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Los salesianos crearon, en 1896, el primer colegio católico del Territorio, que en 1906 pasó a llamarse ‘Colegio la Inmaculada’ y en 1900, las hermanas Hijas de María Auxiliadora fundaron el segundo colegio: el María Auxiliadora. Ambas fundaciones coincidieron con el proceso inicial de instalación de la Congregación Salesiana en el Territorio. Dicha comunidad religiosa, como se in- dicó en el capítulo precedente, llegó en 1896, y tuvo como una de sus principales estrategias de acción la creación de colegios. Estas instituciones se organizaron en base al sistema preventivo promovido por Don Bosco.

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Referencia: Alumnos del Colegio La Inmaculada. Año 1915. Archivo Instituto La Inmaculada

La pedagogía salesiana

Hacia 1863, Don Bosco inició la fundación de escuelas, sólo para varones. La educación y asis- tencia de niñas y jóvenes estuvo a cargo de la rama femenina de la Congregación: Las Hijas de María Auxiliadora fundada por Don Bosco y María Dominga Mazzarello en 1871, en un contexto de auge y fundación de nuevas congregaciones religiosas femeninas dedicadas a la educación y la asistencia social. En ambas Congregaciones se implementó el sistema preventivo, un proyecto pedagógico propio, ideado por Don Bosco. Este se basó en figuras sostenedoras de su peda- gogía: San Francisco de Sales como modelo de educador, San Vicente de Paul como modelo de servicio y caridad, y a San Felipe Neri, por su amistad con los jóvenes. Este sistema se desarrolló en oposición al sistema represivo utilizado en aquella época y descansaba, para Don Bosco, en la razón, en la religión y en el amor, excluyendo el castigo violento y procura también alejar aun los suaves. La pedagogía salesiana contemplaba la enseñanza del Reglamento de Don Bosco y de la Juventud instruida (texto escrito por Don Bosco para los alumnos salesianos). El sistema pre- ventivo promovido por Don Bosco para las escuelas que dirigía la Congregación fue la base de la organización de los colegios católicos. Así, los salesianos privilegiaron la guía del director y de los preceptores o asistentes, que con amabilidad y persuasión se propusieron que los estudiantes no cometieran faltas, les inculcaban el amor al trabajo, la frecuencia sacramental, el respeto a las autoridades y apartarse de las malas compañías. Al mismo tiempo, este sistema contempló cuestiones puntuales como la adaptación a la cultura y el idioma nacional y la formación moral del estudiante para que fuera útil a la sociedad y a la familia (Nicoletti y Tarantino, 2009)

Fue el cura Pedro Orsi quien, siguiendo las instrucciones del Vicario Apostólico de la Patagonia, Monseñor Cagliero, dejó encaminado el colegio. Entre los primeros alumnos que recibió el esta- blecimiento de manera gratuita estuvieron: Primo y Carlos Pallavacini, José y Francisco Reguera, Juan Garbán, Agustin Cailachi, Emilio Pervesi, Guido Alberto Bessano y Manuel Vega y en sep- tiembre ingresó, el primer pupilo: Agustín Valerga.

La construcción del edificio del Colegio La Inmaculada comenzó en 1899 y poco después el del Colegio María Auxiliadora. El proyecto recibió el apoyo del presidente de la República, doctor José Uriburu, quien firmó el decreto por el que el Estado cedió a la Misión Salesiana la posesión de los lotes C y D de la manzana 153 de General Acha para la construcción.

Al cerciorarse del éxito de sus gestiones, el párroco con la ayuda de algunos presos y la di- rección del constructor Fernando Sardi concretó la edificación de ambos colegios. Los edificios fueron inaugurados por monseñor Cagliero en 1900, apadrinados por el gobernador José Luro y visitados por el presidente de la República Argentina General Julio A. Roca, acompañado por los Ministros Emilio Civit y Pablo Riccheri.

Los colegios ofrecieron a la comunidad pampeana una educación que consistió en el desa- rrollo del

“programa escolar de la Nación, la Historia Sagrada y el catecismo que forman parte integrante de la en- señanza religiosa y moral. […] El plan de estudios abraza por ahora los Cursos Elementales, dejando para más tarde los Preparatorios y Comerciales. Dánse sin embargo lecciones particulares de francés, italiano, alemán, música y dibujo. El método de enseñanza es teórico práctico y según los modernos adelantos de la ciencia. El régimen disciplinario será esmerado y siempre paternal.” (La Capital, 1900).

El personal que formaba parte de los colegios estaba compuesto por sacerdotes y hermanas. Los primeros pertenecían al Colegio La Inmaculada debido a que era exclusivo para varones y las segundas al Colegio María Auxiliadora porque era sólo para mujeres.

