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PART I: BASIC M&E CONCEPTS

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En cierta ocasión tuve la suerte de alternar una tertulia con un viejo profesor de las ciencias sociales, al parecer especialista en comunidades humanas perdidas. Al percibir mi gran interés por hablar sobre El Dorado, o la mítica ciudad del Paititi, se ofreció para darme una cátedra sobre ese apasionante tema, de manera que presté mucha atención y empezó diciendo así: Habían desembarcado en costas tawantinsu- yanas los conquistadores españoles y muy pronto se propaló esta noticia por los cuatro suyus, llegando de primera intención a oídos del inca Huáscar que dominaba desde el Cusco; y a Atawallpa, que lo hacía desde su reducto en Cajamarca, quien se enteró primero al momento de caer prisionero. Y no era por otra razón que por apresurarse a esconder los grandes tesoros del imperio, que el inca Atawallpa los hiciera huir de su dominio internándolos en la selva.

Los conquistadores españoles cargaron al viejo mundo embarcaciones con la gran riqueza incaica, pero con ello no hicieron más que llevar lo que quedara desapercibido en el afán de fugar con lo más valioso, evitando así que los más importantes elementos cayeran en las garras rapaces de los invasores. Si los conquistadores llevaron a su país tanta riqueza, que el imperio español se colocó en la cúspide del poderío europeo, no fue sino solamente una tercera parte de lo que el imperio de los incas poseía. La mayor parte fue puesta a salvo en las entrañas de la selva, justamente ahí, en su origen, el Paititi; que se convirtió en el fortín donde llevaron las grandes riquezas, ya que consideraban el lugar más seguro.

Así terminaba la lectura de este curioso e informal documento, como lo hacía también la tarde rojiza que marcaba la hora de retirarse. Con la batería de informaciones bien alimentada acompañaba al tío hasta su domicilio, la casa de sus hijos y de sus nietos, donde éramos convidados a servirnos el té con galletas y panqueques a la misma usanza de las haciendas de antaño.

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EL ÉXODO DEL IMPERIO INCAICO

En cierta ocasión tuve la suerte de alternar una tertulia con un viejo profesor de las ciencias sociales, al parecer especialista en comunidades humanas perdidas. Al percibir mi gran interés por hablar sobre El Dorado, o la mítica ciudad del Paititi, se ofreció para darme una cátedra sobre ese apasionante tema, de manera que presté mucha atención y empezó diciendo así: Habían desembarcado en costas tawantinsu- yanas los conquistadores españoles y muy pronto se propaló esta noticia por los cuatro suyus, llegando de primera intención a oídos del inca Huáscar que dominaba desde el Cusco; y a Atawallpa, que lo hacía desde su reducto en Cajamarca, quien se enteró primero al momento de caer prisionero. Y no era por otra razón que por apresurarse a esconder los grandes tesoros del imperio, que el inca Atawallpa los hiciera huir de su dominio internándolos en la selva.

Mas por su parte el inca Huáscar organizó la fuga de los tesoros y riquezas del milenario Cusco donde vivía, retornándolo todo al lugar de su procedencia, el Paititi, lugar éste que consideró el más apropiado para protegerlos, por encontrarse en el corazón de la selva y que por tanto, era casi imposible que los extranjeros pudieran descubrirlos. Cargando con los más valiosos tesoros consistentes en reliquias, estatuas y los discos de oro y plata, representativos del sol y la luna respectivamente.

