A todas las madres que saben usar con rectitud sus recursos humanos.
Amiga querida:
Fuera porque yo le informaba reiteradamente en mis visitas y con mis palabras, fuera por su sabía intuición y conocimiento, fuera por una lógica interpretación de estas y otras actuaciones, Ambrosio sabía muy bien lo que sucedía dentro de la persona de Agustín. Me decía a mí que a las cosas de Dios había que darles tiempo.
También me decía que las cosas de Dios tienen su propio tiempo. Otro santo obispo africano me dijo muchos años atrás: «Orad, orad, señora; es imposible que perezca el hijo de tantas lágrimas». Ambrosio me decía que no cesase en la oración, que confiase en Dios, que mis lágrimas surcaban con su silencio los arcanos del cielo, que Dios suele hacerse esperar, aunque no demasiado. Y yo le creía, y seguía a pie juntillas sus indicaciones.
Me daba la impresión de que Ambrosio ni quería discusiones con Agustín. Seguramente porque de las discusiones no suele salir nada bueno. Ambrosio, por su edad, era hombre a quien los años y la vida le habían enseñado mucho; aparte de otros muchos focos y fuentes donde había llenado sus reservas. Sabía que los años y el tiempo eran buenos sanadores de tantas finas y elevadas elucubraciones que se asentaban en quienes todavía tenían mucha ruta por delante. Por eso, creía yo, callaba, observaba y esperaba Y seguramente, estaba convencido de que su ejemplo y su compostura total, quizá hicieran más que lo que podían hacer las palabras.
Por su parte, Agustín estaba todavía muy engreído de su altísima capacidad para razonar. Eso le daba mucha seguridad en sí mismo. Sabía también de la fuerza admirable de su genio, de su ingenio y de su gran poder dialéctico en la conversación y en la exposición. A mí todas estas exquisitas cualidades en Agustín y en Ambrosio me sobrepasaban. Me sentía como un humilde pajarillo que contempla desde su rincón los altos y acrobáticos vuelos de esas señoras aves que circunvuelan por los lugares donde yo apenas levanto el vuelo. Con lo susceptible que era mi Agustín, pensaba que las actuaciones de uno y otro eran muy correctas y acertadas.
Te digo: para Agustín una objeción que no se le resolvía bien, o un argumento que él creía no contestaba a su cuestión, le confirmaban más en las dudas que ya tenía. Si este posicionamiento lo situábamos en relación a los asuntos de la Iglesia católica, de la fe y
de las discusiones con Ambrosio, podría pensar que la verdad no se encontraba en ella, como no se encontraba tampoco en las sectas ni en las filosofías que había estudiado. Así que yo entendía perfectamente este extraño silencio y como desinterés que mostraba Ambrosio. La fruta caería de madura, y la cosecha se recogería cuando los trigos maduraran. Porque no por mucha prisa que tenga el labrador, ni por muchas veces que mire sus cosechas, éstas van a adelantar los rendimientos de sus frutos y sus mieses. Si para el labrador es esencial la paciencia, para Ambrosio también lo era. Y con harto dolor de mi corazón he de confesarte que, si lo era para Ambrosio, también lo había de ser para mí.
Así que yo me preguntaba: ¿Dónde, entonces, guardaba Dios el resorte para completar la exacta preparación de Agustín? Porque los resortes debían estar en algún sitio. Porque, de otra manera, no entendía yo la presencia en Milán de Ambrosio y Agustín, ni entendía que mis oraciones y mis lágrimas, mi destierro, me hubieran traído hasta aquí. Presentía que el final no estaba lejos, y cada día que pasaba estaba más confiada en que el Señor nos iba a abrir de par en par las puertas de su silencio y su magnificencia, para adentrar a Agustín en su luz y en su paz después de una tan esperada conversión.
En las interioridades de Agustín estaba adquiriendo tintes de intensa efervescencia una lucha soterrada entre la razón, la pasión y la conciencia. Las tres se dejaban acompañar de la influencia de la fe de Ambrosio, de las lecciones aprendidas por Agustín en los Sagrados Libros, de la callada influencia de mis ruegos y oraciones. Por supuesto, también hacían acto de presencia las ideas de los filósofos, las vivencias de infancia, la Iglesia Católica, Dios, el hombre, las miserias de la vida, la muerte, la vida eterna, las esperanzas de este mundo, las aspiraciones a puestos de relevancia, la dulzura de la vida en matrimonio con una rica mujer. Es decir, un profundo conflicto entre lo humano y lo divino, entre lo intelectual y lo práctico, entre lo sublime y lo material, entre el éxito y la renuncia, entre el bien y el mal, entre el alma y el cuerpo.
