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Research Design, Variable Operationalization and Data Collection 1 Nuclear Facility Siting

Chapter 4: Coalition Opportunity Structures and the Formation of Revisionist Coalitions

4.3. Research Design, Variable Operationalization and Data Collection 1 Nuclear Facility Siting

Si las personas homo y heterosexuales se distinguen de mayores, deben de ser diferentes también de niños. Sospechamos que así es, pero sin saber real- mente por qué ni cómo. Después de todo, si los adultos homosexuales tuvieran la misma infancia que los adultos heterosexuales, ¿cómo podríamos establecer la diferencia entre los dos? ¿Cómo llegaron a ser gays? ¿Por qué son gays y no heterosexuales? Algo tuvo que ir “mal” o, más exactamente, de forma distinta. Tal vez una determinada experiencia, o una serie de experiencias, durante la infan- cia alejaron a las personas gays de la ruta habitual hacia la heterosexualidad. Las posibles hipótesis —una experiencia traumática, una actuación desacertada de los padres, maltrato físico, experiencias sexuales tempranas, mala suerte— par- ten de consideraciones más teóricas que empíricas.

Con independencia de cuál haya podido ser el conjunto de fuerzas motiva- cionales, el niño debió sentir esa diferencia, aunque era incapaz de verbalizarla en su momento, o de identificar qué eran exactamente aquellos sentimientos. En su intento de determinar todo esto, los investigadores formulan a los adolescen- tes ya formados la siguiente pregunta certera: “¿Te sentías diferente al hacerte mayor?” Una pregunta que pocas veces se hace, pero que hay que plantear, es: “¿Cómo te sentías diferente?”

Si una adolescente no está segura de sus deseos sexuales, se pregunta si puede enamorarse de otra chica, no sabe entender cuál es su identidad sexual, o siente un interés inexplicable por las mujeres que aman a otras mujeres, ¿se sen- tirá distinta de sus iguales? Si un chico adolescente cree que la causa de su sexualidad homoerótica está en la herencia familiar, en la fuerza prenatal de una hormona u otra, en una educación desacertada por parte de los padres, en que lo llamaban “marica” o “afeminado”, en que bebía agua, o en una combinación de estos hipotéticos factores, ¿se sentirá distinto de sus iguales? Lo más probable es que una y otro crean que las experiencias de su vida pre-adolescente fueron diferentes de las de quienes los rodean. ¿Pero no es eso lo que cree la mayoría

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de los adolescentes? ¿Es que la mayor parte de ellos no piensa: “Nadie ha vivi- do antes la vida que yo vivo”?

Si se dejan de lado las cuestiones de, con qué frecuencia y cuán diferente se siente distinto un adolescente durante la infancia, se pueden considerar los datos sustanciales y lo que los adolescentes cuentan de cómo el hecho de sentirse atraído por personas del propio sexo les crea un sentimiento de separación. Si se repasa la literatura sobre el tema, se observa que el hecho de sentirse diferente hunde sus raíces en experiencias de la infancia de alejarse, de forma concreta, de las normas de sus igualesi4. Los chicos gays, en comparación con los hetero-

sexuales, dicen que son menos agresivos, menos convencionalmente masculi- nos, más abiertamente femeninos, y más dados a empeños artísticos o científi- cos que a los deportes, y sienten más interés erótico por otros chicos. Los estudiosos presumen que, en el caso de las chicas lesbianas que no sintonizan con sus iguales, es de aplicación el patrón opuesto. Se supone que el niño expe- rimenta esas características como una diferencia no buena, como una mala dife- rencia, que lo lleva a sentirse incomprendido, aislado, avergonzado, inhibido e interiormente reprimido.

Es frecuente que no se consideren a muchas personas que abarcan toda una variedad de sexualidades: personas orientadas a su mismo sexo que no se iden- tifican como gays; que aman por igual a mujeres y hombres; lesbianas que pare- cen femeninas y se comportan como tales; varones gays que parecen masculi- nos y se comportan como tales; heterosexuales cuya conducta en lo que al rol sexual se refiere queda fuera de la diversidad normativa de las personas de su sexo; personas cuya característica es el transgénero; personas que no se ajustan a ninguna estructura sexual ni de orientación sexual pero que, pese a ello, forman parte del espectro de la sexualidad adolescente.

