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En apenas treinta meses, toda la obra napoleónica es barrida; Francia regresa en 1815 a sus límites anteriores a la Revolución mientras que el resto de las potencias europeas crecen, y el nuevo orden europeo se construye fundamentalmente contra ella, sensiblemente debilitada, con su potencial demográfico y de defensa mermado, y que se sume en la nostalgia. Definitivamente vencido Napoleón, confinado ahora en la remota isla de Santa Helena, la paz de 1815 de las restauraciones dinásticas quedaría simbolizada en la ópera de Rossini Il Viaggio a Reims, en la que un grupo de personajes de diferentes nacionalidades viajan para asistir a la coronación de Carlos X, como canto a la armonía y la paz del nuevo periodo y celebración de la monarquía restaurada54.

Pero lo cierto es que en 1815, y tras veinte años de guerras, el papel en el mundo de Europa como conjunto quedó disminuido55, y la necesidad de replantearse su sentido

se hizo más urgente que nunca; se podría decir por tanto que, de la crisis, la idea de Europa surgió fortalecida.

El orden de Viena emerge en el corazón de toda discusión acerca de las transformaciones de la política europea56. El debate en torno a su sentido, surgido a

partir de la obra crucial de Paul Schroeder, autor de un “indispensable mapa conceptual”57 para su interpretación, ha tratado de dilucidar su significado en tanto que

simple episodio o modelo para dicha transformación; la “revolucionaria transformación” acaecida entre 1813 y 1815 habría venido así a reemplazar un equilibrio de poderes altamente competitivo, conflictivo e inestable propio del siglo XVIII por un sistema más cooperativo, consensual, orientado al concierto y la primacía del Derecho58. Schroeder, en su trabajo, distinguía las nociones de juste équilibre

54

Fontana, 2002, pp. 116-117

55

Renouvin, 1982, p. 3

56

Kraehe, Enno E., en Schroeder y Krüger (eds.), 2002, p. 161. Y acerca de estas transformaciones, el propio Schroeder apunta : « successive transformations in international politics over time can change a vague Utopian ideal into a practical possibility or reality » (2002, p. 326)

57

Kolodziej, en Schroeder y Krüger (eds.), 2002, p. 315. Kolodziej atribuye a este marco conceptual la virtud de ser capaz de superar la discontinuidad y desconexión entre episodios históricos en un contexto interpretativo mayor de las transformaciones políticas europeas, aproximación conceptual con la que no puedo mostrarme de acuerdo, puesto que supone eludir la historicidad de los propios conceptos.

(definido como un equilibrio político basado en los derechos adquiridos bajo un Derecho internacional, que habría caracterizado al concierto de Viena) del mero balance

of power, entendido en su sentido más tradicional, como una política propia de los siglos

precedentes59, distinción que no obstante ha sido muy respondida, tanto por

historiadores lexicográficos como por otro tipo de autores60. Otro de los aspectos

discutidos es la convivencia antitética entre una supuesta balanza de poderes, concepto que centra también el análisis del periodo de Alan Sked61, y la existencia de políticas

hegemónicas (con potencias extra-europeas como Rusia o Gran Bretaña), que sólo habría posibilitado ese periodo de paz y estabilidad mediante un equilibrio de derechos y satisfacciones, y no un sistema de balanzas basado en la disuasión recíproca; en opinión de Edgard Ingram62, este equilibrio de paz y seguridad sólo pudo lograrse exportando la

violencia a las periferias, surgiendo así una política europea, de paz y cooperación, frente al resto del mundo colonizado, a donde se desplazan el conflicto y las políticas imperiales; y en el corazón de todo este debate, sigue estando el lugar de la propia Europa en el sistema.

