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Como hemos señalado, el género historiográfico no es un género tradicional, ni está ligado a una performance de carácter público que nos lleve a una cultura oral. Sin embargo, la aparición sistemática de elementos estructurales y narrativos en la obra de Heródoto que nos remiten a los recursos empleados por la literatura oral ha hecho que se dé casi por segura la concepción oral de la obra, aunque se admita después su escritura. Sin embargo, Goldhill286 nos ponía sobre aviso del muy diferente contexto de representación de la obra de Heródoto y sus predecesores, observación que necesariamente ha de ser examinada atendiendo al momento aproximado de aparición de la obra de Heródoto.

Jacoby fue el iniciador de los modernos287 estudios relativos a la fecha de «publicación» de la obra herodotea,288 proponiendo el año 430 como término post quem y los años finales de la década de los veinte como ante quem para su «publicación»,289 partiendo del análisis de los pasajes de la literatura de la época en los que se rastreaban reminiscencias o parodias de las Historias, así como prestando atención a las omisiones de acontecimientos históricos conocidos por otros autores.

286 Cf. Goldhill, 2002, p. 12, si bien las afirmaciones en exceso «retorizantes» han de ser, a nuestro entender, tomadas con prudencia.

287 Anterior al de Jacoby fue el trabajo de Kirchhoff, 1878, quien proponía una fecha relativamente alta, entre el 449 y el 442, para la composición de, al menos, los libros I a III, con el capítulo 119 del libro III como el último redactado en la primera estancia en Atenas, cf. pp. 7, 10 y 14. Por su parte, los libros centrales son de datación incierta, en tanto que los tres últimos se sitúan en la segunda estancia en Atenas, entre el 430 y el 428, año de su muerte, cf. p. 22 y ss.; resumen, en p. 47 y ss.

288 Cf. Jacoby, 1913, col. 231 y ss. Ya Röse, 1879, p. 1, proponía una fecha en torno al 425. Nótese que la idea de una obra no terminada es fundamental para el razonamiento de Jacoby, idea hoy superada. Cf. Porciani, 2005, p. 1 y ss. para una crítica reciente.

289

En el ámbito inglés, fue Wells quien pocos años después de la publicación del artículo de Jacoby desarrolló la investigación a este respecto, preludiando el futuro trabajo de Powell, en línea con los estudios analíticos de Kirchhoff,290 aparentemente sin conocer la propuesta de Jacoby. Partiendo de la peligrosa idea de que un autor es parodiado cuando es un clásico o cuando acaba de publicar su obra,291 añade el matiz de que Heródoto en persona no era el objeto de las parodias aristofánicas, sino su obra, lo que ha de ser tenido en cuenta, dado que aleja al de Halicarnaso del ideal de sabio sofístico o socrático.292 En lo que se refiere a la parodia en Acarnienses (425), reduce su peso como prueba,293 al tiempo que señala con especial énfasis la presente en Aves (414). Ello hace que retrase la fecha de la muerte de Heródoto hasta pasado el año 414, y piense en una redacción tardía del libro IV, dadas las referencias al oráculo de Bacis en Aves, 962.294

Más recientemente, y abandonando la opción de valorar los silencios de la obra herodotea, como hiciera Wells, Fornara retomó el análisis de las referencias de otros autores, de nuevo las parodias aristofánicas, para rebajar la fecha al mismo año que Wells, dado que prácticamente sigue a este autor, salvo por el hecho de que expresa una mayor confianza en el uso de estos textos como prueba.295

Como respuesta a Fornara, Cobet publicó en 1977 un amplio y documentado artículo en el que defendía la fecha propuesta en su día por Jacoby de manera concluyente.296 Más allá del análisis, a nuestro entender en ocasiones dudoso, que incorpora a Eurípides y Sófocles, y que admite

290 Un análisis, el de Powell, sustentado en el estudio de las referencias internas de la obra para establecer la cronología interna de las diferentes secciones; cf. Powell, 1939, p. 2 y ss.

