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A las madres que no perciben el premio a sus oraciones.

Mi buena amiga:

Tampoco te voy a negar en qué medida el orgullo le dominaba a mi hijo Agustín. Yo pienso que al igual que a cualquier otro joven que se ve a sí mismo fuerte, sano, inteligente, voluntarioso, lleno de posibilidades, querido por los suyos y amado de su amistades. Él se creía poseedor de las alas y los ojos del águila; tanto que quería subir hasta las más altas latitudes que se removían en el cosmos intelectual; y quería brillar como un fanático que se dejaba desbordar por la gloria, y que soñaba con los aplausos del teatro y las coronas del circo; aquellos premios que se daban a los triunfadores en los certámenes oficiales y populares de poesía y elocuencia. De hecho, no se cansaba de conseguir triunfos y laureles.

Agustín nos sorprendió a todos durante aquellos últimos meses por su actitud ante un acontecimiento inesperado, pero que venía a marcar el inapreciable valor que él concedía a la amistad, y que para mí fue como una ráfaga de fragancia que me transportaba a sus años de infancia cuando se recogía junto a mí. Todo fue a causa de la muerte inesperada de un amigo suyo.

Dejaré que lo narre el mismo Agustín:

«En los primeros años que enseñé en Tagaste, adquirí un amigo que, por haber estudiado con él, ser de mi edad y estar ambos en la flor y lozanía de la juventud, llegó a serme muy querido; juntos nos habíamos criado; juntos fuimos a la escuela, y juntos también nos divertíamos. Aquella amistad era para mí dulcísima, y estaba sostenida por el ardor en los estudios y por las aspiraciones que nos eran comunes. Yo también, aunque no entera y radicalmente, le había desviado de la verdadera fe que seguía en la juventud, y le había inclinado a aquellas falsedades supersticiosas y nocivas que tanto hicieron llorar a mi madre».

Tras un año de intensa amistad juvenil, la enfermedad mortal se había clavado en la persona del joven amigo. Devorado por la fiebre, sin conocimiento, bañado ya en sudor frío, síntoma claro de muerte, se le había administrado el bautismo, sin él darse cuenta, pues era catecúmeno. Agustín pretendió burlarse de este bautismo, pero el joven amigo le rechazó de plano con horror, cual si fuera su enemigo. A raíz de esto, Agustín se ausentó algunos días de la ciudad, pero a su vuelta se encontró con que el amigo se había ido, había muerto, significando este suceso para Agustín tal dolor y tantas lágrimas que no admitía consolación alguna.

Seguramente, sus palabras te descubrirán mejor las esencias de su alma y la fuerza de sus sentimientos, pues lo expresó de esta manera:

«Sentí tanto su pérdida, que mi corazón se llenó de tinieblas, y en cuanto miraba no veía más que la muerte. El país mismo era para mí un suplicio, la casa de mis padres la morada más infeliz e insoportable; y el recuerdo de lo que había tratado y comunicado con él se convertía en cruelísimo tormento, viéndome sin mi amigo. Por todas partes lo buscaban mis ojos, y en ninguna le encontraban; aborrecía todas las cosas, porque en ninguna le hallaba, ni podían ya decirme, como antes, cuando vivía y estaba fuera de casa: espera, ya vendrá. Todo mi ser se ha convertido en un enigma, y preguntando a mi alma por qué estaba triste y por qué me afligía tanto, nada sabía responder».

A mí me tocó ser testigo callado de este gran sufrimiento de mi hijo. Yo de estas cosas ya sabía un poco, pero mi hijo no. Y pensaba que cuando alguien sufría así no podía ser malo. Agustín no resistía vivir donde su amigo había muerto; tampoco era capaz de pasear por donde habían paseado juntos; ni tenía humor para estudiar donde habían estudiado juntos; ni mucho menos jugar donde habían jugado juntos. Todo lo que le sintonizaba con el amigo muerto le causaba un gran hastío, muchas náuseas y una profunda desazón.

Pero el asunto personal de Agustín estaba adquiriendo tintes pesimistas. Su salud se consumía un día tras otro. Pasaba días enteros llorando. Se alejó de sus habituales tareas. Todas las cosas que se referían a su persona estaban adquiriendo tonos tan graves que tuvimos que empezar a decirle que lo mejor para él en aquellos momentos era salir de Tagaste y marchar de nuevo a Cartago. Así podría ir olvidándose de todo aquel mal.