Estas instituciones tenían internados, lo que facilitaba a las familias más pobres el envío de los niños a la escuela con el fin de cumplir con la obligatoriedad que imponía la ley. Poseer inter- nados incrementó el atractivo para la población debido a que no existían otras instituciones que ofrecieran este servicio en el Territorio Nacional. Estos colegios, se convirtieron así en un ámbito que respondía a las necesidades de la sociedad pampeana.

Inicialmente el Colegio La Inmaculada contó con los cuatro primeros grados. Luego ofre- ció la enseñanza primaria completa. Por su parte, el María Auxiliadora también ofreció el ciclo completo. En un principio, los estudiantes debieron rendir exámenes en la Capital Federal y con posterioridad lo hacieron ante un tribunal integrado por el inspector seccional y maestras de las escuelas públicas locales.

En las primeras décadas de su existencia, la propuesta educativa se diversificó. Así, en La Inmaculada comenzaron a realizarse los primeros certámenes catequísticos y las fiestas del Día del Director, en ocasión del Día de San Pedro y San Pablo. Al mismo tiempo, el colegio incorporó el museo escolar en el que se exhibían muestras de minerales, vegetales y animales de la región

pampeana. Las clases de gimnasia se incorporaron a la práctica escolar concibiéndolas como una forma de “educar y disciplinar” los cuerpos.

El estudiantado estaba formado por criollos, inmigrantes e indígenas sobrevivientes de la llamada “conquista del desierto”. Los alumnos, mientras concurrían al colegio, se integraban a otras instituciones que estuvieron por fuera de los colegios, pero que surgieron a partir de ellos: los Oratorios Festivos y los Exploradores de Don Bosco. Además, cuando finalizaban los cursos elementales y las actividades obligatorias propuestas por los colegios, se integraban a otra ins- titución: Los Ex alumnos de Don Bosco.12 El sacerdote José Vespignani valoró los métodos que

practicaron los salesianos, a partir de las instituciones antes nombradas. Uno de ellos, era el oratorio cotidiano, es decir, luego del horario escolar, en el patio, organizaban juegos y brinda- ban una breve instrucción con el recitado de las oraciones y orientaban para la preparación a la Primera Comunión. Así, los colegios tenían una fuerte presencia en el espacio público más allá de las aulas.

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Referencia: Colegio La Inmaculada. Año 1919. Fotografía de N. Gobbi

Un lugar relevante en la sociedad local

Los salesianos fueron considerados, tanto por la jerarquía eclesiástica argentina como por las au- toridades gubernamentales nacionales, como la comunidad religiosa que podía llevar adelante la misión “civilizadora” requerida en espacios “conquistados al indio”. El proyecto de Don Bosco y la

12 La fundación y desarrollo del Centro de Ex –alumnos, junto con el Batallón 18 de los Exploradores de Don Bosco se analiza en el capítulo referido a las asociaciones de laicos.

experiencia de los salesianos en la Patagonia sustentaron estas consideraciones. Precisamente, dicho proyecto propició la atención de tres grupos que el Estado territoriano se propuso integrar a la sociedad pero no contó con la estructura necesaria: la niñez pobre y desvalida, los inmi- grantes italianos y los indígenas. De este modo, el Estado nacional requirió a la Congregación la implementación de un “proyecto evangelizador” sustentado en la homogeneización cultural a través del trabajo agrícola, la educación en los colegios religiosos y el adoctrinamiento moral como los salesianos lo habían hecho en la Patagonia. En este sentido, la Congregación Salesiana se sumó al proyecto de construcción territoriana, del mismo modo que en la Patagonia que como ha señalado Nicoletti (2008, p. 104) “fomentó valores que garantizaban el orden social, y promo- vió aspectos de la civilidad que el Estado propiciaba: cultivar la tierra, aprender un oficio, criar ganado, respetar la propiedad ajena, administrar los bienes con responsabilidad, tener vivienda propia y familia monogámica.”

Además de la experiencia de los salesianos en la Patagonia confluyó otro factor para que la opción de la “evangelización” de la Pampa fuera delegada en los salesianos. Las limitaciones que tuvo el Estado territoriano para cumplir con funciones que definen su propia estatidad como el registro de las personas y la educación, nos muestran las dificultades efectivas de la ocupación del espacio pampeano. El sistema educativo, como el lector puede advertir en los capítulos de este libro referidos a las escuelas del pueblo, tuvo en las primeras décadas del siglo XX serias falencias. Si bien la creación de escuelas primarias aumentó de manera significativa y permitió la expansión del sistema hacia distintos puntos del Territorio, fue insuficiente para atender las necesidades de la población en considerable aumento.

