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7.4 Final Comments
Habían pasado recién unos meses de yo haber cumplido dieciséis años y en mi corazón ya no había más paciencia para esperar, para dejar pasar los años sin hacer nada por procurar convertir en realidad mis anhelos. Estaba seguro que ya me encontraba en capacidad de ponerme en marcha, hacia el mundo maravilloso de aquella ciudadela perdida.
Es cierto que por entonces no tenía muchos conocimientos de la historia del Paititi en relación con el imperio de los incas; pero era suficiente para mí haber escuchado repetidas veces las narraciones de Eliseo, y alguna que otra vez las conversaciones de mi padre con algún amigo suyo en torno a este interesante tema. Ya se había encendido dentro de mí la llama de la imaginación y la pasión por el logro de esa meta.
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LA IDEA SE CRISTALIZÓ
Habían pasado recién unos meses de yo haber cumplido dieciséis años y en mi corazón ya no había más paciencia para esperar, para dejar pasar los años sin hacer nada por procurar convertir en realidad mis anhelos. Estaba seguro que ya me encontraba en capacidad de ponerme en marcha, hacia el mundo maravilloso de aquella ciudadela perdida.
Es cierto que por entonces no tenía muchos conocimientos de la historia del Paititi en relación con el imperio de los incas; pero era suficiente para mí haber escuchado repetidas veces las narraciones de Eliseo, y alguna que otra vez las conversaciones de mi padre con algún amigo suyo en torno a este interesante tema. Ya se había encendido dentro de mí la llama de la imaginación y la pasión por el logro de esa meta.
Era evidente entonces que estaba a punto de salir al encuentro de lo desconocido.
Sólo había un problema, y en efecto así resultó, al comprender claramente que mis padres nunca permitirían que me aventurara a tal hazaña. Con mucho disimulo había insinuado algunas veces la posibilidad de alguna expedición, a lo que, como respuesta, obtenía siempre el calificativo de “locura” realizar semejante intrepidez. Total -decía mi madre-, qué ganaríamos con arriesgar la vida por algo que tal vez no sea cierto y sólo flota en las leyendas, como flota la nata después que se enfrió la leche; además dicen que ahí viven los machigangas y esos nativos son feroces y muy peligrosos.
Aquello no me asustaba, ni me hizo retractar en mis proyectos; al contrario, me dio más esperanzas para convertirlos. Desde ese momento ya no insistiría más sobre el asunto en presencia de mis padres, para no despertar sospechas en ellos de que mi intención se fijaba en realizar la empresa; puesto que de ser así, ellos harían lo indecible para impedirla terminante- mente.
Contaba con un elemento que sería clave para concretar mis intenciones, sin el cual no
podría hacer absolutamente nada: Eliseo, el hombre que me conduciría, exsalvaje como que era, sería una garantía contra todo. Con él a mi lado no habría temor a las fieras, los tigres, las boas, los pumas, las serpientes, los sapanq'aris y hasta el último kuki. Con él no había necesidad de brújula, ni se requería llevar comestibles, pues con la caza y pesca abundantes estaría solucionado ese aspecto vital. Eliseo era la llave, la única llave en ese momento; hombre agradecido, fiel y leal, que en muchas ocasiones había demostrado gran cariño y apego por mí. Hacía cuanto yo le pedía y con mucho agrado, era mi fan y yo era su fanático admirador. Habíamos salido en repetidas ocasiones de caza, aunque no muy lejos del hogar, regresando siempre el mismo día que salíamos. Cuando íbamos de cacería Eliseo era mi fuente de vida, me daba de beber del arroyo o de las pacas; sabía qué fruto se podía o no comer y hasta en lugares de difícil acceso me cargaba largos trechos. En conclusión, éramos una pareja de grandes camaradas.
El término con que los sirvientes o criados llamaban a los hijos de sus patrones era “niño”, aun cuando éste fuera mayor de edad; y así también me llamaba Eliseo comúnmente; sentía un afecto muy especial por mí, traducido
Era evidente entonces que estaba a punto de salir al encuentro de lo desconocido.
Sólo había un problema, y en efecto así resultó, al comprender claramente que mis padres nunca permitirían que me aventurara a tal hazaña. Con mucho disimulo había insinuado algunas veces la posibilidad de alguna expedición, a lo que, como respuesta, obtenía siempre el calificativo de “locura” realizar semejante intrepidez. Total -decía mi madre-, qué ganaríamos con arriesgar la vida por algo que tal vez no sea cierto y sólo flota en las leyendas, como flota la nata después que se enfrió la leche; además dicen que ahí viven los machigangas y esos nativos son feroces y muy peligrosos.