Por supuesto, a mí no me hacía ni pizca de gracia que se me fuera a Cartago. Allí se me perdió del todo. Pero ¿qué iba hacer yo sino resignarme? Se trataba sobre todo de la salud de Agustín, quizá de su vida. No se me pasaba por alto que allí perdió su inocencia y su fe.

Bien fue cierto también, querida mía, que todas aquellas incidencias que nos estuvieron pasando allí, y me afectaban también a mí, y que las sufría Agustín y las sufríamos todos, me descubrieron un transfondo misterioso en la persona de mi hijo, consecuencia de su crecimiento, de su juventud y de su pasión por la sabiduría. Para mí, según mis descubrimientos, también era cierto que su alejamiento de mí y de Tagaste sólo podía ser causa de más preocupaciones y de más sufrimiento. Así que de nuevo me veía en la urgencia de volver a mi Dios y requerirle respuestas por los últimos enigmas que guardaba en sus particulares secretos providenciales.

Aquel nuevo regreso a Cartago, el año 375, traía consigo el desembarco de Agustín en los campos más selectos del maniqueismo; también, sus intentos particulares por alcanzar la verdad de sus doctrinas. Pero aquellas doctrinas le iban a traer asimismo consigo unas decepciones profundas que le inspiraron las ilustres personas que las explicaban. Para él esta experiencia fue algo así como un intenso esfuerzo por pretender encontrar una buena beta en una cercana mina. Su decepción le llevó a reconocer, ante sí y ante los demás, que no había ni mina ni hay beta alguna. Esto y no más fue lo que le pasó a Agustín con Fausto, el gran prohombre a quien le consideraban como el líder

sabio de los maniqueos en Cartago.

Yo sufrí lo indecible viendo partir a mi hijo. Me decían que allí se dedicaría al estudio de la Poesía y del Arte, de la Astronomía y de la Física. Me decían que estudiaría detenida y concienzudamente las Ciencias y las Matemáticas. ¡Confiaba tanto en que el estudio de todas estas ciencia le condujera de nuevo hacia Dios! En asuntos de religión, Agustín todavía no era maniqueo. Los maestros que encontró en Cartago no le respondieron como esperaba que lo hicieran a las preguntas que les planteó. Ninguno de ellos fue capaz de ofrecerle soluciones que dieran tranquilidad a su alma. Así que vivía mucho más inquieto.

Al parecer, le tranquilizó un poco, y le brindó alguna satisfacción, la llegada a la ciudad del tal Fausto. En los círculos intelectuales y maniqueos decían que era hombre y obispo sabio, muy leído en los círculos maniqueos y no maniqueos.

De Fausto me contaban que era orador ilustre y una de esas almas bellas y nobles que se sacrifican por la verdad. Me decían que había abandonado a sus padres, a su mujer, a sus hijos y su país, para dedicarse exclusivamente al apostolado. Añadían que despreciaba las riquezas y se contentaba con el pan de cada día; que no se cuidaba del día siguiente; que además era pobre, dulce, pacífico, de corazón puro y de espíritu elevado y generoso, y que hubiera sido feliz muriendo por la justicia.

Ante tan excelente presentación yo me ponía a temblar. Un hombre así podría conseguir de Agustín lo que quisiera, precisamente por esa sintonía de criterios, ansiedades y disposiciones. Si a esto se añadía que la reputación de su elocuencia era sobresaliente, apenas me quedaban resquicios para la esperanza. Agustín se fue a escuchar al nuevo apóstol maniqueo. Para mi desgracia lo encontró finísimo y quedó prendado de él. Según decían, tenía una finura especial y una imaginación privilegiadas; era acertado en el giro de sus ideas, le acompañaban la modestia y la dignidad; no le faltaba la delicada belleza en el uso de las palabras. Agustín escribió de él:

«Confieso que me deleitaba en oírle, le alababa y ensalzaba como la generalidad, y aún mucho más».

Años más tarde, estando ya Agustín en Milán, lo comparó con el obispo Ambrosio, de quien dijo que su palabra, tan pura y armoniosa, no le hizo olvidar la de Fausto. Te anoto lo que decía textualmente:

«Me deleitaba la dulzura y suavidad de sus sermones, que eran más doctos y eruditos que los de Fausto; pero no tenían ni el encanto ni la seducción que los discursos de éste».

Yo rezaba cuanto podía por él; yo lloraba por él cuanto el cuerpo me lo permitía; yo ofrecía el valor de mis limosnas, el dolor de mi corazón, la angustia de mi alma por él. A veces llegué a pensar que el cesto que tenía delante de Dios debía estar ya completamente a rebosar.

Tu amiga,

29ª