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Autocorrelation and Crosscorrelation Summary

4. CHARACTERISTICS OF THE RAF INVENTORY

4.5 RAF Demand Analysis

4.5.6 Autocorrelation and Crosscorrelation Summary

fueron estas desviaciones, son asuntos controvertidos.5 Primero, es poco probable por diversos motivos que la evacuación del Ática fuera completa: en Katsomidi, cerca de Decelea, hay restos de fortificacio­ nes del siglo V,6 probablemente obra de atenienses, más que de los espartanos del año 413 (p. 180), y no se renunció a plazas como ésta (o como Enoe, que el rey espartano Arquidamo estuvo a punto de tomar: Tucídides, II, 19). Y en Ramnunte, lugar tan importante para controlar las rutas marítimas y terrestres del transporte de comida desde Eubea (II, 14; V II, 28, cf. V III, 96), había una fuer­ te presencia ateniense; los tesoros del templo de Ramnunte esta­ ban exentos de los decretos de Calías (p. 121), porque ya estaban a salvo y no necesitaron llevarlos a la ciudad.7 Respecto a Eleusis, Tucídides (II, 19) dice que Arquidamo la saqueó, y también la llanu­ ra triásica; hemos de entender que saqueó el territorio eleusino, no la ciudadela,8 o quizá leer Eleusinia, no Eleusina (el ‘área en torno a Eleusis’, sobre la analogía de la «Corinthia», más que la propia Eleusis). La impresión de mayor gravedad en el saqueo posterior a 413 (V II, 28; cf. Hell. Ox., X V II) permite suponer que hasta entonces habían seguido sembrando los atenienses Optimistas, con parcelas de tierra en el campo — tan convincentemente descritos en la novela de Mary Renault The Last of the Wine. Androción (F 39) dice que los espartanos se abstuvieron de destruir los olivos sagra­ dos; no está claro cómo podían distinguirlos, puesto que los olivos estaban diseminados por toda el Ática, pero quizá se limitaban a no destruirlos en ciertas áreas sagradas especiales, como Maratón y De-

5. Los mejores estudios son G. L. Cawkwell, «Thucydides’ account ό£ Periclean strategy», en Yale Class. Studs., X X IV (1975), pp. 53 ss. (contra

Wade Gery en Oxford Classical Dictionary2) y Λ. J. Holladay, «Athenian stra­

tegy in , the Archidamian War», en Historia, X X V III (1979), pp. 399 ss. El

capítulo (7) sobre la guerra en J. K. Davies, Democracy and Classical Greece,

Londres, 1978, está lleno de interés.

6. L. H. Chandler, en JHS, XLVI (1926), pp. 1 ss.

7. Comentario en ML 53.

8. Así, la nota de Classen-Steup sobre este capítulo^ preferible a la de Gomme, que piensa que sólo los «recintos sagrados» eran inviolables, y que por este motivo los espartanos los «perdonaron». Ciertamente no hay interrupción en las construcciones en Eleusis, cf. G. Mylonas, Eleusis, Princeton, N. J., 1961. El pasaje de Tucídides, II, 24, 1, «establecieron puestos de guardia», proba­ blemente se refiere a puestos fuera del Ática, cf. HCT,

celea (Diodoro, X II, 45; Herodoto, IX , 73) — y esto sólo al prin­ cipio.

En el aspecto positivo («sin acrecentar su imperio ...»), Atenas no se abstuvo de campañas aventureras en ultramar, incluso en vida de Pericles: una gran operación de saqueo contra Epidauro, en el este del Peloponeso (II, 56, cf. V I, 31), fue un modo excelente de mantener a los hombres ocupados y fuera de Atenas durante la peste, y pese a su envergadura no significa que la estrategia de Pericles fuera incoherente. Y las referencias, en el primer libro de Tucídides (122; 142: discursos de Pericles y de los corintios) al epiteichismos, esto es, establecimiento por ambas partes de puestos ocupados de modo permanente en territorio hostil, no tienen por qué ser anacronismos por parte del historiador (aunque la técnica del epiteichismos no encontró su plena justificación hasta que los atenienses tomaron Pilo, en el oeste del Peloponeso, en 425). En otras palabras, la opinión ateniense responsable, ya en 432-431, pensaba tomar y ocupar puntos fuertes en el Peloponeso. Pero esta idea queda lejos de la de «exten­ der el imperio».

La segunda cuestión es quién, después de la muerte de Pericles en 429, fue el responsable de las desviaciones de su política. Tucídi­ des (II, 65, 7) dice que tales desviaciones existieron pero el pasaje es somero y poco útil: no está claro si se refiere sólo al desarrollo de la guerra arquidámica, o sea, los diez años 431-421, que, como vere­ mos, fue claraménte «peííclea», o a toda la guerra, especialmente a la expedición a Sicilia, 415-413. Si se trata de esta última, la refe­ rencia a 415 es un salto extraño en el tiempo, a partir del contexto inmediato de II, 65, que es la muerte de Pericles. Pero probable­ mente la segunda opinión es la correcta, puesto que Tucídides escri­ bió después de 404 el pasaje y su perspectiva se había acortado. En todo caso, la expedición siciliana fue bien concebida en sus inicios (cf. p. 181, sobre II, 65, 11); así, aunque se tome como un juicio sobre toda la guerra, el veredicto de Tucídides en ese punto no se puede aceptar. Hemos de preguntarnos, entonces, ¿hubo algunas des­ viaciones de la estrategia de Pericles? Para esta encuesta se necesita un marco basado en datos. No tenemos más guía que la Historia de Tucídides (respecto a Diodoro, véase p. 17), y por muy grande que sea la autoridad de Tucídides, tenemos que recordar que eligió su material basándose en dos motivos opuestos (en lucha abierta entre sí): el deseo de registrar todo lo que sucedió, y el deseo de «dar una