En este contexto, el clero local señaló los problemas del Estado e insistió en que la Iglesia podía resolverlos. De este modo, en el proceso de consolidación del aparato estatal territoriano, la Iglesia también en su etapa inicial de construcción de su institucionalidad, se estableció como un agente imprescindible; una pieza necesaria para garantizar el funcionamiento de la endeble maquinaria estatal. En consecuencia, los poderes gubernamentales no fueron hostiles ni a la Iglesia y ni al catolicismo.

De este modo, en el territorio pampeano los colegios salesianos participaron y propiciaron actividades culturales, recreativas y patrióticas. Así, su alumnado se constituyó en un actor cen- tral de las fiestas patrias tanto mayas como julias, aniversarios del pueblo, jura de la bandera de las distintas localidades. Estas escuelas fueron una pieza clave del proyecto del Estado argentino de “argentinizar” las tierras que habían sido “conquistadas al indio”.

Un dato no menor es que los sucesivos funcionarios de educación, como Mariano Arancibia y Raúl B. Díaz, dejaron registros positivos sobre el funcionamiento del Colegio, aún siendo férreos defensores de la educación laica. La crónica religiosa destaca la presencia del vocal del Consejo Nacional de Educación, José B. Zubiaur, en 1908 que en su informe registró:

“El Colegio la Inmaculada –así se llamó a partir de 1906– es una obra de progreso nacional y responde al noble fin que persigue: la educación de la juventud y el progreso de la Patria (…) En el amplísimo y buen

edificio funcionan en General Acha las dos únicas escuelas que hay en este territorio dirigidas por Sale- sianos y hermanas. Las visitamos con algún detenimiento y salimos muy bien complacidos del aseo que domina en ambos edificios, y comprobamos con no menos placer que se da importancia a la enseñanza de carácter nacional. El Himno Nacional cantado por los alumnos fue superior quizá al que escuchamos en todas las escuelas visitadas.” (Tavella y Valla, 1975, p. 107)

Esta breve referencia muestra que, las instituciones educativas religiosas al sumarse al proyecto educativo que la Ley 1420 le otorgó en cuanto a la formación de “ciudadanos argentino” hizo que los inspectores laicistas, al momento de tomar contacto directo con estos colegios, no tuvieran más alternativa que resaltar el cumplimiento de su tarea en ese sentido.

Es necesario señalar también que los colegios se preocuparon por cumplir la ley. Así por ejemplo, el cuaderno de inspección del Colegio María Auxiliadora (1924-1946) registra de manera recurrente que las lecciones diarias se ajustaban a “las disposiciones oficiales”, respondían “a los programas oficiales” y enfatizaban que ese cumplimiento se realizaba en “en lo tocante a celebrar todas las fechas históricas consagradas y fijadas en nuestros programas oficiales.” (Inspectora Técnica Seccional, Adela Ots Ortiz. Cuaderno de inspección del Colegio María Auxiliadora, 1924- 1946).

De manera paralela, la matrícula escolar se acrecentó y en consecuencia la Congregación Salesiana reforzó su presencia en General Acha. En este sentido, la Casa aumentó su personal y también se realizaron obras materiales como la refacción el edificio escolar y la instalación de la primera usina eléctrica que fue la primera que se conoció en General Acha.

En los años veinte el Consejo Nacional de Educación y los colegios salesianos mantuvieron relaciones cada vez más cordiales. Las visitas por parte de los inspectores arrojaron, en líneas generales, informes positivos respecto del desempeño de las instituciones católicas. Estas apre- ciaciones eran difundidas por la Congregación, en tanto fortalecieron su accionar. Por ejemplo, Vespignani informó al obispo de La Plata, en 1921, las consideraciones realizadas por el Dr. Ángel Gallardo, ex presidente del Consejo Nacional de Educación, sobre las escuelas salesianas de los territorios nacionales. El funcionario de Yrigoyen rescató la labor de las escuelas salesianas que, al combinar educación con internado, ofrecieron la posibilidad de que alumnos pertenecientes a familias apartadas de los centros de población tuvieran la oportunidad de acceder a una educa- ción intelectual y moral. Cabe recordar que los salesianos eran los únicos que ofrecían un inter- nado. Las escuelas públicas incorporaron esta modalidad recién en los años treinta.

