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The Various Faces of ACT!

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Part VI: The Part of Tens

Chapter 2: The Various Faces of ACT!

Al llegar a Buenos Aires fue puesto a cargo del ejército de operaciones contra los federales de la provincia de Santa Fe, en reemplazo de Juan José Viamonte. Este estaba sitiando la villa de Rosario. Su segundo era Eusto- quio Díaz Vélez, el mismo que había ocupado este lugar en Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Lo envió a exigir rendición a los santafesinos, pero este, tratando de evitar una guerra civil, acordó el llamado «Pacto de Santo Tomé» con el gobernador Mariano Vera, en abril de 1816. Por este tratado depuso a Belgrano como jefe del ejército, colocándose él mismo en su lu- gar. Esta rebelión de Díaz Vélez provocó la caída del director Ignacio Álva- rez Thomas. Pocos días más tarde, una comisión porteña integrada, entre otros, por Díaz Vélez firmaría un nuevo tratado con Santa Fe que terminaría por ser dejado de lado por el nuevo Director, Antonio González Balcarce, y por el Congreso de Tucumán, provocando que el caudillo federal José Arti- gas y el gobierno de Santa Fe se negaran a enviar diputados de los pueblos del litoral al Congreso que declararía la independencia argentina.

En agosto de 1816 se hizo cargo nuevamente del Ejército del Norte, pero no pudo organizar una cuarta expedición al Alto Perú, como era su sueño.

En 1817, por orden del Congreso de Tucumán, envió a sus mejores tropas a aplastar la revolución federal de Santiago del Estero, acaudillada por Juan Francisco Borges, quien fue capurado por Aráoz de Lamadrid. Tras esto, Manuel Belgrano pasó dos años acantonado en la rústica fortaleza de La Ciu- dadela, a un par de kilómetros al sudoeste de la Plaza Mayor de la ciudad de San Miguel de Tucumán, sin recursos para seguir la guerra y tratando de contrarrestar los posibles contraataques de los españoles y realistas.

Se le ordenó repetidas veces utilizar divisiones del Ejército del Norte contra los federales de Santa Fe. Envió contra ellos al coronel Juan Bau- tista Bustos, que no logró doblegar la resistencia del caudillo santafesino Estanislao López. Si bien no combatió personalmente a los federales, con- tinuamente se quejaba al gobierno de la inutilidad de esa guerra, advir- tiendo a las autoridades establecidas en Buenos Aires que la población de las provincias estaba descontenta con el centralismo.

A mediados de 1819, cuando estaba ya muy enfermo, el general Ron- deau, nuevo Director Supremo, ordenó que el Ejército del Norte y el de Los Andes abandonaran la lucha contra los realistas para aplastar las re- beldías provinciales. San Martín sencillamente ignoró la orden, mientras Belgrano obedeció a medias, ya que ordenó a sus tropas iniciar la marcha hacia el Sur, pero pidió licencia por enfermedad y delegó el mando en su segundo, Francisco Fernández de la Cruz.

Se instaló en Tucumán, pero a poco de llegar fue sorprendido por un motín en esa provincia, que llevó al gobierno a su viejo conocido Bernabé Aráoz y terminó con el general en prisión. Su médico particular tuvo que interceder por él para que no fuera encadenado.

Su muerte

Llegó a Buenos Aires en plena «anarquía del año veinte», ya gravemente en- fermo de hidropesía. Esta misma enfermedad lo llevó a la muerte el 20 de junio de 1820.

En el lecho de muerte fue examinado por un mé- dico, que lo atendió en su casa. Al no poder pagarle

Mausoleo de Manuel Belgrano en el Convento de Santo Domingo.

por sus servicios, pues en ese momento estaba sumido en la pobreza, le regaló su reloj.

Una de sus últimas frases fue de esperanza, a pesar de los malos mo- mentos que pasaban tanto él como su patria:

sólo me consuela el convencimiento en que estoy, de quien siendo nuestra revolución obra de Dios, él es quien la ha de llevar hasta su fin, maniféstándonos que toda nuestra gratitud la debemos convertir a su Divina Majestad y de ningún modo a hombre alguno.

