3.5 Security Mechanisms & Testing-Related Information
3.5.4 Assertions
El positivismo ingresó al Uruguay en la década de 1870, se hizo fuerte a mediados de 1880 y finalmente perdió fuerzas hacia fines de siglo, superado por nuevas corrientes filosóficas europeas que entraban al país. Para Arturo Ardao, una de las voces más autorizadas sobre este tema, las razones por las cuales el positivismo llevó a cabo una verdadera revolución cultural fueron, en primer lugar, que «apareció de súbito en un medio desprovisto de toda cultura científica» (Ardao, 2008, p. 342). Y, en segundo lugar, que la doctrina positivista «se conoció desde el primer momento entre nosotros en su modalidad inglesa de la segunda mitad del siglo, de un radicalismo naturalista más acentuado que el del positivismo francés originario» (Ibid.).
Veamos ahora las causas de esta verdadera revolución cultural.
Introducido por ilustres intelectuales, fundamentalmente por José Pedro Varela113, a raíz de los muchos viajes que éstos habían hecho a Europa y Estados Unidos, el positivismo científico llevó a cabo el programa de “modernización” en el Uruguay de esa hora. Preciso es recordar, sin embargo, que el positivismo evolucionista en sus primeras andaduras fue duramente criticado por los partidarios de
112Sobre el concepto de “recepción productiva”, véase Ángel Rama, 1987.
113José Pedro Varela (1845-1879) fue un escritor y político uruguayo, cuya principal labor fue la reforma
la escuela espiritualista de procedencia francesa que desde 1850 había dotado a Uruguay de sus categorías intelectuales. La escuela espiritualista carecía de un programa práctico, en concreto, político-económico, es decir, su filosofía conciliadora no era eficaz para transformar la realidad, y en Uruguay, a diferencia de Argentina, faltaba una industria para el desarrollo productivo. Por esta razón, el positivismo fue recibido como instrumento de acción sobre la realidad nacional, para de ese modo modificar el pésimo estado político, económico y educativo de entonces.
Como manifestación de las nuevas ideas positivistas apareció hacia 1870 la Facultad de Medicina y la renovación del Club Universitario. Es importante señalar ante todo que la creación de la Facultad de Medicina significó «la organización – escribe Ardao- de la enseñanza superior de las ciencias naturales, con todas las consecuencias del ingreso definitivo del país a la cultura científica moderna» (Ardao, 2008, pp.139-140). El viejo Club Universitario, por otro lado, acogió a partir de 1877 a los propagandistas de la doctrina positivista. El Club se convirtió en la tribuna de ardientes debates intelectuales entre los defensores de la doctrina espiritualista y el positivismo. Pero, como ha quedado demostrado, fueron los entusiastas de esta última escuela, quienes exponían y defendían las doctrinas de Darwin, Büchner y Spencer, los que más tarde terminaron imponiéndose. Estos encuentros fueron continuados en el Ateneo de Montevideo, fundado el 5 de septiembre de 1877, como consecuencia de la fusión del Club Universitario con otras sociedades científicas, así como históricas y literarias de la época. Empezó de ese modo el apogeo del positivismo en la cultura nacional. Para ello fue fundamental el triple rectorado de Vásquez Acevedo114, quien llevó a cabo la consolidación del positivismo a través de la reforma universitaria de 1885. Tiempo atrás, Vásquez Acevedo en su primer rectorado había dado los primeros pasos hacia esa transformación modificando el programa de filosofía115.
114 Alfredo Vásquez Acevedo (1844-1923) fue un jurista, político y educador uruguayo. Éste es
recodado, sobre todo, por su labor como Rector de la Universidad de Montevideo desde 1880 hasta 1899, con excepción de los años del 82 al 84 y del 93 al 95. Durante ese período llevó a cabo la mayor transformación de la Universidad, ya que reorganizó las únicas dos Facultades de esa hora: Derecho y Medicina. También fundó la sociedad de Matemática e hizo una reforma profunda de la enseñanza secundaria y preparatoria, que por entonces dependían de la Universidad.
115 El antecedente más inmediato de la reforma universitaria fue la modificación que Vásquez Acevedo
hizo del programa de filosofía en el preparatorio (bachillerato). En esencial, debe considerarse esta renovación de 1881 como el primer paso dado hacia la reforma positivista de la Universidad. En relación al programa de filosofía, estaba dividido en cuatro partes: lógica, psicología, metafísica y teodicea. Pero, ante todo, la gran innovación fue la entrada de las teorías científicas de Darwin y Spencer, las cuales ocupaban casi todas las materias del programa.