La madre de Adeodato, mujer que se había llevado durante quince años el corazón de Agustín, había venido a Milán para estar juntos los tres. Mi hijo sabía muy bien que durante estos quince años arrastraba consigo el terrible yugo de un amor culpable, pues no se habían casado. Pero tan largo y peligroso viaje venía a demostrar el gran amor de esta mujer por Agustín. También Agustín estaba entregado a ella sin reserva; era un amor que humanamente le llenaba sin medida, y era consciente de haber encontrado en ella lo que tanto deseaba en su juventud. Adeodato crecía bien, y su precoz imaginación y su clarísimo talento nos tenía a todos regocijados. Sin embargo, esta situación incorrecta y para mí pecaminosa podía llegar a ser un gran obstáculo para que Ambrosio y la Iglesia católica aceptasen a Agustín al santo bautismo y a los sacramentos.
También había llegado Alipio a Milán. Él era el mejor y el más querido de los amigos de Agustín. Su amistad radicaba desde muy jóvenes, allí en nuestras tierras de África.
Estuvieron juntos en Roma, y su grandísima amistad los quería tener juntos en Milán. Alipio era una persona especial. En África y en Roma, mi hijo le había conducido a los mismos errores y herejías que él había practicado. Pero Alipio sentía en aquellos días una tan rara inclinación a la virtud, que si en los primeros años cayó en alguna debilidad propia de la juventud empujado por Agustín, también se levantó de ellas con vergüenza y remordimiento, y actualmente vivía en una completa continencia. Él mismo le ponderaba a Agustín con mucho entusiasmo los goces de la vida austera, elevada, espiritual; y cómo esta vida recompensaba los sacrificios exigidos por la castidad con una paz, una libertad y una fuerza que sólo podía hallarse en la silenciosa contemplación de la verdad. Le insistía para que se fuera a vivir con él a fin de probar por él mismo estas líneas de conducta.
Pero mi hijo estaba demasiado atrapado para aceptar estos consejos. La culpable unión que vivía desde hacía quince años le parecía tan necesaria que perderla o terminarla hubiera sido para él una gran desgracia y una muerte lenta. Sus sentimientos y la realidad los expresó en sus «Confesiones». Dice:
«Yo no hubiera podido vivir jamás privado del cariño de aquella a quien amaba; y como desconocía la fuerza que da Dios a las almas castas, no me creía capaz de esta soledad».
Yo, su madre, caminando mis cincuenta y cuatro años, pensaba insistentemente en cómo encontrar un remedio a tanto mal; quería liberar a mi hijo de aquellas cadenas del placer que le tenían encantado, herido y arrastrado. Sobre estas cosas también hablaba frecuentemente con Ambrosio, y de él me dejaba aconsejar.
Puesto que Agustín no podía vivir en la soledad austera de la castidad, era de todo punto conveniente que se desposara con la madre de Adeodato. Esto había querido yo siempre; pero siempre había surgido una causa, amparada en nuestras costumbres y en nuestras leyes, para determinarnos a que esta unión no era posible realizarse en matrimonio. A estas alturas, si esto no era posible, quedaban dos salidas: alejar a esta mujer de la vida de Agustín, y ofrecerle otra mujer. Para que esto resultara bien, dirigía al cielo mis fervorosos ruegos, le pedía a Dios que me iluminara a mí, e iluminara con fuerza y carácter a mi hijo y a la madre de Adeodato.
Largas, densas y tensas, fueron las conversaciones. Primero con Agustín, después con la mujer. Para mí, entre tantas angustias, vacilaciones y aplazamientos, había una realidad más profunda, más íntima y más difícil. Me refiero a que esta unión, aparte de su incidencia directa en el corazón, era un gran obstáculo de la virtud. Los cristianos nos exigíamos a nosotros mismos, no sólo las convicciones de la fe, los sellos y signos de los sacramentos, sino también, como un colofón florido, la expresión recta y consecuente, manifestada en nuestras obras personales y en nuestros comportamientos.
Que el Señor corresponda a tu oración.