Discussion and Conclusions
8.1.2 Human motion recognition
En esta imagen tradicional de la ciencia, que es la imagen corriente y prevalente de la ciencia, hay verdades y mentiras. Paso ahora a deslindar entre unas y otras, esbozando mis propias opiniones sobre estos temas.
Me recuerdo a mí mismo enfrentado casi siempre a las creencias y pensamientos dominantes. No es una buena receta, se lo aseguro a ustedes, para triunfar en la vida. Pero, ni me importa hoy, ni me ha importado nunca un comino. No hay nada más reconfortante que ser uno dueño de sus propios y muchos errores, pero también de sus escasos aciertos. Por tanto, seguiré mi propio camino también en este caso.
Aproximarse a la ciencia desde la perspectiva tradicional es algo similar a padecer una ceguera selectiva. Es como ver solo las altas y escarpadas cumbres y no los valles verdes que se despliegan a sus pies. Pero la ciencia está formada por unas y otros.
Es cierto que a lo largo de la historia ha habido algunos gigantes, y también «gigantas», aunque ocultas por el peso de la tradición sexista que ha sido y sigue siendo asfixiante. Esos gigantes han sido los constructores de las grandes teorías científicas. Figuran entre ellos Ptolomeo y Copérnico, con sus teorías acerca del movimiento de los orbes celestes, Galileo con sus leyes acerca de la caída de graves, Newton con su dinámica, Darwin con su concepción evolucionista de las especies, Einstein con su teoría de la relatividad, etcétera, etcétera, etcétera.
Son todos ellos individuos impresionantes que, en la mayoría de los casos, fueron capaces de sintetizar y hacer suyo el pensamiento ajeno, poniéndole una guinda propia. A veces esa guinda ha consistido nada menos que en ver del revés cuanto integraba esos saberes ajenos, cambiar en definitiva la perspectiva
de forma radical. Pero que nadie piense que tal cosa carece de valor por ser sencilla. Todo lo contrario. No creo que haya nada más difícil que situarse frente a una tradición, a veces milenaria y avalada incluso por nuestros sentidos, y leer de izquierda a derecha los renglones que venían leyéndose de derecha a izquierda.
Estas figuras revolucionarias se parecen mucho a una catástrofe geomorfológica, que, a veces, hace desaparecer unas montañas y origina otras. Al igual que el cataclismo altera la faz de la tierra, los científicos citados han cambiado el rostro de la ciencia de su tiempo, inaugurando una época de turbulencias que, en ocasiones, se ha llevado por delante teorías científicas de vida larguísima. Además no son catástrofes instantáneas. Pueden durar mucho tiempo, tanto como sea la resistencia de las teorías atacadas.
Esas teorías son a modo de tinglados que amparan en su seno a comunidades integradas por gnomos científicos, dedicados a reparar hoy esta viga un tanto carcomida y mañana aquel dintel que chirría, o que se afanan en ampliar cobertizos y otras piezas adheridas a la construcción principal. Son los científicos ordinarios que viven en los valles, a la sombra de las grandes cumbres que construyeron otros, los gigantes a que antes me he referido.
Estos, los gigantes, fueron gnomos en sus inicios, pero tuvieron el enorme de valor de rebelarse un buen día contra lo que creían y pensaban los gnomos de su comunidad. Cuando estos decían percibir la mano de Dios tras cada ser vivo, dándole forma a su imagen y semejanza, al gigante de turno se le ocurría nada menos que la naturaleza no solo no tenía fines, no existía para dar testimonio de la grandeza de Dios, sino que, además, producía nuevas especies de seres vivos como fruto de la interacción de dos fuerzas un tanto ciegas: la mutación aleatoria y la selección de los más eficaces. Dios era perfectamente prescindible en este juego.
Imaginemos todo esto dicho en la segunda mitad del siglo xix, con más de diecinueve siglos hablando de creacionismo y de fijismo. Según estas concepciones, Dios crea los seres vivos y los crea de una vez por todas: así, con esta configuración, para siempre. Por eso, cada ser vivo cae en su compartimento
José Sanmartín
estanco, que no otra cosa es la especie. Y de repente surge un tipo que, en el marco constituido por algunos idearios ajenos y periféricos en esos momentos, es capaz de releer la vida sin Dios, viéndola como el resultado de la acción de fuerzas que no apuntan a ningún fin, que no actúan movidas por finalidad, propósito o intención alguna. Y además el tal tipo, llamado por cierto Darwin, no ve los seres vivos compartimentados para siempre, sino distribuidos en cajetines que varían con el tiempo: las especies que ocupan esos cajetines son de plastilina, más o menos rígida, pero plastilina al fin y al cabo que, bajo la acción de influencias naturales, cambian y, a veces, lo hacen tanto que dan lugar a nuevas especies. Tenía, pues, razón Heráclito con su todo fluye.
