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El fortísimo crecimiento de la po- blación eldense a lo largo del siglo XX no hubiese sido posible sin la sucesiva llegada de inmigrantes a la ciudad; es cierto que la inmigración se produjo con mayor o menor intensidad a lo largo de todo el si- glo, aunque fue especialmente intensa en algunos periodos, como la primera década del siglo, los quince años previos a la Guerra Civil, el periodo comprendi- do entre 1955 y 1975 y los dos últimos años del siglo. En compensación, también fueron numerosas las corrientes de sali- da, aunque la ciudad no las percibió tan- to porque no fueron tan intensas, no fueron a distancias largas –por ejemplo, el establecimiento de eldenses en Ali- cante o Petrer–, están muy alejadas en el tiempo o disponemos de escasas fuentes adecuadas para su estudio; los despla- zamientos de obreros a Barcelona hasta los años veinte, el retorno de trabajado- res a sus lugares de origen (los mahone- ses, por ejemplo, regresaron casi todos), la emigración a América y Europa, el exi- lio de posguerra, aunque numéricamente no alcanzan ni de lejos la importancia de las llegadas, también forman parte de la historia de la ciudad. Por supuesto, los lu- gares de origen fueron cambiando en cada época, aunque podemos afirmar que cada vez ampliaron su radio de atrac- ción, desde una esfera casi comarcal en Maximiliano García Soriano

satirizó la costumbre de acudir al túnel a respirar el humo para curar problemas respiratorios (Revista Elda Extraordinario)

1900 hasta otra intercontinental en la actualidad.

La llegada de trabajadores a la in- dustria de calzado eldense ya había co- menzado en las últimas décadas del siglo XIX, pero se hizo mucho más intensa en los primeros años del siglo pasado, con la llegada de gentes de municipios veci- nos o de poblaciones próximas que, como Almansa, contaban con una cierta tra- dición zapatera y atravesaban un perio- do de dificultades económicas. El fenó- meno se hizo especialmente notable en- tre los años veinte y la época republicana previa a la guerra, momento en que –como ya hemos visto– Elda creció más que nin- gún otro municipio de la provincia y se transformó intensamente en el plano ur- banístico.

En 1922, la ciudad contaba con 2.415 residentes nacidos en otros lugares pero su origen estaba muy concentrado por- que cuatro de cada cinco procedían de sólo nueve municipios; eran, por este orden, Monóvar (con 551 inmigrados), Alman- sa y Petrer (que también superaban los doscientos), Sax, Novelda, Pinoso, Cas- talla, Salinas y Villena, todos ellos con más de un centenar de residentes. Se trataba de las poblaciones colindantes con Elda y de otras muy próximas a ella.

Sólo trece años después, en 1935, los nacidos fuera de Elda eran mayoría en la ciudad y, aunque seguían predomi- nando claramente los llegados desde el Alto y Medio Vinalopó, se habían pro- ducido algunos cambios notables. En primer lugar, se había ampliado nota- blemente el radio de atracción ejercido por Elda sobre los inmigrantes; así, tanto los llegados desde la provincia de Albacete como los de Murcia superaban ya el mi- llar de residentes en la ciudad y había más de ochocientos de procedencia más alejada. En segundo lugar, la inmigra- ción en esos años había sido particular- mente intensa desde dos municipios, Pi- noso y Yecla, ambos dedicados entonces básicamente a una agricultura vitivinícola, que atravesaban una fuerte crisis eco- nómica y, consiguientemente, social.

El análisis de las migraciones de Pi- noso a Elda en esos años explica con cla- ridad alguno de los factores que influyeron en aquellas llegadas masivas. En primer lugar, la distancia entre ambas pobla- ciones y los medios existentes en la épo- ca hacían inviable el desplazamiento dia- rio, como podía hacerse trabajosamente desde Sax, Petrer o Monóvar; a los pi-

noseros –como a los yeclanos– no les quedaba otra opción que el cambio de do- micilio para trabajar en Elda. Por otro lado, la estructura laboral pinosera se veía fuertemente afectada por el eleva- dísimo número de jornaleros sin tierra, fundamentalmente empleados en un cultivo de la vid que reducía en esos años su producción y su rentabilidad (y, por lo tanto, la posibilidad de jornales y el pre- cio de éstos). Además, la facilidad para en- contrar trabajo motivó la formación de auténticas cadenas migratorias, en las que los ya establecidos pronto facilitaban nuevas venidas de familiares y conoci- dos, sirviéndoles como apoyo inicial. La partida de los trabajadores y sus familias

fue especialmente elevada en partidas rurales que, como El Faldar o Las Ence- bras, carecían de trabajos alternativos al agrícola; casi siempre se trataba de la po- blación más modesta, como demuestra el descenso intenso del número de bra- ceros en aquellas pedanías o el dato de que dos tercios de los pinoseros residentes en Elda en 1935 fuesen analfabetos. La emigración fue tan intensa que no sólo hizo disminuir los nacimientos y las nup- cias de Pinoso sino también la pobla- ción absoluta (especialmente, en las pe- danías), generando una notable tenden- cia al envejecimiento. Como sucedió con los llegados de casi todos los municipios cercanos, la industria del calzado fue la que ofreció trabajo a la mayoría de quie- nes llegaron de Pinoso, aunque los in- migrados de mayor edad se ocuparon en gran medida en la construcción o como

