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6. DEMAND CLASSIFICATION

6.2 Demand Pattern Fragmentation

6.2.3 Demand Frequency and Size

Las muertes de Cleón y Brásidas en el curso de la misma esca­ ramuza (422) eliminaron, dice Tucídides, los únicos obstáculos para la paz (pero el pasaje, V, 16, es muy tendencioso y se ha de leer en su contexto). Las muertes en primera línea de los dos comandantes nos sirven, dicho sea de paso, para señalar una característica esencial del arte de la guerra en la Antigüedad, la idea de que los generales habían de luchar además de pensar. Esto fue algo que, como veremos en el próximo capítulo, dificultó la evolución del arte de la estrategia: para cambiar el desarrollo de una acción, mientras se está realizando, un comandante necesita una visión de conjunto, y eso significa aleja­ miento físico del polvo y la sangre. Polibio (X, 32-33, sobre Aníbal y Claudio Márcelo) propone con aire de novedad consciente la idea de que el oficio de general consiste en mantener su cabeza intacta para el día siguiente, aunque se atribuían a Ifícrates y a otros reflexiones semejantes, incluso en época anterior (Plutarco, Pelópidas, II). (El combate de la caballería es otro asunto: aquí el liderazgo y élan personales son vitales para la moral, como atestiguan los mejores comandantes de caballería, desde Alejandro hasta Ruperto del Rin.)

La buena disposición espartana hacia la paz se explica, no sólo por Citera y los prisioneros de Pilo, sino también por su temor a Argos, cuyo tratado de paz por treinta años, de 451, iba a expirar en 421.

La paz de Nicias, en 421, terminó la guerra de los diez primeros años, la guerra arquidámica, en unas condiciones que significan la victoria ateniense, con reconocimiento de la existencia de su impe­ rio, al usar en los documentos del tratado «los atenienses y sus alia­ dos». Había «conseguido finalmente la victoria», con su arché intacta. Conservó Nisea, pero tuvo que restituir Citera, con lo que, de algún modo, libró a Esparta de cualquier temor inmediato de una revuelta social. Esparta se aseguró verdaderamente (V, 23), mediante una garantía por escrito, de la ayuda ateniense contra sus «esclavos», es decir, los hilotas: la asimetría de esto (en el sentido de que no hay un compromiso semejante por parte de Esparta, respecto a los nume­ rosos esclavos de Atenas) es interesante porque prueba que los temo­ res domésticos espartanos eran muy fuertes. Los esclavos de Atenas eran un grupo étnico mezclado (cf. ML 79 = Fornara 147 D), sin la conciencia nacional mesenia de ser hilotas, sin un lenguaje común para conspirar y — en el caso de los esclavos de las minas— con pocas probabilidades de vida,

Volvamos ahora a las preguntas anteriores: ¿cuánto tiempo siguió Atenas la política de Pericles, durante la guerra arquidámica, especialmente entre 429, año de su muerte por la peste, y 421? Y, ¿quién fue el responsable de los elementos no perícleos? Hemos visto que incluso antes de 429 la idea de Pericles no era defensiva, con exclusión de las expediciones de saqueo, como la de Epidauro; o del epiteichismos, al menos en principio (p. 165). Siguiendo con el período posterior a su muerte: el castigo ejemplar de Mitilene fue completamente perícleo (cf. p. 66 sobre Samos, y p. 175 sobre «man­ tener bajo control a los aliados»). (Que la revuelta mitilenia fue real­ mente, como Cleón había dicho, I I I , 40, un acto de desafío bien planeado nos lo prueban ahora, muy convincentemente, algunas mo­ nedas, estateras de électron, acuñadas durante los preparativos de la revuelta, con la leyenda m y t i-, es decir, subrayan su origen tniti- lenio; y conformes al modelo monetario de Cízico, cerca del mar Negro: Gnomon, 1982, p. 499. Ahora bien, según dice Tucídides, II I , 2, al mar Negro fueron los mitilenios a buscar arqueros y grano.)

E l interés ateniense por Sicilia en el decenio de 420 es difícil de juzgar sin contagio mental de los acontecimientos de 415-413. Tam­ bién fue difícil para Tucídides: pleoni stoldi, 'con una expedición mayor’ (IV, 60), es una referencia clara a la última expedición. Pero a la vez la respuesta a la petición de Leontinos debió de parecer escandalosamente disconforme con la política anterior: sobre la dis­ posición de Atenas en hacer alianzas en Sicilia, ya a principios del decenio de 450, véase p. 77. Incluso Pericles (II, 62) había dicho a los atenienses «no hay ningún poder sobre la tierra — ni el rey de Persia ni ningún pueblo bajo el sol— que pueda impediros nave­ gar adonde deseéis». Se trata probablemente de un pronóstico14 de expansión final siciliana — pero no en tiempo de guerra·, ésta era la clave de la política defensiva de Pericles, que suponía una «conge­ lación» temporal de los actos agresivos, pero no excluía diplomacia o reconocimiento diplomático. Siracusa crecía como una amenaza que había que detener. Fue sólo el golpe de suerte inesperado de los prisioneros de Pilo, gran estímulo psicológico, lo que hizo que los votantes de la Asamblea ateniense desearan que sus generales consi­

14. Así, G. L. Cawkwell, en un seminario celebrado en marzo de 1981 sobre la expedición siciliana, en Harrow School, y dirigido por Mr. Cawkwell y yo mismo.

