Este apartado parte de la explicación que dio Bourdieu a la importancia del Estado en el «sistema» simbólico en el transcurso de una ponencia dictada en Ámsterdam en junio de 19919. En ella explicó que, a un nivel primario, desde su génesis, el Estado moderno tuvo que
alegar que actuaba por quienes se encontraban dentro de sus límites geográficos en materia de derechos (humanos), a fin de cumplir su objetivo de concentración de las dife- rentes especies de capital en su dominio (campo). De hecho, Bourdieu (1998, pág. 41) arguye que el Estado es la culminación de un proceso de concentración de diferentes espe- cies de capital:10especialmente, el capital de la fuerza física o los instrumentos de coer-
ción (el ejército, la policía); el capital económico; el capital cultural (o mejor dicho) infor- macional; y el capital simbólico (véase Bourdieu, 1986). Esta concentración es lo que hace que el Estado sea poseedor de una especie de poder de concesión metacapital sobre el resto de las especies de capital y sus titulares. La concentración de las diferentes especies de capital11desembocó en la aparición de un capital específico, propiamente estadista,
que permitía al Estado ejercer poder sobre los diferentes campos y cada una de las distin- tas especies de capital y, especialmente, sobre los tipos de conversión entre ellas (y por ende, sobre las relaciones de fuerza entre sus respectivos titulares). La creación de los Esta- dos modernos fue testigo de batallas y luchas para elegir al capital dominante. Por ejem- plo, en el Reino Unido, el capital de la fuerza física no tiene el mismo papel dominante que se observa en otros Estados (por ejemplo, Israel).12
Asumiendo que actúa por el «interés público», una de las funciones primordiales del Esta- do moderno es abrir paso a la unificación teórica. Reafirmando que adopta el punto de vista del todo, de la sociedad en su totalidad, el Estado se hace responsable de todas las operaciones de totalización (especialmente, el censo y la contabilidad estadística o nacio- nal) y de objetivización (a través de la cartografía). El Estado contribuye, asimismo, a la unificación del mercado cultural aunando todos los códigos, ya sean lingüísticos o jurídicos; por medio de sistemas de clasificación (especialmente con arreglo al sexo y la edad) esta- blecidos por ley; por medio de procedimientos burocráticos; y por medio de estructuras educativas y rituales de índole social. En resumen, el Estado modela las estructuras men- tales fundadas en la creencia (si bien incierta) de que protegerá los derechos humanos de sus ciudadanos, imponiendo, al mismo tiempo, unos principios comunes de concepto y divi- sión (por ejemplo, hombre/ mujer; solvente/ insolvente; empleado/ desempleado; con estu- dios/ sin estudios, etc.).
Así pues, el sistema simbólico del Estado cumple tres funciones distintas: cognición (cono- cimiento), comunicación (instrumentos de conocimiento/ códigos) y diferenciación social (integración/ estructuras de estructuración). Swartz (1997, pág. 89) reconoció que «para Bourdieu, el poder simbólico legitima el poder económico y político, pero no los reduce a ellos» debido a un reconocimiento erróneo y a la complicidad. Esto refuerza la importan- cia de revelar el poder simbólico, así como el económico cuando se analiza la dominación y, como apunta Swartz (1997, pág. 88), cuando se enfatiza la función básica de la legitima- ción (o el consentimiento) para dar lugar a la dominación. En concreto, el papel activo de los planteamientos que se dan por hecho o las temáticas preconcebidas en el mantenimien- to de las relaciones de poder.