La industria del calzado eldense siempre ha ofrecido grandes posibilidades de trabajo a la mujer, lo que durante años sirvió para incentivar la inmigración (CEFIRE).

jornaleros agrarios; aquellos que domi- naban previamente una profesión no agraria se empleaban fácilmente en ella (hubo entre ellos muchos chóferes, me- cánicos o artesanos varios). La práctica to- talidad de pinoseros establecidos en Elda en 1935 seguía manteniendo el valen- ciano como lengua familiar y en las re- laciones con sus paísanos, lo mismo que la mayoría de llegados desde Monóvar, Pe- trer, Novelda, Castalla y muchos otros lu- gares; en aquel momento, entre cuatro y cinco mil habitantes de Elda –un cuarto aproximado de la población total, tanto como hoy en día en Petrer– tenía el va- lenciano como lengua materna: fue, sin duda, una coyuntura lingüística excep- cional que con el tiempo fue desapare- ciendo o aminorándose, aunque dejó hondas repercusiones en el uso popular de nuestro castellano.

Finalmente, en 1935, la antigua- mente conocida como avalancha de Al- mansa fue abriendo camino a la llegada de gentes procedentes de otros munici- pios albaceteños próximos, como Mon- tealegre, Caudete, Alpera –que ya conta- ban con más de un centenar de residen- tes en Elda– o Higueruela, estableciendo las raíces de la que sería la fortísima in- migración manchega de los años sesen- ta y setenta.

Algunos detalles muestran con cla- ridad que durante los años veinte y trein- ta la integración de los inmigrantes se hizo con notable éxito, permitiendo ofrecer una imagen de ciudad abierta y acogedora, que no parece haber perdi- do hasta el momento. Así, los nuevos ba- rrios de El Progreso o La Fraternidad no se convirtieron en guetos de los re- cién llegados sino que en ellos convi- vieron eldenses nativos con gentes de variada procedencia (quienes procedían de un mismo pueblo tampoco tendieron a concentrarse en demasía). En un estadio de integración mucho más profunda, el estudio de los casamientos de 1935 muestra como sólo en el 23% de las bo- das ambos contrayentes eran nacidos en Elda; pese a que las relaciones fami- liares importaban, la mayoría de los contrayentes nacidos en Elda lo hicieron con gentes venidas de fuera.

La Guerra Civil acabó con aquella fortísima corriente inmigratoria, aun- que durante el conflicto la ciudad acogió temporalmente a centenares de refugia- dos, la mayoría de los cuales regresó a su lugar de origen tras la guerra. La pri-

mera posguerra fue tiempo de exilio para muchos –Elda fue un pueblo de vencidos– y de numerosos retornos al pueblo ma- terno, porque en las áreas agrícolas era mu- cho más fácil sobrevivir en aquellos años de penuria; el racionamiento fue insufi- ciente en la ciudad durante muchos años y la industria del calzado carecía fre- cuentemente de lo más imprescindible (desde pieles hasta fluido eléctrico).

Los buenos tiempos volvieron a fi- nales de los cincuenta, primero lenta- mente y luego con rapidez. La ciudad ofrecía trabajo abundante a todo el que llegaba a ella, al menos hasta 1973. Sin embargo, en las poblaciones próximas la industria del calzado era también una realidad pujante, o poseían otras alter- nativas laborales prósperas. La inmigra- ción hubo de llegar de comarcas cada vez más alejadas, generalmente desde áreas rurales en las que una agricultura en proceso de mecanización no era capaz de ofrecer trabajo a unos jóvenes que, por otra parte, deseaban otra forma de vida diferente. Los inmigrantes de la Elda de los sesenta llegaban en su mayoría atraídos por las posibilidades de una in- dustria zapatera en expansión, que se- guía ofreciendo esencialmente ventajas similares a las del periodo prebélico; pese a que los salarios de la industria del cal- zado no eran comparables a los de bue- na parte de las grandes industrias de áreas como el País Vasco o Barcelona sí eran muy superiores a los ingresos real- mente obtenidos por los jornaleros agra- rios o por los obreros de otras regiones españolas menos desarrolladas; además, el proceso de aprendizaje de algunos ofi- cios no era excesivamente largo, la in- dustria facilitaba abundante empleo fe- menino, con salarios claramente infe- riores a los del varón, pero el trabajo continuado de la mujer no era nada fá- cil en las áreas rurales, ni siquiera en zo- nas industriales. En esos años, los in- gresos familiares oficiales podían supe- rarse fácilmente mediante algunos recursos complementarios como el tra- bajo a destajo (que incrementaba el rit- mo, la jornada laboral y los ingresos) o las tareas domiciliarias, accesibles a las mu- jeres que no podían cumplir con el horario de trabajo en fábrica, complementadas muchas veces con el esfuerzo de niños en edad escolar, de algún anciano e incluso del esposo al término de su jornada. Fi- nalmente, era una época en que las per- sonas de carácter emprendedor podían in-

tentar su conversión en empresarios, dado que el coste de montaje de un nue- vo tallerico era relativamente accesible.

