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3. Program Operations at the Rally Posts

3.4 Staff Perceptions about Rally Post Operations

3.4.2 Perceived Problems with Rally Post Operations

nuestra curiosidad! ¿son muchos lo que se salvan? Se nos habla de un espectáculo magnífico:

vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur... reconducirán todos vuestros hermanos de todos los pueblos... sobre caballos, sobre carros, sobre literas, sobre mulos, sobre dromedarios... Dice Apocalipsis: multitud innumerable (7,9). Pero, ¿estaré yo entre esa multitud? Analicemos en profundidad el

texto del evangelio que no sólo nos brinda una enseñanza magistral, sino que conjuntamente nos muestra qué hacer concretamente.

1 – Jesús, el empecinado

El evangelio que acabamos de proclamar, dice: Jesús pasaba por ciudades y pueblos, enseñando,

mientras estaba en camino hacia Jerusalén. Ya hemos referido varias veces la importancia del

“Camino” en el evangelio de Lucas. Esta parte (9,51– 19,27) caracteriza el evangelio de Lucas: está constituido por pocos episodios y muchas enseñanzas. Más que un itinerario geográfico es la perseverancia de Jesús, hasta el fin, en las cosas de Dios. Porque ¿a qué iba Jesús a Jerusalén? Sencillo: a morir. Y, “obstinadamente”, de manera firme y resuelta, Él avanza hacia allí. De esta manera Jesús cumple la voluntad de Dios: “En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas... Sólo Jesús puede decir: yo hago siempre lo que le agrada a Él. En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: no se haga mi voluntad sino la tuya. He aquí por qué Jesús se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (2824).

2 – El empecinamiento del cristiano: ser como Jesús

Conjuntamente, a la vez que se nos muestra este caminar de Jesús, se nos presenta la propuesta del seguimiento de Jesús: si alguno quiere venir detrás de mí, tome su cruz y sígame (9,23-24). Se trata de que iniciemos una verdadera persecución de Jesús (per-seguir = seguir con denuedo): “Jesús, aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia. ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en Él!...” (2825).

En última instancia, la respuesta de Jesús, a la pregunta de si son muchos los que se salvan, es precisamente lo que Él nos enseñó a rezar: hágase tu voluntad en la tierra como en el

cielo. Pero ¡que se haga! Para lo cual hemos de conocerla: “por la oración, podemos discernir cuál es la voluntad de Dios y obtener constancia para cumplirla. Jesús nos enseña que se entra en

el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino haciendo la voluntad de mi Padre que está en los

esto debemos ser obstinados como Jesús, siguiendo el sabio consejo de san Jerónimo: “un santo no debe estar seguro de sí mismo mientras se encuentra a combatir en esta vida; ni tampoco debe desesperar el que es pecador, porque puede volverse justo en un solo día. Pero tú, esfuérzate para hacer que durante el tiempo de tu vida logres practicar la justicia; y no te fíes de la rectitud en la cual has transcurrido la vida pasada, porque esto te relajaría. Haz como dice el Apóstol: olvido lo pasado y pretendiendo lo que tengo por delante corro

hacia la meta para conseguir el premio de mi sublime vocación (Fil 3,13-14)... En efecto, no es

suficiente comenzar; la justicia está en llevar a término” (Epist. 148,31-32).

Y en esta búsqueda de ser como Jesús, de obstinarnos en cumplir la voluntad de Dios, no nos debemos asombrar tanto por lo que puede presentarse: no te desanimes cuando seas

corregido por Dios... es para vuestra corrección que sufrís (2ª lect.). Dice san Juan Crisóstomo: “no

debe parecer extraño ni fuera de lugar si, el que va por un camino estrecho (angusto), se siente aplastar (angustia). Es propio de la virtud que esté llena de fatigas, sudores, insidias y peligros. Pero, si este es el camino, después vendrán la corona, el premio y los bienes ocultos, que no tendrán fin. Consuélate, entonces, con este pensamiento, las alegrías y adversidades de esta vida corren conjuntamente con la vida presente y con ella terminan. Ninguna alegría, entonces, infle vanamente tu corazón, pero tampoco ninguna adversidad te deprima. El buen timonel no deja de estar vigilante si el mar está tranquilo, y no se turba cuando la tempestad arrecia” (Epist. 45). Por eso, el evangelio dice literalmente: luchen (agón) por entrar... = esfuércense, agonicen.