Para los años cuarenta la institución escolar tenía una reputación indiscutida en la comuni- dad. El período católico La Unión daba cuenta del rumbo que transitaba el colegio:

“Nuestra escuela, en todos sus ordenes, ha de marchar en perfecta consonancia con la intima realidad del hombre. Debe formar su intelecto de conformidad con las reglas de la ciencias pedagógica y las que le son afines, pero debe al mismo tiempo, y concordantemente, nutrir el alma de aquellos conocimientos que por serle necesarios, la lleven a ocupar en la vida del hombre la función rectora que por su condición intrínseca le está señalada (La Unión, 14 de enero de 1944)

Ante el fortalecimiento de las escuelas religiosas, las voces anticlericales se acrecentaron. Socia- listas y muchos maestros normalistas fueron quienes emprendieron el embate contra la “escuela jesuita irigoyenil”.

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Referencia: Alumnas y Hnas. Colegio María Auxiliadora, 26 de noviembre de 1954.

Las disputas por la minoridad delincuente y abandonada

En abril de 1902, el doctor Baltasar Beltrán, juez letrado del Territorio, le informó al vicario Orsi que el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública formuló la disposición de que las comunidades salesianas de los Territorios Nacionales del Sur debían recibir a todos los menores delincuentes o abandonados. Por esta razón, ordenó al director de la cárcel la entrega de los menores detenidos al colegio salesiano. Ante esta noticia, Orsi se negó aduciendo que el reglamento interno del establecimiento prohibía rotundamente la convivencia de los alumnos pupilos y medio pupilos con jóvenes mayores de 16 años, y aún más cuando su conducta había sido manchada con faltas públicas. Al mismo tiempo, alegó que resultaba imposible cumplir con lo solicitado por falta de un local adecuado y de personal competente para atender a los menores delincuentes. Además, el vicario enumeró una serie de gastos, como “la adquisición de camas, colchones, almohadas, mantas, sábanas, vestidos, calzados y manutención” que demandaría al colegio y que no contaba

con los fondos necesarios dado que el gobierno había retirado tanto la subvención nacional como la municipal. Además, en aquella ocasión el cura Orsi trajo a colación que la Municipalidad había suspendido la subvención de cincuenta pesos que le otorgó el concejal Luis Arana cuando ocupó el cargo de presidente. A su vez, al año siguiente, el sacerdote recibió de la Curia de La Plata la noticia de la supresión por parte del Gobierno nacional del subsidio de cien pesos men- suales para las misiones salesianas de la Pampa acordado en el presupuesto de años anteriores. Desde las más altas jerarquías salesianas avalaron lo realizado por Orsi. El superior de las misiones salesianas de la Patagonia, monseñor Cagliero, frente a los pedidos de alojamiento de menores enjuiciados, instruyó al vicario foráneo, recordándole que:

“El convenio con el Gobierno es para recibir menores. Mujeres delincuentes y varones delincuentes nun- ca hemos recibido y no recibiremos. Así hemos contestado otras veces al ministro y así contestaremos también esta vez.” (Carta de Mons. J. Cagliero al sacerdote Pedro Orsi, Almagro Buenos Aires, 19 de abril de 1904, AHM, 04, 1904, ACS).

El Dr. Beltrán y sus sucesores en el cargo continuaron con los reclamos por la aplicación del decreto, pero sus tentativas encontraron la firme resistencia del cura Orsi. Así, en 1909, el juez del crimen del territorio, Miguel Duarte, le informó al vicario que en el ítem 11, inciso 7 del presupuesto nacional otorgaba a la Institución la suma de cuatrocientos pesos mensuales, “con la obligación de alojar y custodiar en su establecimiento a los menores delincuentes o abandona- dos, y a las mujeres delincuentes”. Pero, en correspondencia con lo sostenido con anterioridad, la respuesta fue negativa. De manera taxativa, el sacerdote respondió que en el establecimiento “no hay ni pueden ser recibidos menores criminales y menos, mujeres de mala vida”. Este suceso, interpretado como una falta de cumplimiento de lo dispuesto por la ley de presupuesto vigente, llevó a la supresión del subsidio del ministro de justicia e instrucción pública. Con esta resolución se dio un corte definitivo a una situación: los colegios salesianos del Territorio no recibieron a menores que hubiesen delinquido y por lo tanto no recibieron el subsidio ministerial.

Esto muestra que la apelación a la Iglesia católica por parte del Estado, como agente para cumplir funciones necesarias en estos “nuevos espacios” tuvo sus límites. La complementariedad entre la Iglesia y el Estado para “civilizar” las pampas y crear ciudadanos, chocó en el caso de la minoridad con diferencias sustantivas imposibles de conciliar. En el trasfondo de esta cuestión yacía una concepción acerca de las funciones y alcance del Estado. Los funcionarios de estos “nuevos territorios” pertenecían a una generación que se formó mayoritariamente en los presu- puestos ideológicos laicistas.