291

Cf. Wells, 1923, p. 169: «The parodies of Aristophanes then render it likely that an autor, who is quoted or referred to, if he is no an established classic, had recently published his work», lo que es más propio de un sistema editoral moderno.

292 Cf. Wells, 1923, p. 171. 293

Cf. Wells, 1923, p. 173: «But it will be at once obvious that the majority of them might have been familiar to an Athenian audience from many other sources, and so by themselves they prove nothing».

294 Cf. Wells, 1923, p. 178; en contra, Bauer, 1878, p. 171 y ss., quien propone una fecha temprana, los años cuarenta, para el libro en cuestión.

295 Cf. Fornara, 1971b, p. 27. 296

Cf. Cobet, 1977, p. 25: «Die Datierung der Publikation von Herodots Darstellung der Perserkriege in die erste Hälfte des Archidamischen Krieges, zwischen 430 und 426, erscheint also gut gesichert».

influencias en el Edipo en Colono, del 404,297 parece interesante separar claramente la influencia que pudiera ejercer Heródoto de la de los autores dramáticos, cuyas obras representadas en sucesión imprimían una dinámica cultural más rápida de lo que podría pensarse, en contra de lo afirmado por Wells.298

Cuatro años después, Fornara presentó la contrarréplica al artículo de Cobet, que poco aporta salvo observaciones concretas a las ideas ya propuestas, y aborda la relación del pasaje de Acarnienses, versos 426 y siguientes, con el rapto de las mujeres del proemio, concluyendo que se debe pensar en un ámbito polémico más amplio y por ello no concluyente,299 habida cuenta de que la narrativa de Helena tiene una gran tradición. Esta idea, en apariencia trivial, es un buen ejemplo, a nuestro entender, de lo complejo de los escenarios literarios en los que nos ubicamos, una complejidad que nos ha de hacer abandonar un optimismo quizá excesivo en el empleo de estos indicios.

En contestación no directa a la contrarréplica de Fornara, Evans publicó un breve trabajo en 1987 en el que volvía a la fecha propuesta en su día por Jacoby, basándose en las referencias a Decelia de IX 73, 3, retomando así el análisis de Todd,300 un análisis que presupone una inviolabilidad de Decelia, que fue atacada en el 427 con la desaparición de Arquídamo.301 Dado que Heródoto estaba por aquel entonces en Turio, idea –permítasenos indicarlo– difícil de defender o de rebatir, es necesario pensar, según este autor, en el transcurso de unos años para que la noticia llegase a Heródoto, lo que nos da una fecha cercana a la de finales de los años veinte, como la propuesta por Jacoby,302 pero, a nuestro entender, y más allá de los problemas de localización del autor o una excesiva tardanza en la transmisión de las noticias, la mayor dificultad se plantea quizá a la hora de dar por sentado que

IX 73, 3 fue de lo último en ser escrito por pertenecer al final de la obra. En nuestra opinión, toda la polémica suscitada y bien razonada se debe a una perspectiva metodológica que parte de un modelo de publicación ajeno al mundo de Heródoto. Se ha de tener en cuenta que es posible que Heródoto 297 Cf. Cobet, 1977, p. 20; Jebb, 2004, p. 61. 298 Cf. Cobet, 1977, p. 7. 299 Cf. Fornara, 1981, p. 153 y ss. 300 Cf. Todd, 1922, p. 35 y ss. 301 Cf. Tucídides, III 26, 3. 302 Cf. Evans, 1987, p. 227 y s.

realizase lecturas de su obra en determinados círculos sin que esta estuviese completada, al tiempo que es imposible determinar hasta qué punto detalles concretos, como pudieran ser los de la muralla en Aves, se podrían filtrar a la sociedad ateniense simplemente como detalle aislado, o incluso sin proceder de la obra de Heródoto, en tanto que los silencios son quizá un camino todavía menos fiable.

