3.4 Implementation
3.4.1 Defining the mapping
jadear, mientras emplea las pocas energías que le quedan en mantenerse firme, pues cuando el peso de su cuerpo tira de él hacia abajo siente que se ahoga. Nunca ha experimentado un sufrimiento semejante. Ni de niño ni de adulto. No imaginaba que una agonía así fuera posible. Ni en su infancia, cuando tuvo que trabajar como una mula para evitar los palos de los criados del procurador, ni en su juventud, pese a haber pasado hambre y haber recibido alguna que otra herida de consideración. Es un hombre robusto, curtido en los caminos, en noches de mal dormir y en días de mal comer, y la violencia de los últimos años pasados entre ladrones le ha endurecido, pero no está seguro de poder aguantar mucho más. Un sollozo escapa de su garganta, y esto parece enardecer al grupo de personas que están cerca de su cruz, que se burlan de él y celebran su angustia. Gira la cabeza hacia la izquierda y ve, muy cerca, a los dos hombres crucificados a su lado.
Nunca había visto a ese Jesús que está en el medio, aunque de sobra sabe que el gentío que hoy asiste a la ejecución tiene que ver con él. Es un profeta, un hombre del pueblo. Hasta en la cárcel donde ha pasado las últimas semanas se hablaba de él. En medio de su dolor, Dimas advierte que el castigo que ha recibido el nazareno es aún más atroz que el suyo y aprieta los dientes, lleno de animadversión hacia los romanos y hacia los sacerdotes. Algunos de estos se mofan de Jesús con provocaciones innecesarias: «Si es tan poderoso, que se baje de la cruz». «A otros ha salvado, ¿no puede salvarse a sí mismo?» Dimas piensa que ojalá el hombre que está a su lado pudiese de verdad bajarles de la cruz, pero sabe que eso no es posible. Consciente de la tortura que están padeciendo, también se dice que estos que se burlan al menos deberían tener la decencia de dejarles morir en paz. Si pudiera, les escupiría a la cara, pero quiere reservar las fuerzas, aunque sabe que es inútil.
Un poco más allá, ve el perfil de Gestas, crucificado al otro lado del Galileo. De sus labios está brotando un torrente de imprecaciones, que dirige sucesivamente a los soldados, a los espectadores del suplicio y a las autoridades ausentes. A Dimas no le gusta Gestas. En el tiempo que han pasado juntos en la prisión romana ha comprobado que es un hombre duro, amargado, que rezuma agresividad contra todo y contra todos. De hecho, aunque Dimas es fuerte, sabe que el otro es una mala bestia, capaz de destrozar a un hombre con sus manos desnudas. Bien lo han comprobado en las últimas semanas los que esperaban, juntos, el final. Alguno de ellos encontró un cadalso prematuro entre las paredes del pretorio sin que a los romanos pareciera importarles. Dimas, como el resto de condenados a muerte, ha vivido estas últimas semanas encogido, sintiendo la amenaza de Gestas sobre su cabeza, procurando no provocar la furia del otro, sufriendo en silencio sus burlas y bravatas constantes. Después de todo, una vida entre bandidos te enseña cuándo debes luchar y cuándo es mejor ser prudente. Ahora ya poco importa. Los dos van a morir.
Al pensar en el final, una sombra negra parece cernirse sobre él. Es miedo. Es desesperación. Es incertidumbre. Es la soledad que le ha mordido durante tantos años. Dimas es un hombre huraño, de pocas palabras. Nunca ha tenido amigos. Nunca ha tenido una mujer a la que pudiera llamar suya, y la violencia o el dinero han reemplazado al amor en los pocos abrazos que ha arrancado. No deja hijos detrás. No recuerda un hogar, y esa soledad hiriente parece esperarle ahora, al final, para apresarle definitivamente. Ni siquiera puede acudir a Yahveh, tras vivir de espaldas a él toda la vida. Le estremece el temor a Dios, a su castigo y a que ahora, al final, el peso de una Ley aún mayor que la de los romanos le condene para siempre. Desde que le atraparon tras asaltar a un comerciante en las cercanías de Jerusalén, sabedor de que sería condenado a muerte, el miedo se ha instalado en su interior. Un miedo terrible que ahora, cuando ya está clavado al madero, le muerde con saña. Tiembla.