En 1981, cuando esta gran etapa in- migratoria está prácticamente finalizada, la mayoría de la población ya había na- cido en Elda, aunque casi todos ellos contaban con padres o abuelos inmi- grados; entre los nacidos fuera, los cas- tellanomanchegos eran la comunidad más numerosa, seguida por los llegados del resto de la provincia, los murcianos y los andaluces.

Los años ochenta y la mayoría de los noventa fueron un periodo de esca- sa inmigración, en el que el propio cre- cimiento interno de Elda no era capaz de compensar el peso de la emigración neta, aunque estas pérdidas no fuesen afecti- vamente importantes porque en su gran mayoría lo fueron a Petrer, dentro de la misma conurbación urbana, con lo que no suponían un alejamiento real signi- ficativo.

La inmigración se recuperó fortísi- mamente en los años del cambio de siglo, tal y como sucedió en el conjunto del país. No eran ya familias procedentes de otros lugares de España, sino gentes ve- nidas desde todo el mundo –según el cen- so de 2001 vivían en Elda gentes de 46 na- cionalidades–, aunque mayoritariamen- te de países como Colombia (más de la mitad del total), Ecuador, China, Argen- tina o Ucrania. Su llegada fue rapidísi- ma: en 1997 llegaron 22 extranjeros; cua- tro años después, 1.219. Los extranjeros residentes en Elda en 2001 se caracteri- zaban por mostrar un cierto equilibrio de sexos, aunque se concentraban entre los adultos jóvenes, siendo muy escasos los ancianos y no excesivo el porcentaje de ni- ños; más de un tercio del total vivían en hogares compartidos por seis o más per- sonas, siendo mayor este porcentaje en- tre los colombianos y más escaso entre los llegados desde Marruecos y Europa Oc- cidental. Los solteros eran mayoría, la tasa de actividad era altísima (trabajaba casi el 84% de los mayores de 16 años), con elevada participación de las mujeres, aun- que el paro les afectaba de forma notable; sólo una minoría disponía de vehículo propio o estudiaba superados los 16 años. En general, se dedicaban a trabajos como el servicio doméstico, el cuidado de an- cianos, la hostelería o la construcción, pero cada vez eran más abundantes quie- nes trabajaban en el calzado. Su presen- cia revitaliza demográficamente a una

ciudad inmersa en un fuerte proceso de envejecimiento: más nacimientos, más necesidad de plazas escolares, freno a la pérdida de población... A finales de siglo, su número no era comparable al de los na- cidos en Castilla-La Mancha, ni supera- ba a los llegados desde otras poblacio- nes de Alicante, Murcia o Andalucía; sin embargo, mientras estos grupos tendí- an a reducirse y a envejecer –habían llegado hace ya muchos años y sus hijos ya eran eldenses de nacimiento– los extranjeros eran mucho más jóvenes y aumentaban de día en día.

El censo de 2001 también permite co- nocer algunos detalles de la emigración eldense. Entre los municipios con ma- yor número de eldenses destacan Petrer, Villena y Novelda, pero en gran parte es debido al alto número de partos de vecinas de esos municipios atendidos en el Hos- pital General; sólo en el caso de Petrer –donde los nacidos en Elda son casi ocho mil– puede hablarse claramente de elevado asentamiento de eldenses, aunque sería excesivo hablar de emigración estricta por tratarse de la misma área urbana. Fuera de la comarca, sólo cuatro pobla- ciones cuentan con más de doscientos el- denses: Alicante –1.045 personas, la co- lonia más numerosa con gran diferencia–, Elche, Valencia y Madrid, lo que explica la tendencia de ciertos profesionales a establecerse en áreas urbanas y la inexis- tencia de migraciones en cadena, típicas de los traslados masivos; junto a ellas, sólo algunas capitales (Murcia, Barcelo- na, Albacete), poblaciones que mantu- vieron una intensa emigración hacia Elda (Almansa, Yecla) o municipios costeros cercanos (Benidorm, Torrevieja, Santa Pola) cuentan con un mínimo número de eldenses. Muestra de que la emigración local ha sido escasa a lo largo del siglo XX, no llegaban al 5% los nacidos en Elda que residían en comunidades autóno- mas distintas de la valenciana.

Las estructuras demográficas

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