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Chapter 2: The ACF and Coalition Opportunity Structures

2.2. Why the ACF?

En los años ochenta sabíamos que los adolescentes gays existían. Aumentó de forma espectacular la cantidad de artículos sobre ellos publicados en diversas revistas, que pasaron de ser unos pocos en los años setenta, a ser cuarenta en los ochenta y más de cien en los noventai22. Aunque a finales de los ochenta se publi-

caron números especiales de revistas dedicados a la juventud homosexuali23, las

que dominaban en el ámbito de las ciencias sociales se quedaron muy atrás. La primera revista sobre la adolescencia que dedicó un número especial a los jóvenes gays lo hizo en 1994i24. La revista insignia de la Society for Research on Adolescence publicó su primer artículo sobre la juventud homosexual en 1998i25.

Muchas de las primeras investigaciones de las décadas de 1980 y 1990 seguían obligadas a buscar a los sujetos de su estudio en entidades sociales o de atención a la salud mental. También eran comunes los estudios cualitativos a 59 En el principio... estaba la juventud homosexual

21nSAVIN-WILLIAMS, 1994, pág. 262; véase también MUEHRER, 1995, pág. 75. 22nRYAN, 2000.

23nJournal of Adolescent Health Care, 9(2), 1988; Journal of Homosexuality, 17(1-4), 1989. 24nHigh School Journal, 77 (1994), seguido años después por Journal of Adolescence, 24(1) en

2001.

pequeña escala, por ejemplo, en un estudio realizado en California sólo partici- paron cincuenta adolescentes gays y lesbianas, y en otro de Toronto, sólo vein- ticinco lesbianasi26. Pero las cosas empezaban a cambiar. Grupos de investiga-

dores intentaban abordar el problema de la parcialidad de las muestras, pasando para ello cuestionarios a poblaciones escolares de Vermont, Massachusetts y Minnesotai27. Sin embargo, parecía que no eran conscientes de que buscar en los

centros educativos públicos a los sujetos de sus estudios no garantiza necesa- riamente que una muestra representativa, o ni siquiera diversa, de adolescentes que se sientan atraídos por personas de su mismo sexo estén dispuestos a mar- car el recuadro de identidad “gay” en el cuestionario en cuestión. En efecto, el investigador Theo SANDFORTsostenía que ninguna muestra podía ser auténtica- mente representativa, porque se desconocen las características básicas de lo que constituye la homosexualidadi28. Además, son muchos los factores que influ-

yen en la decisión de destaparse o no. Una joven, por ejemplo, que crezca en el Medio Oeste o en el Sur es menos propensa que un adolescente de cualquiera de las dos costas a asumir el riesgo de etiquetarse como lesbianai29.

En realidad, los adolescentes actuales que con toda decisión se identifican como gays en cuestionarios cumplimentados por alumnos no universitarios no son diferentes de los jóvenes gays de los pasados años ochenta: aquellos estu- diantes “destapados”, visibles, prestos a identificarse y en busca de ayuda. Aun- que, por lo que yo sé, no se ha publicado ningún estudio en el que se comparen directamente los alumnos muy “destapados” con los más discretos, las encues- tas realizadas en centros educativos no universitarios normalmente obtienen una respuesta de identificación como homosexual sólo de una fracción muy pequeña (1-2%) del total de la población adolescente que responde todo el cuestionario. Este porcentaje está muy por debajo de los cálculos sobre la población de quie- nes se sienten atraídos por personas de su mismo sexo. Así pues, es posible que los investigadores que sostienen que disponen de una muestra representativa de adolescentes homosexuales, porque los han obtenido en centros educativos no universitarios públicos, cuenten con unos participantes que coinciden con los estudiados en investigaciones anteriores y obtenidos de los grupos de apoyo a la juventudi30.

Otro grupo de investigadores de los años ochenta y noventa aplicaron siste- mas de estudio más propios de las ciencias sociales. Y para ello, ante todo, reu- nieron a jóvenes de muy diversas procedencias. La consecuencia fue que se hicieron más visibles los adolescentes gays étnicamente distintos, lesbianas jóvenes, bisexuales y homosexuales de diversos países (Inglaterra, Francia, México, Brasil, Australia, Suecia). Se podían encontrar adolescentes gays en lugares públicos comunes, en fiestas de la comunidad, en reuniones de cualquier tipo de asociaciones, en redes de amigos y en conferencias de activistas. Varios de los estudios a gran escala se centraban menos en los problemas de salud

60 La nueva adolescencia homosexual

26nURIBEy HARBECK, 1991; SCHNEIDER, 1989.