En medio de la crisis que se abatía sobre la provincia de Buenos Aires, su fallecimiento pasó prácticamente desapercibido.

Cumpliendo con su última voluntad, su cadáver fue amortajado con el hábito de los dominicos (pues era costumbre entre los terciarios domini- cos, de los que formaba parte) y fue trasladado desde la casa paterna en la que murió (actual avenida Belgrano, Nº 430) al Convento de Santo Do- mingo, recibiendo sepultura en un atrio. El mármol de una cómoda de su casa sirvió de lápida para identificarlo.

Manuel Belgrano fue uno de los próceres argentinos que más énfasis puso en impulsar la educación. Durante su estadía en España había elabo- rado un plan de acción, que en total abarcaba seis puntos, uno de los cuales estaba dedicado a la educación. Al regresar a su país, y ya como Secretario del Consulado, propuso en la primera memoria consular (1796) la creación de siete tipos de establecimientos educativos, a saber: una Escuela de Comercio, la Escuela de Náutica (creada en 1799), la Acade- mia de Geometría y Dibujo (creada en 1799), escuelas agrícolas, escuelas de hilanzas de lana y de algodón, enseñanza primaria, gratuita y obligato- ria en todo el reino, escuelas para mujeres.

En su memoria de 1797 sobre el cultivo del lino y el cáñamo, también hacía numerosas referencias a la educación. En sí misma, esta memoria puede ser considerada como un manual didáctico sobre agricultura, expli- cándose con suficiente nivel de detalle como para ser de utilidad práctica para el labrador. Relataba el tipo de terreno apto para el cultivo del cáña-

mo, cómo debían ser las semillas para que fueran aptas para el cultivo, la forma de sembrarlo, cultivarlo y procesarlo de modo que fuera directa- mente utilizable en los telares.

En total, dedicó tres memorias exclusivamente a fomentar la educa- ción técnica: Utilidad, necesidad y medios de erigir un Aula de Comercio en general, donde se enseñe metódicamente y por Maestría, la ciencia del Comercio en todos sus ramos (16 de junio de 1800), Establecimiento de fábricas de curtiembre (14 de junio de 1802) y Fomento de la Agricul- tura en Establecimientos de Sociedad y Escuelas de su enseñanza (16 de junio de 1806).

En el Correo de Comercio

En 1809, Belgrano aceptó la creación de un nuevo periódico (auspi- ciado por el entonces virrey Cisneros), que apareció a fines de enero de 1810 con el nombre de Correo de Comercio de Buenos Aires. Su objetivo principal era popularizar los sanos principios de la economía política y ocuparse de materias científicas y literarias, impulsando a través de esas publicaciones la revolución, según afirmaría en su autobiografía. Tam- bién exponía acerca de los beneficios económicos que resultaría de una difusión de la educación. De los siete primeros artículos publicados en el semanario, tres de ellos correspondieron al tema educación, siendo estos los más extensos. Llegaba a ligar el amor al trabajo y las virtudes básicas de todo ciudadano con la educación primaria. Según su pensamiento, nin- guna sociedad podía progresar si sus habitantes no tenían aprecio por el trabajo y el esfuerzo y eran virtuosos.

Debido a la importancia que asignaba a la educación es que se ocupa- ba de que esta fuese impartida del modo que él consideraba el más ade- cuado y eficiente. Limitaba los castigos corporales, que representaban un hábito muy arraigado en la sociedad, y eliminaba en gran medida la humi- llación pública del alumno incorregible, por considerar que era contra- producente e innecesaria. Se ocupaba también de señalar cómo debía ser

la selección de los maestros y de describir cuáles debían ser sus caracte- rísticas principales. Los alumnos sólo tenían una oportunidad de recibir educación, y esta debía ser la mejor disponible.

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