A pesar de que la dimensión de género nos ha acompañado desde el principio de la historia, al menos desde que el ser humano es capaz de reflexionar sobre su propia condición sexual de hombre o mujer, los estudios de género no cobrarán importancia hasta los años setenta, coincidiendo con los movimientos feministas de la época.
Sin embargo, el estudio de las diferencias sexuales sí que constituye un área con historia dentro de la Psicología, porque ya desde principios del siglo XIX existía el interés por estudiar el efecto del tamaño del cerebro en el desarrollo de la inteligencia en función del sexo (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000). Posteriormente, en el marco de la psicología diferencial, comenzaron a aparecer investigaciones sobre las diferencias sexuales en variables psicológicas como la inteligencia, la motivación o la personalidad, así como estudios sobre los estereotipos sexuales y los roles de género. En un principio, las diferencias se atribuían a factores biológicos de la persona, pero a partir de la aparición de las teorías de la socialización, a mediados de los cincuenta, se empiezan a tener en cuenta factores del entorno.
En la década de 1970, como indica Barberá (1998b), se produce una serie de acontecimientos que marcan el inicio de la expansión de la investigación sobre el género y las mujeres, como por ejemplo, la constitución en 1973 de la división 35 Psicología de las Mujeres en la American Psychological Association (APA), la creación de varias revistas especializadas, como Sex Roles y Signs en 1975, y The Psychology of Women Quarterly en 1976, junto con la aparición de diversas publicaciones importantes para el incipiente campo de estudio: Bardwick (1970), Sherman (1971), Bem (1974), Lipman-Blumen y Tickamyer (1975), Mednick y Weissman (1975) y Unger y Denmark (1975).
A partir de entonces, comienzan a desarrollarse reuniones científicas y publicaciones que indican el crecimiento de las investigaciones en este campo. En el Libro Blanco sobre los estudios de las mujeres en las universidades españolas (Ballarín, Gallego y Martínez, 1995), se recogen datos de producción científica de las diversas disciplinas psicológicas entre 1975 y 1990, encontrándose la psicología del género en tercer lugar, ligeramente por detrás de la psicología social. Esta revisión pone de manifiesto el creciente interés suscitado por los estudios de género dentro de la Psicología, reflejado en el aumento de la producción científica. Por otra parte, en las últimas décadas ha crecido el interés por incorporar la variable género al análisis de las organizaciones laborales, un interés que ha sido alimentado principalmente por el aumento de la participación femenina en el mercado laboral y el acceso generalizado de las mujeres a los niveles educativos superiores.
En este apartado trataremos de aclarar qué se entiende por género, cómo se diferencia del sexo, y cómo se ha abordado su estudio. Una revisión de las principales aproximaciones al estudio del género nos permitirán establecer la delimitación conceptual del género y las perspectivas teóricas con que se ha analizado este fenómeno.
1.1. Delimitación conceptual del género
Un primer paso antes de profundizar en la perspectiva psicológica del género es clarificar los términos utilizados en esta disciplina. Han sido varios los trabajos que han abordado esta tarea de clarificación (Barberá, 1998b; Fernández, 1991, 1996, 1998, 2000), destacando la importancia de dicha tarea como paso previo a la explicación, predicción y modificación del comportamiento.
Los conceptos de sexo y género son inseparables, por lo que resulta problemático establecer una delimitación tajante entre ambos, debido a sus estrechas interacciones. Sin embargo, conviene señalar los aspectos que definen a cada uno de ellos. De esta forma, el sexo hace referencia al dimorfismo sexual que separa a la especie humana en hombres y mujeres, mientras que el género remite a los aspectos psicológicos y sociales característicos de cada uno de los grupos sexuales, por lo que se convierte
en una dimensión básica del comportamiento humano que afecta a todas nuestras acciones (Barberá, 1998b). Según Martínez-Benlloch y Bonilla (2000), la identidad de género se construye a partir de la biología, por medio de la asignación sexual basada en la anatomía. De un hecho biológico se pasa a un fenómeno social, en un proceso que tiene por resultado la asignación a los sexos de determinadas características comportamentales y psíquicas, en base a ciertas elaboraciones ideológicas de la cultura.
El hecho de que el género se construya a partir del dimorfismo sexual no significa que éste explique a aquél, sino que hay toda una serie de factores sociales y culturales que intervienen en el proceso de construcción del género. Las diferencias sexuales no son suficientes para explicar las diferencias de género, y por tanto, no son válidas como justificación de la subordinación social, la discriminación laboral, o la falta de corresponsabilidad familiar (Hare-Mustin y Marecek, 1990).
