabajar. Yo siempre le insistía para que fuera a estudiar, pero creo que a él no le llama mucho la atención, creo que a él le llama más la atención es trabajar”.

Ante la imposibilidad de encontrar un trabajo mejor remunerado y darse un sostenimiento en la ciudad, la pareja vuelve a buscar opciones de trabajo en el campo. Es decir que el desplazamiento urbano-rural se da como respuesta al fracaso obtenido ante la falta de inserción en el mundo laboral:

“Viendo que lo que ganaba mi marido no alcanzaba para nada, y yo no encontraba ningún trabajo, empezamos a buscar en los clasificados y encontramos un trabajo que era para cuidar

una finca en Suárez, y nos fuimos para allá. Pues la verdad a mí no me gustó, porque yo me había

puesto a estudiar para mirar otro estilo de vida, pero igual yo dije: ya tengo que ir para donde mi esposo dice”.

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Llegan al municipio de Suárez en el año 2008, permanecen un año y medio en el lugar, tiempo en que logran recaudar algo de dinero y comprar algunos enseres. Es en este proceso de movilidad que Tania va construyéndose como un individuo que calcula sus movimientos en función de obtener mejores condiciones de vida.

“En ese tiempo vivíamos en la finca y a mi esposo le pagaban $200.000; con eso alcanzamos a ahorrar dinero, porque como no teníamos que pagar arriendo y parte de la comida estaba allí. Con lo que ahorramos pudimos comprar que la camita de nosotros, los armarios, el televisor, las cosas de la cocina, algo de ropa, la cama de las niñas, un minicomponente y el DVD. Ya teníamos las cositas que meter en una casa. Lo único que faltaba era la estufa”.

Tania gozó de una aparente tranquilidad durante el tiempo que permaneció en el lugar y a pesar de la presencia de la guerrilla en la zona no se sintió amenazada. Aunque en esta época gozaba de cierta tranquilidad, vuelve a sucumbir ante la idea de su madre de retornar a la ciudad.

“A mi mamá no le gustaba Suárez, porque la casa que nos dieron a cuidar era subiendo el cerro y bajar, allá sólo sube una chiva en el día y sube a la una de tarde, eso era como subir una pared

pa (sic) arriba […] había que subir caminando. Todo era muy disperso. A mi mamá no le gustó eso

y yo tampoco estaba enseñada a eso, me empezó a hacer falta la ciudad. Entonces yo le dije a mi esposo que ya habíamos reunido un dinero y que con ese podíamos ir a alquilar una casa en la ciudad, podíamos mirar desde otro punto de vista. Mi esposo me decía: otra vez para allá a irnos a gastar lo que nos hemos ganado; mire que acá estamos bien, no nos falta comida, acá no nos molestan. Así estuvo hasta que cedió, yo le dije que si no viene conmigo yo me voy sola con las niñas, entonces como él es muy apegado al hogar, él dijo: yo me voy. Yo le decía no se preocupe, que ahora nos va ir mejor”.

Bajo la sensación de certeza de poderse sostener con lo que tenían ahorrado y siguiendo los consejos de su madre, llegan de nuevo a Cali, manteniendo la ilusión de seguir estudiando e insertarse en el mundo laboral.

“El plan era que saliéramos adelante, ya había terminado el bachillerato, ahora tenía que venir a hacer una carrera. Yo pensaba que en la ciudad es buena la vida, a mí me agrada mucho la vida en la ciudad, pero….ahh, en el estudio no estaba capacitada. Yo le dije: ¡vamos a buscar trabajo! Yo quería que él se pudiera colocar en una empresa, entonces la posibilidad más cerca era Cali”.

A pesar de los deseos de establecerse en la ciudad, Tania y su familia se encuentran de nuevo con la franca imposibilidad de sostenimiento en el lugar y aunque buscaron por diferentes medios no logran insertarse laboralmente. Es en medio de este punto crítico que la pareja vuelve a retornar al campo.

“Nosotros nos vinimos para Cali en el 2009 y cinco meses duramos aquí porque ¡la platica se acabó! Teníamos como dos millones, uno cree que ese valor es bastante pues como allá no se pagaba por la comida y el hospedaje, pero cuando llegamos acá todo es muy caro y no alcanzaba para nada. La carne es más cara, la papa no está botada, hay que comprarla. Cuando

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llegamos conseguimos una casa, la conseguimos en $230.000, fuera de servicios y de comida. Vi el panorama completamente diferente.

