• No results found

A todas las madres que llenan su silencio con los sacramentos.

Amiga mía:

Lo de Milán fue algo providencial. Como si Dios hubiera estado jugando con nosotros al escondite. Este Dios nuestro había sido capaz de crear en Milán un especial, humano y espiritual triángulo amoroso, que iba a ser como la red y el lazo que apresara a la pieza que se pretendía cazar. A mí ya me conoces; de mis inquietudes y angustias, de mis rezos y oraciones, de mis llantos y quejidos tienes amplias informaciones; de Agustín sabes un poco o un mucho; sus luces y sus sombras, sus pasiones y sus victorias, sus creencias y vanidades, te las he ido contando poco a poco; pero de Ambrosio quizá no sepas casi nada. Por eso, es muy preciso que te hable de él. Tan preciso es, que sin él, posiblemente, toda mi lucha por Agustín, todas mis lágrimas por Agustín, todas mis oraciones por Agustín, todos mis seguimientos personales de Agustín habrían quedado en casi nada.

Uno de los primeros pasos que dio Agustín en Milán fue ir a ver al obispo Ambrosio. Era un paso obligado, pues venía a ejercer un cargo público en la misma ciudad donde residía el obispo. Pero fue también un impulso de otro orden más elevado. Alguien ha dejado escrito que es dicha grande para un joven hacer sus primeras visitas a los hombres que no son de su edad y le han precedido en la vida pública, sobre todo cuando la gloria parece guardar el umbral de sus moradas. Pero yo digo que con más razón aún debe rendirse este tributo de veneración y respeto, si a la gloria va unida la santidad, y ambas aureolas adornan a uno mismo. Esto es lo que cabe decir para iniciar una presentación del santo obispo de Milán, San Ambrosio.

Agustín lo explicaba así:

«Estando ya en Milán, fui a ver al Obispo Ambrosio, conocido en todas partes como un alma de las más grandes, y como tu piadoso servidor, Dios mío. Yo estaba ciego, y vuestra mano me dirigía a él, para que me abriera los ojos y me condujese a Ti. Este hombre venerable me recibió como un padre, y tuvo a bien decirme, con la caridad propia de su ministerio, que mi llegada a Milán le había llenado de alegría. Desde entonces le amé; pero no era el doctor de la verdad a quien yo amaba en él, habiendo perdido la esperanza de poder hallarla en la Iglesia; lo que yo amaba era el hombre benévolo para conmigo».

Así era como Dios tenía dispuestas las cosas para la conversión de Agustín. Dios le había dado una madre como no ha habido otra igual, con perdón. Esta madre vivía

empeñada entre lágrimas y súplicas, pero Dios necesitaba algo más y echaba mano del sacerdote y del obispo. Ambrosio nació de madre cristiana, de familia noble, pero había permanecido catecúmeno hasta los treinta años. Había pasado su juventud en el mundo, enteramente consagrado a los negocios y al estudio. Se había dedicado a la Retórica y, joven aún, había adquirido grandísima celebridad en el Foro Público. Fue funcionario del Imperio, gobernador de Liguria y Emilia hacia el año 370. El catecúmeno Ambrosio no conoció jamás las dudas, ni los desórdenes ni los errores de Agustín, pero era inclinado a la ternura hacia el corazón culpable hasta sentir debidamente las agitaciones dolorosas de un alma atormentada.

Me reiteraban constantemente que un acontecimiento imprevisto cambió la carrera de Ambrosio. La sede episcopal de Milán estaba vacante, y dos partidos se disputaban la elección del nuevo obispo, pero con una animosidad que podía fácilmente convertirse en ruidoso choque entre bandos. Ambrosio, que era Prefecto de la ciudad y encargado del orden público, se presentó, revestido de su autoridad, en la iglesia para evitar cualquier tipo de desorden. Les habló a las gentes allí reunidas con tan arrebatadora elocuencia que un niño de entre el público grito: «¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo!». Esta voz inocente parecía que venía del cielo, de forma que todos los allí presentes la acogieron unánimemente. También se pusieron de acuerdo los dos partidos oponentes. En consecuencia, todos a una proclamaron a Ambrosio obispo de Milán. En ocho días, el Prefecto Ambrosio recibió el bautismo, fue ordenado sacerdote, y el día 7 de diciembre de año 374 le consagraron obispo.