27nDURANT, KROWCHUKy SINAL, 1998; FAULKNERy CRANSTON, 1998; GAROFALOy cols., 1998, 1999;

REMAFEDIy cols., 1998.

28nS

ANDFORT, 1997.

29nHEDBLOMy HARTMAN, 1980.

mental y en los factores estresantes psico-sociales, y más en los específicos hitos culturales y evolutivos. Determinaron que los adolescentes gays tienen deseos y experiencias sexuales, desvelan su condición a los amigos y a los padres, y asumen compromisos amorososi31.

Si pongo tanto énfasis en la procedencia de las poblaciones objeto de estudio es porque creo que es importante. Una prueba de que así es la da Theo SAND- FORT, quien comparó a varones adultos gays de los Países Bajos reunidos de for- ma aleatoria en una encuesta telefónica, con un grupo obtenido de entre lectores de revistas gays y miembros de organizaciones gays. Los primeros eran más reli- giosos, con un nivel de estudios inferior, más conservadores en política, más pro- pensos a mantener una relación amorosa (que duraba más tiempo), y sexual- mente menos promiscuos. La conclusión del autor es que sabemos muy poco sobre las personas que se sienten atraídas por otras de su mismo sexo “que no están vinculadas, sea de forma superficial o sólida, al mundo gay”i32.

Lamentablemente, poco se sabe sobre los jóvenes que, por razones desco- nocidas, se auto-excluyen de los estudios. Quizá se sientan menos positivos en lo que se refiere a su sexualidad y se resisten a admitir una etiqueta de identidad socialmente condenada al ostracismo. Esto, sin embargo, no implica necesaria- mente que por ello estén peor mentalmente; sólo que siguieron trayectorias evo- lutivas distintas de las de sus iguales.

Es posible que su rechazo a identificarse refleje su creencia de que no son “jóvenes gays”, sino un joven que resulta que es gay. En esto coincidirían con el diseñador de Queer Eye for the Straight Gayi*, Thom FELICIA, que decía: “¿Sabes

una cosa? Soy gay, pero mi sexualidad nunca ha sido la cualidad que me ha defi- nido. Es simplemente un hecho. Mi vida la definen mis amigos y mis intereses, y ocurre que me apasiona el buen diseño”i33. Se niegan a que se los obligue a asu-

mir una categoría de identidad con mucha carga sexual: que se los defina única- mente, o ante todo, por su sexualidad. Se niegan a ser deshumanizados. Se con- sideran simplemente adolescentes, y quieren que se los acepte como tales.

Es posible también que estos adolescentes homosexuales decidan no parti- cipar en encuestas y estudios por las mismas razones por las que los adolescen- tes no se ofrecen voluntarios para otros estudios científicos sobre la sexualidad. Tienen menos experiencia sexual. En lo que a la sexualidad se refiere, mantienen unas actitudes y unas ideas tradicionales. En su caso, la búsqueda de sensacio- nes sexuales es mucho menos acuciante, o quizá su libido sea menos intensa. Son más propensos a ser ellos mismos quienes controlen su conducta expresiva, incluida su sexualidadi34. Si algo de todo lo anterior es verdad —y es probable

que lo sea dado su estatus fundamental de adolescentes normales—, entonces las muestras de jóvenes gays de los profesionales están distorsionadas.

Así pues, hay que ser cautos al evaluar el valor científico de los estudios publicados que se citan en este libro. Las críticas de los estudios realizados en 61 En el principio... estaba la juventud homosexual

31nEl primer estudio de este tipo se inició en 1983 (SAVIN-WILLIAMS, 1990); véase también

DʼAUGELLI, 1991a; HERDT, 1989; HERDTy BOXER, 1993.

32nSANDFORT, 1997, pág. 265.

*nVéase página 22. (N. del T.)