Al mando del éxodo del imperio de los incas encabezaba el sumo sacerdote que hacía las funciones de general, el willajhuma en persona, seguido por millares de hombres, mujeres y niños, miembros integrantes de la pléyade de sacerdotes de la región Quechua, siguiendo el camino ancho y empedrado que había servido para la conexión del Paititi y el Cusco. Cargando las reliquias sobre sus hombros y encima de llamas, o en improvisadas camillas fabricadas para tal efecto, iniciaron esta evacuación masiva y repentina. Mientras el inca se preparaba con su ejército de bravos guerreros a dar contienda a los blancos y barbados soldados, que venían de otras latitudes con malsanas intenciones, a usurpar sus sagradas posesiones. En tanto esto sucedía, el plan de la fuga había ganado buen terreno y es

donde el capitán de la expedición conquistadora se percató de lo que estaba ocurriendo. A falta de otra alternativa, organizó una persecución por el sendero que les invitaba a seguirlos fácilmente y con la ayuda de sus caballos y sabuesos, acortaron distancias y redujeron ventajas.

El camino que conducía por las ahora tierras de la provincia de Calca, se introducía en los valles de Lares, atravesando quebradas, ríos, cumbres, y cuantos accidentes del terreno tan peculiares son de estas serranías.

Presintiendo el willajhuma la perse- cución española y que los invasores les pisaban los talones, mandó emplear la táctica guerrera muy conocida del laberinto, la confusión de c a m i n o s , p a r a a s í d e s o r i e n t a r a s u s perseguidores. Procedieron a tal artificio guerrero, logrando que los españoles cayeran en la desorientación y confusión esperada, retornando luego con el fracaso a cuestas a la capital del imperio conquistado. Este sitio conserva hasta la actualidad el nombre de “Lacco”, término del idioma quechua que significa laberinto, desorientación, equivoca- ción, confusión.

El willajhuma y su contingente de sacerdotes siguieron la huida. Individuos todos

Mas por su parte el inca Huáscar organizó la fuga de los tesoros y riquezas del milenario Cusco donde vivía, retornándolo todo al lugar de su procedencia, el Paititi, lugar éste que consideró el más apropiado para protegerlos, por encontrarse en el corazón de la selva y que por tanto, era casi imposible que los extranjeros pudieran descubrirlos. Cargando con los más valiosos tesoros consistentes en reliquias, estatuas y los discos de oro y plata, representativos del sol y la luna respectivamente.

Al mando del éxodo del imperio de los incas encabezaba el sumo sacerdote que hacía las funciones de general, el willajhuma en persona, seguido por millares de hombres, mujeres y niños, miembros integrantes de la pléyade de sacerdotes de la región Quechua, siguiendo el camino ancho y empedrado que había servido para la conexión del Paititi y el Cusco. Cargando las reliquias sobre sus hombros y encima de llamas, o en improvisadas camillas fabricadas para tal efecto, iniciaron esta evacuación masiva y repentina. Mientras el inca se preparaba con su ejército de bravos guerreros a dar contienda a los blancos y barbados soldados, que venían de otras latitudes con malsanas intenciones, a usurpar sus sagradas posesiones. En tanto esto sucedía, el plan de la fuga había ganado buen terreno y es

donde el capitán de la expedición conquistadora se percató de lo que estaba ocurriendo. A falta de otra alternativa, organizó una persecución por el sendero que les invitaba a seguirlos fácilmente y con la ayuda de sus caballos y sabuesos, acortaron distancias y redujeron ventajas.

El camino que conducía por las ahora tierras de la provincia de Calca, se introducía en los valles de Lares, atravesando quebradas, ríos, cumbres, y cuantos accidentes del terreno tan peculiares son de estas serranías.

Presintiendo el willajhuma la perse- cución española y que los invasores les pisaban los talones, mandó emplear la táctica guerrera muy conocida del laberinto, la confusión de c a m i n o s , p a r a a s í d e s o r i e n t a r a s u s perseguidores. Procedieron a tal artificio guerrero, logrando que los españoles cayeran en la desorientación y confusión esperada, retornando luego con el fracaso a cuestas a la capital del imperio conquistado. Este sitio conserva hasta la actualidad el nombre de “Lacco”, término del idioma quechua que significa laberinto, desorientación, equivoca- ción, confusión.

