• No results found

Sensitivity Analysis

Esther tenía un parecido tan grande con su madre que el señor Guppy se queda estupefacto ante lo familiar que le resulta el retrato de lady Dedlock al verlo en Cherney Wold, Lincolnshire, con motivo de una excursión; sin embargo, no consigue identificarlo al principio. El señor George también se queda perplejo ante el semblante de ella, sin darse cuenta de que está viendo un parecido con su difunto amigo el capitán Hawdon, padre de Esther. Y Jo, cuando le hacen «circular», y camina penosamente en medio de la tormenta hasta que encuentra cobijo en Casa Desolada, apenas puede convencerse, en su temor, de que Esther no es la señora desconocida a quien él enseñó la casa y la sepultura de Nemo. Pero la alcanza una tragedia. Retrospectivamente, ya que está escribiendo el capítulo XXXI, Esther refiere que había tenido un presentimiento el día en que Jo cayó enfermo; presentimiento de sobra justificado, porque Charley coge la viruela de Jo, y cuando Esther la cuida y la ayuda a recobrar la salud (la enfermedad no le ha afectado a la cara), se contagia; pero no tiene tanta suerte, pues al final su rostro queda desfigurado a causa de las cicatrices. Al restablecerse, ve que han quitado todos los espejos de su habitación, y comprende el motivo. Pero cuando se encuentra en la casa de campo del señor Boythorn en Lincolnshire, cerca de Chesney Wold, se mira finalmente. «Pues aún no me había mirado en un espejo, ni había pedido que volviesen a poner los de mi habitación. Sabía que era una debilidad que debía vencer; pero siempre me había dicho a mí misma que me gustaría empezar de nuevo cuando llegase adonde ahora estaba. Así que había querido estar

sola; y me dije, ahora sola en mi habitación: “Esther, si tienes que ser feliz, si quieres tener algún derecho a pedir sinceridad, tendrás que mantener tu palabra, querida”. Estaba completamente decidida a mantenerla; pero primero permanecí sentada un momento, reflexionando en todas mis ventajas. Luego recé mis oraciones, y medité un poco más.

»No me habían cortado el cabello, aunque había corrido ese peligro más de una vez. Lo tenía largo y abundante. Me lo solté y lo sacudí, y me acerqué al espejo del tocador. Lo cubría una cortinilla de muselina. La aparté: y me quedé de pie, durante un momento, mirando a través del velo de mi propio cabello, de forma que no podía ver nada más. Luego me retiré el pelo, y miré la imagen del espejo, animada por la placidez con que ella me miraba a mí. Estaba muy cambiada... ¡Oh, mucho, muchísimo! Al principio, mi cara me resultó tan extraña, que creo que me la habría cubierto con las manos y habría retrocedido, de no ser por el estímulo al que me he referido. Casi en seguida se me hizo más familiar; y luego percibí mucho más que antes la magnitud de esta alteración. No era como yo había esperado; pero no había esperado nada en concreto, y quizá nada concreto me habría sorprendido.

»Nunca había sido una belleza, y nunca me habría considerado como tal; sin embargo, había sido muy distinta de como me veía ahora. Todo lo anterior había desaparecido. El cielo era tan bueno conmigo, que pude reducirlo todo a unas cuantas lágrimas sin amargura y seguir arreglándome el pelo para dormir, completamente agradecida.»

Se confiesa a sí misma que podía haber amado a Allan Woodcourt y haberse consagrado a él, pero que ahora ya no era posible. Preocupada por algunas flores que él le había dado y que ella había secado, «llegué finalmente a la conclusión de que podía guardarlas; atesorarlas sólo en recuerdo de lo que era un pasado irrevocable y había desaparecido para no volverlo a mirar nunca más, bajo ninguna otra luz. Espero que esto no parezca trivial. Lo creía muy en serio». Esto prepara al lector para el momento en que ella acepta la proposición matrimonial que le hace Jarndyce más tarde. Esther ha renunciado firmemente a todos sus sueños en relación con Woodcourt.

