PART I: BASIC M&E CONCEPTS
2. Analysis plans remain dynamic throughout the life of the project
Habrían transcurrido dos horas cuando salió a nuestro encuentro un “Siwayro” (roedor delgado del tamaño de un lechón cubierto de cerdas), al que seguimos un buen trecho dentro del bosque, sin poder darle caza por su naturaleza escurridiza.
Alrededor del medio día nos detuvimos al borde de un pequeño arroyo a beber de sus aguas. Fue entonces que yo descansaba fumando y masticando unas hojas de coca, para adormecer el cuerpo y camuflar el cansancio, al tiempo que trataba de aliviar las ampollas que se iban formando en mis talones por el rozamiento de los zapatos. De pronto un estrepitoso sonido hizo temblar el bosque entero. Me sobresaltó y erizó mis cabellos por lo inesperado y sorpresivo: Era un disparo de Eliseo efectuado a dos metros tras mis espaldas. Cuando me volví para averiguar la
Muy temprano al día siguiente la señora llamó a la puerta, para indicarnos que nos había preparado el desayuno. Al salir de la habitación encontramos una palangana y una jarra llenas de agua fresca, donde pudimos lavarnos la cara y hacernos el aseo matutino. Una vez listos pasamos a la mesa y fuimos objeto de un verdadero convite, un banquete rural. Comimos plátanos y huevos fritos con yucas asadas a la brasa y embadurnadas con manteca de chancho y miel de abejas silvestres, acompañando con fragancioso café caliente y recién pasado. A las seis de la mañana nos despedimos prometiendo pasar de regreso en un par de días. La buena señora nos recomendó tener mucho cuidado y nos internamos en la selva, no sin antes agradecerle por los consejos, las recomenda- ciones y las generosas atenciones. Desde entonces caminamos abriéndonos paso a golpe de machetazos, tarea que estaba a cargo de Eliseo que andaba por delante. Claro que eso fue mientras anduviéramos por las cercanías del fundo, porque eran terrenos donde habían sido rozados para cultivar y que luego se habían llenado de arbustos, a lo que se le llama “purma”, que ya no es monte virgen y se caracteriza por ser más tupido y de muy baja altura, donde caminar abriéndose paso es algo laborioso.
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LA REGIÓN DE PANTIACOLLA
Habrían transcurrido dos horas cuando salió a nuestro encuentro un “Siwayro” (roedor delgado del tamaño de un lechón cubierto de cerdas), al que seguimos un buen trecho dentro del bosque, sin poder darle caza por su naturaleza escurridiza.
Alrededor del medio día nos detuvimos al borde de un pequeño arroyo a beber de sus aguas. Fue entonces que yo descansaba fumando y masticando unas hojas de coca, para adormecer el cuerpo y camuflar el cansancio, al tiempo que trataba de aliviar las ampollas que se iban formando en mis talones por el rozamiento de los zapatos. De pronto un estrepitoso sonido hizo temblar el bosque entero. Me sobresaltó y erizó mis cabellos por lo inesperado y sorpresivo: Era un disparo de Eliseo efectuado a dos metros tras mis espaldas. Cuando me volví para averiguar la
causa, Eliseo depositaba la escopeta humeante en el suelo y corría por el bosque a grandes trancos; me puse de pie y al poco tiempo aparecía con un “paojil” en la mano, la mayor de las aves en la zona, de plumaje negroazulado y con pico rojo claro bermellón que le sube por la cabeza a manera de cresta.
-¡Hermoso paojil! -Exclamé con el cuerpo aun tembloroso por el susto que me dio el repentino disparo.
-Ya tenemos almuerzo niño -Comentó sonriente Eliseo, depositándolo junto a la escopeta -Estaba bebiendo del arroyo el bandido.
Y diciendo esto fue por los alrededores en busca de algunas hojas secas para encender el fuego. Dentro del bosque es difícil hallar ramas y palos secos, pues cuando cae alguna antes de secarse se pudre por efecto de la gran humedad existente.