El willajhuma y su contingente de sacerdotes siguieron la huida. Individuos todos

ellos jamás entrenados para largas caminatas, y menos aun en las condiciones tales que exigían mucho esfuerzo, para caminar desde el alba hasta el ocaso casi al trote y no ser alcanzados por los caballos de los españoles, que como sabuesos seguían sus huellas. Un ejército de ancianos, adultos, varones y esposas, hijos jóvenes y niños; y agregado a ello el tener que llevar las pesadas reliquias con los cuidados que estas demandaban. No eran individuos preparados para estos trotes, de manera que eran fácil presa de una prematura fatiga y el agotamiento muy pronto empezó a cundir en la multitud. Lo sorpresivo de la partida no les había dado tiempo suficiente para tomar las más elementales precauciones, y agobiados por la situación se rendían agotados por el cansancio, y cayendo sobre el camino sucumbían. A medida que se iban internando y bajando a los valles, el cambio brusco de la temperatura, las condiciones naturales propias de los sistemas ecológicos cambiantes, las lluvias y en consecuencia la gran humedad que no conocían, hacían escarnio sobre la comunidad fugante. Insectos y alimañas ponzoñosas propias de los lugares que a trancos incursionaban, daban cuenta de incautos sacerdotes y estudiantes del clero de un imperio, que en esos momentos estaba siendo víctima de

una cruenta invasión, con espada y cruz, como armas de la muerte en las manos.

Lo cierto es que la población disminuía cada vez más, el dolor se acentuaba en la gente que se dejaba embargar fácilmente, por la impaciencia y la agonía de sus fuerzas físicas y espirituales. La melancolía y la añoranza por su adorado y querido Q'osqo abatían sus corazones, la sospecha de que jamás volverían a verla liquidaba sus esperanzas y los sumía en la más grande tristeza. La desesperación corroía sus anhelos de encontrar la paz que dejaran atrás y no pocos prorrumpían en llanto, atormentados por todas esas sensaciones que el hombre siente en lo más hondo de sus ser, cuando se halla en tales circunstancias. El dolor y la tristeza se difundieron en toda la comunidad como epidemia y llegado el momento más de tres mil personas se desataban en desbordante llanto. Estaban siendo testigos, protagonistas y víctimas del mayor infortunio de su generación, de su raza pura y poderosa; la angustia gastaba sus fuerzas y clamaban en ayes de dolor, pidiendo consuelo al sumo sacerdote que dirigía sus destinos y su suerte.

Contemplando esta manifestación de dolor y llanto colectivo, el willajhuma ordenó un

ellos jamás entrenados para largas caminatas, y menos aun en las condiciones tales que exigían mucho esfuerzo, para caminar desde el alba hasta el ocaso casi al trote y no ser alcanzados por los caballos de los españoles, que como sabuesos seguían sus huellas. Un ejército de ancianos, adultos, varones y esposas, hijos jóvenes y niños; y agregado a ello el tener que llevar las pesadas reliquias con los cuidados que estas demandaban. No eran individuos preparados para estos trotes, de manera que eran fácil presa de una prematura fatiga y el agotamiento muy pronto empezó a cundir en la multitud. Lo sorpresivo de la partida no les había dado tiempo suficiente para tomar las más elementales precauciones, y agobiados por la situación se rendían agotados por el cansancio, y cayendo sobre el camino sucumbían. A medida que se iban internando y bajando a los valles, el cambio brusco de la temperatura, las condiciones naturales propias de los sistemas ecológicos cambiantes, las lluvias y en consecuencia la gran humedad que no conocían, hacían escarnio sobre la comunidad fugante. Insectos y alimañas ponzoñosas propias de los lugares que a trancos incursionaban, daban cuenta de incautos sacerdotes y estudiantes del clero de un imperio, que en esos momentos estaba siendo víctima de

una cruenta invasión, con espada y cruz, como armas de la muerte en las manos.

