3. Program Operations at the Rally Posts
3.5 Beneficiary Perceptions about Rally Posts
El episodio leído se encuentra en la sección del evangelio en la cual Lucas refiere el Camino que Jesús recorre hacia Jerusalén. Mientras recorre ese camino, al mismo tiempo va enseñándonos, de obra y de palabra, para que nosotros lo sigamos también. El episodio de hoy es bastante especial, porque tiene lugar un día muy especial, un sábado, día sagrado, en un lugar muy especial, en casa de uno de los jefes de los fariseos, ese grupo particular de judíos que cumplían escrupulosamente con los preceptos de la Ley, en un momento muy especial, durante una comida de agasajo, cosa que no era tan habitual. La enseñanza que nos brinda Jesús es dada con ocasión de una observación que Él mismo hace: los invitados elegían
los primeros lugares. Y dice una parábola en que claramente habla de la humildad.
1 - La parabolé sobre la humildad
Una lectura apresurada de la semejanza o parábola de Jesús nos puede hacer errar acerca de su enseñanza. En una primera consideración se podría pensar que la intención de Jesús es dar normas de urbanidad social, cómo portarse bien en sociedad; esto es claramente erróneo. Pero hay una segunda posible interpretación, más sutil, pero también errónea, y que es pensar que la enseñanza de Jesús es un simple recuerdo de una antigua enseñanza sapiencial. En el AT podemos leer expresiones que se asemejan mucho a lo que Jesús dice acá. Pro 25,6-7: no te des importancia ante el rey, no te coloques en el sitio de los grandes,
porque es mejor que digan “sube acá”, que ser humillado delante del príncipe, o Ez 21,31: Así dice el Señor... lo humilde será elevado, lo elevado será humillado. Que no se trata de una simple repetición
de esta enseñanza sapiencial, se advierte por el hecho de que, al introducir el relato, se nos dice que se trata de una parábola. Además, Cristo no es un simple “sabio” o “maestro” como pueden haberlo sido otros personajes (Buda, Confucio, etc.), sino que es mucho más. De hecho, las mismas palabras de Cristo muestran que su enseñanza apuntan a un objetivo especial, ¿cuáles palabras? 1) en la parábola, Jesús habla de ser invitado a una boda: la imagen del banquete de bodas se refiere principalmente al Reino de los Cielos; 2) al hablar al dueño de casa, Jesús usa imágenes de los profetas que señalaban el “banquete mesiánico” (cf. 12-13); 3) al terminar de hablar, Cristo se refiere al banquete escatológico:
en la resurrección de los justos (v. 14), dice Él; 4) las expresiones de recompensa están escritas
en “pasivo teológico” = es Dios el agente que humillará, exaltará y recompensará; 5) el verbo “invitar” expresa un llamado, una vocación (gr. kaléo).
En definitiva, ¿qué es lo que Cristo quiere enseñar aquí? Jesús está ante un auditorio muy especial, está delante de gente que era correcta, que se portaba bien, que era “buena”.
Pero Jesús no quiere que nosotros seamos solamente buenos, quiere que seamos santos[5]. Jesucristo quiere que en nuestra vida no nos conformemos con conservar las apariencias externas de justicia, sino que practiquemos la caridad.
2 – Virtudes humanas y virtudes teologales
Todo hombre, creyente o no, debe tender a la perfección, es decir, debe practicar la virtud: “la virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien” (1803). “El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien” (1804). Es la actitud que se nos enseña en la segunda parte del evangelio: hacer el bien por amor sin esperar ni exigir nada en cambio.
Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta, dice el Apóstol.
Pero, entonces, ¿cuál es la diferencia entre un pagano y un cristiano? ¿cuál es la diferencia entre el héroe pagano y el santo cristiano? Es el plano en que se ejercitan las virtudes. El catecismo distingue dos órdenes de virtudes: las virtudes humanas y las virtudes teologales: “las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta... Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama cardinales... La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo... La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido... La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien... la templanza… modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados...” (1804-9). Todo esto se puede encontrar en quien es bueno, cristiano o no, pero hay algo que es propio del cristiano, del santo: “las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano” (1813): fe, esperanza y caridad, pero la
mayor de todas es la caridad.