Aquello no me asustaba, ni me hizo retractar en mis proyectos; al contrario, me dio más esperanzas para convertirlos. Desde ese momento ya no insistiría más sobre el asunto en presencia de mis padres, para no despertar sospechas en ellos de que mi intención se fijaba en realizar la empresa; puesto que de ser así, ellos harían lo indecible para impedirla terminante- mente.
Contaba con un elemento que sería clave para concretar mis intenciones, sin el cual no
podría hacer absolutamente nada: Eliseo, el hombre que me conduciría, exsalvaje como que era, sería una garantía contra todo. Con él a mi lado no habría temor a las fieras, los tigres, las boas, los pumas, las serpientes, los sapanq'aris y hasta el último kuki. Con él no había necesidad de brújula, ni se requería llevar comestibles, pues con la caza y pesca abundantes estaría solucionado ese aspecto vital. Eliseo era la llave, la única llave en ese momento; hombre agradecido, fiel y leal, que en muchas ocasiones había demostrado gran cariño y apego por mí. Hacía cuanto yo le pedía y con mucho agrado, era mi fan y yo era su fanático admirador. Habíamos salido en repetidas ocasiones de caza, aunque no muy lejos del hogar, regresando siempre el mismo día que salíamos. Cuando íbamos de cacería Eliseo era mi fuente de vida, me daba de beber del arroyo o de las pacas; sabía qué fruto se podía o no comer y hasta en lugares de difícil acceso me cargaba largos trechos. En conclusión, éramos una pareja de grandes camaradas.
El término con que los sirvientes o criados llamaban a los hijos de sus patrones era “niño”, aun cuando éste fuera mayor de edad; y así también me llamaba Eliseo comúnmente; sentía un afecto muy especial por mí, traducido
en la ternura de su trato y la fidelidad a prueba de todo. Una tarde caminando por los bosques en busca de algún animal para cazar, nos detuvimos al borde de un arroyo para comer las mejores guayabas rojas y blancas, luego nos pusimos a descansar; en tanto y mientras nos remojábamos los pies en la corriente fresca del arroyo, conversábamos sobre la caza de la sachavaca. Esto había despertado en mí la idea de llevar a cabo mis intenciones, y conociendo yo el temor de Eliseo por ir en busca de la “ciudad perdida”, debido a sus creencias y supersticiones, estaba seguro de que jamás accedería a tamaña aventura, y entonces aproveché la ocasión para plantearle y proponerle una cacería de sachavaca por los montes de “más adentro”, con el propósito personal de acercarme al Paititi. Eliseo dijo entonces:
-Las sachavacas abundan por el Pitama o m á s a d e n t r o , p e r o p a r a i r a sachavaquear, es necesario pasar unos dos o tres días internados en el monte, si no es más.
Yo le respondí que ese no era un inconveniente, que estaba decidido a hacerlo y respondió Eliseo:
-Pero los papás no quieren que tú vayas muy lejos y a mí me harían responsable si es que te pasa algo. Además, qué van a querer que vayamos monte adentro. -No Insistí -Ellos no sabrán que vamos a cazar sachavaca. No les diremos nada. Mira, yo saldré de mi casa diciendo que viajo al Cusco donde mi hermana y en cambio por la noche partimos hasta San Jorge (una hacienda distante unos diez kilómetros de Patria), y de ahí al día siguiente nos vamos al Pitama en busca de sachavacas.
-¿Y si se llegan a enterar? -Contestó Eliseo A mí me culparán, ¿no?
- No -Seguí insistiendo -No se van a enterar, porque si saben que viajo al Cusco, no van a tener necesidad de averiguar siquiera dónde estoy, confiados en que yo estaré con mi hermana mayor. Además será una bonita cacería y cuando regresemos cargando una sachavaca no dirán ya nada. Tú conoces al papá, es muy tranquilo y cuando las cosas salen bien no hace comentarios siquiera. Y mamá tendrá que resignarse; renegará un rato, pero luego se habrá calmado.
- ¿Y la cuera que me caerá? -Dijo con tono meditativo.
en la ternura de su trato y la fidelidad a prueba de todo. Una tarde caminando por los bosques en busca de algún animal para cazar, nos detuvimos al borde de un arroyo para comer las mejores guayabas rojas y blancas, luego nos pusimos a descansar; en tanto y mientras nos remojábamos los pies en la corriente fresca del arroyo, conversábamos sobre la caza de la sachavaca. Esto había despertado en mí la idea de llevar a cabo mis intenciones, y conociendo yo el temor de Eliseo por ir en busca de la “ciudad perdida”, debido a sus creencias y supersticiones, estaba seguro de que jamás accedería a tamaña aventura, y entonces aproveché la ocasión para plantearle y proponerle una cacería de sachavaca por los montes de “más adentro”, con el propósito personal de acercarme al Paititi. Eliseo dijo entonces:
-Las sachavacas abundan por el Pitama o m á s a d e n t r o , p e r o p a r a i r a sachavaquear, es necesario pasar unos dos o tres días internados en el monte, si no es más.