En esta escena, Dickens maneja el problema con astucia, ya que cierta ambigüedad debe velar sus facciones alteradas para no ofuscar la imaginación cuando al final del libro ella se convierte en esposa de Woodcourt, y cuando en las últimas páginas surge una duda, encantadoramente plasmada, en la pregunta de si, en realidad, ha perdido su belleza o no. De forma que aunque Esther se mira en el espejo, el lector no la ve, ni se le proporciona detalle alguno más adelante. Cuando en el inevitable encuentro de madre e hija, lady Dedlock la estrecha contra su pecho, la besa, llora, etc., el tema de su semblante culmina con la curiosa reflexión que se hace Esther: «Sentí... una oleada de gratitud hacia la Providencia Divina, por haberme cambiado de tal modo que jamás podría perjudicarla con ninguna sombra de parecido; de forma que nadie podría mirarme ahora, y mirarla a ella, y pensar remotamente que hubiese un vínculo estrecho entre nosotras.» Todo esto es muy inverosímil (dentro de los límites de la novela), y uno se pregunta si, de hecho, era necesario desfigurar a la pobre muchacha para este fin bastante abstracto; en efecto, ¿puede la viruela hacer desaparecer un parecido familiar? Pero el lector sólo llega a aproximarse a la Esther cambiada cuando Ada acerca su encantadora mejilla a la «cara marcada» [por la viruela] de Esther.

Quizá el autor está un poco cansado de su invención del semblante cambiado, ya que Esther no tarda en decir que no lo volverá a mencionar. Así que, cuando se encuentra con sus amigos otra vez, no se habla de su aspecto, aparte de alguna alusión al efecto que produce en otra gente, desde el asombro en un niño de pueblo hasta el comentario considerado de Richard: «¡Siempre la misma querida muchacha!», cuando ésta levanta el velo que al principio lleva en público. Más tarde, el tema desempeña un papel estructural en conexión con la renuncia del señor Guppy a su amor, después de verla; de manera que, en última instancia, puede que parezca sorprendentemente fea. Pero ¿quizá su aspecto mejora con el tiempo? ¿Quizá desaparecen las cicatrices? Dickens nos deja en la duda. Más

tarde, cuando ella y Ada visitan a Richard en la escena que conduce a la revelación por parte de Ada de su matrimonio secreto, Richard dice de Esther que su cara compasiva es muy parecida a la de otro tiempo; y cuando ella sonríe y sacude la cabeza, y él repite: «...Exactamente la misma de otro tiempo», nos preguntamos si la belleza de su alma no ocultará sus cicatrices. Es aquí, creo, donde su aspecto empieza a mejorar..., al menos en la mente del lector. Hacia el final de esta escena, Esther contempla «su antigua cara sencilla»; sencilla, en definitiva, no significa desfigurada. Además, creo incluso que al final de la novela, después de transcurridos siete años, cuando tiene ella veintiocho, las cicatrices han desaparecido de forma solapada. Esther arregla afanosa la casa para recibir la visita de Ada, su pequeño hijo Richard y el señor Jarndyce, y luego se sienta tranquilamente en el porche. Cuando Allan regresa y pregunta qué está haciendo allí, ella replica que ha estado pensando:

«-Casi me da vergüenza decírtelo, pero lo haré. He estado pensando en mi cara..., en cómo era antes.

»—¿Y qué pensaba de su cara mi hacendosa abejita? —dijo Allan.

»—Pues pensaba que me parecía imposible que pudieses quererme más, aunque la conservase. »—...¿Cómo era antes? —dijo Allan, riendo.

»— Como era antes, naturalmente.

»—Mi querida Dama Durden —dijo Allan, pasando mi brazo por debajo del suyo—, ¿te miras alguna vez en el espejo?

»—Sabes que sí; me ves mirarme.

»—¿Y no sabes que eres más bonita de lo que has sido nunca?

»No lo sabía; no estoy segura de saberlo ahora. Pero sé que mis queridísimos seres son hermosísimos, y que mi querida Ada es muy bella, y que mi marido es muy guapo, y que mi tutor tiene el rostro más radiante y bondadoso que se haya visto jamás; y que ellos no echan de menos en mí la hermosura... aun suponiendo...»

Related documents