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3. EXSTING WORKS ON DASHBOARD DESIGN, AGILE DEVELOPMENT

3.2 Agile Development Visualization

El virrey Luis de Velasco oyó al fi n las justas peticiones de Quiñones y decidió reemplazarlo por Alonso García Ramón, antiguo cuartel maestre de don Alonso de Sotomayor. García Ramón conocía a Chile y a los mapuches como a su mano, pues se había retirado de Chile al ser designado gobernador Martín García Oñez de Loyola.

El gobernador nombrado comprendió que el mayor sacrifi cio que podía pedirse a un hombre era hacerse cargo de la Gobernación de Chile en esos momentos, sin darle a su vez los recursos y refuerzos militares necesarios.

Militar, obedeció. El 12 de junio de 1600 partió del Callao con dos buques repletos de provisiones, ropas, abastecimientos y el 30 de julio entró a Santiago. Su sola presencia dio a los santiaguinos y a los chilenos en general una sensación óptima de seguridad y una fuerte reacción moral.

Ya en septiembre supo que el Rey había designado en propiedad como gobernador a don Alonso de Rivera, reputado militar en Europa. García Ramón, a pesar de todas las noticias, se preparó para ir de inmediato en ayuda de Concepción y Chillán y efectivamente destruyó en Quinel a una concentración de más de 4.000 indios.

Proyectó enseguida una excursión por Angol, Lumaco y Purén para socorrer a Villarrica y luego reunirse en Osorno con el comandante Francisco del Campo.

Supo la dura y afl igida situación de Arauco y se decidió a apoyarlo; los pobladores y militares del fuerte tenían en tal extremo agotadas sus fuerzas y sus recursos que su resistencia no podía durar mucho más.

García volvía a Concepción para acudir en auxilio de Arauco, cuando, estando de camino a Hualqui, le llegó la noticia de la llegada de Alonso de Rivera, quien el 11 de febrero desembarcó en Concepción y empezó a tomar contacto con su antecesor.

Pedro de Valdivia, Fco. Villagra y Gmo. Alderete, Gobernador de Chile en “Histórica relación del Reino de Chile” de Alonso de Ovalle.

Francisco de Villagra. Personaje importante de la Conquista. Gobernador de Chile entre los años 1561 y 1563. Óleo de Pedro León Carmona.

1. ALONSO DE RIBERA Y ZAMBRANO (1601-1605)

Ambos militares tenían sus rivalidades. Desde luego el Virrey había manifestado todo su apoyo a la designación en propiedad de García Ramón; hecho que Ribera comprendió por el trato y dilación con que se atendía a sus peticiones en Lima. Entre ambos se establece una armonía y cortesía de etiqueta, pues en el fondo de ambos había reservas y desconfi anzas bien disimuladas en el primer momento de sus relaciones.

García Ramón resolvió quedarse en el país, porque el Virrey se lo pedía y le solicitaba en términos muy lisonjeros su valiosa cooperación en el ejército. La armonía primera se comprenderá que, siendo aparente, no podía durar.

Ciertamente Alonso Ribera era un militar de altísimo prestigio, bien ganado en todas las operaciones de guerra en las que participó en Europa: en Italia, Flandes y Francia. Pero también García Ramón tenía un bien ganado prestigio por su actividad en Chile en tiempo de Sotomayor.

Tomás Guevara, en su Historia de la Civilización, dice: “Al día siguiente de la entrevista, García Ramón entregó a Ribera un proyecto de campaña, que consistía en invadir el territorio araucano con tres cuerpos que debían maniobrar simultáneamente, uno por la costa, otro por el centro con destino a socorrer a Villarrica y Osorno, y el tercero por el mismo camino, pero destinado a repoblar Santa Cruz y Angol. Parecióle al gobernador inaceptable el plan de su predecesor, por cuanto fraccionaba su ejército debilitándolo y por encontrarlo semejante a los que se habían puesto en ejecución anteriormente sin ventajas decisivas. Pidió García Ramón que Ribera le diese una respuesta categórica sobre él y en su defecto, solicitaba su venia para “irse a su casa”; a lo que este le contestó que hiciera lo que fuese de su agrado”29.