Yo le respondí que ese no era un inconveniente, que estaba decidido a hacerlo y respondió Eliseo:
-Pero los papás no quieren que tú vayas muy lejos y a mí me harían responsable si es que te pasa algo. Además, qué van a querer que vayamos monte adentro. -No Insistí -Ellos no sabrán que vamos a cazar sachavaca. No les diremos nada. Mira, yo saldré de mi casa diciendo que viajo al Cusco donde mi hermana y en cambio por la noche partimos hasta San Jorge (una hacienda distante unos diez kilómetros de Patria), y de ahí al día siguiente nos vamos al Pitama en busca de sachavacas.
-¿Y si se llegan a enterar? -Contestó Eliseo A mí me culparán, ¿no?
- No -Seguí insistiendo -No se van a enterar, porque si saben que viajo al Cusco, no van a tener necesidad de averiguar siquiera dónde estoy, confiados en que yo estaré con mi hermana mayor. Además será una bonita cacería y cuando regresemos cargando una sachavaca no dirán ya nada. Tú conoces al papá, es muy tranquilo y cuando las cosas salen bien no hace comentarios siquiera. Y mamá tendrá que resignarse; renegará un rato, pero luego se habrá calmado.
- ¿Y la cuera que me caerá? -Dijo con tono meditativo.
- ¿A ti solo? A los dos -Contesté para luego agregar -Pero valdrá la pena, todo en la vida tiene su precio pues, ¿no crees?
Entonces, con estas reflexiones acordamos partir el próximo lunes en la noche, día en que llegaban, como lo siguen haciendo, los camiones procedentes del Cusco, y tienen que retornar la misma noche luego de cargar las maderas que sus dueños explotan.
Al volver a casa promediando el anochecer, en la cena abordé mi intención de ir al Cusco, solicitando a mis padres me dieran el permiso y el dinero para los gastos de mi viaje. Luego de dar explicaciones que justificaban mi ausencia por unos días, aceptaron darme el dinero y el permiso respectivo.
El asunto aun tenía dificultades, debía buscar un pretexto para sacar las armas. Mi padre contaba con dos escopetas, de calibres veinte y dieciséis respectivamente. Dos carabinas, una de calibre veintidós y la Wínchester cuarenta y cuatro, una pistola de cacerina para siete balas y un revólver de tambor para seis tiros. Ya no se tomaba en cuenta un par de escopetas viejas que no servían más que de cuña o tranca de la puerta del dormitorio principal.
El día domingo dije a mi padre que quería ir con Eliseo a colocar “armadilla“ (trampa para cazar animales que se coloca en los senderos donde estos frecuentan, dejando muy listo el disparador del arma), pero que tendría que ser esa misma tarde, porque habíamos encontrado un caminillo muy frecuentado, pues exhibía las innumerables huellas frescas de un picuro. Luego de darme muchas recomen- daciones accedió a que llevara la carabina veintidós y una de las escopetas. A decir verdad, un año atrás mi padre me había obsequiado la escopeta veinte, mi preferida.
De inmediato me dediqué a recargar cartuchos para la escopeta, tarea ésta que la conocía perfectamente, logrando alistar veinticinco de ellos, naturalmente sin el conocimiento de mi padre, pues para poner armadilla se requería solamente uno. Yo tenía en mi maleta dos cajas, cada una conteniendo cincuenta balas veintidós, una de ellas de dundún; estas dundunadas eran para animales y las otras para cazar aves; las introduje en el costalillo que nos serviría de mochila; coloqué una manta vieja y una buena porción de sal. Todo lo cual escondí en secreto.
- ¿A ti solo? A los dos -Contesté para luego agregar -Pero valdrá la pena, todo en la vida tiene su precio pues, ¿no crees?
Entonces, con estas reflexiones acordamos partir el próximo lunes en la noche, día en que llegaban, como lo siguen haciendo, los camiones procedentes del Cusco, y tienen que retornar la misma noche luego de cargar las maderas que sus dueños explotan.
Al volver a casa promediando el anochecer, en la cena abordé mi intención de ir al Cusco, solicitando a mis padres me dieran el permiso y el dinero para los gastos de mi viaje. Luego de dar explicaciones que justificaban mi ausencia por unos días, aceptaron darme el dinero y el permiso respectivo.
El asunto aun tenía dificultades, debía buscar un pretexto para sacar las armas. Mi padre contaba con dos escopetas, de calibres veinte y dieciséis respectivamente. Dos carabinas, una de calibre veintidós y la Wínchester cuarenta y cuatro, una pistola de cacerina para siete balas y un revólver de tambor para seis tiros. Ya no se tomaba en cuenta un par de escopetas viejas que no servían más que de cuña o tranca de la puerta del dormitorio principal.