Lo cierto es que la población disminuía cada vez más, el dolor se acentuaba en la gente que se dejaba embargar fácilmente, por la impaciencia y la agonía de sus fuerzas físicas y espirituales. La melancolía y la añoranza por su adorado y querido Q'osqo abatían sus corazones, la sospecha de que jamás volverían a verla liquidaba sus esperanzas y los sumía en la más grande tristeza. La desesperación corroía sus anhelos de encontrar la paz que dejaran atrás y no pocos prorrumpían en llanto, atormentados por todas esas sensaciones que el hombre siente en lo más hondo de sus ser, cuando se halla en tales circunstancias. El dolor y la tristeza se difundieron en toda la comunidad como epidemia y llegado el momento más de tres mil personas se desataban en desbordante llanto. Estaban siendo testigos, protagonistas y víctimas del mayor infortunio de su generación, de su raza pura y poderosa; la angustia gastaba sus fuerzas y clamaban en ayes de dolor, pidiendo consuelo al sumo sacerdote que dirigía sus destinos y su suerte.

Contemplando esta manifestación de dolor y llanto colectivo, el willajhuma ordenó un

alto y acamparon para descansar, considerando haber dejado muy lejos las posibilidades de ser alcanzados por sus perseguidores, pues habían nombrado desde Lacco varias comisiones, que se encargaran de borrar las huellas y aún el mismo camino de trecho en trecho, destrozando puentes y cuanto signo indicara el paso del éxodo.

El gran sacerdote y comandante del operativo de fuga, subiéndose a una roca inmensa se paró en lo más alto, y abriendo sus brazos al firmamento clamó a los apus protectores, para que les ilumine en esos momentos difíciles y llenara de esperanza y de fe sus corazones. Luego, dirigiéndose a la multitud les arengó diciendo:

-Ama llakikuychischu, ama waq'akuy- chischu, kallanq'an payquiquin hinan, Q'osqo hinan payquiquin, joj llacta, jatun llacta”; que traducido al castellano dice: “No sientan pena, no lloren, habrá uno igual, como el Cusco, como él, igualito al él, una gran ciudad”. Paykikin: Igual a él.

Posteriormente a este lugar se llegó a conocer con el nombre de Kallanga,

posiblemente en alusión al término ese de la citada arenga, hasta cuando se convirtió en una hacienda ganadera que siguió llevando ese nombre y así se quedó hasta la actualidad. Así mismo, de esta arenga fácilmente podemos colegir que el término “paykikin”, hace referencia al nombre con el que hoy se le conoce a la ciudad prometida: Paititi.

Sabiéndose a salvo y fuera del alcance de sus perseguidores prosiguieron la marcha, sin que esto menguara la mortandad a causa de que ya se internaban más y más en la selva, que con sus incontables misterios cobraba vidas a cada tramo. No obstante seguían destrozando el camino, quitando de su lugar puentes de piedras o de palos, como actualmente se puede observar en el río de Kallanga, donde una inmensa piedra rectangular que servía de puente, permanece a lo largo de una orilla, dejando como huella de su original construcción los cimientos de piedras en las dos orillas.

Llegaron muy pocos hasta el mismo Paititi, constituyéndose desde entonces en un área muy cercana a la gigantesca montaña llamada Apucatinti, donde actualmente viven a expensas de la caza y la pesca, cultivando el reducido espacio del valle para producir yuca,

alto y acamparon para descansar, considerando haber dejado muy lejos las posibilidades de ser alcanzados por sus perseguidores, pues habían nombrado desde Lacco varias comisiones, que se encargaran de borrar las huellas y aún el mismo camino de trecho en trecho, destrozando puentes y cuanto signo indicara el paso del éxodo.