Todo ello nos lleva prácticamente a Kirchhoff, que, en un trabajo ya clásico, dispuso los cimientos de un tipo de análisis de la obra y de su publicación perfectamente incompatibles con la misma. La idea de una puesta por escrito de materiales y de una organización editorial de la obra en un sentido moderno son ajenas al mundo antiguo.303 Este criterio lleva a Kirchhoff a crear una cuestión herodotea, con incluso la sugerencia de lagunas en diferentes partes de la obra,304 en lo que es un proceso lento de demolición de la obra de difícil justificación, máxime por las pocas certezas que puede ofrecer como resultado.

Por contra, la postura seguida entre otros por Röse en un trabajo antiguo, y que recoge un pensamiento contrario al de la crítica de fines del siglo XIX, es realmente avanzada, al señalar que el sistema de publicación de libros de la época no hacía necesaria una edición como tal,305 en una idea que supera incluso el avance que años más tarde supondría el planteamiento por parte de Powell acerca de la posible recitación de la obra como algo poco probable.306 Sea como fuere, la seguridad de las críticas en Aristófanes, aun a pesar de que estas no tuviesen procedencia directa de la obra del de Halicarnaso, dan cuenta de que el universo intelectual de Heródoto se situaba en un ámbito ajeno al mundo tradicional ateniense, dirigiéndose así a una determinada audiencia, lo que apunta, una vez más, a un escenario diferente a los habituales de la literatura oral.

En este mismo sentido y recientemente, Stewart Flory planteó las dificultades que presentaría una obra en prosa como la Heródoto para

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Cf. Kirchhoff, 1878, p. 1 y ss., en las que expone los criterios a emplear, a saber, la recopilación de notas, la definición de un marco de pensamiento, y la organización del material en términos de edición. Esta idea se recoge en parte en Jacoby, 1913, cols. 361 y ss. Cf. la crítica reciente de este último en Rösler, 2002, p. 83 y ss.

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Cosa que creemos fuera de lugar; cf. Kirchhoff, 1878, p. 6 y ss.

305 Que, obviamente, el texto de Hérodoto no presenta, como tampoco resiste la crítica desde esta perspectiva, cf. Röse, 1879, p. 6 y ss. y p. 9.

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Lo que devolvía a Heródoto a una publicación en términos de libro, cf. Powell, 1939, p. 31.

ganarse una audiencia. El autor reconocía como un hecho la menor popularidad de las obras en prosa de gran extensión –piénsese que Flory no lo indica, pero Teopompo realizó un epítome de la obra, lo que demuestra este hecho–,307 frente a las obras poéticas, dado que las últimas eran más fáciles de aprehender.308 En nuestra opinión, esta idea debe ser retomada y analizada de nuevo, pues sabemos que las expresiones literarias de las culturas orales necesitan de recursos que van más allá de los simples recursos estructurales para facilitar su memorización, o, en caso contrario, esas obras no gozarían de gran extensión.309

A este respecto y de manera reciente, Porciani ha retomado el análisis de las alusiones antes vistas para reducir de manera concluyente su significación: ciertamente, podría incluso pensarse en un tercer texto en el que se hubieran apoyado tanto Heródoto como el otro autor, o incluso en alguna narración oral popular, tan defendible e indefendible como las reminiscencias de Aristófanes.310 Por otra parte, Porciani introduce un concepto muy interesante para el estudio de la difusión de las obras en prosa de la época, como es el de texto definitivo,311 es decir, el momento en el que el autor deja de trabajar en la obra, que sustituye al concepto de publicación y que, aun siendo igual de imposible de localizar en el tiempo, es más acorde con la realidad de la difusión de las obras en este periodo y su naturaleza, el mayor condicionante para su extensión y divulgación.

La obra de Heródoto tiene una extensión importante, que se organiza como es sabido por medio de la aplicación sistemática de recursos de sobra

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Teopompo, 115 F 1-4, obra primera del autor, como señala Jacoby, com. ad loc., p. 354 y ss. En esta época, las obras de Heródoto y Tucídides se asimilaban a niveles superiores de educación, como apunta su estudio en los círculos de Isócrates, en oposición a las líneas tradicionales de educación, asimiladas con Platón, de manera quizá errónea. Ello no implica, a nuestro entender, una excesiva popularidad, como indica respecto a los epítomes Momigliano, 1984b, p. 114. Cf. Marrou, 1985, p. 113 y ss. Después de esta época, con la llegada del poético alejandrinismo, la historiografía será aún más un genero para escogidos, cf. p. 224. Para este fenómeno en época de Séneca, cf. Nicolai, 1992, p. 54.