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Las políticas de la
economía social
Bourdieu creía que las teorías de la génesis del Estado no tenían en cuenta la importancia de la concentración de un capital simbólico de autoridad reconocida dentro del Estado como condición para el resto de las formas de concentración de las diferentes especies de capital. El capital simbólico es cualquier propiedad (cualquier forma de capital, ya sea físico, econó- mico, cultural o social), cuando es percibida por agentes sociales dotados de categorías de percepción que les permiten detectarlo y reconocerlo, darle valor. Más precisamente, el capi- tal simbólico es la forma que adopta cualquier especie de capital, cada vez que es percibido a través de categorías de percepción que son producto de la encarnación de divisiones u opo- siciones enmarcadas en la estructura de la distribución de esta especie de capital (fuerte/ débil, grande/ pequeño, rico/ pobre, culto/inculto, educado/ ignorante, moderno/ antiguo, exper- to/ novato). De ello se desprende que el Estado, que posee los medios de imposición e inculcación de los principios duraderos de la visión y la división es el escenario por excelen- cia de la concentración y el ejercicio del poder simbólico.
Sin embargo, como se ha planteado en la introducción, Bourdieu opina que a fin de com- prender el poder del Estado, necesitamos, por un lado, explicaciones «estructurales» y, por otro, explicaciones «simbólicas». El Estado crea estructuras organizativas que apoyan a las simbólicas. El orden simbólico contemporáneo se basa en la imposición sobre todos los agentes de estructuras estructurantes que deben parte de su coherencia y resistencia al hecho de que son consecuentes y sistemáticas (al menos en apariencia) y de que obje- tivamente se ajustan a las estructuras objetivas del mundo social. Este acuerdo inmediato y tácito es el que fundamenta la relación de lo que Bourdieu describe como la sumisión dóxica. Bourdieu introdujo el término «doxa» en 1977a (pág. 164). Doxa se refiere a aque- llos regímenes de pensamiento y percepción que son producto de estructuras sociales obje- tivas, pero que se experimentan como algo natural y patente, y que, por tanto, se dan por hecho. Bourdieu (1990, pág. 20) definió la doxa de la siguiente manera:
La coincidencia de estructuras objetivas y las estructuras internalizadas que ofrecen la ilusión de un entendimiento inmediato, característico de la experiencia práctica del universo familiar y que, al mismo tiempo, excluye de esa experiencia cualquier inte- rrogante con respecto a sus propias condiciones de posibilidad.
Los elementos constituyentes de la doxa son todos aquellos sistemas de clasificación que imponen límites en la cognición, pero que también dan lugar al reconocimiento erróneo de la arbitrariedad sobre la que están basados (Mahar et al, 1990).
La sumisión dóxica nos mantiene encadenados al orden establecido por medio del incons- ciente. En un Estado capitalista, muchas de las estructuras objetivas buscan satisfacer las necesidades del mercado. De hecho, como explicaremos más adelante, la clasificación que aplica el Estado británico insiste en que lo que es bueno para la empresa también lo es para la sociedad. Este se ha convertido en uno de los temas preconcebidos que con- trolan el significado. El respaldo simbólico (y, por consiguiente, económico) al mercado se diferencia de aquel que se da, por ejemplo, a los necesitados.13Inconscientemente, valora-
mos los beneficios por encima de las pérdidas. Este tema preconcebido supone que, de manera inconsciente, «aceptamos» la explotación del trabajador, al tiempo que mostra- mos nuestro desacuerdo con unas leyes que le cuestan dinero a las empresas y que se
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LA RENDICIÓN DE CUENTAS Y LOS DERECHOS HUMANOS: PRÁCTICAS DÓXICAS DE SALUD Y SEGURIDAD Y LA LECCIÓN DE ICL
tachan de obstáculos a la actividad comercial (como las normativas en materia de salud y seguridad). En el siguiente apartado, analizaremos un aspecto al que se le ha concedido un capital estatal simbólico: las autoridades de sanidad y seguridad del Reino Unido (HSE, por sus siglas en inglés). Como explicaremos, el HSE puede servir, y de hecho lo hace, para reforzar la alegación del Estado de que actúa en interés de todos los ciudadanos. Sin embargo, aquí también surgen problemas (sobre todo, si su existencia se convierte en una carga demasiado pesada para la actividad comercial).