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PART I: BASIC M&E CONCEPTS

3. Create a formal M&E system for the overall response as soon as the

La maleta pequeña en la que mi madre había preparado mis ropas y algunas cosas, la dejé encargada en la casa de un conocido comerciante que vivía al borde de la carretera, y las cartas, lo mismo que la encomienda que preparara mi madre para mi hermana residente en Cusco, las entregué al chofer del camión en el que supuestamente debía viajar. A las nueve de la noche me despedí de mi hermana la mayor, quien ignoraba al igual que todos mi propósito aventurero.

Como las bodegas y almacenes permanecían con las puertas abiertas hasta horas de la media noche, pudimos aprovisionarnos de cigarrillos, aguardiente y hojas de coca para el viaje, que en ese mismo momento iniciaríamos. Eliseo, que había decidido que me acompañara

en el viaje; sabía que mis padres no objetarían y al contrario verían la idea acertada y con satisfacción.

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RUMBO A PAITITI

La maleta pequeña en la que mi madre había preparado mis ropas y algunas cosas, la dejé encargada en la casa de un conocido comerciante que vivía al borde de la carretera, y las cartas, lo mismo que la encomienda que preparara mi madre para mi hermana residente en Cusco, las entregué al chofer del camión en el que supuestamente debía viajar. A las nueve de la noche me despedí de mi hermana la mayor, quien ignoraba al igual que todos mi propósito aventurero.

Como las bodegas y almacenes permanecían con las puertas abiertas hasta horas de la media noche, pudimos aprovisionarnos de cigarrillos, aguardiente y hojas de coca para el viaje, que en ese mismo momento iniciaríamos. Eliseo, que había decidido que me acompañara

en el viaje; sabía que mis padres no objetarían y al contrario verían la idea acertada y con satisfacción.

Aproximadamente a las 10 de la noche, estábamos de paso por el frente de la casa de la hacienda, a unos ciento cincuenta metros de ella, por el rincón de la pampa que se extendía desde los patios, y por donde los transeúntes ordinarios hacían su paso con dirección a las haciendas: Primavera, Victoria, Chapi, San Jorge, Villacar- men.

-No hagas mucho ruido Eliseo, no hables en voz alta, porque pueden oírnos desde la casa y reconocer nuestras voces. Pasemos la pampa en silencio - Recomendé en voz baja.

Así pasamos la pampa hasta estar considerablemente lejos, como para estar seguros que no nos escucharían, sobre todo mi madre que escuchaba todo lo que los transeúntes conversaban al pasar; solamente nos acompañaba la luz de la linterna de pilas que alumbraba el camino y así llegamos a la cabaña del contratista aquel, donde dejáramos las armas y llamamos a su puerta. Al instante contestó y salió a recibirnos el marido de la mujer a quien dejáramos día antes las armas, quién al vernos saludó:

- Buenas noches niño.

-Buenas noches Pascual -Contesté con amabilidad -Disculpa que te moleste a estas horas, pero ayer en la tarde dejamos la escopeta y la carabina a tu mujer para recogerlos hoy día. Seguramente ya te informó.

-¿Están yendo de caza, niño? -Preguntó Pascual, a lo que contesté:

-Si, estamos yendo al Pitama en busca de sachavacas. Sabemos que allá abundan. Caminaremos ahora hasta San Jorge y allí dormiremos para seguir mañana temprano.

-Pasen pues niño, siquiera una taza de café se servirán.

-No, gracias Pascual, queremos avanzar porque ya es tarde y además a esta hora sería mucha molestia. Ya están descansando todos. No te molestes Pascual, por favor. De cualquier manera te agradezco mucho.

-Bueno niño, aquí tiene sus armas, cuídense mucho y ojalá traigan sachavaca.

