A todas las madres que abren sus puertas a los hijos que retornan.
Querida amiga:
Hoy también te escribo para informarte en relación a mis vivencias en Milán. Allí, tanto Agustín, como yo, como Ambrosio estábamos a lo nuestro, seguíamos en aquellos afanes nuestros que nos absorbían la mente, el cuerpo y la vida. Como si todo cuanto nos sucedía se tratara de una obra bien argumentada en la que se nos imponía la obligación de participar. Cada uno de nosotros tres nos esforzábamos por realizar lo mejor posible nuestra personal representación. Una variedad cabe cotejar: centro mis noticias en el año 376. Con ello te digo también que yo había cumplido cincuenta y cuatro años.
Fácil te ha de resultar imaginar que mi vida en tanto era y en tanto valía en cuanto estaba prendida de la vida de Agustín. Esa era la razón de que yo estuviera allí. Y felizmente me encontraba, aunque lejos de mi tierra, participando en ella, y muy juntito de las dos personas que más quería en aquellos momentos. Inútil será descubrirte que, como buena luchadora en estas vertientes mías de madre y cristiana, intentaba conseguir y poner a buen recaudo mis intereses, Yo tenía mucho interés en Agustín, pero para ganar con Agustín, tenía que mantener mi interés en Ambrosio, que era quien me había de facilitar mi triunfo personal en lo de Agustín. Así, ni más ni menos, este era mi juego.
Entre Agustín y Ambrosio existía como un enfrentamiento amistoso de ideas, criterios, principios, convicciones, creencias y comportamientos. Yo asistía de espectadora interesada; apoyaba desde el exterior para que lo bueno ganara a lo malo, en este caso, para que las ideas de Ambrosio ganaran a las ideas de Agustín, de forma que Agustín pasase, de una vez por todas, al bando donde militaba mi querido obispo Ambrosio. Ambos sabían mucho, eran grandes pensadores, eran grandes oradores, y eran dos grandísimas personas que caminaban cada una de ellas sus propios pasos, aunque mi Agustín resbalaba más que caminaba. Yo quería que fuera tan buen cristiano como Ambrosio; que algún día llegara a ser obispo no me preocupaba tanto, aunque mimbres para ello no le habían de faltar.
Prueba de esto que te digo, son las palabras de Agustín: Primero
«me pareció que lo que Ambrosio enseñaba podía defenderse, y que había obrado yo mal creyendo era temeridad el seguir la fe católica. Por esto, después de haberle oído, empecé a reconvenirme la falsa
persuasión en que había estado, de que no era posible contestar a los que se permiten mil burlas e insultos contra la Religión».
Segundo:
«porque aún cuando yo ignorase si lo que Ambrosio afirmaba era verdad, le oía, sin embargo, con singular placer; porque, al menos, no decía cosa que no fuese posible».
Tercero:
«Por de pronto, aun cuando no estuviese cierto de si la doctrina católica era o no verdadera, lo estaba mucho de que no enseñaba las cosas de que yo la había acusado».
Cuarto:
«Me encontraba, pues, confuso, se cambiaba mi modo de pensar, y sentía alegría secreta al ver que la Iglesia católica, en cuyo seno, niño aún, había aprendido el nombre de Jesús, no enseñaba cosa ridícula, ni mucho menos infundada».
Así pues, yo pensaba que se estaban empezando a iluminar las luces de la aurora, pues me parecía detectar como un pequeño rayo de luz, ya que en mi hijo se iba desvaneciendo el odio y la mofa con que los años atrás se había manifestado contra la Iglesia católica. Me parecía que empezaba a descubrir que las enseñanzas de la Iglesia eran muy otras de las que él se había figurado. Me comentaba él que ciertos pasajes de las Santas Escrituras, que había tenido por absurdos, le parecían ahora más razonables. Me decía que doctrinas de las que él se había reído antes, comprobaba ahora que la Iglesia no las enseñaba, sino todo lo contrario. Por tanto, aquellas objeciones con que él combatía enérgicamente a la Iglesia carecían ya de fundamento.
Pero no solamente apuntaban en él estos pequeños cambios, sino que los acompañaba de una actitud mucho más humilde de la que nos tenía acostumbrados. A ver que te parece lo que dijo años más tarde en sus Confesiones:
«Me ruborizaba de haber sido tan temerario e impío, vituperando en mis discursos cosas de que debiera haberme informado antes; porque no había yo gritado contra la religión católica, sino contra las quimeras de mis pensamientos culpables».