Después de esta entrevista Ribera citó sus capitanes a una junta, que se realizó el 16 de febrero, para poner en conocimiento de ellos su plan, que en buena parte coincidía con el de García. Lo primero que parecía debía hacerse, sin dilación, era socorrer la plaza de Arauco, pero en caso alguno debilitar la fuerza con fraccionamiento del ejército. Aceptaba el socorro de Villarrica y

Osorno, pero en vista de las difi cultades insuperables del momento, difería esta operación para más tarde.

Los ofi ciales aprobaron el plan. García, al conocer el proyecto de Ribera, decidió trasladarse al Perú, deseo en que no lo contrarió su rival, interesado en suprimir cualquier obstáculo a sus planes y proyectos. Surgió así enemistad de recriminaciones sobre errores militares que llegaron al Virrey y al mismo Monarca.

Al momento de iniciarse como gobernador, Ribera contaba con 44 años de edad. Era el ofi cial con hoja de servicio más brillante del ejército español. Su nombre aparece llamando la atención del duque de Fuentes y del Archiduque Alberto. Este último le nombró sargento mayor, o sea, comandante en jefe de uno de los tercios de la Infantería Española. Hasta la fecha, ya un siglo, no había venido de España a América un soldado con mejor hoja de servicio y ninguno de los que vino mostró dotes de estratega y táctico a su altura.

“España sacrifi caba su más valiosa reserva de comando guerrero, para hacer frente al pueblo mapuche, que había concluido por acaparar la atención de América entera y por preocupar seriamente al Monarca y al Consejo de Indias”30

Su designación se debió a la valiosa intervención del duque de Fuentes. Cuando el Rey se impuso de la gravedad de los hechos en Chile, con la muerte de Oñez de Loyola y la rebelión en marcha que siguió a su sacrifi cio, solicitó al Consejo de Indias que le propusiera un gobernador que realmente fuera capaz de dominar la rebelión y de poner término a la sangría que signifi caba la Guerra de Arauco. El consejo, a su vez, solicitó nombres al general duque de Fuentes, quien no dudó que la persona que reunía las condiciones que el Rey solicitaba era Alonso de Ribera, y así se desprendió del mejor de sus ofi ciales, ante los datos que se le dieron sobre Chile y su importancia para la conservación del Perú.

Ribera partió de Sevilla en abril de 1600, con 300 hombres y la promesa que muy pronto se le enviaría, por lo menos, otra partida igual.

Hizo su viaje vía Panamá, donde encontró al ex gobernador de Chile, don Alonso de Sotomayor, quien le dio los primeros informes válidos sobre Chile, la guerra de Arauco, el criterio y capacidad militar del mapuche y la indisciplina, desaliento, pobreza y fatiga del soldado español, que iba a encontrar en Chile.

Europa y España eran otra cosa. El hombre empieza a tomar contacto con otra realidad, y por lo mismo, comienza para Ribera tropiezos inesperados y que además no tienen la solución que él había encontrado con facilidad en España.

Así en Panamá se enfrenta al primer tropiezo; le han ofrecido entregar a su mando 300 soldados de primera clase, más las bajas que debían calcularse se producirían antes de llegar a Chile. El general que había de entregar este contingente, Marco de Aramburo, pone bajo el mando de Ribera un total de 437 hombres.