Ya obispo, Ambrosio desarrolló para el mejor gobierno de la diócesis todos los conocimientos que había adquirido en la Administración, pero especialmente desarrolló todas las buenas cualidades que adornaban su alma. Fue obispo y hombre de Estado a la vez. Se ocupó en procurar el bien de las almas y de la sociedad. Corrió el mundo para establecer la paz y hacer que muchos príncipes degenerados respetaran la justicia. Se encerraba horas enteras con los pecadores a quienes perdonaba y consolaba. Escribió cartas atrevidas a reyes y señores importantes. Compuso cánticos de especial ternura para cantar en las funciones litúrgicas. Predicaba sin cesar hermosos y profundos sermones desde el púlpito de la catedral. Era el hombre ideal para atender a todas las edades, y para orientar y superar todas las pasiones, y para bendecir y alabar todas las virtudes. Fue obispo como Dios quiere que sean los obispos, y fue padre de todos sus subordinados. La sociedad que gobernó tuvo la suprema dicha de poseerle como obispo.

Éste era el Ambrosio, obispo de Milán, a quien Agustín fue a visitar nada más llegar a la ciudad. Los días posteriores a esta visita, Agustín quiso oírle hablar en público. Ambrosio instruía todos los domingos a su pueblo desde el púlpito, explicaba la Sagrada Escritura con sencillez, evitaba las controversias, reemplazaba la erudición con unas finas e ingeniosas alegorías, y derramaba mucha luz sobre los pasajes oscuros de los sagrados libros. Su exposición la hacía con palabra dulce, elegante, armoniosa y elevada, tanto para las almas humildes de los oyentes, como para los sabios que le escuchaban con

encanto indecible y prendidos de sus labios, sin temor a que su lenguaje nada acerado pudiese causarles herida alguna.

Cuando yo descubrí la situación interior de Agustín, me faltó tiempo para ver al santo obispo Ambrosio. Y no era otra la situación de Agustín que ésta:

«He aquí, a dónde yo había llegado: perdiendo la esperanza de poseer la verdad, había caído en el más profundo de los abismos. Pendiente de las formas de la palabra, había llegado a ser indiferente y desdeñoso en cuanto al fondo, y nada me conmovía, fuera del arte de hablar, único amor que había sobrevivido en mi alma a la ruina de todos los amores».

O sea, que Agustín estaba en camino de ser un sofista, un artista de la palabra, inventor de antítesis y coordinador de frases. Algo que tanto le había repugnado en los tiempos de Cartago.

Me llegué hasta Ambrosio, pero me llevé conmigo a Agustín. Ambos estábamos unidos, además de por los lazos familiares, por situaciones continuas de tristeza. Ambrosio nos recibió con entrañable ternura. Ya conocía a Agustín, pero conmigo fue muy especial. No se cansaba de contemplarme y admirar mi rostro lleno de amor de Dios, se reiteraba en el afectuoso cariño hacia mi hijo, sin pasar por alto las huellas venerables que las lágrimas habían dejado en mi. También Ambrosio tenía sus facciones surcadas de profundas arrugas. Su edad en estos días quizá alcanzase loscincuenta años, pero muy trabajados. Esta primera entre-vista nunca se ha borrado de mi memoria.

Así pues, aquí estábamos los tres; íbamos a ser protagonistas de la historia de Agustín; , estábamos sometidos a las tramoyas de Dios para conseguir su conversión Durante aquellos meses, yo lloré ante Ambrosio tan intensamente como en otras muchas ocasiones. Deseaba y buscaba ayudas para la salvación de este hijo mío. Me encantaban la piedad, la dulzura, la ciencia y la modestia del santo obispo. Me encantaban y las envidiaba. Me animaban, me reconfortaban y me traían una paz que aseguraba mi esperanza. Yo le abrí mi corazón, pero él me descubrió cuanto yo podía decirle y mucho más. No en vano, pasaba gran parte de los días de su vida escuchando a los pecadores y llorando con ellos. Por esto, le confié la dirección de mi conciencia y de mi alma.

Sinceramente, tu amiga

33ª

SAN AMBROSIO,