Barberá (1998b) destaca el carácter dinámico y variable del género, en cuanto realidad subjetiva del comportamiento humano, que tiene influencia sobre las cuestiones básicas de la vida cotidiana, como por ejemplo, la forma de vestir, el comportamiento, el razonamiento, las expectativas y el autoconcepto. Entre las características de la dimensión psicológica del género sobresalen la universalidad, la especificidad y la complejidad. El carácter universal del género procede de la pertenencia a una especie con reproducción sexuada, lo que nos convierte a todos en machos o en hembras desde antes del nacimiento. Cualquier comportamiento humano sin excepción, está influido por el género, por lo que todas las personas sufren las consecuencias derivadas de esta dimensión. Ahora bien, el hecho de que se trate de una característica universal que interviene en el desarrollo comportamental de cualquier persona, no quiere decir ni que la dimensión género afecte a todos por igual, ni tampoco de igual forma a lo largo de las distintas etapas de la vida. En este sentido, la variabilidad del género es considerable.
Al tiempo que el género compete a todo el mundo, se trata de una dimensión específica de los seres humanos, aunque la naturaleza sexuada no sea exclusiva de nuestra especie. La especificidad del género procede de que se trata de una dimensión exclusiva del comportamiento humano. Aunque hay muchas especies con reproducción sexuada, sólo la humana
reflexiona y elabora subjetivamente su existencia. La singularidad deriva de la capacidad de reflexión de la psique aplicada al conocimiento de la realidad sexuada. Los humanos compartimos con otras muchas especies animales el estar divididos en machos y hembras. Pero sólo nosotros pensamos en los demás y en nosotros mismos en términos de hombres y mujeres, juzgamos los comportamientos adecuados o inadecuados en función de su procedencia y aprendemos a adecuar nuestras acciones a las expectativas sociales de género.
Finalmente, la complejidad de la dimensión género se manifiesta en la triple perspectiva, biológica, psicológica y sociocultural implicada en la conceptualización del género (Barberá, 1998b). A nivel biológico, el concepto de género parte de la percepción del dimorfismo sexual, de la observación de diferencias sexuales entre mujeres y hombres, como veremos más adelante. Desde el punto de vista de la Psicología, lo que constituye al género como dimensión psicológica es la capacidad de reflexión subjetiva, inherente a la psique humana, ante la trascendencia social de la percepción de diferencias observables entre los sexos. El concepto psicológico de género se fundamenta en una doble naturaleza, biológica y social, en base a la cual se produce la reflexión y construcción subjetiva que la persona desarrolla a lo largo de toda su vida. Mediante el proceso de identidad de género se adquiere el conocimiento del sí mismo, así como la categorización de los otros, como hombre o mujer. Esta conciencia se adquiere, entre otros aspectos, a partir de la acomodación en nuestros esquemas y estructuras mentales mediante los que organizamos y definimos la realidad, de la información procedente de los estereotipos sociales y del aprendizaje de los comportamientos asociados al rol de género.
La actividad psíquica, que precisa de unas bases biológicas determinadas, crea, a su vez, algo específico del comportamiento humano como es la cultura, en toda su amplitud de manifestaciones sociales, políticas, modos de vida, tradiciones, desarrollo artístico, científico o tecnológico. La transmisión cultural, posibilitada por el lenguaje, genera en los seres humanos una nueva forma de evolución social y comportamental, que trasciende los límites de la evolución biológica. Desde esta consideración, el concepto de género se asienta, no sólo en los procesos
biológicos de sexuación, sino, además, en la trascendencia social que cualquier cultura asigna a la dimensión de género como criterio básico de organización social (Ashmore y Del Boca, 1986). La asignación social al grupo de hombres o al de mujeres va a generar múltiples repercusiones, y va a marcar profundamente las relaciones entre los géneros. Los miembros de una sociedad comparten toda una serie de creencias sobre los sexos, según los cuales se espera que las personas desarrollen unas determinadas características y roles, masculinos y femeninos, a partir del hecho de que sean hombres o mujeres. Estas creencias incluyen una serie de componentes diferenciados, a menudo dicotómicos, que incluyen características físicas, rasgos de personalidad, habilidades mentales, conductas sociales, etc. Así, cuando nos referimos a los hombres o a las mujeres como genérico, tendemos a atribuir a ambos grupos rasgos y caracteres muy diversificados: modos de hablar, de vestir, de comportarse, de pensar, de juzgar o de sentir.
