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A todas las madres cuya confianza desfallece en la adversidad.

Amiga mía:

Razones, pues, tenía yo para temblar por mi Agustín. Sin embargo, mi Agustín era mucho Agustín. De entrada le parecía que Fausto no enseñaba nada nuevo. Bonitos vasos preciosos, ofrecidos de muy buena voluntad, y hasta con elegancia, pero completamente vacíos. La brillantez de Fausto radicaba en que presentaba las cuestiones con más brillantes palabras que los otros, con más destreza que los otros, pero no las resolvía mejor, ni siquiera las resolvía de ninguna manera. Por eso, la ansiedad de Agustín. Aquellas grandes dificultades que atormentaban a su alma veía que le eran esquivadas con destreza; otras veces, le daban contestaciones sin ningún valor. Así que comenzó a experimentar un cierto despecho que no lo podía contener ni disimular.

Pero como era sensato y prudente no quería rifirrafes públicos. Él era directo y personal. Se las arregló para una entrevista personal con Fausto. ¿Qué descubrió?: Fausto no era filósofo, sólo había estudiado Bellas Artes, y éstas muy superficialmente. Conocía algo de Cicerón y de Séneca, citaba algunos versos de poetas y había leído los libros de la secta, pero nada más. Se había ejercitado en la oratoria elegante, había aprendido a dar encanto a su palabra, pero nada más. De fondo, lo que era fondo intelectual, nada de casi nada. Agustín salió de la entrevista profundamente disgustado. Esperaba y confiaba hallar la paz intelectual y del espíritu, tan deseada por él; pero había visto desvanecerse lo que por mucho tiempo había sido el consuelo de su vida.

Yo sigo estando segura de que aquí comenzó el desencanto de Agustín ante los maniqueos. Todavía tuvo otra segunda entrevista con Fausto. Quería consultarle sobre un punto muy concreto que nada tenía que ver con la Filosofía ni con las Ciencias. Agustín vivía cierta turbación por la oposición existente entre los datos científicos y matemáticos de Manes y las observaciones de los astrólogos romanos más exactos en sus cálculos. El asunto pretendió aclararlo directamente con Fausto. Dicho encuentro lo resumió en sus Confesiones cuando dijo:

«No era de esos habladores, de quienes tanto he sufrido, y que, pretendiendo instruirme, no decían cosa de fundamento. Era franco y modesto como los hombres de honor, y, aunque respecto a Dios viviese en la ceguedad, no sucedía otro tanto con relación a sí mismo, conocía su ignorancia, y no se avergonzó de confesármela».

y de ciencia se hacen entre sí. Ellos pertenecen a otro mundo. Me decía Agustín que esta actitud de Fausto había aumentado la estimación que de él tenía como individuo, pero me decía también que el personaje le había desilusionado por completo, pues el hombre a quien los maniqueos presentaban como un líder, el primero, el más docto y el enviado del cielo para enseñar su verdad, no había podido aclararle sus dudas. A raíz de esto, fue cuando Agustín descubrió que ningún hombre llegaría a disipárselas. Fíjate bien en lo que diría más tarde:

«A partir de este día, cesaron mis esfuerzos por avanzar en la secta, y, sin romper del todo con sus secuaces, me resigné por entonces a permanecer en ella, esperando que una nueva luz me determinase a otra elección más acertada. De este modo, ese Fausto que para tantos había sido un lazo mortal, empezó, sin quererlo ni entenderlo, a sacarme del pozo en que yo me había enredado».

¿Tuve yo algo que ver en todo esto? Bueno, lo de Agustín seguía siendo un enigma para mí. No supe exactamente si también lo sería para Dios. Algo de razón me fue dando mi hijo:

«Si Tú no me abandonaste en estos críticos momentos, fue debido a que mi madre lloraba noche y día, ofreciendo por mí en sacrificio toda la sangre de su corazón».

Como ves, amiga mía, para mi hijo Agustín yo pasé de llorar lágrimas a llorar sangre. ¡Qué bueno era este hijo mío! ¡Pero cuánto tuvo que sufrir también este hijo mío Agustín! Me atreveré a decir que aquí se terminó para siempre el embrollo de los maniqueos. Yo me sentía contenta de que así fuera. Avanzaba otra estación más de mi viacrucis particular. Pero el viacrucis que la Santa Iglesia tiene reconocido lo constituyen catorce estaciones. A decir verdad, yo no sabía en cuál estación estaba en cada momento. Te digo esto porque en aquellos precisos días recibí carta de Agustín en la que me decía que dejaba Cartago y se iba a Roma. Así, sin más, se me iba a Roma, la capital del Imperio, al otro lado del mar. Había permanecido en Cartago ocho años.