308

Cf. Flory, 1980, p. 16. Cf. también Flory, 1987, p. 16: «[...] Herodotus must have aimed at a relatively small and elite audience of readers».

309

Cf. Vansina, 1985, p. 15 y ss.

310 Cf. Porciani, 2005, p. 2 y ss., para un análisis crítico, y especialmente p. 11. Dumbar, 1995, p. 595, reduce en la nota de su comentario a Aves el pasaje a simplemente una reminiscencia probable.

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conocidos como la Ringkomposition,312 o recursos narrativos como el empleo de estilos progresivos de narración, herencia de la primera prosa, y que permiten la organización de pequeñas narraciones, pero no goza de recursos mecánicos que faciliten esa labor de presentación oral de la obra, como puede ser el ritmo, el verso, la música o la construcción mecánica al modo de los poemas épicos, es decir, falta la microestructura.313 A este respecto, no está de más recordar cómo Rosalind Thomas afirmaba al estudiar el fenómeno de las tradiciones orales en Atenas que «though it is widely held that people in oral societies have extremely long memories, even that is not certain, they do have to have better devices or mechanisms for remembering».314

Esta idea, a la que ya hemos hecho referencia antes dentro de un marco antropológico general y aquí aplicada al tiempo y el lugar en que se encuadra Heródoto, hace muy complicado pensar en una oralidad rigurosa de la obra herodotea, cosa que no excluye las posibles lecturas en voz alta,315 como era habitual en la Antigüedad hasta tiempos tardíos, pero imposibilita plantearse la figura de Heródoto como un aedo en prosa, cosa que ya vio con gran genialidad Pohlenz, al dar cuenta del tono oral de ciertas partes, con empleos como los antes vistos, pero dudando seriamente de tal naturaleza respecto a otros pasajes.316 Ello nos recuerda que es necesario pensar que las Historias

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Cf. Beck, 1971, passim. 313

En este sentido, Johnson, 1994, p. 249 y ss., da cuenta de la existencia de la asociación de ideas y de referencias cruzadas dentro del texto, pero solo estos rasgos no permitirían la expresión oral de la obra, sino, en todo caso, su unidad; falta, pues, la microestructuración a la que antes hacíamos referencia.

314 Cf. Thomas, 1989, p. 4. 315

Cf. Jacoby, 1913, col. 226 y ss. Flory, 1980, p. 22, habla de la posibilidad de memorizar pequeños libros en prosa para su posterior lectura, lo que, obviamente, sería el camino de vuelta de las antiguas narraciones de carácter tradicional, dado que partiríamos de obras no tradicionales que son expuestas como tradicionales. Lógicamente, la lectura de una obra como la de Heródoto llevaría largo tiempo, y Flory, defendiendo un carácter elitista de la misma, afirma que «The Histories must have seemed an even longer and more difficult book to them than it does for us», pero, a nuestro entender, el problema reside en el círculo en el que se leyera, y sabemos de lecturas de obras no precisamente populares en casas de las élites atenienses, como atestigua Diógenes Laercio, IX 54, para Prótagoras y su obra Sobre los

dioses, por lo que el problema sería determinar en qué esfera se realizarían esas lecturas.

Resulta difícil determinar dónde se leyeron las Historias, pero lo que parece seguro es que no se hacía ante un auditorio como el de la tragedia, ya que no es una obra por completo tradicional, y desde un concurrido «salón» de prohombres hasta la lectura individual hay un espacio que no es fácil delimitar.

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fueron concebidas desde un comienzo como obra escrita, idea ya apuntada por Pearson,317 pero aún resta por examinar un último problema, y es que esta afirmación parece entrar en contradicción con los testimonios antiguos.

