A través de su propio análisis histórico de las luchas económicas y sociales, Bourdieu reconoce que se ha producido un giro histórico, de la violencia abierta observada en la indus- trialización a una violencia más simbólica17(Bourdieu, 1977a; Swartz, 1997). Para Bourdieu,
hay una relación inteligible (y no una contradicción) entre la violencia abierta y la simbóli- ca, que «coexisten en la misma formación social y, a veces, en la misma relación» (Bourdieu, 1977a, pág. 191). No debe olvidarse, por ejemplo, que, para muchos, la esclavitud era, y en algunos casos podría decirse que sigue siendo, una parte aceptada de la vida diaria. Sin embargo, como hemos explicado antes, el Estado no tiene que ejercer necesariamente una coerción física para crear un mundo social ordenado, siempre y cuando sea capaz de producir estructuras cognitivas integradas que concuerdan con las estructuras objetivas y, por tanto, de garantizar la sumisión dóxica al orden establecido18. La doxa es el punto de
vista del dominante, que se presenta e impone como algo universal, el punto de vista de los que dominan dominando al Estado y que lo conciben como algo universal al constituir el Estado. La doxa es el caldo de cultivo de la violencia simbólica.
Famoso por replantear las dicotomías de la teoría social, el relato de Bourdieu sobre la violencia social (coerción física) es peculiar por el hecho de que la violencia simbólica se consigue sin conciencia o limitaciones. Se fundamenta en las «decisiones» que toman las personas conforme a su habitus específico19y su «ilusio», un compromiso inconsciente
con la lógica, los valores y el capital de un campo. La naturaleza de la violencia simbólica quiere decir que no es reconocida o, como explica Bourdieu a través de muchos ejemplos del lenguaje y la educación, no es bien reconocida. Por ejemplo, este reconocimiento erróneo ha pasado a ser una base común para el análisis social en las investigaciones de género, en las que la conducta social se entiende como algo «natural» o socialmente aceptable, más que como actos o relaciones de dominación. Los actos (palabras, gestos y entonaciones) de dominación no son reconocidos como tales, sino erróneamente como parte de la doxa. La doxa sirve para distinguir lo pensable de lo impensable, reforzada por actos de distinción que ocultan la dominación (Bourdieu, 1990).
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economía social
Parte del modo de ser de la violencia simbólica, es que sus actos se establecen social- mente y son inconscientemente aceptados. En nuestras relaciones y prácticas sociales, la complicidad del dominado es necesaria si ha de existir una dominación simbólica. Como indicaba Bourdieu «la tendencia a reducir la búsqueda de las causas a una búsqueda de responsabilidades impide ver que la intimidación (una violencia simbólica que no es cons- ciente de lo que es (en la medida en la que no implica un acto de intimidación)) solamen- te puede ejercerse sobre una persona que está predispuesta (en su habitus) a sentirla, frente a otros que la ignorarán...» (Bourdieu, 1991, pág. 51). El extenso análisis de la educa- ción ilustra cómo los órganos del conocimiento cumplen una función reproductiva, comu- nicando valores de significados del orden social existente a los alumnos que están predis- puestos a su aceptación. Por ejemplo, un niño con un acento de clase media y patrones amplios de habla puede ser recompensado por el profesor y de esta manera, ser conside- rado más inteligente. Así, cualquier cosa que se diga con un acento de clase media será juz- gado por el niño y sus compañeros de clase como algo «inteligente». Los niños con un acen- to de la clase trabajadora «sabrán» que son menos inteligentes. Al hacer una conexión cultural arbitraria en un mundo en el que las divisiones y las jerarquías se presentan como necesarias, se promulga una forma de violencia simbólica (véase, además, Webb et al., 2002, pág. 118 sobre la arbitrariedad cultural). El capital cultural (por ejemplo, competencias, destrezas, cualificaciones) también puede ser una fuente de reconocimiento erróneo y violencia simbólica. Por lo tanto, los hijos de padres de la clase trabajadora pueden llegar a ver el éxito educativo de sus compañeros de clase media como algo siempre legítimo, creyendo que lo que sería una desigualdad en base a la clase, es, en su lugar, el resultado de un trabajo duro o incluso de una habilidad «natural». Una parte clave de este proceso es la transformación de la herencia económica o simbólica de la persona (por ejemplo, el acento o el dinero) en un capital cultural (por ejemplo, las notas universitarias).
En la formación de la violencia simbólica se produce una transmutación del capital eco- nómico en capital social. Esto ocurre cuando los intereses de los económicamente domi- nantes pasan a ser dóxicos, cuando quedan ocultos por una autoridad socialmente reco- nocida legitimada por el Estado (como en el caso del HSE). Los trabajadores de las identidades y subjetividades de la Escocia del siglo XXI están constituidos, en parte, por la creencia de que son «sujetos» dentro de un sistema democrático y justo. Este punto de vista se ve refor- zado por la existencia de agencias gubernamentales, como el HSE, y estructuras jurídicas, como las distintas leyes de salud y seguridad en el lugar de trabajo. Asimismo, tragedias como las de Bhopal han sido caracterizadas por el Estado y los medios de comunicación británicos como algo que sucede lejos, un ejemplo de lo que puede ocurrir sin las estruc- turas y normativas adecuadas, de las que afortunadamente se gozan en el Reino Unido. Sin embargo, como hemos mencionado en el apartado anterior, la «protección» que el HSE ofrece a los trabajadores es una especie de charada, con tan solo 68 inspectores encar- gados de vigilar 81.000 lugares de trabajo en el momento de la explosión. Por eso descri- bimos las prácticas de salud y seguridad como dóxicas. Cabe preguntarse si los trabaja- dores, que ven la farsa de la aplicación de las normas por el HSE en sus lugares de trabajo, se dejan engañar tan fácilmente.