¿Y la humildad? Que si la caridad es la cumbre, la humildad es el punto de partida: lo primero en la adquisición de las virtudes se compara al fundamento, lo primero que se coloca en un edificio; la humildad tiene el primer lugar en cuanto expulsa la soberbia, que resiste a Dios (cf. S.Th. II-II,161,5 ad 2m). Caridad y humildad son inseparables: “no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad” (s. Teresa, Camino 24,2). Por eso dice san Juan de la Cruz: “todas las visiones, revelaciones y sentimientos del cielo... no valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene los efectos de la caridad” (Subida III,9,4) y “el alma enamorada es alma blanda, mansa, humilde y paciente” (Av. espir. 27).
Así como la caridad es propia del cristianismo, también la humildad: “El agua de la humildad del corazón no la encontraréis en ningún libro extraño, ni en los epicúreos, ni en los estoicos, ni en los maniqueos, ni en los platónicos. Con frecuencia hallaréis en ellos óptimos preceptos de costumbres y de disciplina. De la humildad no encontraréis nada...
Esta sólo procede del manantial de Cristo. De aquel que, con ser tan alto, vino a hacerse humilde. Lección altísima que nos dio humillándose, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. ¿Qué enseñó en toda la vida sino la altísima virtud de la humildad?” (san Agustín, Enarr. in Ps. 31). Y, por eso, entre todas las virtudes, Cristo recomendó especialmente esta: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.
3 – La humildad
¿Cómo hacer? Para practicar la virtud, lo primero es no confundir gato con liebre, porque hay muchas formas falsas de humildad. “Evitemos de dar gloria de humildad a acciones que no son humildes... la modestia puede ser confundida con la indolencia. Pero una cosa es no tener la fuerza de obrar, otra es domar el propio ímpetu, y es totalmente diverso el fruto de una miseria inamovible del de la fortaleza que ejercita su paciencia...” (Pseudo Próspero de Aquitania, Ad Demetriadem 1-6). Frecuentemente se escucha decir “persona de condición humilde” para indicar la pobreza. O se llama humilde a la persona que lo único que quiere es pasar la vida sin muchas dificultades; este es un hombre pasivo, carente de voluntad, indolente. Otros consideran humilde al que no acepta responsabilidades; ese es un vago que no tiene espíritu de servicio, sino de esclavo. Otros se llaman humildes a sí mismos diciéndose indignos, cuando en realidad lo que buscan es que otros se compadezcan y lo ensalcen; este es un hipócrita. Todas estas formas son caricaturas de la humildad. Leamos con atención los evangelios y nada de esto veremos en Nuestro Señor o la Virgen.
“Si quieres verdaderamente huir la soberbia y obtener el don dichoso de la humildad no descuides las cosas que podrán ayudarte a conquistarlo, más bien pon por obra todas las cosas que favorecen su crecimiento. El alma en efecto, se adapta a las cosas que ama y toma la semejanza de aquello que hace frecuentemente. Por lo tanto, conserva la figura, la vestimenta, el modo de caminar, la silla, el alimento, el lecho, en una palabra, todo, de forma sobria; incluso la palabra, el movimiento del cuerpo, la conversación, estas cosas deben tender a la sencillez y no a la distinción. Sé bueno y agradable con el hermano, olvida las ofensas de los adversarios; sé humano y benévolo hacia los más repugnantes, lleva ayuda y consuelo a los enfermos, ten consideración por el que es afligido por dolores, adversidades, aflicciones; no desprecies a nadie, sé dulce en la conversación, alegre en las respuestas, honesto en todo, disponible a todos” (Nilo de Ancira, Epist. 3,134, siglo V). “La primera nota de la humildad es la fidelidad a las obligaciones de la vida común, a través de la cual se conquista la benevolencia de Dios y estrecha los vínculos de la vida social. La humildad refuerza la caridad” (Pseudo-Próspero de Aquitania).
4 - Conclusión
¡Queridos hermanos! Fácil es hablar de la humildad, decir que valemos poco, pero, como decía san Francisco de Sales, cómo nos costaría aceptar que los demás tomasen en serio estas palabras y actuasen en consecuencia, tratándonos despectivamente. Maravilloso es el ejemplo de san Vicente de Paul que iba recorriendo casas solicitando limosna para
atender a los pobres. En un lugar, lo atendió un hombre que, como respuesta a su pedido, lo escupió en la cara. Ante esto, la reacción de san Vicente fue sencillamente decir: “eso es para mí, ahora deme algo para mis pobres”. Ejemplo de humildad de Cristo en la Eucaristía.
CatIC 2464-2474 C-23 Lc 14,25-33 / Sab 9,13-18 / Sal 90 / Fm 9b.12-17