Barberá (1998b) afirma que se ha utilizado una representación dualista propia del pensamiento occidental (alma/cuerpo, mente/materia, naturaleza/cultura, o razón/emoción) como criterio básico de representación del género (macho/hembra, varón/mujer o masculino/femenino). Son muchos los estudios que reclaman una aproximación menos dicotomizada y más flexible al conocimiento de los hombres y las mujeres (Bem, 1974; Fernández, 1996; Markus, Crane, Berstein, y Siladi, 1982; Rubin, 1974).
En resumen, podemos decir que existe una estrecha vinculación de los conceptos de sexo y género (Barberá, 1998b), porque mientras que el sexo remite a los aspectos biológicos del dimorfismo sexual, el género hace referencia a los rasgos sociales y psicológicos asociados con las categorías biológicas del sexo. En esta línea, Lott y Maluso (1993) definían el sexo como las características estructurales y fisiológicas innatas relacionadas con la reproducción, y el género como los atributos adscritos por la cultura a mujeres y hombres. Por otra parte, el sistema sexo/género ha servido como criterio organizador básico para la interpretación y evaluación del universo, equiparados con la edad, la raza, la nacionalidad o el nivel socioeconómico (Barberá, 1998b). Queda claro que se trata de una construcción subjetiva, porque a través de la reflexión acerca de la diferencia biológica y su significado social, aporta un significado psicológico al concepto de género.
Además, ese significado no es estático, sino que se trata de un sistema abierto, dependiente del entorno social, histórico y cultural en el que está inmerso.
1.2. Perspectivas de análisis en psicología del género
Los estudios de las mujeres y de género surgen a partir de los movimientos feministas, que se plantean como un movimiento social transformador de relaciones y formas de vida características de la cultura patriarcal (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000). En la actualidad, las investigaciones feministas centran su interés en las relaciones entre hombres y mujeres, integrando el concepto de género en la dimensión socio-cultural.
Una revisión de los estudios desarrollados desde la psicología del género permite establecer tres categorías de análisis (Deaux, 1984; Unger, 1979). En primer lugar, existe un cuerpo de investigaciones que se ha guiado por la consideración del sexo como variable sujeto, ya sea variable dependiente o independiente (Unger y Denmark, 1975). Esta primera perspectiva representa la orientación más productiva y antigua de las aproximaciones al estudio del sistema sexo/género (Rosenberg, 1982). En 1575, Huarte de San Juan planteaba que las diferencias de inteligencia entre sexos podían deberse a las diferentes calidades humorales características de los hombres, calor-seco, y de las mujeres, frío-húmedo (Barberá, 1998b). La teoría humoral permanecerá vigente hasta la aparición de planteamientos más complejos basados en la anatomía y la fisiología. Desde entonces, existe un gran interés en la Psicología por estudiar las diferencias entre hombres y mujeres.
La aportación de Maccoby y Jacklin (1974) supuso un punto de inflexión en el estudio de las diferencias entre los sexos (Barberá, 1998b; Fernández, 1998; Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000). Este trabajo concluye, tras un extenso análisis de unos 1600 estudios psicológicos publicados entre 1966 y 1973, que las semejanzas entre los sexos superan a las diferencias. En resumen, las áreas de comportamiento en las que supuestamente se diferenciaban hombres y mujeres, pero que no encontraron evidencia empírica, fueron sociabilidad, sugestibilidad, autoestima, motivación de logro, aprendizaje de rol, pensamiento analítico, influenciabilidad
herencia/medio y predominio auditivo/visual. Por el contrario, aquellas que sí mostraron diferencias intersexuales fueron habilidad verbal, en la que las mujeres mostraban cierta superioridad, y habilidad matemática, capacidad visoespacial y conductas agresivas, áreas en las que los hombres obtenían las puntuaciones más altas (Barberá, 1998b).
Una segunda aproximación al estudio del sistema sexo/género es la que considera el género como variable sujeto. La investigación sistemática sobre los atributos de masculinidad y feminidad se inicia a principios del siglo XX, con las investigaciones cuantitativas de Ellis (1904) o Woolley (1910), y la aparición de las primeras escalas sobre masculinidad y feminidad (Strong, 1936; Terman y Miles, 1936). Dentro de esta perspectiva se desarrollaron dos grandes modelos para la medida psicológica de los roles sexuales y del género: el modelo de la congruencia y el modelo de la androginia. El primero representa una propuesta unifactorial y bipolar de la masculinidad y feminidad, ambas representadas como extremos del mismo continuo, mientras que el modelo de la androginia propone la bidimensionalidad e independencia de ambos factores.