Estas complicaciones crean confusión en los modelos de identidad sexual que menciono en el último capítulo. El sello distintivo del primer peldaño del desa- rrollo es el niño “pre-gay” que al crecer se siente diferente. Para Richard TROIDEN, postulador de modelos, estos sentimientos caracterizan la fase de “sensibiliza- ción”. En ella, el niño intuye su alejamiento de lo convencional, pero es sólo vaga- mente consciente (si es que lo es de algún modo) de la relevancia de estos sen- timientos para su sexualidadi5.

Un estudio pionero realizado en San Francisco comparaba la incidencia del sentirse diferente entre los agrupamientos por identidad sexuali6. La pregunta que

se hacía era: “Cuando cursabas primaria, ¿en qué medida crees que eras dife- rente de otros de tu edad?” Más o menos uno de cada cinco de los encuestados, homosexuales y heterosexuales por igual, decía que no se sentía diferente “en absoluto” de sus compañeros de curso. Del 80% que sí sintieron diversos grados de diferencia, los gays adultos que se habían sentido “muy diferentes” de niños eran el triple que los heterosexuales. Las razones que daban los gays entrevistados de esos sentimientos eran considerablemente distintas de las que aportaban los encuestados heterosexuales. La razón principal, aunque no la única, que daban 89 Sentirse diferente

4nH

ANSONy HARTMAN, 1996. 5nTROIDEN, 1979.

los homosexuales, tenía que ver con sus rasgos relacionados con el género. Las lesbianas recordaban que su interés por los deportes las hacía sentir diferentes de otras niñas. Casi la mitad de los hombres homosexuales mencionados habla- ban de su falta de interés por los deportes. Sin embargo, casi una cuarta parte de los hombres heterosexuales también se sintieron diferentes porque no participa- ban en actividades deportivas.

Una segunda razón de sentirse diferentes entre las lesbianas y los hombres homosexuales, y que uno de cada cinco mencionaba, era su interés sexual por las personas de su propio sexo, y su falta de interés por las del sexo opuesto. Entre los heterosexuales, sólo uno de cada cincuenta daba esta razón. Las muje- res heterosexuales eran el único grupo que mencionaba con frecuencia el aspec- to físico o las características físicas como razón de sentirse diferente.

Richard TROIDEN, en su modelo de identidad sexual, proponía que el senti- miento inicial de la persona gay de estar marginada se entiende desde la perspec- tiva del género: no actuar o sentir como una chica o un chico típicosi7. Los chicos

son conscientes de cómo se supone que deben actuar quienes son de su sexo antes de que sepan qué significa ser homosexual o heterosexual. Casi la mitad de los encuestados varones adultos gays de TROIDENatribuían sus sentimientos infan- tiles de ser diferentes a inadecuaciones de género, al afeminamiento y a la falta de intereses masculinos. Solían hablar también de sentirse alienados y de experi- mentar ardor y apasionamiento ante la presencia de otros varones. Sentirse atraí- do sexualmente por el sexo “equivocado”, algo que a esos encuestados homose- xuales les parecía natural, era considerablemente menos una fuente de diferencia que un sentimiento de inadecuación de género. Sin embargo, al llegar a la adoles- cencia, el 99% de los hombres se sentían sexualmente diferentes. El intenso inte- rés sexual por otros chicos, el menguante o nulo interés sexual por las chicas, el contacto sexual con chicos y los sentimientos de inadecuación de género eran las razones que daban de sentirse sexualmente distintos. En otro estudio, tres cuartas partes de las lesbianas adultas se sentían diferentes, pero sólo la mitad creía que esta diferencia estaba relacionada con su identidad lesbianai8. En otros estudios

realizados en la misma época con personas que alcanzaron la mayoría de edad en las décadas de 1950 y 1960 se daban resultados similaresi9.