Fue así como estar en la ciudad y lo que implica insertarse en el mundo laboral para una persona con bajos niveles educativos, como Tania y su compañero, se convierte en una prueba infranqueable:

“Acá nos fue como quien dice, como a perro en misa, porque aquí no aparecía trabajo, no aparecía nada, la cosa se puso muy dura. En todo caso yo le dije a mi marido: pues aguantémonos acá un rato, en poco tiempo conseguiremos un trabajo rápido. Pero realmente no fue así, empezó a meter hojas de vida pero no le salió nada. Entonces para él fue muy difícil, ya la plata se escaseó, se acabó! De la plata que nos había quedado me puse a hacer unos postres de mora y maracuyá y empecé a vender y eso nos ayudó a comprar la comida. Nosotros nos habíamos traído las cositas que habíamos comprado en Suárez y ya no tenía ni en dónde meterlas. Estando las cosas así él vio la necesidad de volver a buscar trabajo en una finca y empezamos a buscar en los clasificados a ver qué salía”.

Ante las contingencias del momento Tania y su pareja encuentran una opción de trabajo en la vereda de Monte Redondo (en el municipio de Miranda, Cauca), movimiento que no presupone el peligro inminente que significaba ingresar en dicha zona de conflicto. Es decir que sin recurrir a algún tipo de fuente de información la pareja toma decisiones que más allá de estar orientadas por un cálculo racional que minimice los riesgos producidos por el azar, lo que logra movilizar la acción es una ilusión desbordada de encontrar el anhelado bienestar:

“Nosotros duramos como cinco meses en ese rol de que íbamos, de que veníamos, en el rol de buscar trabajo, de desenvolvernos. Pero no se pudo y encontramos en un clasificado que se necesitaba gente para cuidar una finca y así fuimos a dar allá a Monte Redondo, porque había una señora que necesitaba que le cuidaran la finca […] De Cali nos fuimos con todas nuestras cositas otra vez, pues la meta era ir y no volver. Yo dije ay!! tanto luchar por yo querer estudiar y no poder. Ya me resigné y dije: me voy para allá. Mi esposo me decía: pero de allá no nos vamos a venir, allá nos quedamos hasta que Dios nos dé para una finca, un cultivo, comprar una casa, que las niñas estudien. El pensao de nosotros era comprar algo estando allá en Miranda, hacer una casa allá, y ya establecernos”.

Cargando con sus enseres Tania y su familia llegan a la vereda de Monte Redondo en enero del 2010. Al poco tiempo de estar instalados en el lugar se dan cuenta que las condiciones de vida no eran las que esperaban tener:

“Desde que llegamos a Monte Redondo yo no me sentía muy tranquila. Eso no fue sino llegar con el trasteo y todas la cosas para que fueran a la finca los de la guerrilla y nos preguntaron de dónde éramos [...] “Fueron como dos semanas que tenían prevención con nosotros, ellos mantenían encima de uno, viéndolo a ver uno qué estaba haciendo. Yo le decía a mi esposo: mi amor, trabajemos aquí hasta que consigamos un ingreso y nos vamos!, nosotros aquí tampoco nos vamos a quedar. Pero lo verraco fue que no volvimos a saber de la señora de la

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finca, solo nos pagó dos veces en el año que estuvimos allá, pero de allí no más, no volvió porque a ella le estaban pidiendo vacuna. Ya así la cosa se volvió otro panorama, ya nos empezó a tocar vivir de lo que podíamos hacer allá, ya ni para el trasteo teníamos” […] “Entonces yo ya pensaba en la venida otra vez a Cali y le decía a mi esposo: hay que trabajar y hay que ir ahorrando para así decir: nos vamos! Y mi esposo me decía: pues sí, pero no nos están pagando, entonces con qué nos vamos a ir. En definitiva nos tocó que defendernos con lo que podíamos hacer. Mi esposo se encargó de sembrar varias cositas, y yo me encargué de los animales”.

Durante el tiempo de estadía en el lugar, Tania experimenta sentimientos de frustración, miedo y tristeza al no lograr concretar su anhelo de establecerse y mejorar sus condiciones de vida:

“para nosotros ese tiempo fue bien frustrante allá viéndonos en esa situación, de que no estábamos en la situación económica para venirnos y tampoco pensábamos dejar todo por lo que habíamos luchado, por lo que habíamos trabajado”. “Mi esposo se ganaba como $20.000 semanales ayudándole a un señor a vender una leche […] buscó por todos los medios el dinero suficiente para poder salir del lugar pero no se pudo por es vía”.