De Viena emerge así un orden europeo cuyo máximo mérito iba a ser el de la durabilidad63. Contener a la “gran Nación”, devolverla a sus fronteras anteriores al

noventa y dos (exceptuando Saboya y Niza), sería uno de los principales objetivos del Congreso de Viena, la viga maestra necesaria para devolver la paz a Europa64. Este

objetivo se persigue a través de esa noción de “equilibrio”, principio introducido por Talleyrand, junto al de legitimidad, los dos grandes fundamentos intelectuales del sistema. La noción de equilibrio (en el sentido de “balance”), que refleja una “política de gabinete” propia del siglo XVIII, no agota sin embargo en sí misma el contenido del orden europeo surgido del congreso, que incluye además —desde una perspectiva

59

Schroeder, 1994, pp. 580-583.

60

A lo que Schroeder responde que un riguroso estudio del discurso sobre el concepto de “balanza” en el siglo XIX debería llevarse a cabo (2002, p. 328), empresa que no ha sido acometida por el momento. En su opinión, cuando se utiliza los términos de “equilibrio europeo” o “equilibrio político” en este periodo, se hace referencia más a un deseable estado de equilibrio y armonía, equilibrio de derechos, pues, y no a un mero “balance of power”. Para Wood, no obstante, el objetivo fundamental del Congreso seguia siendo “to bring about a balance of forces in Europe that would remove any danger of expansion by France or Russia” (1984, p. 8).

61

Sked, 1979.

62

Ingram, en Schroeder y Krüger (eds), 2002.

63

Aunque no faltan autores en señalar los defectos que le alejan de sus principios, y que iban a suponer serios límites a su efectividad y durabilidad (Schroeder, 2002, p. 329): la desventaja y aislamiento a la que se condena a Francia, el choque ideológico latente entre las potencias constitucionales y las absolutistas…

64

Y sin embargo, Voyenne apunta: “En 1815, les souverains, victorieux de l’usurpateur, sont préoccupés de leurs couronnes et même de leurs têtes qu’ils sentent vaciller, beaucoup plus que de la paix et de

optimista— un primer esbozo de organización económica internacional (a través de las disposiciones del Acta final que aseguran la libre navegación en los grandes ríos europeos, por ejemplo); el equilibrio de potencias propicia la emergencia de un Estado de Derecho, con instituciones consultivas y prácticas de negociación para el consenso; comprende además valores comunes, y el sentimiento de pertenecer a una misma civilización que influirá en todo el siglo. Se funda, en fin, sobre la base de una nueva forma de entender y organizar las relaciones internacionales, en la que cada Estado, incluso aunque sea pequeño, ve sus derechos reconocidos e incluso, a veces, garantizado su estatus por los restantes países europeos (como es el caso de Suiza). Comienza además a tomar peso la idea de que la seguridad de cada cual depende en gran medida de la voluntad de todos. Los encuentros y cumbres regulares, surgidos a partir del Congreso, se reforzarán en la segunda mitad del siglo a través de instituciones internacionales permanentes, sentando las bases metodológicas y de principios que se habrían proyectado en organizaciones internacionales ulteriores65. William McNeill llega

a sugerir que este episodio marca un hito en el que la humanidad alcanza un nuevo grado de evolución y de conciencia colectiva, participando en un “sistema global”66.

Se trataba de llevar a cabo una reconstrucción de Europa lejos ahora de la uniformización y la “espantosa novedad” que había supuesto la política de la “dinastía usurpadora”, pero sin perder de vista los lazos que de manera común y familiar unían a los príncipes —y a los pueblos— de Europa. Poco después de Waterloo, el periódico

Le Moniteur Universel, evocando los hechos de la Revolución, el Imperio y el futuro más

inmediato, escribía:

« Aussi s’écroule cet antique édifice de ce que Voltaire avait appelé la ‘République européenne’, devant une puissance nouvelle qui, tantôt dans l’intérêt de ses maximes toutes neuves, tantôt dans l’intérêt d’un seul homme et d’une dynastie usurpatrice, voulait que tout changeât autour d’elle... que tout participât à sa nouveauté si effrayante. Il était donc aujourd’hui question de le reconstruire: tel fut l’ouvrage du Congrès. Adoptons l’idée lumineuse et juste de l’auteur du Siècle de

Louis XIV, et sans partager les idées honorables du grand Sully et du bon abée de

Saint-Pierre, considérons un moment l’Europe, dans son ensemble et dans le système général de ses rapports fondamentaux, comme une société, comme une famille, comme une république de princes et de peuples »67

65

Un ejemplo de estas secuelas será la conferencia de La Haya de finales de siglo, que declarará la guerra ajena al Derecho y establecerá un mecanismo permanente de arbitraje Sédouy, 2003, pp. 16-17.

