• No results found

No abrió la boca, como un cordero era llevado al matadero. No protestó, no se defendió...

Lo que no he robado, ¿lo tengo que devolver?

No. Ese día la

voz que se oyó fue la del pecado. Vociferante, arrogante, gritón, tratando de acallar la otra voz: la del amor, la de la justicia, la del Reino, la de la liberación, la de la bienaventuranza. El pecado, que disimula su miedo con la fuerza, su lodo con sangre ajena, su vaciedad con ruido, y su abuso con indignación...

¿Habéis oído? ¿Qué necesidad tenemos de testigos?

¿Habéis oído? ¿Habéis oído de verdad? Por supuesto que no. Solo habéis oído lo que queríais oír, lo que estabais esperando, sin entender nada. Ya tenéis vuestra excusa, ¿qué necesidad tenéis de testigos? Ya podéis acusarlo y quedaros tranquilos. Ya podéis sentiros justos mientras herís al justo. Es tiempo para el ruido de las armas, cuando lo único que se oye del inocente es su grito, y hasta este se atenúa...

Lo sacaron fuera de la ciudad

. Son tantas las voces del pecado que se dan cita en estos juicios del siervo que pueden formar un coro, una gran coral que provoque la sonrisa complacida del mal, extasiado con esta armonía perversa.

¡Crucifícalo!

, se grita desde la docilidad, desde la sumisión a otros que piensan por todos y desde la indiferencia que pide carnaza.

¡Queremos a

Barrabás!

, y al violento y al fuerte, al bello y al que triunfa, al rico y al brillante, al que siempre cae de pie. Queremos a Barrabás, no al justo. Las barrabasadas son simpáticas ahora.

¡Si le liberas no eres amigo del

César...!

; en cambio, si le condenas, a pesar de que sabes que es inocente, a ti te irá mejor. ¿Y no se trata de eso? Que te vaya muy bonito. Que te vaya muy, muy bonito. Porque lo que importa eres tú. Tú. Tú. Tú. Tú. Yo. Yo. Tu seguridad la estás pagando con sangre ajena, pero lávate las manos y la memoria. Grita también el miedo:

¡Yo no lo conozco, nunca he estado con

él!

, adiós, mi amigo, no soy valiente como tú, ahora estás solo. Tal vez algún día reuniré las fuerzas, el coraje, para que me salga una voz distinta, discordante en este coro fúnebre. Pero hoy me vence el temor que deja lágrimas y culpa. Habla la mentira, aunque se enreda en su propia malicia, y

no

se ponían de acuerdo en sus acusaciones

. ¿Y qué más da? ¿No está ya todo claro? Ya se sabe qué verdad interesa. El resto es pantomima. Habla la crueldad, que es fuerte con el débil y aduladora con el poderoso.

Adivina

quién te ha pegado

, ja, ja, qué divertido, qué grotesco, qué gracioso, qué burlón... ¿No debería poder librarse si es quien dice ser? Es un fraude, proclama, ufana, la necedad.

¡Crucifícalo, crucifícalo!

, pero bien lejos. Sácalo de nuestra vista, que aquí es incómodo.

¡No tenemos más rey que el

César!

Entonces, que hablen los golpes y los clavos.

Este griterío, esta algarabía inhumana ¿acalla acaso la voz que tendría que oírse...? En silencio atraviesa el mundo el sollozo desgarrado de Dios y de tantos hijos suyos... un silencio más estruendoso que el vocerío del mal, aunque ahora no lo parezca. Porque la Vida no es esto de hoy. Calla el amor.

Calla la misericordia. Callan el bien y la justicia. Callan el Reino y la paz. Calla el hermano. Callan la caricia y el milagro, la ternura y la confianza. Calla Dios, tras revelarse.

Yo soy

. Amén

.

II. Una historia de amor

Cuando contemplamos el desenlace de la Pasión nos golpean dimensiones de la vida que tienen que ver con la exigencia, el dolor y la entrega. Ya en capítulos anteriores hemos ido desglosando algunas de dichas dimensiones, como son las intemperies, las jaulas de oro, el sufrimiento o la fragilidad y sus lecciones. Por eso quisiera, en este momento, volver el foco hacia una realidad muy honda y que es la que sostiene toda esta historia. Se trata de la manera de amar de Dios.

La Pasión no es el itinerario macabro ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor radical, incondicional, primero. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.

Decimos que Dios es Amor. Y así lo creemos. Todos tenemos la experiencia de las declaraciones de amor, de las palabras cargadas de afecto con las que queremos establecer vínculos firmes, profundos, ojalá indestructibles, con aquellos a quienes queremos. Dios habló de amor al mundo. Y su Palabra fue Jesús. Esa voz se encontró con otras muchas voces, muchas palabras distintas, un recital de palabras que hablan con distintas lógicas, incluso algunas veces tratando de silenciarlo.

Es esta última la hora de los contrastes. Entre quien habla con palabras de verdad y quien miente. Entre quien insulta y quien perdona. Entre quien ama y quien odia. Entre quien se burla y quien calla. Es esta la hora en que con más hondura va a asomar la palabra última de Dios, Jesús, en medio de la algazara de los que nada entienden. Jesús, amando hasta el extremo, es la palabra definitiva de Dios, que resuena con dolorosa desnudez desde el silencio de la cruz.