I. Contemplación de papel: Crucifixión
O
TRO día. Otro suplicio. Otra ejecución. Es curioso cómo se puede llegar a convertir enrutina algo tan extraordinario como una muerte. Pero es así. Ya no le da importancia. La primera vez que participó en una crucifixión, Arrio lo pasó mal. Entonces tuvo que hacer esfuerzos ímprobos para no vomitar. Los otros legionarios se habrían reído de lo lindo si llega a desfallecer. Aquel primer ejecutado era un galo joven. Es curioso cómo aún hoy recuerda su rostro. Casi un niño, en realidad, con expresión de terror cuando le alzaban en el madero. No paró de llorar y gemir mientras quedaron fuerzas en su cuerpo destrozado. Después de aquello, Arrio pasó días desvelado, atormentado por la voz que oía en su cabeza. Ahora disipa de un plumazo ese pensamiento. Cientos de ejecuciones han hecho mella en él. Se ha acostumbrado a escuchar los lamentos, y la agonía de los condenados le es tan familiar como las risotadas en el cuartel o los cantos de los días de borrachera. Y es siempre igual. En la Galia, en Egipto o aquí, en Israel. Ojalá pronto pueda volver a Roma, para quedarse al fin en casa y no en esta tierra de bárbaros.
El bullicio en torno no le altera. Hay más gente que de costumbre en los márgenes, acompañando esta procesión macabra de reos camino del matadero. Son tres. Uno de ellos, al que llaman Nazareno, ya lleva encima un buen castigo. Arrio ha presenciado su tortura durante las últimas horas, en el pretorio. Los latigazos, los golpes, la corona de espinas que le han puesto en la cabeza entre burlas y empujones... ¡Pobre diablo...!, ¿qué habrá hecho? Lo mejor para él será dejar de sufrir. Va tan maltrecho que han tenido que obligar a un campesino a tirar de él. Arrio no se inmuta con el griterío, en el que se superponen lamentos e imprecaciones, llantos y maldición. Reparte algún que otro golpe con el palo de la lanza, para mantener a distancia a la muchedumbre y evitar que invadan el camino, ahora que se acercan al final.
Al llegar a la colina, los legionarios saben lo que tienen que hacer. Están acostumbrados a participar en las ejecuciones, y es una coreografía brutal la que desarrollan entre todos. Mientras un grupo contiene a la gente a distancia, dos de ellos van adonde está cada preso. A él le toca el nazareno. Su compañero despide de un empellón al campesino, que se aleja aturdido. Arrio arranca el manto y la túnica del prisionero. El hombre gime ante el zarandeo de su cuerpo maltrecho. El soldado aprovecha para palpar la tela y se dice que el tejido parece bueno. La túnica está manchada de polvo y sangre, pero se ve que es de buena calidad, así que quien se quede con ella sacará algún dinero si la vende. Su compañero agarra de un brazo al reo y tira de él hacia el suelo. El hombre cae como un fardo, y su cabeza suena al golpear el suelo. Arrio se dice que como no tengan cuidado lo van a matar antes de tiempo, pero se guarda el comentario para sí. Deja a un lado las prendas y se concentra en la parte más delicada de la crucifixión. A él le toca sujetar las manos del judío al madero, mientras el otro soldado le atraviesa la muñeca con los clavos. Es lo más complicado, pues si no lo hace en el punto exacto, le puede romper algún hueso o provocar un chorreo de sangre mayor del necesario, así que agarra con firmeza los antebrazos del judío para que no se
mueva. Todo va bien. El lamento del pobre hombre cuando el primer clavo le atraviesa la carne es tolerable. Arrio ha escuchado en otras ocasiones alaridos sobrecogedores. Esta vez, ninguno de los tres reos parece de ese tipo de hombres. Tras el primer clavo viene el segundo, y a continuación otros soldados se encargan de izar al condenado y fijar el listón a la estructura de maderos verticales que han de soportar su agonía. Tras ello, un último clavo atraviesa sus pies, y el hombre queda encajado en su cruz.