66

No se trataba sólo de llevar a cabo la Restauración en Francia, sino de impedir en toda Europa que pudiese volver a brotar el espíritu revolucionario, para lo cual se propugna volver a la tradición, y devolverle a la legitimidad dinástica su carácter sagrado, como “garantía” mayor para los Príncipes de Europa. Se impone de este modo la idea de “qu’il existe une solidarité européene fondamentale, et que celle-ci, fondée sur la légitimité, puis sur l’équilibre, est le plus solide rempart de la paix”68; Castlereagh

habla de un “balance of power” como una de sus mayores preocupaciones, y de una “Commonwealth of Europe”, como queriendo resaltar la idea de solidaridad generalizada entre las grandes potencias. Por otro lado, el deseo de paz y la autoridad recobrada por la gracia de Dios son valores que se proyectan con carácter retroactivo en una visión idealizada del pasado y más exactamente de la Edad Media, utilizada a su vez como argumento histórico en el debate político contemporáneo, un pasado que vendría a significar ahora una instancia de legitimidad hacia el presente y el futuro (tal y como veremos en el apartado siguiente de este capítulo). Pero intereses y Derecho son malas a casar en muchas ocasiones, y si no, recordemos la expresión de Alejandro I “les convenances de l’Europe sont le droit”. Hay quien habla de una paz general fundada sobre un contrato colectivo69 y el mismo Gentz apuntaba que el principio de equilibrio

había sido superado por el principio de unión general70.

Los principios que rigen el concierto, sin embargo, no son más que un débil muro de contención frente a los sucesivos embates de la voluntad de poder de las propias potencias, que no se sienten ni mucho menos “obligadas” por ese contrato. Y lo que hubiera sido fundamental, la limitación de la soberanía de los Estados en favor de un organismo superior independiente, aunque algunos autores como el polaco Czartorysky o el Conde de Saint-Simon (de cuyo proyecto trataremos más adelante) traten de reorientar el congreso en este sentido, nunca tendrá lugar71.

El trabajo diplomático de Viena se limitará pues, en la contrabalanza de los puntos negros, a reconstruir Europa sobre bases estrictamente legales, sin reconocer las “fuerzas morales” surgidas en la Revolución Francesa y continuadas por el espíritu romántico, y que desde entonces dirigirán poderosamente los ánimos de muchos

68

Duroselle, 1965, p. 192

69

Fórmula de Albert Sorel, recogida por Duroselle, 1965, p. 196, y por Droz, 1988, p. 236

70

Así lo definía Friedrich von Gentz en un momento de entusiasmo: “The political system existing in Europe since 1814 and 1815 is a phenomenon without precedent in the world’s history. In place of the principle of equilibrium (…) and the counterweights formed by separate alliances (…) there has succeeded a principle of general union, uniting all the states collectively with a federating bond” (cit. en Cooper, 1991, p. 14).

europeos. Se crea así una estado de cosas artificial, que despierta numerosas hostilidades entre los sectores más progresistas (liberales, nacionalistas...), y los tratados despiertan muchos resentimientos: la política interior francesa estaría así marcada en lo sucesivo por la voluntad de muchos de revisar los tratados que le fueron impuestos en 1815.