Al cabo de hora y media, luego de gran esfuerzo por mantener la hoguera encendida y asar el ave, dimos cuenta de su exquisita carne, que satisfizo nuestro apetito y aun guardamos una pierna y parte de la rabadilla para más adelante. Teníamos que llegar a un lugar
despejado para poder acampar en la noche, puesto que era indispensable hacer fogata para protegernos de los tigres y las serpientes mientras durmiéramos, y dentro el bosque o monte alto no conseguiríamos ramas y palos secos para encender fuego y mantenerlo toda la noche ardiendo. Caminamos con gran prisa descendiendo una quebrada, que nos condujo a un pequeño río del que ignorábamos su nombre. Eran las cinco de la tarde más o menos y no habíamos cazado nada con el apuro de bajar a la quebrada antes de que cerrara la noche, pero el estómago no nos exigía mucho, pues el almuerzo había sido además de suculento, consistente y abundante. El paojil tiene un tamaño poco menos que un pavo.
Eliseo se apresuró a construir una enramada mientras yo encendía una fogata, proporcionándome gran cantidad de palos secos del borde del río donde nunca faltan, pues en temporada de lluvias arrastra ramas de los árboles que crecen a sus orillas y va depositándolas en sus playas, donde se secan expuestas al fuerte solazo de la selva.
Oscurecía y la enramada hecha de hojas anchas ya estaba lista para ser habitada, al mismo tiempo que la fogata ardía con buenas llamas,
causa, Eliseo depositaba la escopeta humeante en el suelo y corría por el bosque a grandes trancos; me puse de pie y al poco tiempo aparecía con un “paojil” en la mano, la mayor de las aves en la zona, de plumaje negroazulado y con pico rojo claro bermellón que le sube por la cabeza a manera de cresta.
-¡Hermoso paojil! -Exclamé con el cuerpo aun tembloroso por el susto que me dio el repentino disparo.
-Ya tenemos almuerzo niño -Comentó sonriente Eliseo, depositándolo junto a la escopeta -Estaba bebiendo del arroyo el bandido.
Y diciendo esto fue por los alrededores en busca de algunas hojas secas para encender el fuego. Dentro del bosque es difícil hallar ramas y palos secos, pues cuando cae alguna antes de secarse se pudre por efecto de la gran humedad existente.
Al cabo de hora y media, luego de gran esfuerzo por mantener la hoguera encendida y asar el ave, dimos cuenta de su exquisita carne, que satisfizo nuestro apetito y aun guardamos una pierna y parte de la rabadilla para más adelante. Teníamos que llegar a un lugar
despejado para poder acampar en la noche, puesto que era indispensable hacer fogata para protegernos de los tigres y las serpientes mientras durmiéramos, y dentro el bosque o monte alto no conseguiríamos ramas y palos secos para encender fuego y mantenerlo toda la noche ardiendo. Caminamos con gran prisa descendiendo una quebrada, que nos condujo a un pequeño río del que ignorábamos su nombre. Eran las cinco de la tarde más o menos y no habíamos cazado nada con el apuro de bajar a la quebrada antes de que cerrara la noche, pero el estómago no nos exigía mucho, pues el almuerzo había sido además de suculento, consistente y abundante. El paojil tiene un tamaño poco menos que un pavo.
Eliseo se apresuró a construir una enramada mientras yo encendía una fogata, proporcionándome gran cantidad de palos secos del borde del río donde nunca faltan, pues en temporada de lluvias arrastra ramas de los árboles que crecen a sus orillas y va depositándolas en sus playas, donde se secan expuestas al fuerte solazo de la selva.