Estos gigantes de la ciencia, capaces de enfrentarse a la casi siempre arrolladora fuerza de la tradición y que, incluso, a veces han perdido su vida por defender sus ideas divergentes, no llegan adonde llegan a fuerza de sacrificar su imaginación. Todo lo contrario. En este punto no es correcta la visión tradicional de la ciencia cuando presenta a los científicos como gentes del método que no se dejan seducir por los cantos de sirena de la especulación. En esta imagen dominante el científico está fuertemente pegado a la verdad indubitable de los datos. Estos recogen resultados espacio-temporalmente singulares de nuestra observación, absolutamente evidentes. Son la roca dura sobre la que construir el edificio de la ciencia.A partir de esos resultados, con la varita mágica de la lógica, los científicos se elevan hacia las alturas de las verdades universales: las leyes de la naturaleza.
En esa elevación, repito, no se dejan conducir por nada, dicen, que no sea el rigor de hielo de la pura lógica. Se limitan a analizar coincidencias y diferencias entre los datos, tratando de ver qué regularidades no accidentales emergen de tales análisis. Esas regularidades se recogen en enunciados universales y verdaderos: las mencionadas leyes. Y eso es todo. La verdad incuestionable de los datos se traslada a través de la lógica a la leyes. Y el edificio entero de la ciencia resulta ser así la morada de la verdad.
Pero, la cosa en la realidad es bien distinta. Nadie observa sin más. La directriz «Observen ustedes y anoten en su cuaderno lo observado» carece de
sentido. En la ciencia no se observa sin más. Hay que fijar siempre qué es lo que ha de observarse. La determinación de lo que haya que observarse no depende nunca del problema que se intenta resolver, sino de las hipótesis o conjeturas que se considera que pueden ser la solución del problema. Por ejemplo, el problema puede ser la existencia de una fiebre mortal que afecta a cierto tipo de personas. Las observaciones científicas que hagamos en relación con ese problema no vendrán determinadas por él, sino por las conjeturas que hagamos acerca de cuál es la causa de dicha fiebre. Así, se recogerán datos distintos, aunque el problema sea el mismo, a saber, la fiebre mortal, si distintas son las conjeturas que formulamos a priori acerca de su causa. Si creo que esta es el alimento en mal estado que han ingerido las personas afectadas, recogeré unos datos diferentes a si creo que la causa de la fiebre es, en cambio, una infección debida a la poca higiene del personal sanitario.
Las conjeturas a priori van por delante de la recogida de datos. Dicho más técnicamente, las conjeturas o hipótesis me demarcan lo que he de buscar, lo que he de observar. Pero, si los datos están impregnados de conjetura, ya no son indudablemente verdaderos. Adquieren el carácter de probables. Ya no son roca dura sobre la que elevar el edificio de la ciencia. En ocasiones son, incluso, arenas movedizas. En definitiva, la ciencia, desde sus mismas raíces, deja de ser la morada sólida y confortable de la Verdad, así con mayúsculas, para convertirse en el refugio, siempre incómodo, de lo probable.
Por lo tanto, no es correcta la consideración de que un criterio válido para distinguir entre ciencia y poesía es que la primera es el ámbito de la verdad. Como mucho, la ciencia es el ámbito de lo verdadero hasta el momento de acuerdo con la evidencia empírica disponible. Mañana, ya veremos. La posibilidad de encontrar contraejemplos siempre está abierta.
Pero hay algo más importante aún. El científico, al menos, el gigante al que me he referido arriba, no se limita a conjeturar y observar en el marco de regularidades naturales. A él lo que de verdad le preocupa es el porqué de esas regularidades. A Mendel le sorprendía que, al mezclar variedades puras de guisantes de semillas lisas y de guisantes de semillas rugosas, toda la prole
José Sanmartín
estuviera formada por guisantes de semilla lisa. ¿A dónde había ido a parar el carácter rugoso? ¿Por qué todos los hijos eran guisantes de semillas lisas?
Para dar cuenta de esa regularidad, para explicarla en el sentido estricto de esta expresión, Mendel dejó volar su imaginación muy por encima de sus sentidos. Sin base empírica, postuló, repito postuló, la existencia de ciertas entidades que se trasmitirían de padres a hijos y que serían las causantes de los diferentes caracteres (liso, rugoso, verde, amarillo, etcétera). Algunas de esas entidades, siguió postulando Mendel, dominarían a las otras, es decir al estar presentes ellas, las otras dejarían de causar el carácter con el que estaban asociadas. Así, si la entidad causante del carácter «liso» dominara sobre la entidad causante del carácter «rugoso», al mezclar variedades puras de guisantes lisos y rugosos, todos los hijos tendrán semillas lisas.