En los últimos años, los deseos orientados al mismo sexo se han ido mani- festando cada vez más en nuestra cultura, en formas que afectan a la vida de los niños. Cabe suponer, por consiguiente, que durante los últimos diez años haya bajado la edad en que las personas se percatan de que la conducta de género y la orientación sexual guardan relación. Los niños de los patios de los centros de primaria han aprendido a llamar “marica” al afeminado, y “tortillera” a la niña de rasgos hombrunos. Algunos sostienen que estos nombres tienen poco que ver con la sexualidad per se, y más con la indeseabilidad en general.

También merece destacarse que algunas personas que se identifican como homosexuales se sienten “normales” al crecer, tienen intereses sexuales por el otro sexo, y participan en deportes, aficiones y juegos típicos de su sexo. Por otro lado, algunos individuos que se identifican como heterosexuales se sienten

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7nT

ROIDEN, 1979, 1989. 8nSCHNEIDER, 2001. 9nSAGHIRy ROBBINS, 1973.

“anormales” al crecer, sienten intereses sexuales por los de su propio sexo, y par- ticipan en deportes, aficiones y juegos atípicos de su sexo. Son el tipo de perso- nas a las que sin querer se pasa por alto cuando se traza la relación entre la orientación adulta hacia el mismo sexo y la atipicidad sexual.

Otra circunstancia que hay que advertir es que la mayor parte de lo que sabe- mos sobre el sentirse diferente se deduce de estudios de generaciones anterio- res de adultos que recuperaban recuerdos de sucesos que habían ocurrido déca- das antes. Estudios más recientes tienden a no preguntar a los participantes por los sentimientos de la infancia. No estoy seguro de por qué es así; tal vez la rela- ción entre sentirse diferente y sentir atracción por personas del propio sexo pare- ce tan obvia que nadie piensa que necesite más comprobación empírica.

Sin embargo, una reciente investigación longitudinal sobre jóvenes atraídos por personas de su mismo sexo analizaba estas cuestiones. Se descubrió que tres cuartas partes de los chicos y dos tercios de las chicas se sentían diferentes de niños, inicialmente a la edad media de 8 añosi10. Algunos menos recordaban

que les llamaran afeminados (55%) o marimachos (64%). No está claro si estas etiquetas y estos sentimientos de diferencia guardaban relación en la mente de los encuestados o de quien en ese momento los llamaba con tales apelativos. Un poco más de la mitad de ellos recordaban que alguien les había dicho que eran diferentes, y más o menos un tercio decía que sus padres intentaron impedirles sus modales afeminados o poco femeninos. Ambos comportamientos se produ- cían, como promedio, hacia los 10 u 11 años.

Por lo que puedo decir de los reducidos estudios, las personas adultas gays son un tanto más propensas que las heterosexuales a recordar que se sentían diferentes mientras se hacían mayores. Además, se creían más diferentes que las personas heterosexuales, y pensaban que esos sentimientos tenían repercu- siones (desconocidas) en su futuro. Muchos adolescentes de sexualidad orienta- da a los de su mismo sexo sienten que no sintonizan con sus iguales por las mis- mas razones de todos los adolescentes —por su apariencia, su capacidad y sus destrezas—, pero además llevan a cuestas la potencial carga social de sus características conductuales atípicas de su sexo. Es posible que esta carga sea más pesada para los chicos que para las chicas, debido al ostracismo social aso- ciado con el afeminamiento de los chicos. Estas características no son exclusivas de los jóvenes homosexuales, pero sí parece que son menos típicas del sexo que en el caso de éstos. El hecho de que los chicos homosexuales sean menos masculinos y de que las chicas homosexuales sean menos femeninas que sus iguales (algo que al parecer es más común que el que a los primeros se les llame afeminados y a las segundas marimachos) puede ser problemático. No parece que a ellos les preocupe mucho sentir fascinación erótica por las personas de su mismo sexo. Es una atracción que se estima normal.

Lo que se ha estudiado con mayor extensión es la ausencia de armonía en la persona gay entre el sexo biológico y la manifestación del yo, en otras palabras, la atipicidad de sexo. Se ha ignorado relativamente el menor nivel de tipicidad de sexo en general (chicos que son menos masculinos y chicas que son menos femeninas que los jóvenes heterosexuales).

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