• No results found

According to the framework, the overall system is divided in order of its phases: fast

Multiple Persons’ Action Recognition

7.2. According to the framework, the overall system is divided in order of its phases: fast

Creo que existe un cierto complejo de inferioridad de los poetas hacia los científicos y, por eso, suelen vengarse de ellos presentándolos como gente fría, sin emociones, más bien aburrida, tan aburrida como la imagen que de la enseñanza de las matemáticas en sus días infantiles recuerda Antonio Machado:

Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales. Es la clase. En un cartel se representa a Caín Fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano. Y todo un coro infantil va cantando la lección: «mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón». Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales.

Entre los científicos corrientes domina, a su vez, la imagen del poeta como un tipo excéntrico que se deja llevar por las emociones y que traduce su subjetividad en negro sobre blanco. Un personaje, además, muy por debajo de los científicos en reconocimiento social. Pues, la ciencia, se opina, es el motor del Progreso.

En esta imagen, por lo demás, tópica y tradicional de la ciencia, somos lo que somos y estamos como estamos gracias a los avances científicos, hechos de método y rigor, propiciados por el pensamiento sin emoción, única forma de alcanzar —se dice— la objetividad que une frente a la subjetividad que separa. Y esos avances nacen propiamente de la labor del científico como profesional de la objetividad y la Verdad —así, con mayúsculas— frente al poeta que lo es de la subjetividad y la belleza. Esta, la belleza, no pasa de ser un factor añadido en el caso de la ciencia; es, en cambio, esencial para la poesía.

En esta imagen tradicional, la ciencia aspira, en definitiva, a la objetividad y, sobre todo, a la Verdad. La poesía se desliza por la otra vertiente: la de la subjetividad, y no es sino una explosión liberadora de emociones. La ciencia se desenvuelve en el ámbito público, en el complejo mundo de las cogniciones que llevan a lo objetivo y a lo verdadero. La poesía se mueve, por el contrario,

José Sanmartín

en el turbulento y confuso mundo de las emociones que afloran al abrir la espita de lo privado.

Y en esta comparación, muy del gusto de la imagen tradicional de la ciencia, quien tiene las de perder en nuestro tiempo (quizá en todos los tiempos hasta hoy) es la poesía. Esta puede gustarnos, puede incluso ser una terapia para nuestra alma, pero quien realiza un servicio social absolutamente imprescindible es la ciencia.

En efecto, la poesía es el ámbito de la emoción y es común considerar que nuestro éxito como especie no surge, precisamente, de nuestras emociones. Estas nacen en el llamado «cerebro límbico», constituido por algunas estructuras bastante primitivas desde un punto de vista temporal y más o menos similares a las de los animales superiores. Nuestra nota más distintiva desde un punto de vista biológico no es tener esas partes, sino haber desarrollado una corteza prefrontal extraordinariamente voluminosa. Ese crecimiento ocurrió hace cuatro días, hablando en términos evolutivos. Y en ese área radica nuestra capacidad de idear, de pensar, de juzgar, de comparar, de elegir, de tomar decisiones intencionalmente. También depende de nuestra corteza prefrontal el control o regulación voluntaria de nuestras emociones.

Gracias a nuestra corteza prefrontal, nosotros, frente al resto de animales superiores, somos capaces de poner entre paréntesis nuestras emociones, a menudo ligadas a la satisfacción de necesidades básicas. Y podemos, entonces, ensimismarnos, secuestrarnos al mundo de lo instantáneo. Podemos, en suma, reflexionar libres de la urgencia del momento. Podemos elevarnos más allá de los acontecimientos espacio-temporalmente singulares, dirigiéndonos hacia lo universalmente verdadero, buscando respuestas generales a porqués, comparando opciones y eligiendo las más apropiadas para los fines prefijados. Y de esa capacidad surge la ciencia como instrumento volcado hacia fuera que trata de dar cuenta de por qué las cosas son como son. Solo a partir de ese conocimiento que nos depara la ciencia estamos en condiciones de orientarnos con éxito en el mundo, un éxito creciente al que llaman «Progreso». Lo cantan hasta los propios poetas. En este caso, una poetisa, Rosalía de Castro, cuando dice:

Desde los cuatro puntos cardinales de nuestro buen planeta

—joven, pese a sus múltiples arrugas—, miles de inteligencias

poderosas y activas,

para ensanchar los campos de la ciencia, tan vastos ya que la razón se pierde en sus frondas inmensas,

acuden a la cita que el Progreso les da desde su templo de cien puertas. Obreros incansables, ¡yo os saludo! llena de asombro y de respeto llena, viendo cómo la Fe que siguió un día hacia el desierto el santo anacoreta, hoy con la misma venda transparente hasta el umbral de lo imposible os lleva. ¡Esperad y creed!, crea el que cree, y ama con doble ardor aquel que espera.