-Gracias Pascual, tendremos cuidado, pero también quiero pedirte un favor. Si te ves con mi papá o con mi mamá no les

Aproximadamente a las 10 de la noche, estábamos de paso por el frente de la casa de la hacienda, a unos ciento cincuenta metros de ella, por el rincón de la pampa que se extendía desde los patios, y por donde los transeúntes ordinarios hacían su paso con dirección a las haciendas: Primavera, Victoria, Chapi, San Jorge, Villacar- men.

-No hagas mucho ruido Eliseo, no hables en voz alta, porque pueden oírnos desde la casa y reconocer nuestras voces. Pasemos la pampa en silencio - Recomendé en voz baja.

Así pasamos la pampa hasta estar considerablemente lejos, como para estar seguros que no nos escucharían, sobre todo mi madre que escuchaba todo lo que los transeúntes conversaban al pasar; solamente nos acompañaba la luz de la linterna de pilas que alumbraba el camino y así llegamos a la cabaña del contratista aquel, donde dejáramos las armas y llamamos a su puerta. Al instante contestó y salió a recibirnos el marido de la mujer a quien dejáramos día antes las armas, quién al vernos saludó:

- Buenas noches niño.

-Buenas noches Pascual -Contesté con amabilidad -Disculpa que te moleste a estas horas, pero ayer en la tarde dejamos la escopeta y la carabina a tu mujer para recogerlos hoy día. Seguramente ya te informó.

-¿Están yendo de caza, niño? -Preguntó Pascual, a lo que contesté:

-Si, estamos yendo al Pitama en busca de sachavacas. Sabemos que allá abundan. Caminaremos ahora hasta San Jorge y allí dormiremos para seguir mañana temprano.

-Pasen pues niño, siquiera una taza de café se servirán.

-No, gracias Pascual, queremos avanzar porque ya es tarde y además a esta hora sería mucha molestia. Ya están descansando todos. No te molestes Pascual, por favor. De cualquier manera te agradezco mucho.

-Bueno niño, aquí tiene sus armas, cuídense mucho y ojalá traigan sachavaca.

-Gracias Pascual, tendremos cuidado, pero también quiero pedirte un favor. Si te ves con mi papá o con mi mamá no les

digas nada; tú no nos has visto por aquí; ellos no saben que estamos yendo; yo les dije que estaba viajando al Cusco, porque no me hubieran dejado ir de caza. Estamos viniendo del Final y hemos pasado en silencio y sin hacernos notar por frente de la casa.

-Pero niño, ¿cómo hace usted eso? Y si les pasa algo, ¿los papás no van a saber nada?

-No te preocupes Pascual, no nos pasará nada malo, tú sabes, estoy con Eliseo y él conoce el monte mejor que cualquiera. Él cuidará de mí.

-Bueno niño, ojalá que la mamá no se entere, aunque de todas maneras tendrá que llegar a enterarse cuando regresen. -Bien, hasta la vista Pascual. Ya sabes, tú no nos has visto, no sabes nada.

-Buena suerte niño, hasta su regreso. Eliseo, cuida bien al niño -recalcó Pascual-, y alcanzándonos su diestra ingresó en su casa luego de vernos marchar.

Habíamos caminado los kilómetros que separaban hasta San Jorge, conversando incansables por momentos y silenciosamente en otros. Luego de bajar la cuesta cruzamos el

pequeño riachuelo de Carpa Blanca, recogiendo nuestros pantalones hasta por encima de las rodillas, y después el río Hospital, para lo que tuvimos que sacárnoslos enteramente. Descansamos tres minutos mientras nos vestíamos frente al caserío de la hacienda Primavera. En San Jorge acampamos a las dos de la madrugada aproximadamente, en una enramada muy junto a la casa de la hacienda; donde amanecimos sin novedad que comentar y partimos al alba con dirección al río Tono, el que tuvimos que cruzarlo dificultosamente por lo caudaloso y crecido.