Estando con esta idea en mente fue sorprendida por uno de los enfrentamientos más fuertes que las guerrillas de las FARC y el Ejército Nacional tuvo en la zona:

“el 20 de marzo del 2011 hubo un combate entre los militares y los guerrilleros, empezaron a tirar esas pipetas y todo se volvió horrible, entonces nos desplazaron. Ellos llegaron como a las dos de la mañana y nos dijeron: tienen 20 minutos para salir de aquí, y se llevaron a mi marido […] Íbamos todas las mujeres con sus hijos porque los hombres ya no estaban, cuando vimos a una distancia de unos 10 minutos que cogieron a incendiar las casas, incendiaron esa casa y cinco de alrededor y yo alcanzaba a ver cómo se quemaba todo. Para mí fue bien doloroso ver que todo por lo que habíamos luchado se quemaba. Cuando yo llegué a Miranda como a las tres y cuarto de la madrugada, yo no sabía nada de dónde estaba mi marido” […] “Nosotros nos refugiamos como quien dice en una caseta comunal, pero era un colegio, ahí nos refugiamos varios. Con mi esposo llegaron varios, llegaron como unos seis a buscar las familias. Yo estaba allí y él me dijo: nosotros no nos podemos quedar aquí, tenemos que irnos de aquí, si seguimos aquí nos van a buscar. Nosotros salimos de allí y llegamos a Cali como a las 6 de la mañana”.

Recapitulando… El relato de Tania es ilustrativo en tanto nos permite revelar que el nombrado recorrido de “ida y vuelta” no es propio de las poblaciones negras del Pacífico, sino que también lo sigue una mujer nacida en la ciudad de Cali, una mujer que en medio de la ilusión de tener una vivienda, conseguir un trabajo estable, terminar sus estudios y lograr mejores condiciones de vida; emprende un largo movimiento circular, siendo la ciudad de Cali el referente en donde confluyen todos sus sueños, sueños que alcanzan el estatus de ser irrealizables para su existencia. De cierta manera los vaivenes en sus trayectorias de vida van a ser el reflejo de la serie de rupturas y de discontinuidades que no solo obedecen a las precarias

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condiciones para materializar sus aspiraciones, sino también al bajo desempeño escolar, al embarazo a temprana edad y al fracaso en la inserción en el mundo asalariado.

Tal movimiento no le implica una clara racionalidad - razón por la cual no podemos hablar de un individuo entendido como individuo autónomo, independiente, libre, soberano, igualitario, dominado por la racionalidad - de los riesgos y las restricciones de los entornos a los cuales se desplaza, más bien lo que se pone en juego son sus capacidades para moverse, para deslizarse, y para ir manejando las situaciones tal y como se le presentan en el momento.

En efecto, es la continuidad en los desplazamientos lo que marca una serie de desafíos (escolares, familiares, laborales) que ponen constantemente a su experiencia a prueba, convirtiéndose la vida en un producto de una serie de contingencias permanentes. En general, es una narrativa que se construyen alrededor de los programas institucionales, como los asociados a la escolarización, a la inserción al trabajo y con ello a la inserción en el mundo urbano, programas que le significan rupturas y fracasos, pero también revelan ciertos soportes115

a la hora de enfrentarlos. Ha sido entonces por la vía del lazo social, de prácticas clientelares, que no solo Tania sino que en especial su madre, buscan sortear las dificultades y ponerse al abrigo de los riesgos que implica ser pobre, vivir en contextos de violencia política y no tener trabajo. Recordemos que estas prácticas recogen viejas formas relacionales, asociadas las redes vinculadas con dos partidos políticos (liberal y conservador en la época del Frente Nacional) y a la mediación de las clientelas. Dichas prácticas privilegian las: “transacciones, formales o implícitas, legales o ilegales que, en función de las circunstancias, definen las reglas del juego y que, en ciertos casos, adquieren una validez jurídica y, en otros, una validez que, por ser puramente de facto, no se impone menos a los actores” (Pecaut, 2003: 100).

En este sentido el saberse relacionar ( especialmente con personas vinculadas con grupos políticos, o con liderazgos comunitario), le implica a Tania, y a su madre, una serie de habilidades en tanto supone un proceso de socialización en donde se le ha dado realmente importancia al manejo de las relaciones; procesos que de alguna u otra manera les ha servido