Por eso, en un mundo como el nuestro en el que la inteligencia fría y metódica, que se supone característica de la ciencia, se valora muy por encima de la emoción, que se identifica con la turbulencia del alma, no es de extrañar que los poetas se sientan tentados, en ocasiones, de saltar la brecha que los separa de los científicos, o, cuando menos, que traten de inspirarse en la ciencia. Algunos lo hacen de manera festiva y ligera, como Rafael Alberti cuando, al hablar de la línea, dice:

A TI, contorno de la gracia humana, recta, curva, bailable geometría, delirante en la luz, caligrafía que diluye la niebla más liviana. A ti, sumisa cuanto más tirana, misteriosa de flor y astronomía imprescindible al sueño y la poesía, urgente al curso que tu ley dimana.

José Sanmartín

A ti, bella expresión de lo distinto, complejidad, araña, laberinto donde se mueve presa la figura. El infinito azul es tu palacio.

Te canta el punto ardiendo en el espacio. A ti, andamio y sostén de la Pintura.

Otros, como Neruda, imprimen un aire más solemne que me recuerda, no sé por qué, a un Góngora de metales, cuando en su Canto General dice:

...dormía el cobre en sus sulfúricas estratas,

y el antimonio iba de capa en capa a la profundidad de nuestra estrella. La hulla brillaba de resplandores negros como el total reverso de la nieve, negro hielo enquistado en la secreta tormenta inmóvil de la tierra, cuando un fulgor de pájaro amarillo enterró las corrientes del azufre al pie de las glaciales cordilleras. El vanadio se vestía de lluvia para entrar a la cámara del moro, afilaba cuchillos el tungsteno

y el bismuto trenzaba medicinales cabelleras. Las luciérnagas equivocadas

aún continuaban en la altura, soltando goteras de fósforo...

Por cierto que la física y la química, presente en este Canto General, parecen ser buenas musas. Así, en España, el magnífico poeta David Jou es catedrático de física en la Universidad Autónoma de Barcelona; también es profesor de esta disciplina y de química Jerónimo Hurtado en nuestra Comunidad. Más lejano, Coleridge decía asistir a las clases de química de la Royal Institution para enriquecer sus provisiones de metáforas.

Pero que haya profesores o expertos en la ciencia que hagan poesía o poetas que admiren la ciencia no debe confundirnos, si nos movemos por los vericuetos de la imagen tradicional de lo que es la ciencia, como estamos haciendo hasta ahora. En esta imagen, una cosa es la poesía y otra bien distinta es la ciencia. La primera es divertimento para el alma. La ciencia es, en cambio, la clave fría y metódica de entendimiento del mundo, que nos permite su control riguroso y eficaz para facilitarnos la existencia y alcanzar cotas de bienestar creciente, cosas estas que se logran, precisamente, a base de controlar racionalmente nuestras emociones, poniéndolas entre paréntesis para favorecer una reflexión objetiva que nos permita el control de la naturaleza.

Eso, nada más y nada menos, que es la ciencia y es lo que la ciencia permite en su imagen dominante: la clave de nuestro éxito en una naturaleza hostil, que hemos logrado doblegar adaptándola a nuestras necesidades en una clara inversión del sentido de la evolución animal.

Los demás animales están al dictado de la naturaleza. Se adaptan a sus caprichos o sucumben. Nosotros, no. Nosotros, gracias a la ciencia y a su hija predilecta, la tecnología, hemos invertido el proceso. Tratamos de liberarnos de la naturaleza y de sus cambios, erradicando de ella cuanto nos causa necesidades o, incluso, incomodidades. Hemos reemplazado las cuevas por casas y hemos traído a ellas el agua, y el calor cuando hace frío, y el frío cuando hace calor. Hemos creado, en suma, todo un mundo de productos de la cultura que hemos superpuesto a la naturaleza. Y cada vez estamos más desadaptados de esta y más adaptados a nuestro entorno cultural. Cada vez somos más cultura y menos natura. Precisamente a este proceso de desadaptación creciente de la naturaleza es a lo que llamamos «progreso». Por ello, en esta imagen tradicional, a la ciencia se le perdona todo: sus errores y efectos problemáticos, porque se cree que, más pronto o más tarde, se subsanarán, siendo reemplazados por nuevos hallazgos científicos que abrirán expectativas aún más amplias y que incrementarán el progreso.

Se le perdona, incluso, la creación de castas en el área del conocimiento: las de arriba son las de los científicos, los autores materiales del progreso; las de

José Sanmartín

abajo, son las de los humanistas y similares, como los poetas o los filósofos, gentes que nos entretienen e, incluso, nos hacen pensar, pero cuyas actividades son perfectamente prescindibles si lo que nos inquieta es nuestro bienestar.

Related documents