-Niño -me dijo Eliseo -, este río no vas a poder cruzarlo tú solo con la carabina, primero voy a pasar yo llevando la escopeta y el saquillo y tú me esperas, luego yo regreso y llevo la carabina y la bolsa de las balas para que no se mojen, y después vuelvo para ayudarte a pasar. Con la original manera que poseen los nativos de la selva cruzó Eliseo el río Tono, llevando en la mano izquierda la escopeta y el saquillo en alto; y con unos brincos curiosos en posición vertical, cruzó cortando las turbulentas aguas que a veces le cubrían la cabeza, saliendo a flote nuevamente en otro brinco. De esta manera

digas nada; tú no nos has visto por aquí; ellos no saben que estamos yendo; yo les dije que estaba viajando al Cusco, porque no me hubieran dejado ir de caza. Estamos viniendo del Final y hemos pasado en silencio y sin hacernos notar por frente de la casa.

-Pero niño, ¿cómo hace usted eso? Y si les pasa algo, ¿los papás no van a saber nada?

-No te preocupes Pascual, no nos pasará nada malo, tú sabes, estoy con Eliseo y él conoce el monte mejor que cualquiera. Él cuidará de mí.

-Bueno niño, ojalá que la mamá no se entere, aunque de todas maneras tendrá que llegar a enterarse cuando regresen. -Bien, hasta la vista Pascual. Ya sabes, tú no nos has visto, no sabes nada.

-Buena suerte niño, hasta su regreso. Eliseo, cuida bien al niño -recalcó Pascual-, y alcanzándonos su diestra ingresó en su casa luego de vernos marchar.

Habíamos caminado los kilómetros que separaban hasta San Jorge, conversando incansables por momentos y silenciosamente en otros. Luego de bajar la cuesta cruzamos el

pequeño riachuelo de Carpa Blanca, recogiendo nuestros pantalones hasta por encima de las rodillas, y después el río Hospital, para lo que tuvimos que sacárnoslos enteramente. Descansamos tres minutos mientras nos vestíamos frente al caserío de la hacienda Primavera. En San Jorge acampamos a las dos de la madrugada aproximadamente, en una enramada muy junto a la casa de la hacienda; donde amanecimos sin novedad que comentar y partimos al alba con dirección al río Tono, el que tuvimos que cruzarlo dificultosamente por lo caudaloso y crecido.

-Niño -me dijo Eliseo -, este río no vas a poder cruzarlo tú solo con la carabina, primero voy a pasar yo llevando la escopeta y el saquillo y tú me esperas, luego yo regreso y llevo la carabina y la bolsa de las balas para que no se mojen, y después vuelvo para ayudarte a pasar. Con la original manera que poseen los nativos de la selva cruzó Eliseo el río Tono, llevando en la mano izquierda la escopeta y el saquillo en alto; y con unos brincos curiosos en posición vertical, cruzó cortando las turbulentas aguas que a veces le cubrían la cabeza, saliendo a flote nuevamente en otro brinco. De esta manera

hizo los dos viajes y en el tercero me tocó acompañarlo, con mis ropas sosteniendo en lo alto con la mano derecha y la otra asida de la derecha de Eliseo.

En una ocasión sucedió que al tratar de llegar al fondo del río con los pies, no encontré éste y me hundí hasta sumergirme la cabeza dentro del agua. Me desesperé largamente, sujetándome con mucha fuerza de la mano de Eliseo, quien al saber de mi aflicción me impulsó sacándome nuevamente a flote. Al fin logramos cruzar el río en un tiempo que a mí me había parecido interminable por el miedo y la desesperación, aunque con la confianza de tener al lado izquierdo como un guarda, a mi camarada fiel y amigo experto en estos trámites.