Actualmente parece estar de moda despreciar la historia diplomática en tanto que historia puramente de acontecimientos, ajena a los procesos sociales y los destinos de los pueblos, tal y como se lamenta Sédouy72. Y es cierto que sobre la mesa se

negociaron, bajo el manto retórico del orden y la paz europea, un buen número de intercambios de territorios y poblaciones, repartidos en lotes y de lo que se encarga la “comisión de estadística”, sin tener en cuenta las diferencias lingüísticas y religiosas, las tradiciones, las simpatías o antipatías entre los pueblos, y sin que la voluntad de los propios habitantes pudiera jugar ningún papel en el sistema73. La aportación de Paul

Schroeder tiene, en este sentido, el mérito de haber reintroducido, de una manera crítica, la fuerza causal de los agentes humanos a la hora de explicar el comportamiento estatal, a través de las decisiones, reflexiones y esfuerzos cooperativos de las elites políticas, superando la falacia metódica de una transferencia espuria de las motivaciones de los agentes humanos a entidades colectivas tales como “los aliados”, “el congreso”, o “las grandes potencias”74. Al Congreso de Viena se le achaca con frecuencia este

hecho de no haber tenido en cuenta la voluntad de los pueblos, y aunque el impulso nacionalista era todavía débil en 1815, Alejandro, Wellington y Metternich no dejaban de ser conscientes de que el fracaso de las armas no implicaba el fracaso de las ideas, ideas que, vinculadas ellas también a la dominación francesa durante esos veinticinco años, podían amenazar seriamente el edificio de Viena; si la conciencia de nacionalidad se había afirmado en la resistencia a la dominación napoleónica, pero identificada entonces sólo con un sentimiento patriótico y de reacción a la ocupación extranjera, a partir de 1815 adoptaría la forma de una “doctrina”75, y las aspiraciones de los pueblos italianos,

alemanes o polacos iba a empezar pronto a jugar un papel decisivo (aunque inicialmente

72

Sédouy, 2003, p. 15.

73

Gentz, una vez más, lo vio así, en una memoria del 12 de febrero de 1815 (y no tan optimista como en el párrafo citado anteriormente): “Les grandes phrases de ‘reconstruction de l’ordre social’, de ‘régénération du système politique de l’Europe’, de ‘paix durable fondée sur une juste répartition des forces’, etc, se débitaient pour tranquilliser les peuples, et pour donner à cette réunion solennelle un air de dignité et de grandeur; mais le véritable but du Congrès était le partage entre les vainqueurs des dépouilles enlevées au vaincu” (cit. en Duroselle, 1965, p. 194).

74

restringido, guiado por sociedades secretas en su mayoría) como ariete de la obra de la Restauración

El Congreso de Viena toma pues en muchos sentidos la forma de un

anacronismo76. La pretensión de volver al estado anterior a todo el proceso

revolucionario restableciendo el orden del Antiguo Régimen iba a presentarse desde el principio como un objetivo ingenuo, si no imposible de cumplir; semejantes acontecimientos históricos no se borran “como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo”, tal y como pretendía en España Fernando VII y muchos otros como él en el resto de Europa. El sistema de equilibrio de poder iba a acabar resultando así tan impracticable como cualquier utópica hermandad ideal y universal de paz perpetua. Se mantiene en cambio el principio de reagrupamiento heredado de Napoleón; la división de Polonia tampoco iba a ser puesta en cuestión; pequeñas repúblicas como la de Venecia desaparecen también del mapa de Europa, que sale de 1815 completamente refundido. Las grandes potencias no iban a disolver el Congreso sin sacar beneficios en recompensa por su victoria, y así, sólo Inglaterra, que tiene sus expectativas puestas en ultramar, se contenta con hacer retroceder el poder de Francia y limitar al mismo tiempo el de Rusia, su nueva rival continental a partir de ese momento. Llama la atención la participación de Rusia en calidad de igual, e incluso, su revelación como salvadora de la Europa cristiana. La inclusión o no de Rusia en el concepto de Europa siempre ha sido controvertida; Voltaire propició con su Historia del Imperio ruso bajo Pedro el Grande que se comenzara a pensar en el país eslavo como parte, si no territorial, sí al menos cultural de Europa, pero sería Napoleón, con su guerra, el causante definitivo de que Rusia fuera considerada en lo sucesivo como europea sin asomo de dudas, aceptando en adelante, como parte intrínseca a la esencia europea, la contradicción interna entre una corte afrancesada, convertida a la civilización occidental, y un pueblo que aún conservaba mucho del mito bárbaro.

