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6. DEMAND CLASSIFICATION

6.1 RAF Demand Classification

das y Damago. Así se establecieron y fortificaron de nuevo la ciudad que ahora se llama Heraclea.

Dos últimas cuestiones: Diodoro (X II, 59) añade que fueron diez mil los colonos, cifra enorme, pero aproximada y no del todo fiable. En segundo lugar, la perspicaz afirmación de Tucídides de las razones auténticas de la fundación de la colonia debe tener algo que ver con la posición especialmente privilegiada que tuvo en estos años intermedios de la guerra arquidámica, cuando participaba de lo que se decía en los consejos de los diez generales (cf. 156). Podemos confrontarlo con la primera expedición, ateniense, contra Epidauro (II, 56) que no es explicada, aunque también se hizo a gran escala. Aquí el historiador quizá no pudo inspirarse en las conversaciones de sus decanos, con más experiencia militar.

Si la envergadura de la aventara de Heraclea es incomprensible, comparada con lo que se consiguió de ella10 (Tucídides pasa luego a achacar su fracaso relativo a la hostilidad tesalia), sin embargo, es importante como eslabón principal e impresionante de la cadena de intereses espartanos en Grecia central, que comenzaron con Cleome­ nes en el siglo vi (Heródoto, V I, 108, primer compromiso con Pla­ tea; cf. p. 108 sobre la décima Pítica de Píndaro como prueba de los contactos de Cleómenes con Tesalia), continúan con Leotíquidas en el decenio de 470, y siguen bien entrado el siglo IV: un harmosta (véase índice) espartano, Heríppidas, fue enviado para ocuparse de los conflictos internos de Heraclea en el decenio de 390 (Diodo­ ro, X IV , 38). Volviendo a la guerra del Peloponeso, es probable que se perdiera Heraclea después de la paz de Nicias, pero que Es­ parta la recobrara antes de 413.11 En otras palabras, su conservación no dejó de ser en absoluto là política oficial a la muerte del «aven­ turero» Brásidas, del mismo modo que su fundación había sido ante­ rior a su período de auge.

Finalmente, en el libro I I I , están las operaciones de Demóstenes en el noroeste de Grecia, en Etolia, contra los anjbraciotas. La pér­ dida de ciento veinte hombres, «en la flor de su juventud, los mejores

10. Véase A. Andrewes, «Spartan imperialism», en P. Garnsey y C. R. Whittaker, eds., Imperialism in the Ancient World, 1978, en pp. 95 ss. Cf.

A. Andrewes, «Two notes on Lysander», en Phoenix, X X V (1971), pp. 206 ss.

hombres perdidos en toda la guerra» (III, 98), hizo que Demóstenes temiera volver a casa sin recuperarse de su fracaso en Etolia, lo que sintió más tarde que había logrado, después de conseguir éxitos en colaboración con los aliados acarnanios de Atenas (cf. p. 117, respecto a esta alianza). El uso de tropas de infantería ligera fue el rasgo más portentoso de esta lucha, anticipándose a los peltastas, portadores de escudos ligeros, del siglo iv más empobrecido (p. 206). Como ocurre a menudo, aquí también Tucídides trata el tema no de un modo puramente narrativo, sino con «diagnóstico», es decir, aísla y subraya los rasgos que le parece que explican algún fenómeno gene­ ral, cuyo significado se desarrolla más tarde (en IV, 30, se dice explí­ citamente que Demóstenes en Pilo se había aprendido la lección de la táctica guerrillera etolia).

Con el libro IV (425-423 a. de C.) se acelera la paz, y Tucídides empieza a conceder de modo perceptible un mayor papel a la suerte que a la planificación, a la tyché más que a la gnotné. La toma de Pilo por parte de Demóstenes es el primer ejemplo real de epiteichis-

mos (p. 165), y Tucídides lo trata como lá inspiración del momento. Puede que no sea del todo correcto: la explotación de la posición ganada así, que acabó con la captura de c. cuatrocientos ciudadanos espartanos y periokoi, fue realmente un asunto de suerte y audacia, pero todo ello comenzó con una experta evaluación táctica del lugar: el experto fue Demóstenes. Pero fue Cleón con su voz en la Asam­ blea de Atenas, y su dominio en Pilo, el que consiguió primero que se votara un cuerpo expedicionario, y retener luego como prisioneros a los espartanos, «robando el pastel que Demóstenes había cocido», como afirma Aristófanes (Caballeros, 54 s.). Este veredicto es ten­ dencioso sólo en la medida en que supone que no había perfecta armonía entre los dos hombres; pero en realidad es un ejemplo tem­ prano de un fenómeno del siglo iv, un equipo de soldado y político trabajando en armonía, como el «equipo» del siglo iv formado por Cares y Atistofonte. Con los prisioneros en sus manos, Atenas tuvo una fuerte palanca de negociación frente a Esparta, que estaba muy apurada ya en recursos humanos en esa época. Atenas, a instancias de Cleón, rechazó una propuesta de paz espartana que (p. 174) quizá debiera haber sido aceptada, o al menos estudiada (véase Historical

Commentary on Thucydides, nota en p. 462), puesto que implicaba

una traición a cualquier idea de liberación y hubiera irritado e indis­ puesto a los aliados de Esparta. (Si nosotros — dicen los espartanos

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en IV, 20— , Atenas y Esparta, nos ponemos de acuerdo, podéis estar seguros de que el resto de la Hélade, en su situación de inferioridad, tendrán para con nosotros el máximo respeto.»)