33nFINN, 2004. 34nWIEDERMAN, 1999.

las décadas de 1980 y 1990 suscitaron muchos reparos, tanto teóricos como metodológicosi35. Entre los más pertinentes:

•nuna confianza exagerada en los datos recogidos de adultos gays sobre su adolescencia, en lugar de pruebas de cómo los adolescentes homosexua- les “experimentan su vida tal como la viven, y no tal como la recuerdan” •nuna atención de los estudios centrada de forma muy limitada en lo excep-

cional, como la conducta sexual atípica y el rechazo de los padres, en lugar de fijarse en lo normativo

•nla incapacidad de hacer un seguimiento de las mismas personas a lo largo del tiempo, para entender mejor los procesos evolutivos

•nuna concentración en lo que hay de malo en la vida de los jóvenes gays, y no en las “características asociadas con la capacidad de aguantar las cir- cunstancias adversas de la vida”

•npercatarse de que para entender a los adolescentes gays en primer lugar hay que entender a la adolescencia en general (una percepción que aún hoy se ignora en gran medida)

Durante esos años en que leí los estudios empíricos publicados, consideré el saber de la literatura en que se daban consejos, y escuché a los expertos que supuestamente “sabían” de la juventud gay. Luego contrasté todos esos hallaz- gos con las respuestas que los jóvenes daban a mis encuestas, y con mis propias interacciones con grandes cantidades de jóvenes que se sentían atraídos por otros de su sexo, y empecé a tener dudas. ¿Qué estábamos haciendo exacta- mente los profesionales? ¿Es que todos los jóvenes que sentían atracción por personas de su mismo sexo no tenían el mínimo sentido del humor y padecían multitud de traumas? Quizá se habían adaptado a su biología y a su cultura hete- rocéntrica. Tal vez estaban sanos. Cabía la posibilidad de que los adultos estu- viéramos equivocados.

Sin restar importancia a las experiencias de quienes se sentían angustiados, quería señalar que el ser joven y homosexual tenía otra cara. No todos los ado- lescentes de ese tipo eran suicidas. Quería argumentar en contra de un enfoque centrado en problemas, y en defensa de un punto de vista alegre por lo que de prometedor y diverso tienen los adolescentes gays. Éste era el mensaje que más deseaba que escucharan y se creyeran nuestros jóvenes. Si escuchaban a los expertos, temía que se dieran por vencidos, que llegaran a la conclusión de que su vida era inevitablemente angustiosa, incluso que acabaran por suicidarse. No había duda de que existía una alternativa mejori36.

Otros estudios compartían mis dudas y disponían de datos que las corrobo- raban. Muy profética fue una pequeña muestra de varones afroamericanos gays y bisexuales. La mayoría de ellos no se identificaban como homosexuales, y eran personas sanas, bien adaptadas, estables en su interacción asocial, sin necesi- dad de consejos. No querían que su sexualidad se hiciera pública, ni que su fami- lia supiera que eran gays. Sin embargo —y tal vez sea esto lo más sorprenden-

62 La nueva adolescencia homosexual

35nBOXERy COHLER, 1989, pág. 319, 321; véase también SAVIN-WILLIAMS, 1990. 36nSAVIN-WILLIAMS, 1990.

te—, no se lamentaban de su sexualidad, sino que incluso se sentían orgullosos de ellai37. Se podría decir que los jóvenes de ese estudio fueron los precurso-

res de la nueva ola de sujetos que se han prestado a diferentes estudios. Sin embargo, la “segunda ola” de estudios sobre los jóvenes gays de las décadas de 1980 y 1990 no estuvo exenta de avances positivos. Entre ellos:

•nun fenomenal incremento de los artículos de investigación con una mayor amplitud en la elaboración de las muestras

•nla publicación de números especiales de revistas profesionales dirigidas a los jóvenes homosexuales

•nla profusión de investigaciones a gran escala sobre la juventud gay

•nel reconocimiento de la posibilidad de que los participantes en las investi- gaciones no fueran representativos de una población mayor de adolescen- tes a quienes atraían las personas de su mismo sexo

•nla publicación de las primeras críticas metodológicas de los estudios exis- tentes sobre los jóvenes homosexuales