La tradición antigua, principalmente Luciano y sobre todo Plutarco,318 nos presenta a un Heródoto haciendo lecturas públicas y recibiendo fuertes sumas de dinero por ello. Más allá de la inquina del de Queronea por el historiador, nos parece interesante seguir la línea trazada de manera magistral por Erbse en el análisis de esos testimonios, buscando esclarecer qué personaje nos presentan ambos autores, con total independencia del tiempo en que fuera creada esa imagen.319

El Heródoto de Plutarco y de Luciano, concluye Erbse, es un sofista,320 semejante a Hipias o a cualquiera de los que pululan por las obras platónicas, a partir de cuyas caricaturas nos atreveríamos a afirmar que Plutarco construyó su demonio personal: la defensa de la cultura tradicional es representada por la negativa del beocio Aristófanes a pagar a un Heródoto que trataba de perturbar a los jóvenes,321 lo que nos lleva de manera sorprendente a un ambiente plenamente platónico, con una imagen estereotipada de la sofistica que debemos precisamente a este filósofo, uno

317 Cf. Pearson, 1939, p. 8; la idea de un autor «cortesano» no nos seduce. En contra Havelock, 1994, p. 63 y ss.

318

El resto de pasajes pueden verse recogidos y comentados en Chaniotis, 1988, p. 290 y ss.

319 Cf. Erbse, 1979a, p. 142. Más recientemente, Johnson, 1994, p. 232 y ss., ha analizado el significado de ἀγώνισµα en Tucídides, I 21, concluyendo que su significado no es “recitación oral”, sino “composición popular”. Sea como fuere, no nos parece en exceso desencaminada la propuesta, si bien popular nos lleva irremediablemente a un contexto oral, y lo más sencillo parece, como el propio autor indica, no asumir el prejuicio de una referencia a Heródoto, cf. Johnson, 1994, p. 239, que no deja de ser, por otra parte, la opinión habitual, cf. e. g. Canfora, 1999b, p. 122 y ss.

320

Cf. Erbse, 1979a, p. 141 y ss. El Heródoto de Luciano es sin lugar a dudas un Hipias o un Gorgias redivivo, con sus lecturas en Olimpia, si bien Luciano, como indica Erbse, hace a Heródoto el iniciador de la tradición de estas lecturas, cf. Luciano, Heródoto, 3; el problema es que la Helena de Gorgias es un discurso retórico asequible para su recitado, la obra del de Halicarnaso no. Cf. también Johnson, 1994, p. 242.

321 Plutarco, Moralia, 864d: Ἀριστοφάνους δὲ τοῦ βοιωτοῦ γράψαντος, ὅτι χρήµατα µὲν αἰτήσας οὐκ ἔλαβε παρὰ Θηβαίων, ἐπιχειρῶν δὲ τοῖς νέοις διαλέγεσθαι καὶ συσχολάζειν ὑπὸ τῶν ἀρχόντων ἐκωλύθη δι᾿ ἀγροικίαν αὐτῶν καὶ µισολογίαν. Recuérdese la acusación contra Sócrates. Cf. Erbse, 1979a, p. 140 y ss. Piénsese en el paralelo de Platón, Hipias mayor, 285d y ss., en el que Hipias da cuenta de que a los espartanos solo les interesaban las sagas; no era en esta época la historia lo que más peligroso parecía a las facciones más tradicionales.

de los mentores intelectuales de Plutarco. Ello nos permite poner seriamente en duda las noticias antiguas acerca de esas lecturas públicas, que responden al diseño de una imagen idealizada y endemoniada al tiempo del intelectual peligroso y codicioso.

Teniendo presente este hecho, las posibles dificultades que puede presentar el pensar en el empleo sistemático y no ocasional de recursos de carácter oral se ven superadas gracias a los avances en la delimitación del espacio oral en la literatura griega, que han venido en los últimos años a frenar un «panoralismo» que terminó por confundir los, eso sí, confusos márgenes de un proceso que tanto ha revolucionado el estudio de la literatura. Bakker razonó de forma adecuada la necesidad de distinguir entre

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