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Cabe señalar de nuevo que hasta fechas recientes la innovación se había supuesto exterior al aparato productivo, confiando en que descansara sobre la iniciativa pública o sobre la idea romántica de científico solitario y genial que experimentaba de manera desinteresada. Es la herencia neoclásica en la que la tecnología representaba una variable externa. Pero ese modelo hace tiempo que quedó obsoleto, invirtiéndose la tendencia y acercando paulatinamente las fuentes de innovación más hacia el interior del mundo corporativo. La cooperación entre el mundo de la ciencia y el mundo de la empresa es el nuevo mantra repetido sin cesar211.

Ese movimiento de incorporación de lo técnico hacia lo económico ha venido también acompañado de otra postura crecientemente popularizada: cierta dinámica autónoma de lo tecnológico con respecto a otros ámbitos. Fuera del mundo académico y, en especial, en sector de la opinión pública y de áreas empresariales estratégicas se respira un cierto aire de “determinismo tecnológico”. La expresión más depurada de este vector social lo conforma la idea de que hay que adaptarse a las nuevas tecnologías pues son los agentes sociales los que tienen que ajustar sus actividades a los dictados técnicos, al camino marcado caprichosamente por la técnica. El crecimiento y las cuestiones institucionales son dependientes, en grado cada vez más alto, de los vientos favorables o desfavorables del mundo técnico (Noble, 1999). La dificultad para conceptualizar el cambio técnico conduce con

público. El cambio fue decisivo, logrando fácilmente nuevos productos comercializables. A cambio, las empresas entraban en el terreno de la investigación científica y académica a través de licencias exclusivas aprovechando el éxito de programas con financiación pública.

211 “Una prioridad mayor en las políticas nacionales a la ciencia y a la tecnología, al desarrollo de la investigación industrial (financiada o realizada por las empresas) y a la cooperación entre la investigación pública y la universitaria con las empresas.” (LVI, 29).

frecuencia a su abandono teórico y al “tic interpretativo” que otorga capacidades voluntarias e independientes al devenir técnico. Todo ello puede incluirse en las nuevas ideologías economicistas globales que se promueven como soluciones mágicas y mundiales en un nuevo marco planetario y social. Un ejemplo sería lo que se conoce como “inteligencia económica” por parte de la Comisión Europea:

“El planteamiento global de la innovación utilizado en todo el presente Libro Verde da como corolario "la inteligencia económica", un útil estratégico de ayuda a la toma de decisiones en un contexto de mundialización de los intercambios y de aparición de la sociedad de la información.” (LVI, 33).

Dicho de otra manera: solo la toma de decisiones estratégica y arriesgada, siguiendo la senda trazada por la innovación tecnológica en su curso, proporciona, debido a su carácter perspicaz y clarividente, unos resultados óptimos, dadas las condiciones de mundialización y la incertidumbre que todo lo global genera. Los protagonistas del campo económico deben asumir opciones no siempre sencillas (aquí las patentes serían un ejemplo paradigmático) debido a que han de bandearse en un entorno hostil y complejo, planetario y disputado. En otros términos, la protección de todo lo que pueda ayudar o favorecer la supervivencia empresarial212.

A pesar de haber insistido en el automatismo o mecanicismo implícito en los modelos de innovación tecnológica afines a la PI, hemos de tener cuidado en distinguir dos tipos de determinismo que se encuentran, en ocasiones, imbricados en ellos: el tecnológico y el económico. La demarcación entre ellos, nada sencilla debido al carácter híbrido de los procesos industriales o productivos bajo el capitalismo, apunta a los factores o causas últimas de las explicaciones dadas.

212 Por "inteligencia económica" se puede definir el conjunto de las acciones coordinadas de investigación, tratamiento y distribución, con objeto de la explotación de la información útil a los protagonistas económicos. En ella se incluye también la protección de la información considerada sensible para la empresa.” (LVI, 34).