Vuelve a girar la cabeza, dejando que un leve lamento escape de sus labios, aunque nadie parece escucharle: «Agua...» «Agua...» Su murmullo parece encontrar eco en Jesús, que también pide que alivien su sed. Un soldado acerca un palo que en el extremo lleva una tela empapada, que chorrea... Dimas ve que el rostro de Jesús se contrae en una mueca de dolor cuando la tela llega a su boca, y parece escupir el líquido. Quizá, piensa Dimas, le han apaleado tanto que ni puede tragar. Una risotada del soldado se contagia a otros dos que están al pie de la cruz. El que le ha acercado el agua a Jesús le dice, gesticulando con exceso y mirando a todos lados, como si se tratase de un actor frente a un auditorio: «Si eres el rey de los judíos, sálvate», y esa burla solo hace que los otros rían más fuerte. Uno de ellos empapa otro trapo y se lo acerca a Dimas. Sorbe con avidez, para descubrir, con asco, que el líquido es vinagre, y entonces entiende por qué Jesús no ha sido capaz de beber. Pugna por contener un sollozo para no darles la satisfacción de humillarle más. La risa de los soldados apenas duele ya.
«¡Agua!», sigue murmurando. «Agua», repite el Nazareno, en un ruego apenas audible. «¡Agua!» Una tercera voz, ronca y más fuerte, viene a sumarse a las suyas. Es Gestas, que escupe sus palabras, pero en su entonación hay más ira que necesidad, más burla que ruego, más odio que desesperación. Parece que su grito no va dirigido a los romanos, sino al galileo que, en su cruz, agoniza. «¿No eres el rey de los judíos? Pues sálvate tú y sálvanos a nosotros». Dimas no puede evitar un estremecimiento ante esa frase. Ha oído la burla de los soldados y del gentío, pero ver que ese veredicto lo utiliza otro reo para machacarles aún más le parece atroz. Jesús no parece tener fuerzas para contestar, y el otro se crece, repitiendo una y otra vez sus imprecaciones.
Dimas mira al nazareno. Sus ojos se cruzan. No hay en él rastro de odio hacia quien le impreca, ni de exigencia o reproche hacia los testigos mudos de la humillación. Es la mirada del inocente. Y es también la mirada de un hombre exhausto. Ante esa mirada limpia, ante esos ojos heridos pero en paz, y quizás ante la proximidad de su propia muerte, una súbita lucidez parece sobrevenir a Dimas. Una irritación que lleva tiempo agazapada en su interior pugna por abrirse camino. No va a tolerar que Gestas machaque también a un hombre bueno. Porque Jesús no es como ellos, no es un preso común, no
es un asesino ni un ladrón, sino una víctima inocente del juego de los poderosos. Y aunque su instinto de supervivencia le dice que debería reservarse las fuerzas, mirar para otro lado, no malgastar la energía en palabras y luchar por seguir vivo un poco más, con una serenidad sorprendente alza la voz.
«¡Cállate!» Gestas le mira, sorprendido por la interrupción, y parece que va a contestar, pero Dimas le fulmina con la mirada mientras sigue hablando. «Tú, que sufres la misma pena, ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues estamos aquí por nuestros delitos». Al decirlo, vienen a su mente los robos, la violencia, la manera en que ha ido dejando, alrededor de su vida, heridas y golpes, los rostros de mujeres a las que ha humillado, y de hombres a los que ha dejado llenos de contusiones y con la bolsa vacía en las veredas de los caminos. Y aunque siempre ha tratado de justificarse, ampararse en que no ha tenido otra opción, se da cuenta, con una certidumbre dolorosa pero liberadora, de que ha elegido mal, de que habría podido escoger otro camino. Y de que, ahora mismo, solo reconocer la verdad de su vida puede traer una dignidad recuperada a estas últimas horas. Gestas ha enmudecido. Dimas continúa hablando, con la vista fija en Jesús: «En cambio, este no ha cometido ningún crimen». Y al pronunciar estas palabras, se da cuenta de que, en ese último reconocimiento, en esa afirmación, acaba de abrir una puerta diferente.