Arrio mira a su compañero, satisfecho por cómo ha ido todo. La crucifixión de los otros dos reos aún no está completa, y en su fuero interno Arrio se regocija por lo hábiles que han sido ellos. Mira de reojo en dirección al centurión, para ver si se ha percatado de su buen hacer. Nunca está de más tener contentos a los jefes. Al fin, quedan crucificados los tres condenados.
Los soldados que han participado en el ritual se apartan a un lado y, con ágiles gestos, separan las ropas de los presos. No valen mucho, piensa Arrio, mientras mira con interés indisimulado hacia la túnica del nazareno. La suerte le sonríe en el juego de los dados, y la expresión de fastidio en el rostro de sus compañeros le confirma que se lleva la mejor prenda. Sonríe al extender los brazos y agarrar la túnica. Con lo que saque por ella piensa emborracharse unas cuantas veces, para olvidar que le toca vivir en este lugar remoto, rodeado por este pueblo extraño al que desprecia. Mira con fría indiferencia al hombre que agoniza en la cruz, y agita la túnica en su dirección mientras masculla un burlón «gracias», que solo él mismo oye. Luego dobla la tela y la mete bajo su cota de malla.
Se aleja y se coloca, con los otros soldados, en el círculo que mantiene a la muchedumbre a distancia. Ya no hay mucho más que hacer. Solo esperar. El gentío también está más sereno ahora. Los gritos han sido reemplazados por conversaciones más tranquilas. Solo de vez en cuando alguna imprecación más fuerte de lo normal rompe la calma. Observa con desinterés a los grupos que están presentes. A su derecha, con vestiduras oscuras y expresión de victoria, están los sacerdotes judíos. Reconoce a algunos de los que esta mañana estaban en el pretorio. Luego hay bastantes hombres y mujeres curiosos, que parecen asistir a la crucifixión atraídos por un espectáculo poco frecuente. A la izquierda se fija en un grupo distinto. Lo forman varias mujeres y un hombre joven. Sus rostros expresan dolor y dignidad al tiempo. Una mujer mayor es, probablemente, la madre de alguno de los condenados. Arrio sigue con los ojos la mirada herida de esa mujer y se encuentra al nazareno, que parece respirar con más dificultad ahora. Por un instante la visión del judío que agoniza le hace evocar a aquel muchacho galo que bastantes años atrás tanto le conmoviera. Siente una punzada de nostalgia, y una pizca de humanidad pugna por romper la coraza de frialdad con que ha aprendido a protegerse; pero, como hace siempre que algo le remueve, chasquea la lengua con forzada indiferencia y agita la cabeza con brusquedad para alejar sus pensamientos.
En ese momento advierte que otro soldado se burla, imitando con exagerados quejidos los lamentos de uno de los reos. La cruel parodia provoca carcajadas en el resto
de los legionarios. Arrio se deja llevar y se suma a las risas. Con su mano derecha acaricia la túnica y piensa en el vino que comprará con ella, para emborracharse una vez más y seguir olvidando, y no oye la voz que desde la cruz, a su derecha, eleva al cielo una plegaria: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
II. La indiferencia
Llega un momento en la vida en que una tentación es no hacer demasiados problemas de nada. Volverse escéptico, encerrar el corazón en un cofre para que no resulte herido ante las cosas que ocurren. A veces parece una solución el ir por el mundo con una venda puesta en los ojos para no tener que mirar realidades que hacen sangrar. Después de todo, ¿para qué sufrir por algo que no puedes cambiar? ¿Para qué estremecerse con historias condenadas al fracaso más absoluto? ¿Qué sentido tendría? ¿No es más razonable centrarse en lo posible, lo cercano y lo concreto?
El problema es que hay muchos crucificados en nuestro mundo. ¿Y qué será de ellos si el mundo mira para otro lado? ¿Qué será de ellos si cerramos los ojos, el corazón y las entrañas para no estremecernos al menos con su vida? ¿Qué será de ellos si alguien no se siente urgido a buscar respuestas, justicia, libertad?
Sin embargo, no es fácil escapar de la indiferencia, y se llega a ella por diversos caminos.