2.2.8 Recapitulando.

Hemos dedicado nuestra mirada a la noción de innovación porque contiene toda la dimensión utilitarista y pragmática de los discursos sobre Propiedad intelectual e industrial (PI&I). Las patentes quedan legitimadas teóricamente en su función innovadora, como garante del cambio técnico orientado. Más allá de su pretendida bondad o su papel obstaculizante, el vínculo entre los sistemas de Propiedad Intelectual y la Innovación esconde en su interior material de estudio para los conflictos de PI&I.

La innovación encarna, en ciertos términos, un “progreso” actualizado, una actitud social utópica y futurista que anhela avanzar de forma positiva hacia algún lugar o destino (sin saber cuál). Se ha establecido como nuevo paradigma normativo

o motivacional, un a priori que forma parte del inconsciente colectivo213 (con

frecuencia independiente del mapa ideológico). Toda innovación es, a los ojos de los discursos institucionales dominantes (véase el Libro Verde de la Innovación), beneficiosa en algún aspecto. De esta manera, siempre y cuando se correlacione o vincule retórica y teóricamente (empíricamente no se ha podido hacer de manera concluyente) el papel de las patentes a las prácticas innovadoras de las empresas, serán aceptadas las primeras casi como dogma de fe214.

Pero la idea de innovación instalada en la opinión pública y en las declaraciones políticas (al menos en los documentos oficiales que presentamos y en las entrevistas analizadas) es hija del ideario económico y no tanto de una pretendida neutralidad científica. El esqueleto que sustenta todo el esquema que funda la innovación moderna parte de viejos conocidos de la teoría sociológica: Schumpeter, por ejemplo. Aunque no de forma manifiesta, la mayoría de discursos validados y valorados en las sociedades occidentales siguen explicando el cambio técnico y la innovación tecnológica como fruto único de los agentes económicos principales (las empresas) en su carrera por obtener beneficios privados. La competitividad

213 Su carácter incuestionable puede confirmarse en declaraciones como: “La necesidad de mejorar la capacidad española para innovar científica y tecnológicamente es algo que nadie discute.” (Entrevista a Nathan Rosenberg, “España va a sufrir mucho si no empieza a innovar”, El País, 8/5/2005, pág. 34, subrayado mío).

globalizada y los bloques geopolíticos compelen a producir las mejores condiciones en las que “nuestros representantes económicos” actúan. Hay que movilizar, entonces, el resto social (lo institucional, lo normativo-legal, lo extra-económico, etc.) para crear las condiciones óptimas en las que las corporaciones puedan innovar, ya que son ellas el motor y la fuerza fundamental del progreso técnico y social215. Pero el resultado último del proceso concluye en un tipo de innovación, un modelo muy particular y concreto de fomento de la innovación con orientaciones y características muy precisas216.

Finalmente, hemos indicado el hecho de que ese emparejamiento entre la difusa y omnipresente idea de innovación y las formas fuertes de protección propietaria (endurecimiento del marco de patentes, por ejemplo) arrastran otra clase de supuestos como son el “egoísmo antropológico” del homo economicus o un determinismo tecnológico modernizado, entronizado en la figura del emprendedor o inventor-propietario217. Estos procesos, sin embargo, no derivan de la nada, sino que están modulados por reajustes históricos en los paradigmas productivos y de producción científica, en donde los mecanismos de invención e innovación han pasado a depender ampliamente de los engranajes financieros de grandes grupos o multinacionales.

Cerramos este capítulo retornando al insistido, pero no por ello evidente, punto de conexión entre la PI y la innovación técnica y social. La existencia de un sistema de patentes no se torna un prerrequisito empíricamente constatado para la invención o innovación, según algunos autores218. Más aún, suponer tal correlación

215 Una versión moderna de la transmutación de los vicios privados en virtudes públicas (Mandeville): obstruir la innovación de otros competidores generará beneficios globales.

216 Es posible, además, adjuntar a este comentario la crítica anticolonial que ve la innovación técnica occidental en muchos momentos como un simple proceso de transferencia de conocimientos no reconocida: “Cuando se transfiere un elemento de los sistemas de conocimientos tradicionales a los sistemas de conocimiento occidentales, éstos lo tratan de innovación.” (Shiva, 2003: 53). Una mirada similar y algo más desarrollada desde la propia sociología de la ciencia y la tecnología se puede leer en Goody (2003) o en Kreimer et al. (2004).