El día domingo dije a mi padre que quería ir con Eliseo a colocar “armadilla“ (trampa para cazar animales que se coloca en los senderos donde estos frecuentan, dejando muy listo el disparador del arma), pero que tendría que ser esa misma tarde, porque habíamos encontrado un caminillo muy frecuentado, pues exhibía las innumerables huellas frescas de un picuro. Luego de darme muchas recomen- daciones accedió a que llevara la carabina veintidós y una de las escopetas. A decir verdad, un año atrás mi padre me había obsequiado la escopeta veinte, mi preferida.
De inmediato me dediqué a recargar cartuchos para la escopeta, tarea ésta que la conocía perfectamente, logrando alistar veinticinco de ellos, naturalmente sin el conocimiento de mi padre, pues para poner armadilla se requería solamente uno. Yo tenía en mi maleta dos cajas, cada una conteniendo cincuenta balas veintidós, una de ellas de dundún; estas dundunadas eran para animales y las otras para cazar aves; las introduje en el costalillo que nos serviría de mochila; coloqué una manta vieja y una buena porción de sal. Todo lo cual escondí en secreto.
Esa misma tarde salí con Eliseo que ya estaba instruido por mí y nos dirigimos al bosque, y cuando ya los primeros matorrales nos habían ocultado al otro lado de la pampa, desviamos el rumbo y salimos nuevamente, pero algo más distante de la casa, donde vivía en su pequeña cabaña un contratista de mi padre.
El hombre no estaba y sólo encontramos a su esposa y sus dos hijos pequeños en la casa. La mujer luego de saludarme atentamente invitó a que pasáramos y nos convidó con café caliente, el que bebimos acompañado de humeantes yucas sancochadas que luego asentamos fumando cigarrillos. Luego de un par de horas que habíamos estado charlando de innumerables temas, como haciendo tiempo para volver a la hacienda, supliqué a la mujer que dejaría en su casa las armas y que al día siguiente en la noche pasaría a recogerlas. Aunque la mujer abrigaba gran curiosidad por saber a qué se debía el hecho de que dejáramos las armas, no hizo peguntas y aceptó la súplica como una orden mía. Para calmar un poco sus inquietudes de curiosidad, me limité a decirle que al día siguiente iríamos de caza en la noche y como posiblemente llovería esa tarde, entonces mojaríamos inútilmente las armas llevándolas a casa. Total daba lo mismo llevarlas o dejarlas. Así fue y regresamos a casa
sin escopeta ni carabina. Menos mal mi padre no preguntó por este detalle, tal vez debido a que yo eludía toda oportunidad para que lo hiciera.
Al día siguiente mi madre muy temprano aún escribió unas cartas y alistó algunas cosas, empacando mis utensilios de aseo y algunas ropas para el viaje que realizaría al Cusco.
En la tarde, aproximadamente cerca de las cuatro, mi padre me entregó el dinero que me había prometido y tras los saludos de despedida, abrazos y las consabidas recomendaciones de mamá, salí en compañía de Eliseo por el camino que conducía al “Final”, poblado al término de la carretera troncal. Así le llamábamos al paradero de los camiones que entraban a Kcosñipata, el mismo que quedaba a kilómetro y medio del caserío de la hacienda, justamente en sentido opuesto a donde debíamos ir.
Una vez llegado al Final, donde una hermana mía tenía su casa en la que vivía con su familia, esperamos la noche y consecuentemente la llegada de los vehículos, que a partir de las seis de la tarde aproximadamente hacían su aparición uno tras otro.
Escribí una papeleta a mi madre indicándole que viajaba al Cusco en compañía de
Esa misma tarde salí con Eliseo que ya estaba instruido por mí y nos dirigimos al bosque, y cuando ya los primeros matorrales nos habían ocultado al otro lado de la pampa, desviamos el rumbo y salimos nuevamente, pero algo más distante de la casa, donde vivía en su pequeña cabaña un contratista de mi padre.
El hombre no estaba y sólo encontramos a su esposa y sus dos hijos pequeños en la casa. La mujer luego de saludarme atentamente invitó a que pasáramos y nos convidó con café caliente, el que bebimos acompañado de humeantes yucas sancochadas que luego asentamos fumando cigarrillos. Luego de un par de horas que habíamos estado charlando de innumerables temas, como haciendo tiempo para volver a la hacienda, supliqué a la mujer que dejaría en su casa las armas y que al día siguiente en la noche pasaría a recogerlas. Aunque la mujer abrigaba gran curiosidad por saber a qué se debía el hecho de que dejáramos las armas, no hizo peguntas y