7

EL MANACCARACU

En la playa opuesta nos vestimos y con la satisfacción del primer peligro librado, reiniciamos la marcha en amena plática, que ciertamente nos distraía y hacía que los minutos y horas transcurrieran casi imperceptiblemente, hasta que de pronto sentí por sobre el hombro una palmada, era la mano de Eliseo y volví la cabeza para acudir a la señal que me hacía; me ordenó silencio colocándose el dedo índice sobre los labios. Me detuve y permanecí inmóvil, mientras que Eliseo retirando sigilosamente la escopeta de sobre su hombro, se la posicionó al pecho y apuntó a lo largo de la copa de un árbol que se erguía a la vera del sendero. Yo no advertía ninguna pieza que fuera motivo de caza, cuando retumbó el sonido del disparo y vi que del árbol caía un cuerpo haciendo ruido entre las ramas y arbustos que al pie del mismo crecían, y se escuchó un golpe seco.

hizo los dos viajes y en el tercero me tocó acompañarlo, con mis ropas sosteniendo en lo alto con la mano derecha y la otra asida de la derecha de Eliseo.

En una ocasión sucedió que al tratar de llegar al fondo del río con los pies, no encontré éste y me hundí hasta sumergirme la cabeza dentro del agua. Me desesperé largamente, sujetándome con mucha fuerza de la mano de Eliseo, quien al saber de mi aflicción me impulsó sacándome nuevamente a flote. Al fin logramos cruzar el río en un tiempo que a mí me había parecido interminable por el miedo y la desesperación, aunque con la confianza de tener al lado izquierdo como un guarda, a mi camarada fiel y amigo experto en estos trámites.

7

EL MANACCARACU

En la playa opuesta nos vestimos y con la satisfacción del primer peligro librado, reiniciamos la marcha en amena plática, que ciertamente nos distraía y hacía que los minutos y horas transcurrieran casi imperceptiblemente, hasta que de pronto sentí por sobre el hombro una palmada, era la mano de Eliseo y volví la cabeza para acudir a la señal que me hacía; me ordenó silencio colocándose el dedo índice sobre los labios. Me detuve y permanecí inmóvil, mientras que Eliseo retirando sigilosamente la escopeta de sobre su hombro, se la posicionó al pecho y apuntó a lo largo de la copa de un árbol que se erguía a la vera del sendero. Yo no advertía ninguna pieza que fuera motivo de caza, cuando retumbó el sonido del disparo y vi que del árbol caía un cuerpo haciendo ruido entre las ramas y arbustos que al pie del mismo crecían, y se escuchó un golpe seco.

-¡Qué fue, Eliseo? -Pregunté con curiosidad, al tiempo que los dos nos dirigíamos al pie del árbol para buscar la presa.

-Manaccaracu, niño -Contestó lacóni- camente y después de buscar un poco lo encontramos.

-Bueno, ya tenemos con qué desayunar, preparemos fogata y asémosla -Me adelanté a decir.

-Pero, ¿con qué agua lo vamos a lavar niño? Vamos caminando hasta que encontremos un arroyo -Sugirió y continuamos caminando.

El manaccaracu es un ave de regulares presas, algo así como una gallina de pelea o poco menos, que tiene la peculiaridad de hacer enorme bulla cuando se acerca la temporada de lluvias y busca nido para desovar. Siempre anda en pareja, pero esta vez no pusimos mucho interés en ubicarla.

Casi al medio día llegamos a un arroyuelo y nos sentamos al borde. Yo encendí un cigarrillo y me recosté encima del camino, evitando hacerlo sobre la hierba, pues de ser así, al cabo de unos minutos sería invadido por una legión de diminutos ácaros de color anaranjado

rojizo, lo izangos que gustan alimentarse del sudor y la sangre, y en grupos se meten pugnando por los poros en las zonas genitales y allí producen una comezón insoportable hasta no eliminarlos. Mínimamente el paciente afectado por este parásito pasará la primera noche sin dormir un instante, en su afán de rasgar el incomodísimo escozor de la zona afectada hasta dañarse con las uñas; este tormento será sin piedad ni contemplaciones hasta que amanezca, para verlos con la luz del día y aplicarles una crema amentolatada y luego, por espacio de unos segundos más, resignarse a la última y más fuerte crisis de comezón.

