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6. DEMAND CLASSIFICATION

6.3 Fitting Distributions to RAF Data

6.3.3 Lead-Time Distribution

Beocia y Corinto no hubieran firmado la paz, y el desorden pro­ ducido dentro de la liga peloponésica animó a los estrategas radicales atenienses, especialmente a Alcibiades, que debutaba ahora como político, a reunir una coalición antiespartana en las puertas de Espar­ ta (véase V, 47, sobre la alianza entre Atenas, Argos, Mantinea y Elis, un acuerdo, de democracias, como dice correctamente V, 44). Esta idea — que significó el que se hiciera de la guerra no un disputa por la supervivencia del imperio ateniense, sino de la liga peloponé­ sica— fue un cambio brillante del objetivo de estrategia de «libera­ ción» espartana contra sí misma. (Cf. sobre la situación gene­ ral, V, 57 : «en el resto del Peloponeso unos estados se habían rebe­ lado y otros estaban en contra de Esparta», y respecto de Atenas como liberadora, V I, 87, sobre Sicilia.)

Los factores nuevos que posibilitaron esta situación fueron, pri­ mero, la liberación de Argos de treinta años de inacción forzosa, impuesta por la paz del año 451: Diodoro (usando a Éforo) habla de las ambiciones argivas de esta época, ambiciones por recobrar la «hegemonía universal, holë» (X II, 75: holos es una palabra muy querida por Diodoro para significar 'dominación extensa'), que había ejercido en los días de los reyes «teménidas», esto es, que reivindi­ caban su descendencia de Heracles, especialmente Fidón en el si­ glo vu (cf. también Tucídides, V, 28: los argivos «esperaban conse­ guir el liderazgo del Peloponeso»). El segundo factor fue la persona­ lidad de Alcibiades, que personifica él solo, según Tucídides, la «política argiva». Pero hay motivos para creer que Hipérbolo tam­ bién trabajaba para la alineación argiva (siguiendo quizás una inicia­ tiva de Cleón, Caballeros, 463 ss.); pero Tucídides no dice nada sobre este punto, y en general sobre la importancia de Hipérbolo después de 421, ya sea por desprecio del hombre o porque, habiendo «descrito con exageración» a un demagogo arquetípico, Cleón, no entraba en sus métodos conceder un espacio semejante a otro. (Esto es cierto como generalización, pese al espacio concedido en V I, 35 ss. al demagogo siracusano Atenágoras.) Las pruebas de la conexión entre Hipérbolo y Argos son epigráficas, un decreto con el hombre de Hi­ pérbolo (IG I3 86), que habla de usar el tributo, phoros, para «la guerra», esto es, la guerra del Peloponeso. Aquí la novedad17 es

17. Andrewes, HCT, V, sobre el libro V III en pp. 261 ss. para esta

inscripción. Sobre las aspiraciones argivas en general, en esta época, véase R. A. Tomlinson, Argos and the Argolid, Londres, 1972, cap. X I.

que hay que ver el phoros como algo disponible, no sólo para obje­ tivos tan obviamente «imperiales» como la defensa del Egeo y las ciudades del imperio, sino también para el financiamiento de las ma­ niobras terrestres en el Peloponeso en tiempos de paz técnica. Esta fase de actividad ateniense se vino abajo, no tanto como resultado del ostracismo de Hipérbolo, probablemente en 418; sino simplemente porque Esparta, bajo el rey Agis, fue capaz de derrotar a sus enemi­ gos asociados, en una ordenada batalla de hoplitas en Mantinea el mismo año. Esto, dice Tucídides, impresionó al mundo griego por la tenacidad espartana, y demostró a todos que sus reveses hasta enton­ ces habían sido debidos a la mala suerte, y no a la pérdida de la valentía (V, 75). La victoria fue aún más notable, si tenemos en cuenta (como es probable, aunque Tucídides no lo dice) que los pro­ blemas espartanos en recursos humanos ya resultaban angustiosos.18

Atenas en esta época actuaba también en otro escenario, en la Asia Menor persa, donde ayudó a un rebelde persa, Amorges, hijo bastardo del sátrapa de Sardes, Pisutnes, y heredero de su rebelión. Esta interferencia en Asia no es mencionada para nada por Tucídides hasta el libro V III (411), pero es posible que se remontara a unos pocos años antes. Ciertamente, Ctesias (F 15, párrafo 53) conoce la ayuda del ateniense Licón a Pisutnes, que se debió rebelar un tiempo después de 423. Sería arriesgado descartar a Licón porque era un aventurero privado: en el siglo iv encontramos a menudo agentes atenienses, aparentemente independientes, que influían en los aconte­ cimientos, y eran manipulados— aunque muy levemente— por con­ troles patrios, que impiden disculpar a la ciudad de su responsabilidad para con ellos (cf., por ejemplo, p. 204 respecto a Cabrias y Cares). Y, en cualquier caso, una inscripción ateniense de marzo de 414 (ML 77 = Fornara 144, línea 79), que registra unos pagos a un general en Éfeso, parece una prueba de ayuda oficial a Pisutnes o Amorges.19 Esta aventura con Amorges fue, usando una frase de Mahatma Gandhi, un «patinazo himalayo» por parte de Atenas: des­ truyó el delicado equilibrio establecido por la paz de Calías, y volvió

18. Andrewes, HCT, IV, pp. I l l ss., sobre las cifras espartanas. Parece

que se deberían doblar las sumas de Tucídides. Véase más arriba, p. 277, para el problema general de recursos humanos.