¿Qué había en la naturaleza que pudiera hacerle creer a Mendel en tales cosas? Nada, absolutamente nada. En la naturaleza había ciertas regularidades que él trató de explicar mediante conjeturas, mediante hipótesis acerca de presuntas entidades fantasmales. Y acerca de esas entidades estableció ciertos requisitos que, a la postre, permitían explicar las regularidades existentes.
En eso consiste, precisamente, la parte más preciada de la ciencia: las teorías científicas. En la ciencia se observa; es verdad. En la ciencia se detectan ciertas regularidades naturales que se subsumen bajo los enunciados que conocemos con el nombre de «leyes naturales», también es verdad. De esas leyes forman parte conceptos que se refieren a entidades naturales, por ejemplo guisantes, colores, texturas, inflorescencias, etcétera. Pero la ciencia no se conforma con observar y formular leyes. Ni mucho menos. La lechuza de la ciencia vuela con las alas de la imaginación muy por encima, o muy por debajo, como se prefiera, de lo observado y de las leyes naturales. La fuerza de la imaginación creadora se manifiesta, sobre todo, postulando hipótesis que se refieren siempre a entidades, procesos, etcétera, subyacentes a lo que observamos y que permiten explicar las regularidades recogidas por las leyes naturales. Estas hipótesis forman teorías como el culmen de la tarea de la ciencia.
Las entidades, procesos, etcétera, subyacentes de las que se ocupan las teorías pueden ser, incluso, los referentes de conceptos primitivos, es decir, indefinibles. No se llega a ellos, en cualquier caso, usando las lentes del microscopio, sino los anteojos de la imaginación. Y con imaginación, con la imaginación creadora, es como se ponen las bases de las teorías científicas, como la mendeliana de la herencia, que no son otra cosa que los tinglados lingüísticos, unas veces muy sencillos y otras veces muy complejos, fruto de especulaciones audaces, hechos a bases de conjeturas, habitualmente, muy atrevidas, sustentadas para explicar regularidades naturales.
Por lo tanto, ya tenemos dos mitos, si no derrumbados, al menos cuestionados con alguna razón. La ciencia, frente a la poesía, es el reino de la verdad, primer mito. Y la ciencia, frente a la poesía, es el ámbito de lo objetivo, radicalmente opuesto a cualquier tipo de especulación.
Y no se piense que lo acaecido con Mendel es una excepción. Ciertamente, es la norma entre los gigantes de la ciencia. Han sido gentes de profunda imaginación y no menos euforia. Una euforia que, en buena medida, les nacía de las hondas emociones que experimentaban ante la audacia y la incontestable belleza de sus especulaciones en torno a esas presuntas entidades o procesos de que se ocupaban las teorías científicas en su intento de explicar las regularidades que observamos. A este respecto, ha llegado a sustentarse incluso que los científicos sienten algo similar a la experiencia mística o religiosa. Decía, por ejemplo, Einstein:
«Es la experiencia más bella y profunda que se puede tener... Percibir que, tras lo que podemos experimentar, se oculta algo inalcanzable, cuya belleza y sublimidad solo se puede percibir como un pálido reflejo, es religiosidad.»
No es del todo acertada, pues, la imagen tradicional de la ciencia como morada fría de la verdad. La ciencia, al menos, la ciencia de los gigantes, es el horno en que arden las emociones que acompañan la imaginación creadora. Es cierto, con todo, que un buen día el producto, la teoría científica, saldrá
José Sanmartín
del fuego y se enfriará bajo las fuentes de la escritura. Cuando el gigante traduce en negro sobre blanco su teoría, tan solo refleja la punta del iceberg de su actividad. Se trata de esa punta constituida por conceptos científicos, axiomas, teoremas, etcétera, fríos como puñales con los que reconstruye su experiencia cuasi religiosa. Y eso es lo que encontramos en los papeles que recogen los resultados de sus investigaciones: resultados desprovistos de toda emoción de unas investigaciones de las que se orillan los aspectos que no son meramente intelectuales.
Así pues, tampoco es del todo cierta la consideración de que la ciencia está desprovista de emociones. Solo parecen estarlo las teorías científicas una vez trasladadas a artículos o libros, no antes. Lo que sucede es que al discente de la ciencia solo le llega esta parte fría y hierática. Como mucho, si llega a conocer algo del camino recorrido hasta llegar a la teoría en cuestión, se trata de meras anécdotas.