La Europa de después de 1815 se había convertido así en un nido de intrigas y rivalidades, que albergaba disensiones profundas que antes o después acabarían

76

“by the methods of eighteenth century statecraft and old-style cabinet diplomacy”, censura Sellin (en Schroeder y Krüge, 2002, p. 234); “Congrès d’hommes de Cour, le Congrès de Vienne se passait davantage en bals, fêtes et spectacles, qu’en séances de travail”, ironiza Brekilien (1965, p. 285) como otros muchos, queriendo demostrar que lo que allí sucedía era además como de otra época, con un sentido desfasado de la política. Chateaubriand, del mismo modo, evocando la entrada en París de Luis XVIII el 3 de mayo, dedica estas líneas a la Vieja Guardia Napoleónica que le recibe en Notre Dame: “Ces hommes, privés de leur capitaine, étainet forcés de saluer un vieux roi, invalide du temps…” (Cit. en Wood, 1984,

estallando. Gentz, secretario del Congreso de 1815, escribía de nuevo: “Le mot d’Europe m’est devenu objet d’horreur... J’ai perdu toute envie d’être un Européen”77.

El interés europeo fue sólo cuestión de palabras, un disfraz de la retórica. Y por lo que respecta al tema que aquí nos ocupa: “¿Pensaban los hombres de Estado de 1815 en el establecimiento de una Confederación europea?”; Pierre Renouvin se contesta a sí mismo tajantemente que no: en los textos estudiados de este periodo no hay nada que implique una limitación de la soberanía de los Estados en beneficio de un organismo supranacional; nada que organice una protección mutua de integridad territorial ni compromiso alguno de renunciar definitivamente a la guerra, en pos de una paz perpetua: “las soluciones propuestas no tuvieron otro objeto que confirmar la preponderancia de las grandes potencias victoriosas; todo lo más, consistían en un esbozo de Directorio, no el preludio de un esfuerzo de organización inspirado en ideas federativas”78. Y

Duroselle, por su parte, juzga a este respecto que, contrariamente a la leyenda, no hubo ni podía darse una verdadera “organización europea” en los años siguientes a 1815; los intereses de los Estados se antepusieron siempre a los principios; se hablaba de Europa sin cesar, pero en el fondo se trataba de la Europa de las rivalidades, de la lucha de influencias y las ambiciones, donde una sincera Europa política habría brillado por su ausencia79.

Y sin embargo, desde otra perspectiva, el concierto que iba a nacer en el Congreso de Viena sí puede ser considerado en cierto sentido como un “sistema”, una organización europea concebida bajo la presunción no del todo desacertada de que, en el futuro, la paz y la estabilidad del continente no podrían dejarse al libre albur de un ajuste de fuerzas o una política de alianzas más o menos espontánea y circunstancial, sino que habría de necesitar de un plan construido y monitorizado desde arriba a nivel continental (la Cuádruple Alianza había establecido en esta dirección el principio de consulta permanente como un importante avance). Las clases dirigentes de 1815 se ven políticamente impulsadas por un creciente sentimiento de solidaridad80, ante la

convicción de que comparten algo más que un territorio. Y su obra se constituiría en la base necesaria para cualquier pretensión de unificación posterior. El sansimoniano Gustave d’Eichthal, aunque defensor de una unión europea más completa y definitiva,

77 Cit. en Duroselle, 1965, p. 205. 78 Renouvin, 1982, p. 38 y p. 34. 79 Duroselle, 1965, pp. 204-205.

hacía no obstante la siguiente evaluación a posteriori acerca del Congreso de Viena, veinticinco años después:

« Un règlement nouveau des relations politiques de l’Europe, et qui furent complétées par le traité de la Sainte-Alliance, dont les monarques signataires s’engagèrent à se considérer désormais comme des compatriotes, comme des