Este contingente era una burla para un militar como Ribera y así se lo manifi esta en carta al Rey, en que le describe la condición de estos hombres: “Ciento treinta y uno de ellos de Cádiz, veintiocho viejos, sesenta y dos bi- soños, sesenta agregados, sesenta y dos sin espadas, y 94 que no han entrado de guarda en este pueblo (Panamá) por inútiles”. Se encuentra así con un contingente, sobre el cual ejercer su mando, que constituía una burla para su calidad, sus méritos y la misión que se le confi aba. Nueva difi cultad tendría en Lima, donde piensa poder hallar los hombres que no encontró en Panamá. Luego se da cuenta que en Lima la situación es peor.

Tuvo mejor suerte en el aspecto de recursos en dineros. El Rey había entregado orden para que, de las Cajas Reales del Virreinato, se le entregaran 60.000 ducados anuales. El virrey Velasco le anticipó un año de subsidio para que pudiera apertrecharse en Lima y, a fi nes de diciembre de 1600, salió del Callao en dos naves, para desembarcar en Concepción en febrero de 1601.

Llegó con un contingente compuesto por 260 hombres regularmente equipados; la deserción entre Panamá y Perú fue casi tanta como la que traía. No se podía esperar otra cosa, después de la descripción que él hace de sus hombres.

Se conocían en Concepción sus antecedentes y capacidad militar, pero su llegada desilusionó a los pobladores ya que se había pedido al Virrey y al Rey

en un “memorándum” que llevó el provincial de los Agustinos fray Juan de Bascones, otra cosa.

En este “memorándum” se exponía claramente el descontento por el envío de personas sin capacidad para enfrentar la guerra, como había sido el caso de Martín García Oñez de Loyola y solicitaban se enviara de nuevo a Alonso de Sotomayor o, en su lugar, a Alonso García Ramón.

Nada de esto se tuvo en cuenta y tanto el Consejo como el Rey pensaron, precisamente, satisfacer la demanda enviando, en lugar de los nombrados a Ribera debido a sus antecedentes.

Solicitaban un contingente de 2.000 soldados y el dinero para pagarlos, equiparlos y hacer frente a las adquisiciones para su vestido y alimento. Pedían además que se dotara a la Gobernación de dos barcos permanentes para combatir a corsario y piratas, con base, uno en Chiloé y otro en isla Mocha. La petición supone y expresa que a los corsarios, llegando por el estrecho del Pacífi co y sin tener ocasión de realizar reparaciones, se les vencerá fácilmente.

Así, al recibir a Ribera, ven desoídas todas sus sugestiones y estiman su presencia casi como una burla. Conoce el gobernador, al desembarcar, el desagrado con que se le recibe. Además no trae 2.000 hombres, solo un poco más del 10% de lo solicitado.

Por la información recibida tanto en Panamá como en la entrevista en Concepción, a Ribera le queda claro que lo primero que debe hacer es salvar a los pobladores que, desesperados y moribundos, defendieron el nombre de España en Angol e Imperial y que se hallaban en Concepción después del despueble de esas ciudades. Debe salvar Valdivia, Osorno, Villarrica y Arauco y no tiene personal con que realizar estos cometidos.

Francisco del Campo, que defendía Osorno, ya había muerto en la defensa de la ciudad. Al norte del Biobío, se mantenían Concepción, Chillán, Santiago y La Serena.

Ribera quedó en Concepción; salvó así esta ciudad y garantizó la permanencia del norte del Biobío. Osorno, Villarrica y Valdivia fueron destruidas y al Sur del Biobío mantuvo solo el fuerte de Arauco. Como consecuencia otra vez la Colonia queda de hecho reducida al territorio del centro y norte de Chile, donde seguirá desarrollándose modestamente el

Chile colonial; estableciendo la vida de las haciendas con sus cultivos: trigo, maíz, papas, viñedos, olivares y frutales; una chacarería abundante y variada para el consumo local y un amplio desarrollo de la ganadería que llegará a entregar durante este siglo XVII la mayor cantidad de los productos de exportación: sebo, charqui y cueros; crianza de animales que se hace en forma extensiva en las inmensas haciendas cuyo dominio está siendo establecido como una consecuencia del título de merced.