El dominio de Cleón también se puede apreciar en una medi­ da de esta época (425), conocida gracias a una sola inscripción (ML 69 = Fornara 136): un fuerte incremento del tributo aliado (cf. p. 175).

Deslumbrados por sus propios éxitos en Pilo, los atenienses casti­ garon a sus generales a su regreso de Sicilia, por no haber conquistado para ellos la isla entera (IV, 65). En este tiempo, Sicilia — movida por la oratoria, en la conferencia de Gela, del patriota siciliano Her- mócrates, hombre al que Tucídides dedicó mucho espacio— se unió para alejar a los atenienses. La captura de la isla de Citera, junto a la costa espartana (IV, 53), también refleja optimismo: Tucídides. comenta el nerviosismo espartano ante la posibilidad de un levanta­ miento masivo de hilotas (55), peligro que la posesión enemiga de Citera acercó más a Lacedemonia (cf. Heródoto, V II, 235 y p. 249 para el decenio de 390). Por qué Atenas no hizo más para promover la insurrección servil durante la guerra, es un misterio: ciertamente la hubiera podido ganar con mucha rapidez si lo hubiera hecho.12 Pero los hechos están claros: lo que hace Atenas es establecer bases a las

cuales (autose, V II, 26, 2) podían desertar los hilotas; pero actúa

con poca energía para facilitar tales deserciones. Parece que el arma de la bellum servile aún se tenía que inventar. (Aunque nótese que Critias, en Tesalia, hacia el final de la guerra, «armó a los penestai, o sea, a los siervos, en contra de sus amos»: Jenofonte, Helénicas, 1 ,3 ,3 6 .)

Atenas actuó peor en este tiempo en otro escenario, en Mégara, donde Brásidas, camino del norte, logró infiltrarse en la ciudad e instigar un golpe oligárquico. Y todavía más desastroso, fue el ambi­ cioso esfuerzo ateniense de recobrar el control de Beocia, perdida como resultado de los acontecimientos de 446 (pp. 65 s.). Estas ope­ raciones (la campaña de Delio del año 424, que ocupa la mayor parte del final del libro IV de Tucídides) apagaron la euforia que Pilo había inflamado. La batalla de Delio se libró justo en la frontera entre Ática y Beocia, en el lado beocio. Fue una completa derrota para los atenienses, y algo que se anticipó al siglo siguiente, como Etolia, pero

en otro aspecto: los tebanos hicieron más profunda su ala izquierda para asestar un duro golpe al ala derecha enemiga, donde estaban estacionadas tradicionalmente las mejores tropas en una batalla grie­ ga. Así iban a vencer los tebanos en 371 en Leuctra. (La concentra­ ción, más corriente, de las tropas buenas en la derecha se debía a una característica del arte militar de los hoplitas, señalada por Tucí­ dides, V, 71: el miedo de llevar el brazo derecho sin escudo impul­ saba al hoplita de segunda clase a desviarse hacia la derecha para buscar la protección del escudo de su vecino. De ahí que se necesi­ taran buenas tropas en la derecha, para refrenar este impulso. En la batalla normal sucedía a veces que el ala derecha de cada bando se deslizaba victoriosamente por delante del ala derecha del contrario.)

Pero Atenas, por su parte, no estaba dispuesta a pensar en la paz, hasta que a Delio se le añadió la pérdida de una serie de plazas septentrionales para Brásidas, que, como vimos, estaba en el istmo, y por tanto en situación de actuar en Mégara, sólo porque estaba de paso hacia la Calcídica, en el norte, maniobra que empieza el período realmente aventurero de la estrategia espartana durante la guerra arquidámica. Allí Brásidas explotó la doctrina de la «liberación», respaldado por amenazas benevolentes: en un pasaje instructivo (IV, 88), Tucídides seca e imparcialmente da dos motivos de la rendición de Acanto, el atractivo de las palabras de Brásidas, y el temor por su vendimia. En Atenas, la pérdida más seria, o más seria­ mente sentida, fue la de Anfípolis; su obsesión por ella, no sólo en el período que siguió inmediatamente, sino durante todo el siglo iv hasta su toma por Filipo, nos parece desproporcionada e irracional. En realidad no se había conseguido la plaza hasta 437 (p. 66), pero su valor económico era grande y vario (Tucídides, IV, 108), y, quizá como Singapur en el imperio británico, este espléndido lugar se con­ sideraba simbólico de un imperialismo extendido — de modo que, como la caída de Singapur en 1942, la pérdida de Anfípolis se sintió como una herida profunda en la moral nacional. El general ateniense responsable de esta pérdida fue Tucídides el historiador, que, a con­ secuencia de ello, fue exiliado; quizá se debió más a falta de suerte que de competencia: «no haber sido un contrincante a la altura de Brásidas — se ha dicho— 13 no demuestra que fuera un mal soldado».

13. H. T. Wade Gety, Oxford Classical Dictionary*, s. v. «Thucydides»,

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