Estos discentes, una vez investidos titularmente del rango de científicos, no suelen ser, por lo demás, gigantes. La mayoría son gnomos que trabajan en los valles, al pie de las altas cumbres de la ciencia. Forman comunidades nacidas al calor de una teoría. Se dedican a su exégesis, al análisis de lo que quiso decir el padre fundador. Dan vueltas y más vueltas en torno a sus conceptos. Tratan de conectar la teoría que les da vida con el pasado, buscando precedentes siempre nobles, eso sí. Limpian, pulen y dan esplendor a las generalizaciones simbólicas del padre fundador. Y, de vez en cuando, eureka, encuentran una nueva aplicación que replicarán llevados por la furia de la repetición. Son gnomos replicantes. «¡He contrastado la teoría a las 7:15 h a. m. en las coordenadas espaciales x e y... y ha sido confirmada una vez más!», grita alborozado un gnomo, de puntiagudo gorro verde, dando cabriolas de contento. «Pues yo —le contesta otro gnomo, este vestido de rojo— la he contrastado a las 7:16 h a. m. y lo mismo. Yupiii, esta teoría es el no va más de las teorías». Y así, todos contentos, comentan siempre que pueden lo bien que se le presenta el futuro a su teoría y tratan de captar prosélitos.
A estos gnomos les sienta fatal cuando surge algún mutante entre ellos que le da por cuestionar la teoría que tanto y tan bien les ha servido. Se trata siempre de un tipo incómodo que hace preguntas inadecuadas y que, en lugar de pulir las concepciones que vertebran su comunidad, se dedica a ponerlas en aprietos constantemente. Cosa curiosa esta, conforme mayor es el rigor que imprime a sus actos en contra de la teoría establecida, este problemático y excéntrico individuo más crece. A veces acaba convirtiéndose en un gigante y desarrolla su propia teoría. En la mayoría de las ocasiones desiste, sin embargo, ante los muchos inconvenientes que le causa su insatisfacción con lo establecido y comienza a menguar hasta volver a su tamaño original de gnomo y confundirse con los miembros restantes de su comunidad.
Los gnomos viven felices, eso sí. Son como epsilones de Huxley. Saben lo que hacer en cada momento. Su vida es rutinaria. Carece de la emoción que acompaña a la osadía. Para ellos siempre todo es lo mismo. El pasado les ofrece un amparo seguro ante las inclemencias de la crítica. No se plantean otra forma de vida, porque ni saben ni quieren hacer algo distinto de lo que hacen. Son siervos de un tercero, pero siervos voluntarios que, en ocasiones, adquieren cierto grado de fanatismo en defensa de la teoría que da vida a su comunidad. Pero, mientras trabajan en ella, en avanzar un paso más en su dilucidación, en encontrar una nueva aplicación suya, en pulirla, etcétera, se comportan como el profesional que quizá se admira en algún momento ante la belleza de sus concepciones (que no son suyas, sino del fundador), pero que, de inmediato, sustenta avergonzado que no es otra cosa que la belleza inducida por la pura lógica bajo el manto estricto de la verdad.
Los gnomos no son apasionados como los gigantes. Y no lo son por un hecho sencillo. Ellos no sienten la profunda experiencia de la creación. No sienten la experiencia casi mística de encontrar una explicación para interrogantes que hunden sus raíces en la uniformidad de la naturaleza. Tan solo actúan de exégetas, replicantes o docentes, y no necesariamente las tres cosas a la vez. Por eso mismo los gnomos no pierden la cabeza ante la inmensidad
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de la imaginación creadora, como sí la pierden (incluso en sentido estricto) los gigantes. Estos viven la emoción del hallazgo y pueden deleitarse en su búsqueda de explicaciones. Incluso, pueden admirarse ante la simplicidad de sus desarrollos frente a la complejidad de los dominantes. Y no sienten ninguna vergüenza al hacerlo así.
Todo esto les está vedado a los gnomos por una razón muy sencilla. Ellos se encuentran con el producto hecho y les queda la tarea rutinaria de adecentarlo, catarlo y venderlo lo mejor posible.
No es, pues, cierto que la ciencia sea ajena a la belleza y a la emoción, y que tan solo sea el reino de la verdad y de la objetividad de hielo. Las teorías puestas en negro sobre blanco son objetivas y, si no son Verdaderas, con mayúsculas, al menos de ellas puede predicarse que son hasta el momento verdaderas. Pero las teorías son tan solo la punta del iceberg. Bajo ellas hay pasión y tristeza, alegría y miedo, euforia y pesimismo... y todo ello a ratos. Hay también ideales de simplicidad y de belleza. Lo que sucede es que nada de eso se trasluce en los signos mediante los que la teoría se expresa. Al final, la teoría es solo el esqueleto, la estructura, de muchas