Francisco del Campo se mantuvo dos años entre Valdivia, Osorno y Chillán; en Castro, venció y expulsó a los holandeses que se habían instalado en la isla. Llegó de regreso a Valdivia, la que encontró destruida y se internó a Osorno con el ánimo de despoblarla y llevar a sus habitantes a Chiloé. Dejó Osorno y se dirigió a la isla para preparar su traslado. Cerca de Carelmapu estableció su alojamiento, sin mayor preocupación de vigilancia.

Entre los indios huilliches de la comarca vivía un mestizo natural de Quito, que se llamaba Lorenzo Baquero. Habíase fugado de Osorno por un castigo que le hizo aplicar Del Campo. Con el ánimo de vengarse le seguía los pasos y acechaba la oportunidad de dar un golpe de mano a su antiguo señor.

La oportunidad se le presenta al rayar el alba. Ocultando su presencia en un pelotón de indígenas, se acerca al campamento español y acomete con rapidez. El primero que sale al oír el estrépito de la embestida es Del Campo, sin armadura y a medio vestir. Con una lanza en mano, seguido de algunos soldados, corre al encuentro y cruza con los bárbaros su arma, que se quiebra. Con el pedazo que mantiene en manos continúa defendiéndose. Lo ubica Baquero, vuelve contra él y le atraviesa el pecho de una lanzada. En este momento el español Cristóbal de Morales le grita: “¡ah perro mestizo! Aquí estoy yo que castigaré tus maldades”. Le apunta con el arcabuz y lo tiende de un balazo.

Francisco del Campo es otro hombre cuya presencia en la Conquista de Arauco merece un lugar de preeminencia en el recuerdo colonial.

Temiendo los capitanes que los indios pudieran ubicar el cadáver de Del Campo y destrozarle la cabeza para beber de ella en sus orgías, convinieron en arrojarlo al fondo de un río con piedras atadas al cuello. Inmerecida sepultura para tan insigne soldado.

Ribera envió a Francisco Hernández Ortiz, con 200 hombres que llegaron a Osorno y lograron salvar el resto de la guarnición. Se le ordenó que, si

Del Campo hubiera muerto, él tomara el mando del sur y prosiguiera a Villarrica, una vez que afi anzara la situación de Osorno. En lugar de cumplir lo estipulado se dirigió a Chiloé, donde se entregó a perseguir y castigar a los indígenas.

Cuando en marzo de 1602 vuelve y se prepara para llegar a Villarrica toda protección es inútil; se va a encontrar con los triunfantes amos araucanos.

Tres años resistieron los abnegados defensores de Villarrica, sin recibir ningún refuerzo, con innumerables privaciones y librando continuos combates. Todo el conjunto de hechos en torno a la destrucción de Villarrica forma uno de los episodios más conmovedores de la Historia Nacional.

Este episodio es conocido por la interesante y bien fundada descripción que de él nos da el padre jesuita Diego de Rosales, en su obra “Historia General del Reyno de Chile”, Tomo II, Libro V, Capítulo XXV. Creo que es de valor incorporar esta narración en forma íntegra, tal como está en su obra. El historiador Encina, en su Historia de Chile, al tratar este punto dice que parece ser que Rosales, que fue contemporáneo de estos hechos, ha tenido a la vista documentos hoy perdidos para nosotros, por la precisión y detalles que entrega sobre el tema, o bien, ha recibido la información personal de ese español, Marcos Chabari, que vivió y luchó y padeció los tres años del sitio y que, al caer fi nalmente la plaza, fue tomado prisionero, pero fue respetado por los indios que, en muchos casos, se portaron así con aquellos españoles en los que admiraron su valor y su heroísmo, como también el trato que les daban fuera de la guerra, o como prisioneros.

Chabari fue liberado y entregado por los indios, que lo retuvieron cautivo varios años, al gobernador Marqués de Baides.