El debate sobre la solidez de la «teoría» de Bourdieu en cuanto a la violencia simbólica se ha centrado en la medida en la que los trabajadores son conscientes (reconocen errónea-
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LA RENDICIÓN DE CUENTAS Y LOS DERECHOS HUMANOS: PRÁCTICAS DÓXICAS DE SALUD Y SEGURIDAD Y LA LECCIÓN DE ICL
mente) y a la vez cómplices de la dominación, y en la medida en la que esta dominación es ilegítima (véase, por ejemplo, Bourdieu, 1977a; Calhoun et al., 1993 Swartz, 1997). Abor- daremos esta cuestión en el estudio del caso. Llegados a este punto, es importante seña- lar que la postura teórica de Bourdieu no es pesimista; hay una vía de escape en la reflexi- vidad crítica y el análisis histórico del pensamiento racional («repensar las dicotomías del sujeto – objeto de la teoría social clásica y actual») y no solamente un conflicto en las rela- ciones sociales y la práctica. «Luchar por la razón, por la comunicación no distorsionada que hace posible el intercambio racional de argumentos, etc. supone luchar muy cons- cientemente contra todas las formas de violencia, empezando por la simbólica» (Bour- dieu, 2008, pág. 222-3).... reconocer «la historización metódica de los instrumentos del pen- samiento racional (categorías de pensamiento, principios de clasificación, conceptos, etc.) es el medio más poderoso de sacarlos de la historia» (Bourdieu, 2008, pág. 223).
En la década de 1980, se reformaron las nociones de «sentido común» que tenía la gente sobre el funcionamiento de la sociedad, cuando el gobierno conservador puso en marcha la redefinición/ aclaración de nuestra visión del Estado y el sector privado, de forma tal que la categoría a la que pertenecía este último se proclama como buena para los nego- cios (y, por extensión, para todo el mundo), eficiente, libre y moderna, mientras que la categoría del Estado era mala para los negocios (y, por extensión, para todo el mundo), ineficiente, limitadora y obsoleta. Si bien estas categorizaciones no eran nuevas, su conso- lidación se produjo entonces. En una obra publicada hacia el final de su vida (Bourdieu y Wacquant, 2001), Bourdieu escribió que «la nueva vulgata planetaria descansa en una serie de oposiciones y equivalencias que se apoyan y refuerzan entre sí para retratar las transformaciones contemporáneas por las que están pasando las sociedades avanzadas: desinversión económica por el Estado y fortalecimiento de sus componentes policial y penal, desregulación de los flujos financieros y relajación de los controles administrativos sobre el mercado laboral, reducción de la protección social y celebración moralizadora de la «responsabilidad individual», como algo, a su vez, benigno, necesario, ineluctable o dese- able, según sus opuestos», que Bourdieu y Wacquant describen así:
TABLA
Estado [globalización] Mercado Limitación Libertad
Cerrado Abierto
Rígido Flexible
Inamovible, fosilizado Dinámico, móvil, autotransformador Pasado, obsoleto Futuro, novedad
Estasis Crecimiento
Grupo, presión, holismo, colectivismo Individual, individualismo Uniformidad, artificialidad Diversidad, autenticidad Autocrático («totalitario») Democrático
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El legado de la categorización del Estado «thatcheriano» es que la legislación del gobier- no se considera inhibidora de la «libertad económica», además de dañina. En cuanto a salud y seguridad, existe una creencia simbólica de que cualquier otra regulación de la salud y la seguridad es, de alguna manera, un medio equivocado e ineficaz de conseguir las mejo- ras deseadas. Es, a todas luces, «legítimo reducir la actividad normativa del Estado en mate- ria de salud y seguridad y reemplazarla con exhortaciones y llamamientos al interés eco- nómico propio de la empresa de regularse a sí misma, junto con una dependencia ingenua en nociones no demostradas sobre cómo el entorno empresarial dispone de sus propios medios y medidas de presión para fomentar una autorregulación efectiva» (James y Wal- ters, 2005, pág. xii). Así, si bien el HSE sigue siendo la estructura encargada de «proteger la salud y la seguridad de los empleados», las categorizaciones del Estado neoliberal han legitimado los recortes en la financiación de dicho organismo.
Cabe señalar que, a nivel individual, el marco dominante del neoliberalismo valora el individua- lismo y la autorresponsabilidad (Bourdieu y Wacquant, 2001). A un nivel subjetivo, esto sig- nifica que nuestro «sentido común» nos dice que «cuidemos de nosotros mismos». Para los que se perciben a sí mismos como «personas de negocios», las categorizaciones del Estado sirven para interpretar su subjetividad como algo «naturalmente opuesto a la regulación estatal de la empresa». No podemos dejar de recalcar que tales creencias están enraizadas y forman parte de las estrategias de los individuos al actuar sobre los campos.
Para poner los actos de violencia (nuestro caso de estudio en relación con ICL) en contexto, es necesario analizar los mecanismos objetivos que ayudan a establecer y ocultar las relacio- nes de dominación y considerar posibles cambios en los capitales, en lo que Bourdieu llamó acertadamente un «balance completo de beneficios simbólicos» (1977a, pág. 181). En el siguien- te apartado, se ofrece una descripción detallada de las actividades del HSE con respecto al caso de ICL y la instalación de gas licuado. Había mucho donde escoger en relación con el tema de la salud y la seguridad, pero hemos preferido concentrarnos primordialmente en las tuberías, ya que la corrosión de una de ellas fue lo que ocasionó la explosión.