En estas fechas del año 383 gobernaba el Imperio Romano Teodosio I, de origen español. Después de tomar partido por la fe católica de Nicea, en el año 380, había promulgado medidas contra los arrianos y los maniqueos, pero también había convocado en Constantinopla el segundo Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica para acabar de integrar la jerarquía eclesiástica en el orden civil. Había condenado la herejía macedónica en el año 381. Para intentar acabar con el paganismo, había prohibido sucesivamente los oráculos, el examen de las entrañas de la víctima, los sacrificios y la visita a los templos. También había declarado que la Religión Cristiana fuera la religión oficial para todas las regiones del Imperio. Además, los Hunos, pueblo salvaje del norte, acampaban en las riveras del Rin, enseñando los dientes, para entrar a saco en cuanto pudieran por los territorios que en aquel entonces eran dominios del Imperio Romano.

Te diré, además, que por estas mismas fechas gobernaba la Iglesia Católica de Roma el Papa Dámaso I, también de origen español. Había tenido que superar algunas incidencias, pues una fracción de los cristianos se le opuso nombrando papa a un tal

Ursino. Ante la gravedad de estas circunstancias, Dámaso se vio obligado a recurrir al apoyo imperial. El cisma desapareció finalmente gracias a la intervención del emperador Teodosio. Este Papa condenó también a los apolinaristas y a los macedonios, movimientos heréticos, y convocó en Roma varios Concilios regionales y el Concilio Ecuménico de Constantinopla.

No me imaginaba yo qué tendría que ver en Roma mi Agustín con el emperador Teodosio o con el Papa Dámaso. Seguramente nada. Él iba a hacer su labor, iba a buscar su vida, a completar su propia realización de la forma que Dios quisiera. Parecía ser que le reclamaban algunos amigos y otros le impulsaban desde Cartago, presagiándole que allí haría fortuna y obtendría grandes aplausos. Yo sabía que había otro motivo tan personal como estos, y era que Agustín estaba harto y cansado de tanta grosería y de tanta insolencia como la que circulaba libremente entre los estudiantes de Cartago. En el fondo de sí mismo, él tenía la esperanza de que en Roma los discípulos habían de ser más atentos, más disciplinados, más respetuosos y más entusiastas de la Filosofía y de las Bellas Artes.

Para mí, Roma estaba muy lejos. Tan lejos que era prácticamente imposible que yo me pudiera desplazar allí. Eso quería decir que Agustín se me alejaba más, mucho más de lo que había podido ser su alejamiento en Cartago. Yo no sabía lo que pasaba en Roma. Pero si era la capital del Imperio y era mayor que Cartago, lo que allí pasara había de ser más grande y más peligroso para Agustín. Y aquí era donde se centraba otra vez mi pena y mi preocupación. Porque este hijo mío, de quien yo estaba empeñada para que fuera cristiano de verdad, se iba sin ser cristiano, sino todo lo contrario. Me temía que él y yo íbamos a vivir los próximos años algunos sufrimientos cuya concreción se me escapaba de mi mente.

La ciudad de Roma, hasta hacía muy pocos años ciudad pagana por los cuatro costados, conservaba en sus entrañas unos resabios de paganismo difíciles de contrarrestar. Era cierto que el Emperador había decretado la oficialidad de nuestra religión para todo el Estado, pero dice el refrán que «del dicho al hecho hay un gran trecho». Que Agustín se fuera a Roma para alcanzar laureles y mejores promociones personales lo tenía que aceptar como normal. Sin embargo, a mí los éxitos y los laureles me traían sin cuidado, pues lo que yo consideraba verdaderamente importante para la persona y la salvación estaba en otras referencias muy distintas, las cuales distaban todavía mucho de interesar a este hijo mío.

La grandeza del antiguo Imperio Romano hacía ya algunos años que había comenzado a resquebrajarse. Había habido muchas guerras políticas, muchas luchas personales por hacerse con el poder. Se hacían oír muchos pueblos que reclamaban para sí su propia independencia y así escapar de una vez por todas de la dominación extranjera. Luego estaba también la persistente y cada vez más numerosa presencia e insistencia de las ideas y vivencias cristianas en todos los ámbitos de la vida social,

administrativa, militar y religiosa. Por eso, todo el mundo aceptaba que Roma ya no era lo que había sido.

La paz del Señor sea contigo ahora y siempre.

30ª

EL VUELO IMPREVISIBLE