Oscurecía y la enramada hecha de hojas anchas ya estaba lista para ser habitada, al mismo tiempo que la fogata ardía con buenas llamas,
que iluminaban las aguas torrentosas del río y los árboles aledaños, tiñéndoles de un hermoso color dorado pardo. Sentados al borde de la fogata calentamos en ella las dos presas que guardábamos del paojil cazado al mediodía y comimos; para luego platicar por espacio de una o dos horas, masticando algunas hojas de coca y fumando sin cesar para ahuyentar los zancudos y mosquitos nocturnos llamados “mantablancas”, que abundan en las playas de los ríos de la selva. Inclusive las mantablancas de alas blancas, que son las que producen la terrible e incurable enfermedad de la “Uta”, también conocida como “Lepra blanca” o Leismaniásis.
Fue ocasión aquella para que yo insinuara en la conversación el tema predilecto de mi obsesión: la perdida ciudadela de la que tantas veces me había relatado Eliseo; pero, aunque lo disimulaba muy bien, éste no quería declarar que conocía su ubicación o al menos que tenía el recuerdo de la orientación donde se hallaba; yo sabía perfectamente que Eliseo conocía dónde quedaba este lugar misterioso, del que yo tenía la certeza que estaría ubicado en el cerro Pantiacolla, y por eso pregunté:
-¿Y dónde queda el cerro Pantiacolla? -Pantiacolla queda más abajo, siguiendo
por la cuchilla de este cerro que está al otro lado del río. En realidad todo este macizo se llama Pantiacolla -Me dijo señalando el cerro que se erguía al frente de nuestro campamento, a la otra banda del río.
Era Pantiacolla, ahí mismo, frente a mis ojos, no me lo podía creer, hasta casi lo podía tocar, me sentía enardecido por el sopor de una emoción muy natural, máxime si esta montaña era desde años atrás, el escenario de los cuentos infantiles con que Eliseo alimentó mis inquietudes. Estaba ahí, cerca de mí, el cofre donde se guardaban mis más caros sueños. Por el momento era suficiente, ya sabía algo más y no debía hacerle más preguntas, para no declarar mi intención de ir a tal lugar, pues de hacerlo, comprendería mi propósito y se negaría a conducirme. Tal era el plan que yo había esbozado desde el origen de aquella cacería, que para mí carecía de importancia. Yo quería y debía llegar a esa ciudadela escondida en la selva, anhelo que había formado nido en mi corazón, como una pasión encendida señalando mi Norte.
Luego escogí otros temas ajenos a aquel que trataba del Paititi y charlamos largo rato, fumando y masticando la coca que Eliseo convidaba. Él bebía de cuando en cuando un
que iluminaban las aguas torrentosas del río y los árboles aledaños, tiñéndoles de un hermoso color dorado pardo. Sentados al borde de la fogata calentamos en ella las dos presas que guardábamos del paojil cazado al mediodía y comimos; para luego platicar por espacio de una o dos horas, masticando algunas hojas de coca y fumando sin cesar para ahuyentar los zancudos y mosquitos nocturnos llamados “mantablancas”, que abundan en las playas de los ríos de la selva. Inclusive las mantablancas de alas blancas, que son las que producen la terrible e incurable enfermedad de la “Uta”, también conocida como “Lepra blanca” o Leismaniásis.
Fue ocasión aquella para que yo insinuara en la conversación el tema predilecto de mi obsesión: la perdida ciudadela de la que tantas veces me había relatado Eliseo; pero, aunque lo disimulaba muy bien, éste no quería declarar que conocía su ubicación o al menos que tenía el recuerdo de la orientación donde se hallaba; yo sabía perfectamente que Eliseo conocía dónde quedaba este lugar misterioso, del que yo tenía la certeza que estaría ubicado en el cerro Pantiacolla, y por eso pregunté:
-¿Y dónde queda el cerro Pantiacolla? -Pantiacolla queda más abajo, siguiendo
por la cuchilla de este cerro que está al otro lado del río. En realidad todo este macizo se llama Pantiacolla -Me dijo señalando el cerro que se erguía al frente de nuestro campamento, a la otra banda del río.