Colocando el saquillo debajo de la cabeza, mientras que Eliseo desplumaba el manaccaracu y lo disponía extrayéndole las vísceras y lo lavaba en las cristalinas aguas del arroyo, terminé de fumar mi cigarrillo y entonces Eliseo sugirió:

- Niño, ve haciendo la fogata.

Incorporándome después de un par de minutos más, recogí ramas secas y encendí la fogata sobre el camino, ya que era el único sitio donde no crecía mucha hierba.

-¡Qué fue, Eliseo? -Pregunté con curiosidad, al tiempo que los dos nos dirigíamos al pie del árbol para buscar la presa.

-Manaccaracu, niño -Contestó lacóni- camente y después de buscar un poco lo encontramos.

-Bueno, ya tenemos con qué desayunar, preparemos fogata y asémosla -Me adelanté a decir.

-Pero, ¿con qué agua lo vamos a lavar niño? Vamos caminando hasta que encontremos un arroyo -Sugirió y continuamos caminando.

El manaccaracu es un ave de regulares presas, algo así como una gallina de pelea o poco menos, que tiene la peculiaridad de hacer enorme bulla cuando se acerca la temporada de lluvias y busca nido para desovar. Siempre anda en pareja, pero esta vez no pusimos mucho interés en ubicarla.

Casi al medio día llegamos a un arroyuelo y nos sentamos al borde. Yo encendí un cigarrillo y me recosté encima del camino, evitando hacerlo sobre la hierba, pues de ser así, al cabo de unos minutos sería invadido por una legión de diminutos ácaros de color anaranjado

rojizo, lo izangos que gustan alimentarse del sudor y la sangre, y en grupos se meten pugnando por los poros en las zonas genitales y allí producen una comezón insoportable hasta no eliminarlos. Mínimamente el paciente afectado por este parásito pasará la primera noche sin dormir un instante, en su afán de rasgar el incomodísimo escozor de la zona afectada hasta dañarse con las uñas; este tormento será sin piedad ni contemplaciones hasta que amanezca, para verlos con la luz del día y aplicarles una crema amentolatada y luego, por espacio de unos segundos más, resignarse a la última y más fuerte crisis de comezón.

Colocando el saquillo debajo de la cabeza, mientras que Eliseo desplumaba el manaccaracu y lo disponía extrayéndole las vísceras y lo lavaba en las cristalinas aguas del arroyo, terminé de fumar mi cigarrillo y entonces Eliseo sugirió:

- Niño, ve haciendo la fogata.

Incorporándome después de un par de minutos más, recogí ramas secas y encendí la fogata sobre el camino, ya que era el único sitio donde no crecía mucha hierba.

Asamos el pajarraco condimentándolo con un poco de sal y devoramos hambrientos nuestras raciones saboreando hasta los huesos, que aunque algo dura es jugosa y dulce, lo que la hace presa codiciada en la selva. Pasaban por sobre nosotros algunos loros y otros pájaros a los que dábamos poca importancia; sin embargo el asado de manaccaracu no sería suficiente, puesto que calmaría nuestra flaqueza sólo momentá- neamente. Era necesario cazar algo más para el día y observé.

-Tenemos que cazar algo más, porque yo sigo con hambre y para todo el día no creo que esto sea suficiente.

-Más adelante niño -Dijo Eliseo -No te preocupes, esto sólo es el desayuno; para el almuerzo tendremos algo mejor. Esto me consoló, porque a decir verdad no me había satisfecho la porción de manaccaracu, que al ser asado se redujo al tamaño de un pichón. Sólo pude llenar el estómago bebiendo mucha agua del arroyo.

-No bebas mucho, niño -aconsejó Eliseo-, es malo, te dolerá el vaso cuando caminemos.

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