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relación» de incidentes seleccionados, porque ilustraban un tema que él consideraba importante.9

La primera invasión del Ática por los espartanos, la peste ate­ niense y el principio del sitio de Platea por su vecina beocia, Tebas, son los principales acontecimientos de la narración de la guerra de Tucídides, hasta la muerte de Pericles (II, 1-65). El resto del libro I I describe en detalle alguna batalla naval en el golfo corintio entre los peloponesios y las fuerzas del ateniense Formión. El objetivo de Tucídides aquí parece ser el de fijar en nuestras mentes las caracte­ rísticas destacadas de la guerra naval, más que insistir en la impor­ tancia de los hechos descritos (véase capítulo 13, p. 198, respecto a los puntos tácticos precisos citados aquí). El libro I I I se abre con la revuelta de la aliada de Atenas, Mitilene (cf. p. 173), y alterna con la continuación de la historia de Platea.

Se ha señalado a menudo que la importancia militar real de la caída de Platea fue pequeña, cuando ocurrió, y parece que la inten­ ción de Tucídides al yuxtaponer Platea y Mitilene es poner de relieve que Atenas dejó desamparada a su fiel aliada Platea (pues no hizo nada por ayudarla), mientras que trató con rapidez y dureza a Miti­ lene: aunque la decisión primera de ejecutar a todos los mitilenios varones y esclavizar al resto de la población fue modificada (como resultado del famoso debate mitilenio entre Cleón y Diódoto, parti­ dario de la clemencia), Mitilene sufrió un castigo de una dureza no menos ejemplar, por no haberse llevado al extremo. El fuerte len­ guaje de Antifonte (V, 79) sobre esta cuestión es exagerado, pero muestra que se pensó que Mitilene había pagado con exceso. Hay también una comparación — más evidente— entre los métodos ate­ nienses y espartanos: la liberadora Esparta escucha los argumentos de los tebanos y platenses, y opta por la severidad —-en interés espar­ tano; Diódoto aboga con éxito por la suavidad con Mitilene— en interés ateniense (aunque podemos sospechar que Tucídides suprimió discursos que apelaban a la comparación, puesto que sí dice que la decisión primera llegó a parecer salvaje a los atenienses).

El tercer gran episodio central del libro I I I , después de Mitilene y Platea, es la descripción de la revuelta de Corcira (427), muestra de escrito generalizado y paradójico en exceso. Pero había que regis­ trar más campañas: en el mismo año que Corcira, Atenas envió una

primera expedición a Sicilia, en parte para ayudar a Leontinos en nombre de la amistad, pero en parte también para detener la expor­ tación de grano desde la isla al Peloponeso y ver «si los asuntos de ésta se podían poner bajo el control ateniense». Esta ambigüedad de los motivos, uno conservador y uno radical, volverá a repetirse en la narración de Tucídides de la gran expedición siciliana de 415.

Averiguamos que en 426 Esparta fundó una colonia (III, 92) en Heraclea de Traquis, precisamente al sur de Tesalia, fundación a gran escala, con vistas a dificultar el paso de Atenas hacia el norte (esto hace pensar en las operaciones de Brásidas y muestra, p. 163, que no tuvo en absoluto el monopolio de las ideas emprendedoras), y cortar la comunicación de Atenas con Eubea, donde se conservaba mucha comida en forma de grano o de rebaño (II, 14). Merece la pena citar el pasaje en su totalidad, primero porque la cuestión que suscita es muy importante, es decir, las ambiciones espartanas en Grecia central (cf. p. 36); y porque aquí Tucídides está en su mejor momento de perspicacia histórica: como con las causas de la guerra en conjunto (capítulo 8), da la causa o pretexto superficial, en este caso, un llamamiento de los pueblos de Dóride y Traquis contra sus vecinos, los eteos, y las causas más profundas, esto es, la estrategia espartana subyacente en lo que se refiere a Tracia y Eubea. Debería­ mos señalar también cómo incluso se somete a Apolo, en Delfos, para su aprobación, un proyecto de guerra tan clara y específicamente con­ trario a Atenas, como cualquier aventura colonizadora normal. He aquí el pasaje (Tucídides, I I I , 92-93):

Después de oír a los embajadores, los espartanos decidieron enviar la colonia, porque querían ayudar tanto a los traquinios como a los dorios. Y al mismo tiempo les pareció que la nueva ciudad estaría bien situada de cara a la guerra contra Atenas, por­ que se podría usar como base naval contra Eubea, con la ventaja de una travesía muy corta, y sería también útil como puesto en la ruta de Tracia. Estas fueron las razones, por lo tanto, de que se mostraran tan entusiastas en fundar la plaza.

Ante todo consultaron al dios de Delfos y, después de recibir una respuesta favorable, enviaron colonos de la propia Esparta y de otras ciudades del área espartana; también invitaron a los que quisieran ir con ellos de otras partes de la Hélade, a excepción de los jonios, aqueos y algunos otros pueblos. Los fundadores de la ciudad y jefes de la expedición fueron tres espartanos: León, Alci-

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