Empezaban, pues, a hacer efecto los sermones de San Ambrosio. Seguramente la sinceridad y la santidad del santo obispo le inducían a examinar la manera de proceder de los católicos en la investigación de la verdad. Lo estaba haciendo; y sus descubrimientos no estaban siendo menos sorprendentes para él. Pues Agustín, en esta nueva actitud reflexiva y estudiosa que le ocupaba en aquellos días, descubrió que los católicos querían que se creyera con sumisión lo que no se comprendía con evidencia.
Era lo que todos entendemos y hemos entendido como la fe católica. La fe que enseña, ante todo y sobre todo, cómo existiendo una multitud de cosas incomprensibles para el espíritu humano, la mente y el corazón del hombre deben inclinarse respetuosos,
confesando cuán limitadas son su razón y su inteligencia ante la omnipotencia de Dios. Agustín iba camino de comprender estas cosas, lo cual le demostraba también a él que este proceder de los católicos era mucho más modesto y mucho más sincero que el de los herejes que había conocido.
Frente al orgullo de los herejes maniqueos, y a sus manifiestas contradicciones, Agustín, que se sentía muy impresionado por la persona y las actuaciones de nuestro santo obispo Ambrosio, del que apenas se despegaba mientras podía, comenzó a descubrir la modestia y la humildad de los auténticos católicos, tomando como ejemplo preclaro, inmediato y cercano al mismo obispo Ambrosio.
«Porque los herejes no hablan más que de libertad, de evidencia, de razón y del derecho absoluto de escudriñar y examinarlo todo; y mientras trataban de crédulos y cándidos a quienes creían lo que ellos no llegaban a comprender, exigían que se diese fe a su palabra, proponiendo a renglón seguido multitud de cosas difíciles de probar».
Pero todavía había algo más, que hasta yo misma lo entendía y estaba admirada. Era lo siguiente. A mi hijo no solo le parecía más modesto y sincero el proceder de los católicos, sino que, aún sin tener simpatía por sus métodos, se sentía muy atraído hacia la verdad católica, reconociéndola más conforme a la naturaleza humana.
Su explicación no tiene desperdicio:
«Yo empezaba a considerar las muchas cosas que creía sin haberlas visto, y sin haberme hallado presente cuando se realizaron; por ejemplo, tantos sucesos que refieren las historias; tantas noticias de pueblos y ciudades que no había visitado; tantas cosas como he oído a los amigos, a los médicos y a otras mil personas, las cuales debemos creer, so pena de no dar un paso en la vida; y, por último, consideraba la seguridad que tengo de quiénes fueron mis padres, cosa que no podría saber si no la hubiera creído por el testimonio de otro. ¿Y qué puedo alcanzar yo de todo esto, si no tengo fe en quien así lo atestigua?».
San Ambrosio tenía encandilado al pueblo de Milán con sus sermones. Pero también lo tiene cautivado con su vida. Agustín empezaba a ser unos de aquellos encandilados y uno de aquellos cautivados. Las palabras del obispo le habían hecho descubrir que si se quita la fe, es decir, la completa confianza en una palabra que se oye, no es posible vida alguna, ni la de los sentidos, ni la del entendimiento, ni la del corazón, ni la de la sociedad. Así pues, si la fe era una necesidad de la vida humana, ¿por qué no había de ser también una norma, una necesidad de la expresividad de vida divina en cuanto ésta se manifestaba presente en la vida humana? ¿En qué radicaban las diferencias para entender que no debía de haber una buena coordinación entre lo humano y lo divino?
Si todo hombre, al venir a este mundo, recibe enseñanzas de su madre y de su padre, de su país y de su cultura, ¿por qué no ha de aprender también lo que su Dios le enseña desde sus libros santos, desde sus oradores sagrados, desde el ejemplo de tantas gentes virtuosas?
¿por qué no ha de aprender el hombre lo que su Dios le enseña? ¿Qué otra cosa debe hacer el hombre sino escuchar, creer y confiar en Dios, fundamentando su aceptación de la religión sobre la misma base en que se fundamenta la familia, la amistad y todas esas vivencias humanas que no son otra cosa que la culminación de la confianza más completa y la fe más firme?
Afectuosamente tuya,