Era Pantiacolla, ahí mismo, frente a mis ojos, no me lo podía creer, hasta casi lo podía tocar, me sentía enardecido por el sopor de una emoción muy natural, máxime si esta montaña era desde años atrás, el escenario de los cuentos infantiles con que Eliseo alimentó mis inquietudes. Estaba ahí, cerca de mí, el cofre donde se guardaban mis más caros sueños. Por el momento era suficiente, ya sabía algo más y no debía hacerle más preguntas, para no declarar mi intención de ir a tal lugar, pues de hacerlo, comprendería mi propósito y se negaría a conducirme. Tal era el plan que yo había esbozado desde el origen de aquella cacería, que para mí carecía de importancia. Yo quería y debía llegar a esa ciudadela escondida en la selva, anhelo que había formado nido en mi corazón, como una pasión encendida señalando mi Norte.
Luego escogí otros temas ajenos a aquel que trataba del Paititi y charlamos largo rato, fumando y masticando la coca que Eliseo convidaba. Él bebía de cuando en cuando un
trago de aguardiente y la tertulia se prolongó hasta que rendidos, nos recostamos bajo la enramada encontrando yo, muy pronto, el sueño profundo, confiado en que Eliseo velaría por mí, protegiéndome de cuanto peligro se pudiera tejer bajo el amparo de las sombras, en el salvaje reino de las fieras, en la cuna de los más grandes misterios.
Cuando desperté al día siguiente y los rayos del sol ya iluminaban los árboles siendo aproximadamente las seis, Eliseo estaba sentado junto a la fogata, atizándola para asar un “picuro” (animalejo muy similar al siwayro, aunque algo más robusto y de carnes mucho más finas y exquisitas, que acostumbra buscar su alimento en las noches y casi siempre duerme durante el día). Siendo aun muy temprano había salido por las riberas del río en busca de caza y a cuatro meandros, unos quinientos metros más abajo, había tropezado en la playa con el codiciado animalito al que diera muerte con la carabina. Siendo adulto y macho el picuro era enorme, y percatándose de que yo despertaba me dijo:
-Niño, ahora desayunaremos picuro; levántate y ayúdame, haz arder la candela para pelarlo; se pela igual que al chancho, yo con el machete y tú con tu chaveta.
Muy pronto los tizones rojos que desenterré de las cenizas de la fogata, hicieron llamas al contacto con los palillos acomodados dentro de los leños y sometidos a una andanada de soplidos de mi parte. Así pudimos hacer arder el fuego en altas y abundantes llamas, necesarias para quemar las cerdas del roedor. En efecto, Eliseo empapó en el río al animalejo y así goteando aun lo sometimos a las llamas, sosteniéndolo él de las patas posteriores y yo de las anteriores. Así fue que al cabo de una media hora de quemar uno y el otro lado, y pasarle la cuchilla filuda de mi chaveta y el afilado machete de Eliseo a manera de navaja, afeitamos las cerdas como suelen hacer los barberos. Quedó limpio y fue destripado sobre una piedra a la orilla del río. Era necesario acopiar más leña y yo me ocupé de hacerlo. Eliseo ya había hecho un arco de palos verdes y mojados, instalado sobre la fogata para cargar en él al picuro y asarlo, así es que sentándonos frente a frente en las respectivas piedras que hacían de nuestros asientos, comenzamos a darle vueltas y vueltas de cuando en cuando, procurando mantener fuerte y vigoroso el fuego que atizábamos constantemente.
Al cabo de hora y media parecía estar bien asado, por lo menos la superficie, lo que
trago de aguardiente y la tertulia se prolongó hasta que rendidos, nos recostamos bajo la enramada encontrando yo, muy pronto, el sueño profundo, confiado en que Eliseo velaría por mí, protegiéndome de cuanto peligro se pudiera tejer bajo el amparo de las sombras, en el salvaje reino de las fieras, en la cuna de los más grandes misterios.