El gran sacerdote y comandante del operativo de fuga, subiéndose a una roca inmensa se paró en lo más alto, y abriendo sus brazos al firmamento clamó a los apus protectores, para que les ilumine en esos momentos difíciles y llenara de esperanza y de fe sus corazones. Luego, dirigiéndose a la multitud les arengó diciendo:

-Ama llakikuychischu, ama waq'akuy- chischu, kallanq'an payquiquin hinan, Q'osqo hinan payquiquin, joj llacta, jatun llacta”; que traducido al castellano dice: “No sientan pena, no lloren, habrá uno igual, como el Cusco, como él, igualito al él, una gran ciudad”. Paykikin: Igual a él.

Posteriormente a este lugar se llegó a conocer con el nombre de Kallanga,

posiblemente en alusión al término ese de la citada arenga, hasta cuando se convirtió en una hacienda ganadera que siguió llevando ese nombre y así se quedó hasta la actualidad. Así mismo, de esta arenga fácilmente podemos colegir que el término “paykikin”, hace referencia al nombre con el que hoy se le conoce a la ciudad prometida: Paititi.

Sabiéndose a salvo y fuera del alcance de sus perseguidores prosiguieron la marcha, sin que esto menguara la mortandad a causa de que ya se internaban más y más en la selva, que con sus incontables misterios cobraba vidas a cada tramo. No obstante seguían destrozando el camino, quitando de su lugar puentes de piedras o de palos, como actualmente se puede observar en el río de Kallanga, donde una inmensa piedra rectangular que servía de puente, permanece a lo largo de una orilla, dejando como huella de su original construcción los cimientos de piedras en las dos orillas.

Llegaron muy pocos hasta el mismo Paititi, constituyéndose desde entonces en un área muy cercana a la gigantesca montaña llamada Apucatinti, donde actualmente viven a expensas de la caza y la pesca, cultivando el reducido espacio del valle para producir yuca,

plátano y coca, productos que les sirven para la fabricación de licores o bebidas alcohólicas como el “massato”, para invitar a la meditación y la tertulia. De esta manera viven con el nombre de “machigangas”, custodiando indefinida- mente el gran tesoro de los incas, no permitiendo que humano alguno ingrese a los recintos de la ciudad sagrada, que conserva cuanto en ella guardaran al llegar del Cusco.

Es posible que hoy en día la ciudad del Paititi esté cubierta de tupida vegetación, cosa que es inminente en la selva, que a la vez sirve de protección contra los extraños, que intentan llegar hasta su seno y profanar su sacralidad. Se anda diciendo entre murmullos que la ciudad perdida de los incas tiene un gran portón, de cuya base se desprende hacia adentro una escalinata que desciende, con aproximadamente unos cien o ciento veinte peldaños y de unos cinco o seis metros de dimensión. Todo esto armado en piedra y con la consistencia con la que los incas acostumbraban edificar sus recintos. Dícese también que en la base de la escalera, que se extiende entonces en una planicie, donde se erigen edificios y entre ellos callejones o calles que conducen a una plaza, se pueden apreciar dieciocho estatuas fabricadas en oro, representando las efigies de dieciocho incas en

tamaño natural y con precisión artística admirable; formando una fila de ellos, que sorprendiera en muchas oportunidades a cuantas personas que por casualidad llegaron y salieron, trayendo consigo algunos objetos de oro en señal de su hallazgo.

Se diría talvez que es una ciudad de oro perdida en la espesura de la selva, aquel dorado que los conquistadores buscaban con tanto afán, o quizás es aquella que desde hace unos años o décadas se la conoce como la ciudad perdida de los incas; aunque este término no vendría al caso porque la ciudad en referencia nunca fue perdida por los incas, al contrario, ellos conocían más que cualquiera su ubicación. Estaría mejor nombrarla como la ciudad de los incas que hoy está perdida y quizás lo esté por más tiempo aun.

Así concluyó su intervención y yo me quedé maravillado. Pedimos otro par de tazas de café y encendí otro cigarrillo. Su relato me embelezó y se lo hice saber. Entonces, al comprender mi fascinación por este asunto, acordamos vernos más a menudo para charlar sobre estos temas. A la semana siguiente llegó nuevamente al Cusco y me llamó por teléfono.