Por consiguiente, entre los años ochenta y noventa del siglo XIX, el positivismo se convirtió en la doctrina oficial de todas las instituciones del país, tanto públicas como la Universidad, como privadas, a saber, el Ateneo y la Sociedad Universitaria. La filosofía de Spencer fue recibida como verdadero instrumento de acción sobre la realidad, para modificarla y superarla. Ejemplos de esta transformación se dieron en el campo educativo y el político. A todo ello habría que matizar que, si bien la aceptación de las tesis del evolucionismo sirvió para justificar la superioridad de los pueblos europeos en casi todos los países americanos, los intelectuales positivistas uruguayos no siempre compartieron las tesis racistas que se derivan de tales concepciones. Aunque los científicos más radicales sostenían la posibilidad del perfeccionamiento racial mediante el mestizaje, la vía que se optó en Uruguay fue la más moderada. En efecto, los que defendían esta posición consideraban que tales diferencias con el hombre-europeo-civilizado podían ser superadas a través del desarrollo educativo. Por consiguiente, de ese modo se podía acelerar y completar el proceso de modernización116.
1.1.1. La educación positivista
Para superar los graves atrasos educativos de esa hora, la solución consistía, según J. P. Varela, en una fundamentación racional de la enseñanza de acuerdo a los progresos científicos de ese momento. Este intelectual, quien en 1867 estuvo en Europa y Estados Unidos, había quedado verdaderamente convencido de la eficacia del modelo “sajón”. La gran impresión que sufrió en esos países despertó en el joven uruguayo una vocación reformadora, llevándole a investigar el marco teórico que estructuraba el sistema educativo de Estados Unidos. A su vuelta al país en 1868, el joven entusiasta fundó la Sociedad de Amigos de la Educación Popular, en cuya sede se combatió la influencia del dogmatismo religioso en la cultura, y también en ese lugar se sentaron las bases de la reforma del sistema escolar bajo supuestos puramente racionalistas. Tiempo más tarde, en 1877, se dictó bajo el gobierno militarista de
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Esta idea coincide con el planteamiento de Javier Ocampo López, quien sostiene que: «El positivismo penetró en América en una época cuando las generaciones nuevas buscaban en forma impaciente las reformas políticas o educativas. Ningún país sediento de orden y progreso, en unos años cuando eran tono de vida en Hispanoamérica: la anarquía, las guerras civiles, el caudillismo y el regionalismo, escapó al influjo del positivismo» (Javier Ocampo López, 1987, p. 21).
Lorenzo Latorre la ley de Educación Común. El hecho de que la reforma escolar se hiciera en un gobierno dictatorial conllevó necesariamente muchas críticas, sobre todo del gremio de doctores, élite universitaria y civilista de la segunda mitad del siglo XIX, quienes en su gran mayoría eran partidarios de la corriente espiritualista. Esta reforma fue pensada, ciertamente, en función del sistema económico productivo. En ese sentido se entiende la primacía del conocimiento científico-técnico. A esta forma de pensar Varela había llegado después de leer el libro de Spencer Education: intellectual, moral, and physical [Educación]117, quien hacía una defensa cerrada de las ciencias en tanto modelo educativo a desarrollar.
Concretamente, fue la presentación razonada de los conocimientos que tienen mayor valor para realizar las actividades constitutivas del ser humano118 y por tanto, los que deben estudiarse, lo que le hizo decidido partidario de Spencer. Aceptando la antropología spenceriana que dice que los hombres se ocupan de la producción, distribución y preparación de las cosas útiles119, el modelo de enseñanza debe subordinarse a los conocimientos de las propiedades físicas, químicas y biológicas, es decir, debe depender de la ciencia. En consecuencia, en este modelo la educación será sólo un medio para desarrollar las actividades más esenciales de la sociedad industrial, es decir, una educación para formar técnicos y obreros especializados.
Se sobreentiende, pues, que en este modelo cientificista de la educación, las humanidades ocuparán sólo el tiempo destinado al descanso, fuera de lo prioritario, es decir, de la producción de las cosas útiles. Se puede decir que, si bien la Ley de Educación Común transformó el sistema escolar uruguayo, asentando las bases de la educación universal, la obligatoriedad, la laicidad y la gratuidad, el precio que se tuvo que pagar por ello fue una reducción significativa del estudio de las humanidades, ya que en la configuración de la sociedad industrial, según Spencer, oráculo de la reforma educativa uruguaya, la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la poesía, sólo pueden considerarse como las flores de la vida civilizada, no así como la planta, la substancia, es decir, la ciencia120.
117Cf. Herbert Spencer, 1925 118 Cf. Herbert Spencer, 1925, p. 21. 119 Cf. Herbert Spencer, 1925, p. 58. 120 Cf. Herbert Spencer, 1925, p. 57.