3 – La Voluntad de Dios

Ahora, es el momento de preguntarse ¿yo realmente cumplo la voluntad de Dios? ¡Qué difícil es responder correctamente esta pregunta!, o mejor dicho ¡cómo nos cuesta comprender las enseñanzas más básicas del evangelio y del catecismo! “La voluntad de nuestro Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad... Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que nos

amemos los unos a los otros como Él nos ha amado” (2822). Hay que vivir la caridad fraterna. Y

vivirla sabiendo ayudar a todos: levantad las manos caídas y fortaleced las rodillas vacilantes (2ª lect).

Esto es indispensable para no escuchar lo que hemos leído en el evangelio: alejaos de mí

todos vosotros, obradores de iniquidad. Así comenta un teólogo medieval (Simeón el Nuevo

Teólogo, + 1022, Catequesis 27) estas palabras, predicando a sus hermanos religiosos:

“Esto, lo sé, es lo que oiré yo en primer lugar, miserable e infeliz, que no he cumplido ni siquiera uno de los mandamientos de mi Dios. Y después de mí, todos aquellos que son insubordinados y desobedientes a los mandamientos de Dios y que dicen con necio cálculo: “con tal de no haber fornicado; porque, en cuanto a jurar, no es nada. Con tal de no haber cometido adulterio, porque, en cuanto a robar una ofrenda o un pedazo de pan ¿qué pecado es?” E incluso más “sería feliz si no fuese tocado por el vicio torpe y sacrílego de la sodomía; pero insultar, envidiar, divertirme y reír, ¿qué clase de pecados son?” Y después están aquellos que, por el hecho de ser puros de las acciones carnales

del pecado, se consideran como ángeles de Dios y piensan estúpidamente de sí grandes cosas, mientras no tienen consideración alguna de las virtudes y de las pasiones del alma; más, desprecian todos los otros mandamientos del Señor y no se esfuerzan en absoluto de cumplirlos, rechazando cualquier obra fatigosa, cualquier sufrimiento pedido por un mandamiento de Dios, y pasan su vida entera en la negligencia.

¿En qué ayuda, en efecto, hermanos, estarse alejado de la fornicación y de cualquier otra impureza del cuerpo, para reclamar después para sí la gloria y aspirar a las riquezas? Una cosa mancha el cuerpo, la otra mancha el alma. No sólo: la gloria que viene de los hombres y el deseo que tenemos nos hacen incrédulos, según la expresión del Señor:

¿cómo podéis creer, vosotros que recibís gloria de los hombres y no buscáis la gloria que viene de Dios sólo?

¿De qué sirve permanecer puros de sodomía y después consumirse de envidia, odio y celos contra el prójimo? El odio al hermano, en efecto, convierte en asesino a quien lo tiene en sí: el que odia a su hermano es un asesino (1Jn 3,15).

¿Y qué cosa es no embriagarse de vino, si después se insulta al propio hermano? En ambos casos, en efecto, el divino Apóstol dice que se los excluye del reino de los cielos:

no os engañéis: ni fornicadores, ni sodomitas, ni borrachos, ni insultadores, ni rapaces heredarán el reino de Dios (1Co 6,9-10). ¿Cuál es, dímelo, la ventaja del ayuno si no está la mansedumbre? ¿Y

cuál es la ventaja de la mansedumbre si termina con la pérdida del alma y la transgresión incluso de un solo mandamiento de Dios? Como deshonra a Dios el que se opone y responde con golpes a quien lo golpea... también el que soporta con longanimidad a alguno que blasfema a Dios peca contra aquel que es blasfemado, en cuanto se complace del que blasfema...

¿Y por qué cuentas sobre tu obediencia, hermano, si después eres esclavo de la gula...? Es imposible que quien es esclavo del vientre se haga siervo de Dios... ¿Y por qué te apoyas en tu fatigar en las obras del cuerpo, cuando olvidas la actividad interior? ¿No sientes aquello que dice Pablo: El ejercicio del cuerpo ayuda de poco, mientras la piedad es útil para

todo (1Tim 4,8)? Y ¿qué sirve que uno cumpliese ambas cosas, si después condena los

hermanos que están con él o en el mundo? Porque se ha dicho: con el juicio con que juzguéis

seréis juzgados y con la medida con la que midáis seréis medidos (Mt 7,2)”.

Por eso, el catecismo, al explicar la tercera petición del Padre Nuestro, hágase tu voluntad, dice: “Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre” (2825).

4 – Conclusión

Queridos hermanos, salvar el alma no es un problema, es EL problema. La puerta es estrecha, pero está abierta; no despreciemos la oportunidad que se nos ofrece. La puerta está abierta, pero es estrecha; preocupémonos de cumplir realmente los mandamientos de

Dios: “en la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo” (2860).

CatIC 1803-1841 C-22

Lc 14,1.7-14 / Sir 3,19-21.31.33 / Sal 68 / Hb 12,18-19.22-24a