1 7 4 EL MUNDO GRIEGO

guieran en Sicilia algo más tangible (IV, 65); les animó a ello un grupo de presión que merece ser considerado contrario a Pericles: incluía políticos como Hipérbolo, que tenía proyectos de gran enver­ gadura, quizá respecto a un ataque contra Cartago (Aristófanes, Caba­

lleros, 1.303 ss., exagerado evidentemente con su referencia a cien

barcos, pero ML 92 = Fornara 165, del año 410, cf. Tucídides, V I, 88, muestra que se hicieron propuestas a Cartago más tarde, durante la guerra. Y nótese Livio, IV, 29, 8, sobre el que conviene ver pp. 117 y 179, respecto a la invasión cartaginesa de la isla en esa época). Siempre hay dos corrientes de opinión sobre Sicilia, la con­ servadora y la radical, y, por consiguiente, para explicar su injerencia allí, en general, se dan los motivos correspondientes, el conservador y el radical (III, 86; 115; V I, 6).15

Las operaciones de Demóstenes en Etolia parecen más difíciles de justificar según los principios de Pericles, pero si se ven como parte de un plan para atacar Beocia por detrás (anticipando así el posterior intento contra Beocia que fracasó en Delio, y que fue sin duda un intento de extender el imperio en época de guerra), se pue­ den por lo menos justificar como una aventura que habría consoli­ dado la frontera septentrional del Ática, cuyas fortificaciones terres­ tres, como hemos visto, no fueron totalmente evacuadas por Pe- rieles.

Luego está Pilo: ¿habría aceptado Pericles la oferta espartana de paz de 425? Tucídides es severo con Cleón por haberla rechazado, pero la aversión personal del historiador por el hombre que pro­ bablemente fue el responsable de su exilio, le deformó el juicio. Realmente los espartanos ofrecían muy poco, fuera de la vana pro­ mesa de una hegemonía compartida entre Atenas y Esparta (véase p. 169). Pero su buena disposición colaboradora no era algo en lo que pudiera confiar Atenas sin peligro, como mostró la historia de la muy voluble política exterior de Esparta durante la Pentecoritecia.

Cleón hizo bien en rechazar la oferta. \

Tucídides utiliza, para describir este episodio, la palabra pleo-

nexia, ‘mayor avidez’, y sería tentador pero equivocado asociar la

política de Sicilia en su aspecto radical también con Cleón, compa­ rando la semejanza del lenguaje que usa para describir el comporta­

15. H. D. Westlake, «Athenian aims in Sicily 427-424 BC», en Essays on the Greek Historians and Greek History, Manchester, 1961, cap. 6, pp. 101 ss.

miento del pueblo ateniense que castigó a los generales a su regreso de Sicilia en 424 (IV, 65). Pero es una suggestio falsi·, si el histo­ riador hubiera querido hacer recaer la culpa de Sicilia en Cleón, lo hubiera hecho así: el que recurra a una insinuación equivale a una exculpación. Y podemos añadir que nada en las fuentes permite suponer que Etolia o Delio fueran obra de Cleón: de nuevo es deci­ sivo el silencio (en unas fuentes tan hostiles cómo Aristófanes, véase

Caballeros, passim, así como en Tucídides).

Sin embargo, es justo asociar a Cleón con la política de aumento del tributo. Hemos visto la relación de Cleón, mediante el matrimo­ nio, con Tudipo, autor del decreto que lo autorizaba (ML 69; p. 158); y Aristófanes (Caballeros, 313) presenta a Cleón «espiando por el tributo desde lo alto de un acantilado, como un hombre que espera la llegada de un banco de atunes». Las finanzas fueron el principal terreno en donde se demostró que el juicio de Pericles sobre el rumbo futuro de la guerra estaba equivocado. Éste esperaba (II, 13) financiarla con los «ingresos», esto es, el tributo de los alia­ dos, a los que añadía la enumeración de los recursos de capital de Atenas, más como un consuelo para la moral (uno cree notarlo así) que porque creyera que se iban a gastar. Pero las cuentas del prés­ tamo de Atena (véanse las tablas al final de HCT, vol. II; ML 72 com.) — es decir, el gasto del capital— muestra que el sitio de Poti- dea (dos mil talentos; I I , 70) y los costes de las represalias contra Mitilene habían dejado a Atenas en déficit, y las medidas de Cleón eran por tanto inevitables. En el sentido de que fuera una «desvia­ ción» del pensamiento de Pericles (y la frase de Pericles, II, 13, de «tener a mano a los aliados» era una expresión útilmente ambigua), sin embargo, fue una desviación necesaria, un rechazo de las sumas de Pericles más que de su estrategia.

La paz de Nicias fue un victoria ateniense, tanto retrospectiva­ mente (porque se reconoció el fracaso espartano en destruir el siste­ ma imperial ateniense) como anticipadamente, porque con ella empe­ zó un período de dificultades diplomáticas para Esparta;16 no obs­ tante, la eficacia del enfado de sus aliados contra ella por haber firmado una paz poco satisfactoria se anuló por su fracaso en actuar de común acuerdo durante mucho tiempo.

16. Sobre este período, véase R. Seager, «After the Peace of Nikias: diplo­ macy and policy», en ÇQ, X X V I (1976), pp. 249 ss.

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