Desde el punto de vista del modelo de la congruencia, los rasgos característicos de cada uno de los sexos se consideran exclusivos y opuestos, estableciéndose además una correspondencia entre hombre/mujer y masculino/femenino (Barberá y Cantero, 1996). Los rasgos agente-instrumentales de asertividad, independencia y autonomía se vinculan con la masculinidad, mientras que la feminidad queda definida por los rasgos comunal-expresivos, como el cuidado, la emocionalidad y las relaciones interpersonales (Barberá, 1998b). Las principales críticas al modelo de la congruencia han cuestionado la correspondencia entre dimorfismo biológico y psicológico. Por ejemplo, los trabajos de Money (Money y Ehrhardt, 1972; Money y Tucker, 1975) proponen que los factores determinantes de la identidad de género tienen más que ver con el entorno social que con la composición biogenética.
La aparición de nuevos cuestionarios y la investigación factorial, que ponía de manifiesto la independencia de las dimensiones de masculinidad y feminidad, permitió el surgimiento de una nueva aproximación al estudio psicológico del género: el modelo de la androginia. Este modelo surge con los trabajo de Bem (1974, 1981, 1985) y Spence (1979, 1984), que
plantean básicamente la ruptura de la correspondencia entre hombre/mujer y masculino/femenino, porque cualquier persona, sea hombre o mujer, puede desarrollar características de comportamiento etiquetadas como masculinas o femeninas. Una de las principales críticas al modelo de la androginia argumenta que la teoría está atrapada en el marco de las dicotomías de lo masculino y femenino (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000), que se vinculan con los rasgos agente-instrumentales y comunal- expresivos, siendo necesario buscar medidas más complejas basadas en la multidimensionalidad del género (Doyle, 1985).
Por último, la tercera perspectiva de análisis del sistema sexo/género considera el sexo como un factor estimular que influye en la evaluación del comportamiento de los demás y del propio (Barberá, 1998b). Esta perspectiva se ha denominado sexo/género como variable estímulo, y trata de comprender el desarrollo de comportamientos, sentimientos, motivaciones y cogniciones diferenciados en hombres y mujeres generados a partir del sexo de la persona con la que se interactúa. Por tanto, el interés se centra en conocer las creencias, suposiciones y expectativas que determinan la aparición de los comportamientos y rasgos diferenciados, considerando el sexo y el género como una única categoría psicosocial. La diversidad de trabajos empíricos desarrollados desde esta perspectiva es muy grande, y se ha dado en áreas de estudio tales como los modo de representación mental, las actitudes hacia los roles de género, la estructura ocupacional, el poder e interacción social, y la influencia de la ratio sexual del grupo sobre el comportamiento (Barberá, 1998b).
El área de estudio que más nos interesa, teniendo en cuenta los objetivos de este trabajo, es la que analiza la variable género en las relaciones laborales y entornos organizacionales. En las últimas décadas ha crecido el interés dentro de esta área, un interés que se ve reflejado en el aumento de los trabajos de investigación publicados. Desde las referencias a la división sexual del trabajo realizadas en los estudios clásicos de Mead (1935), las Ciencias Sociales no retomarán este tema hasta los años sesenta, cuando se produce un gran aumento de la producción científica que incorpora el género como una variable más en el estudio de las relaciones del trabajo. Desde este momento, surge una gran cantidad de trabajos en relación a temas tan variados como los siguientes: mercado
laboral (Braverman, 1974; Doeringer y Piore, 1971; Edwards, Reich y Gordon, 1973), barreras que dificultan el desarrollo profesional de las mujeres (Andrew, Coderre y Denis, 1990; Asplund, 1988; Calás y Smircich, 1991; Metcalfe y West, 1995; Powell, 1991; Schultz, 1986), liderazgo y estilos directivos (Bartol y Butterfield, 1976; Chusmir y Durand, 1988; Grant, 1988; Helgesen, 1990; Kanter, 1977; Loden, 1987; Powell y Butterfield, 1989; Rosener, 1990; Wilkins y Andersen, 1991), cultura organizacional (Davidson y Cooper, 1992; Maddock y Parkin, 1993; Marshall, 1992, 1995; Pallarés, 1993; Sánchez-Apellániz, 1997; Walsh y Cassell, 1993), aprovechamiento de los recursos humanos (Alvesson y Billing, 1997; Berenguer et al., 1999; Holton, Rabbetts y Stone, 1998), y la diversidad de género en el entorno organizacional (Albersten y Christensen, 1993; Barberá et al., 2005; Jacobson, 1999; Konrad y Linnehan, 1999; Murphy, 1993).
Una vez identificada conceptualmente la dimensión de género y cómo la Psicología ha abordado su estudio, vamos a analizar los factores que intervienen en su desarrollo.