19. Para la revuelta de Amorges, véase S, Hornblower, Mausolus, pp. 31 s.,

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a llevar a la guerra a Persia (véase Andocides, I I I , 29, respecto a la importancia de Amorges, y la renovada participación persa en Tucí­ dides, V III, 5 : un general persa llamado Tisafernes fue enviado con poderes especiales para cobrar, a partir de entonces, el tributo de las plazas de Asia Menor, que estaban bajo control ateniense). Aunque las consecuencias completas de esto siguieron sólo implícitas hasta después del fracaso de Sicilia (cf. p. 182), la omisión de Tucídides en lo que se refiere a Pisutnes y Amorges es grave y signo probable de que su obra quedó incompleta en el libro V.

Cualesquiera que fuesen las razones del silencio de Tucídides sobre Amorges, la coacción de Atenas sobre la isla de Melos en 416 es el último acontecimiento descrito en detalle de la «paz falsa» de 421-415 de Tucídides, la hupoulos eirene, expresión que iba a tomar prestada el admirador de Tucídides, Salustio, con la forma de pax infida. Como Platea o las técnicas navales de Formión, Melos ocupa el lugar que ocupa, más por el interés de los resultados de un imperialismo sin disculpas, que por la posesión de esa islita sin im­ portancia en un sentido estratégico o territorial estrictos, o porque la acción sobre Melos produjo (compárese con Amorges) consecuen­ cias políticas importantes y fácilmente localizables.

Decir tanto quizá no será controvertido. Es menos usual argu­ mentar, como se hará aquí, que el conjunto de los dos libros siguien­ tes de Tucídides, el V I y el V II, que registran la expedición siciliana de 415-413, pertenecen también a la categoría de acontecimientos exagerados por Tucídides, por motivos artísticos o de otro tipo, más allá de su importancia real para el resultado de la guerra. Los pro­ blemas empiezan con el capítulo 1 del libro VI, que afirma que la mayoría de atenienses desconocía el tamaño de la isla y el número de sus habitantes. Es una clara exageración como se puede dar uno cuenta contando simplemente las alianzas de Atenas, a lo largo del medio siglo anterior, con comunidades sicilianas, de las que algunas (como la de Segesta, ML 37, la primera de la serie) muestran que la diplomacia ateniense se adentraba mucho en el interior no griego de Sicilia. Tucídides, de hecho, ha impregnado estos capítulos introduc­ torios con un pesimismo inapropiado a la expedición tal como fue

concebida inicialmente·, se olvida fácilmente que la propuesta inicial

era enviar sólo sesenta barcos, número aproximadamente igual al total enviado cuando las maniobras del decenio de 420. La ironía de la situación fue que el cauteloso Nicias fue quien elevó las apuestas

a un nivel (doscientos barcos), en el que un fracaso sería de tal envergadura que podía poner en peligro el prestigio del imperio, y dar oportunidades de socavarlo a los enemigos de dentro y de fuera del imperio (súbditos descontentos del este del Egeo; Persia). Pero Tucídides, a quien le gustaba Nicias, era demasiado caritativo para decirlo.

Tampoco deberíamos de estar de acuerdo demasiado fácilmente con la afirmación pesimista de Tucídides acerca de las posibilidades militares de la expedición. De lo que no nos habla bastante es de la desunión dentro de Siracusa, a la que alude de modo breve y creíble el orador siracusano, por lo demás poco creíble, Atenágoras (VI, 38: nuestra ciudad pocas veces se halla en situación de paz interna,

oligakis hesucbazei), y en esta desunión aún basaba Nicias sus espe­

ranzas en un momento muy tardío (sobre esta quinta columna, véase V II, 47, 48). Y Livio (IV, 29, 8; véase p. 117) dice que la intervención cartaginesa en Sicilia, hacia la época de la guerra del Peloponeso, fue la consecuencia de seditiones Siculorum. Siracusa, lo mismo que el conjunto de Sicilia, tenía de hecho una historia de trasplantes de población, como vimos en el capítulo 4, y no era excesivo esperar que se pudiera explotar esta heterogeneidad étnica (cf. Polieno I, 43, 1, respecto a un intento atípico, cf. arriba, de fomentar una insurrección servil en Siracusa durante el asedio). Tam­ bién deberíamos tener en cuenta los temores atenienses: a Alcibiades se le hace (VI, 18, 1) hablar de la posibilidad de que Sicilia se diri­ giera al este, contra Atenas. El comportamiento de Dionisio en 387 iba a mostrar que no era una idea absurda (p. 239).

Luego hay razones para considerar la expedición de Sicilia ante todo como una construcción literaria. Como en el Edipo del Edipo

Rey de Sófocles, se insiste al principio e tie l encanto y arrogancia de Atenas, con lenguaje enfático (VI, 31), lo que refleja la lengua, también llena de superlativos, en la que se consigna la aniquilación final (V II, 75): «recordaron el esplendor y la arrogancia de su par­ tida y vieron cuán mezquino y abyecto fue su fin. Ningún ejército griego había recibido nunca tal revés». Pero Edipo sí; y Troya tam­ bién (a cuya caída se alude en panolethria, 'destrucción total’, cf. He­ rodoto, II, 120, justo al final de Tucídides, V II), y el tratamiento de Tucídides del fracaso ateniense en Sicilia no puede ser compren­ dido al margen de las técnicas de la tragedia contemporánea, o mejor, de la épica homérica, de la cual tanto Tucídides como los trágicos

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