Podría parecer —en vista del crescendo del tema de la niebla en los capítulos precedentes— que Casa Desolada, la casa de John Jarndyce, va a ser el colmo de la desolación. Pero no: en un sesgo estructural de gran sentido artístico, giramos hacia el sol, y dejamos la niebla atrás por un tiempo. Casa Desolada es un edificio hermoso, inundado de luz. El buen lector recordará que en la Chancillería se había adelantado una pista a tal efecto: «El Jarndyce en cuestión —dijo el lord canciller sin dejar de pasar hojas—, es el Jarndyce de Casa Desolada.
»—Jarndyce de Casa Desolada, milord —dijo el señor Kenge. »—Lúgubre nombre —dijo el lord canciller.
»—Pero no una casa lúgubre, en realidad, milord —dijo el señor Kenge.»
Mientras los pupilos esperan en Londres a que los lleven a Casa Desolada, Richard le dice a Ada que recuerda vagamente a Jarndyce como un «tipo gordo y sonrosado». No obstante, el sol y la alegría de la casa llega como una espléndida sorpresa.
Las pistas que conducen a la persona que mató a Tulkinghorn están magistralmente entremezcladas. Con sumo cuidado, Dickens hace que el señor George comente de manera casual que una francesa suele ir a la barraca de tiro (Hortense necesitará estas lecciones de tiro, pero a la mayoría de los lectores se les pasará por alto dicha relación). ¿Y qué ocurre con lady Dedlock? «¡Ojalá fuese así!», piensa lady Dedlock después de espetarle su prima Volumnia que Tulkinghorn la tiene tan olvidada que «casi había concluido en mi interior que había muerto». Dickens hace que lady Dedlock se diga eso a sí misma para preparar el suspense y la sospecha cuando Tulkinghorn es asesinado. Puede inducir al lector a creer que es lady Dedlock quien le mata pero al lector de relatos detectivescos le encanta que le engañen. Después de la entrevista con lady Dedlock, Tulkinghorn se va a dormir. Hay una alusión a la inminente muerte de Tulkinghorn («y de hecho, cuando se desvanecen las estrellas y el día pálido se asoma a la cámara del torreón, para encontrarle más avejentado que nunca, parece como si el cavador y la pala estuviesen a punto de ponerse a cavar»); y la mente engañada del lector puede establecer una estrecha relación entre su muerte y lady Dedlock; mientras que de Hortense, la verdadera asesina, hace algún tiempo que no se sabe nada.
Hortense visita ahora a Tulkinghorn y le expone sus quejas. La recompensa por su suplantación de lady Dedlock ante Jo no ha sido suficiente; odia a lady Dedlock; quiere un empleo de categoría similar. Todos estos argumentos son bastante flojos, y los intentos de Dickens por hacerla hablar en inglés como una francesa son ridículos. Sin embargo, es una tigresa, aun cuando ignoramos por el momento su reacción a las amenazas de Tulkinghorn de hacerla encarcelar si continúa importunándole.
Después de advertir a lady Dedlock que el haber despedido a la criada llamada Rosa supone una violación del acuerdo al que habían llegado con el fin de mantener el statu quo, y que ahora él se ve obligado a revelar a sir Leicester su secreto, Tulkinghorn regresa a su casa... para morir, según nos da a entender Dickens. Lady Dedlock sale a dar un paseo a la luz de la luna, como si le siguiese. El lector pensará tal vez: ¡Ajá! Demasiada coincidencia. El autor me está engañando; el verdadero asesino es otro. ¿Quizá el señor George? Aunque sea una buena persona, tiene un temperamento violento. Además, en la fiesta de cumpleaños de los Bagnet, su amigo el señor George llega con la cara muy pálida (¡Ajá!, dice el lector). El achaca su palidez a la impresión causada por la muerte de Jo; pero el lector recela. Luego es detenido, y Esther, Jarndyce y los Bagnet le visitan en la cárcel. Y aquí se produce un giro: George describe a la mujer con la que se cruzó en la escalera de Tulkinghorn hacia la misma hora en que este último era asesinado. Se parecía —en figura y estatura— a... Esther. Llevaba un manto holgado, negro, con flecos. Ahora el lector poco avispado pensará de inmediato: George es demasiado bueno para haberlo hecho; por supuesto, ha sido lady Dedlock, tan parecida a su hija. Pero el lector despierto replicará: ya nos hemos tropezado con otra mujer suplantando a lady Dedlock con
cierto éxito.
Está a punto de resolverse un misterio secundario. La señora Bagnet sabe quién es la madre de George y sale en su busca, dirigiéndose a Chesney Wold (hay dos madres en el mismo lugar: paralelismo entre la situación de Esther y la de George).
El funeral de Tulkinghorn es un importante capítulo, una cresta que se alza tras los capítulos bastante aburridos que le preceden. El detective Bucket está en su coche cerrado, observando a su mujer y a su huésped (¿quién es su huésped? ¡Hortense!) en el funeral de Tulkinghorn. Bucket va aumentando de tamaño, desde un punto de vista estructural. Se divierte siguiendo hasta el final el tema detectivesco. Sir Leicester es un memo pomposo, aunque va a recibir un golpe que le transformará. Bucket sostiene una graciosa conversación tipo Sherlock Holmes con un mozo alto, en la que se trasluce que lady Dedlock, cuando se ausentó de su casa por un par de horas la noche del crimen, llevaba la misma capa que la dama con la que el señor George se cruza al bajar la escalera de Tulkinghorn, precisamente a la hora del crimen (dado que Bucket sabe que es Hortense y no lady Dedlock quien ha matado a Tulkinghorn, esta escena es un engaño deliberado al lector). Si el lector cree o no, a estas alturas, que lady Dedlock es la asesina, es una cuestión que depende de él. Sin embargo, ningún escritor de relatos detectivescos permitiría que el verdadero asesino se hiciera sospechoso enviando cartas anónimas (como averiguamos que hace Hortense) acusando a lady Dedlock del crimen. Por último, la red de Bucket atrapa a Hortense. Su mujer, que por instrucciones suyas la ha estado espiando, descubre en su habitación un plano de Chesney Wold al que le falta un trozo que encaja con el papel que envuelve la pistola, y la pistola misma es recuperada dragando y rastreando un estanque al que Hortense y la señora Bucket habían ido de excursión. Hay otro engaño deliberado cuando, en la entrevista con sir Leicester, después de librarse del chantajista Smallweed, declara Bucket dramáticamente: «-La persona a la que hay que detener está ahora en esta casa... y la voy a detener en su presencia.» Según el lector la única mujer presente en la casa es lady Dedlock; pero Bucket se refiere a Hortense, a la que, sin saberlo el lector, ha traído consigo y que está aguardando ser llamada en la esperanza de recibir alguna recompensa. Lady Dedlock ignora la solución del crimen y huye, seguida por Esther y Bucket, quienes la descubren muerta en Londres, cogida a los barrotes tras los cuales está enterrado el capitán Hawdon.