Vienen a su mente las enseñanzas del Galileo, esas historias que los aldeanos se contaban algunas noches alrededor de una hoguera. Palabras que ha escuchado entre indiferente y escéptico. Palabras de perdón para los pecadores. De sanación para los enfermos. De misericordia para los culpables. De abundancia para los pobres. Ahora, en la presencia del hombre de Nazaret parece comprender la verdad de esas enseñanzas. Y una súbita esperanza sustituye a la nube que le oprime por dentro. Mira de nuevo al Galileo y murmura, en un tono casi inaudible: «Jesús, cuando llegues a tu reino, acuérdate de mí». No espera respuesta. No busca promesas. No cree que pueda resistir mucho más. Ni siquiera sabe si su ruego ha salido de sus labios o solo lo ha imaginado... Pero entonces Jesús vuelve a mirarlo, y en sus ojos hay comprensión, reconocimiento y acogida. Y aunque parece que el Galileo casi no tiene fuerzas para hablar, de sus labios salen unas palabras inesperadas: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso».
Si las burlas o el desprecio no han hecho mella en Dimas, sin embargo las palabras de misericordia parecen atravesarlo y le conmueven hasta la entraña. Ese «conmigo» se convierte en un agarradero, en la puerta abierta a una esperanza distinta. Este hombre, que habla en nombre de Dios, no transmite reproche ni condena, juicio ni castigo. Durante toda su vida, Dimas se ha protegido tras un muro de desconfianza. Para sobrevivir solo ha contado con sus propias fuerzas, y también contaba con ellas como su único apoyo a la hora de morir. Y, sin embargo, ahora, cuando menos lo esperaba, en este momento último, cuando la soledad parecería más impenetrable, se encuentra con una mano tendida y la invitación a fiarse de una promesa distinta. El terror que durante las últimas semanas le ha constreñido parece disolverse. Hasta el dolor parece más tolerable. Se da cuenta de que cree en la promesa que se le acaba de hacer. No lo
entiende. No sabe muy bien cómo puede ser. Pero, por fin, en esta jornada que sabe última descubre que no está solo. Sus ojos se cruzan, una vez más, con los de Jesús. Quisiera decir tantas cosas... Pero las fuerzas le están abandonando. Jamás habría pensado que se podía sentir al mismo tiempo un sufrimiento tan intenso y el alivio que experimenta. Intenta hablar, pero la mirada de Jesús le disuade. Ya está todo dicho, ¿no? Jesús agacha la cabeza y respira con dificultad.
Dimas cierra los ojos y trata de recuperar las fuerzas. Sabe que le espera aún un suplicio brutal, y le asusta. Pero, paradójicamente, el otro miedo ha desaparecido. Ya no está solo, y al fin se siente confiado y en paz. Murmura, entre dientes: «conmigo», y a su rostro, manchado de lágrimas, sudor y sangre, asoma una última sonrisa victoriosa.
II. Encuentro
Hay una extraña ternura en las palabras que intercambian Jesús y el buen ladrón en la cruz. Es un momento de dolor, de fragilidad extrema, cuando la derrota y la muerte parecen inminentes. Cuando, juicio tras juicio, hemos asistido al desencuentro, la incomunicación y el intento de manipular a Jesús por parte de quienes deberían buscar justicia o verdad, pero en lugar de eso buscan su conveniencia e interés. Cuando la soledad parece más aguda y más impenetrable... Entonces, en medio del calvario, dos vidas rotas se encuentran e intercambian palabras de comprensión, de respeto, de acogida y de esperanza. Esa es, quizás, una de las verdades más sorprendentes del Gólgota: el amor no calla.