Cuando desperté al día siguiente y los rayos del sol ya iluminaban los árboles siendo aproximadamente las seis, Eliseo estaba sentado junto a la fogata, atizándola para asar un “picuro” (animalejo muy similar al siwayro, aunque algo más robusto y de carnes mucho más finas y exquisitas, que acostumbra buscar su alimento en las noches y casi siempre duerme durante el día). Siendo aun muy temprano había salido por las riberas del río en busca de caza y a cuatro meandros, unos quinientos metros más abajo, había tropezado en la playa con el codiciado animalito al que diera muerte con la carabina. Siendo adulto y macho el picuro era enorme, y percatándose de que yo despertaba me dijo:
-Niño, ahora desayunaremos picuro; levántate y ayúdame, haz arder la candela para pelarlo; se pela igual que al chancho, yo con el machete y tú con tu chaveta.
Muy pronto los tizones rojos que desenterré de las cenizas de la fogata, hicieron llamas al contacto con los palillos acomodados dentro de los leños y sometidos a una andanada de soplidos de mi parte. Así pudimos hacer arder el fuego en altas y abundantes llamas, necesarias para quemar las cerdas del roedor. En efecto, Eliseo empapó en el río al animalejo y así goteando aun lo sometimos a las llamas, sosteniéndolo él de las patas posteriores y yo de las anteriores. Así fue que al cabo de una media hora de quemar uno y el otro lado, y pasarle la cuchilla filuda de mi chaveta y el afilado machete de Eliseo a manera de navaja, afeitamos las cerdas como suelen hacer los barberos. Quedó limpio y fue destripado sobre una piedra a la orilla del río. Era necesario acopiar más leña y yo me ocupé de hacerlo. Eliseo ya había hecho un arco de palos verdes y mojados, instalado sobre la fogata para cargar en él al picuro y asarlo, así es que sentándonos frente a frente en las respectivas piedras que hacían de nuestros asientos, comenzamos a darle vueltas y vueltas de cuando en cuando, procurando mantener fuerte y vigoroso el fuego que atizábamos constantemente.
Al cabo de hora y media parecía estar bien asado, por lo menos la superficie, lo que
comprobamos cortando un pequeño trozo para probarlo y luego lo devoramos con hambre canina, dejando sólo parte de la cabeza y un poco del espinazo. Realmente ya no podíamos comer más. Era grande el animalito, aunque por acción del fuego se había reducido; pero fue su abundante grasa lo que hizo que nos empalagáramos y saciáramos nuestro apetito matutino. Felizmente nos quedaba algunos trozos de la yuca asada que la señora de Lote Perú nos obsequiara, y que Eliseo se encargó de guardarlo y fue la guarnición perfecta para nuestro potaje.
-Anoche ha estado dando vueltas por aquí cerca el tigre -Dijo Eliseo cuando terminamos de comer-, no quiso acercarse el pendejo, es por el fuego, le tiene miedo a la candela el traicionero ese.
Yo sentí que mis cabellos se erizaban y la piel se me escarapelaba al escucharle y pregunté:
-¿Lo has visto?
-No -Contestó Eliseo -Sin embargo lo he sentido por su olor a óxido de fierro y hasta ronroneaba como el gato dando vueltas a unos cien metros, pero yo
estaba listo con la escopeta; mejor se hubiera acercado aquí para meterle plomo al astuto animal ese.
Eso me tranquilizó y recordé que siendo mi compañero de origen nativo, tenía un sentido extra para percibir los peligros. Podría decir que Eliseo dormía con un ojo abierto y los oídos aguzados. Los nativos conocen hasta por el olor a los animales y las noches las pasan en constante vigilancia. Es su naturaleza. Es la selva el ambiente en que están más a gusto.
El jaguar, más conocido como tigre, es el animal más feroz de la selva americana, es el rey de la selva amazónica. Traicionero por