217 Un arquetipo de sujeto al que se le supone superioridad: “En la nueva situación, el talento medía una nueva clase de desigualdad social: ser creativo o inteligente significaba ser superior a los demás, un tipo más valioso de persona.” (Sennett, 2006: 96).

218 Ver el estudio de Pablo Challú et al. (1991), Mansfield (1986) o Bessem y Hunt (2004) para el software. Ver también: Refutación de que sin patentes no hay innovación:

necesaria implica todo un universo ideológico y adoptar una postura determinada nada neutral. Muchos de los ríos de tinta vertidos en estas conversaciones y pugnas dialécticas o judiciales tienen que ver con naturaleza de la innovación que, a su vez, ha sido un término inseparable del de desarrollo (económico y social) constituyendo, actualmente, el único cambio social buscado y anhelado. ¿Cómo se estimula la innovación o la creación? ¿Hay modos de avivar las formas de crear, inventar o imaginar que no tengan que venir espoleadas por una compensación monetaria o un monopolio? El paradigma liberal no parece conocer otro (“la innovación como una industria”), a pesar de que las constataciones empíricas se diría que lo desmienten. A lo largo de la historia, nos hemos topado con múltiples “instituciones innovadoras”: las corporaciones y los gremios de la Edad Media, las abadías cisterciences o las academias científicas que surgen a partir del siglo XVII (David y Foray, 2002); instituciones que se nutrían de diversos incentivos y acicates. No obstante, la innovación ha ido ganando un terreno simbólico singular en el discurso económico y en el imaginario social, de manera que se considera el medio casi único para sobrevivir y prosperar en economías muy competitivas y globalizadas. La figura (como tipo ideal) de los “innovadores” neotecnológicos es dibujada como los catalizadores del engranaje que mueve el mundo contemporáneo. Nos volvemos a topar aquí con unas representaciones culturales y mentalidades colectivas profundamente enraizadas en nuestros universos simbólicos y asociados al capitalismo moderno. Economistas más heterodoxos, como Schumpeter (1983), vieron en el arquetipo del empresario innovador, héroe arriesgado y exitoso, con un don irracional al riesgo, asistido por los monopolios y oligopolios, la clave de las innovaciones tecnológicas y sociales (el innovador no sería sino un tipo especial de autor o inventor, tengámoslo en cuenta).

Nuestra intención se ha limitado a presentar algunos trazos generales de la génesis de la idea-fuerza “innovación”, motor de casi todas las políticas tecnológicas actuales (incluidas las de PI) y pilar ideológico de las doctrinas económicas del cambio tecnológico que ha permeado casi todas las discusiones institucionales. Por ello hemos incidido en su formación histórica y en el modelo antropológico que

Para algunos estudios, la relación puede ser incluso inversa, perturbando las patentes las dinámicas innovadoras (Sakakibara y Branstetter, 2001). Pocos estudios o recopilaciones empíricas de carácter global se han hecho, salvo la de Maskus (2004: 493-621).

subyace al universo simbólico de una metamorfosis social incuestionada. Al igual que Weber identificó en la ética protestante un motor temporal, basado en la gratificación diferida de las metas a largo plazo (ascetismo calvinista y predisposición al trabajo abnegado y sacrificado), podríamos, en un ejercicio de teorización arriesgada, entrever una nueva ética de la innovación cuyos plazos son mucho más cortos. Los sujetos modernos deben adaptarse al ritmo creciente de las innovaciones y a su ciclo económico (protección legal, comercialización, etc.), de manera que la mentalidad funcional al tipo de modelo económico actual (capitalismo flexible o cognitivo) impulsa a apropiarse rápidamente de ideas aplicables. Si bien es difícil considerar esto una nueva formulación de las intuiciones weberianas, al menos sí que podemos entrever nuevas condiciones institucionales.

2.3 LAS LEYES DE PROPIEDAD INTELECTUAL COMO REGULACIONES

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