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En la selva nunca hubo estrellas ni redentores, cada quien nace como Dios los mandó al mundo, iguales en costumbres, sin médicos ni cunas blancas.
En la hacienda de mis padres, Patria, a doscientos kilómetros de la ciudad del Cusco, vi la primera luz de mi vida en el borde del fracaso de mi madre, que al nacer yo, sufrió tanto, que el clásico esqueleto portando su guadaña al hombro ya la tenía en los brazos, para emprender juntos los tres el viaje al más allá. Los asistentes a mi nacimiento ya no abrigaban esperanzas de que nos salváramos, al extremo de que ya nos lloraban al ver que mi progenitora entraba al estado de coma.
Mi padre, un hombre oriental, viejo, más que en años en experiencia, entre las mil cosas
1
PARTO MILAGROSO
En la selva nunca hubo estrellas ni redentores, cada quien nace como Dios los mandó al mundo, iguales en costumbres, sin médicos ni cunas blancas.
En la hacienda de mis padres, Patria, a doscientos kilómetros de la ciudad del Cusco, vi la primera luz de mi vida en el borde del fracaso de mi madre, que al nacer yo, sufrió tanto, que el clásico esqueleto portando su guadaña al hombro ya la tenía en los brazos, para emprender juntos los tres el viaje al más allá. Los asistentes a mi nacimiento ya no abrigaban esperanzas de que nos salváramos, al extremo de que ya nos lloraban al ver que mi progenitora entraba al estado de coma.
Mi padre, un hombre oriental, viejo, más que en años en experiencia, entre las mil cosas
que sabía, poseía también conocimientos de medicina, que ayudó definitivamente a nuestra salvación; hecho que hasta el más modesto ayudante de la comitiva del parto atribuyó a un verdadero milagro.
Todo se normalizó a los pocos días de aquel acontecimiento y crecí tan contactado con la naturaleza, que todos los fenómenos de la región me eran sumamente familiares, a tal extremo que la primera vez que mis padres me condujeron a la ciudad del Cusco, a dar un corto paseo, me parecía otro mundo. No tenía aún tres años y la experiencia fue como el anuncio de mi futuro citadino.
Siendo el sexto hijo de los siete que actualmente existimos, crecí mirando en los campos mis sueños, alimentando desde niño ya quizás mi espíritu de aventura y conquista. Sometido a la pasiva pero ordenada disciplina de mi padre, desarrollé múltiples inquietudes en la libertad que la naturaleza me ofrecía.
2
LA VIRUELA
Pocos años antes de nacer yo, la región se vio azotada por el terrible mal de viruela, enfermedad que dejó sembrada la muerte y la desesperación en la población de la selva, especialmente entre los nativos, pues no habían llegado a tener la suerte de ser vacunados, debido a su alejamiento de la civilización.
E x i s t í a n h a s t a d e s p u é s d e m i advenimiento, tribus salvajes instaladas muy cerca de las haciendas; pero a pesar de no practicar el canibalismo, se resistían a ser sometidas a la civilización, razón por la que en ellos hizo presa fácil la terrible fiebre.
Especialmente la tribu Wachipayre que habitaba en las cercanías a nuestros poblados, fue la más afectada por el terrible mal, que según cuentan los testigos en su desesperación por la
que sabía, poseía también conocimientos de medicina, que ayudó definitivamente a nuestra salvación; hecho que hasta el más modesto ayudante de la comitiva del parto atribuyó a un verdadero milagro.
Todo se normalizó a los pocos días de aquel acontecimiento y crecí tan contactado con la naturaleza, que todos los fenómenos de la región me eran sumamente familiares, a tal extremo que la primera vez que mis padres me condujeron a la ciudad del Cusco, a dar un corto paseo, me parecía otro mundo. No tenía aún tres años y la experiencia fue como el anuncio de mi futuro citadino.
Siendo el sexto hijo de los siete que actualmente existimos, crecí mirando en los campos mis sueños, alimentando desde niño ya quizás mi espíritu de aventura y conquista. Sometido a la pasiva pero ordenada disciplina de mi padre, desarrollé múltiples inquietudes en la libertad que la naturaleza me ofrecía.
2
LA VIRUELA
Pocos años antes de nacer yo, la región se vio azotada por el terrible mal de viruela, enfermedad que dejó sembrada la muerte y la desesperación en la población de la selva, especialmente entre los nativos, pues no habían llegado a tener la suerte de ser vacunados, debido a su alejamiento de la civilización.
E x i s t í a n h a s t a d e s p u é s d e m i advenimiento, tribus salvajes instaladas muy cerca de las haciendas; pero a pesar de no practicar el canibalismo, se resistían a ser sometidas a la civilización, razón por la que en ellos hizo presa fácil la terrible fiebre.
Especialmente la tribu Wachipayre que habitaba en las cercanías a nuestros poblados, fue la más afectada por el terrible mal, que según cuentan los testigos en su desesperación por la
elevada temperatura que les producía el mal en el cuerpo, se arrojaban en los ríos y no hallando remedio perecían fácilmente.
Algunos salían buscando la civilización en procura de auxilio para calmar sus aflicciones y efectos, pero casi todos al borde de la muerte, lo que no permitía a nadie cumplir con el deseo de salvarles la vida.
Muy pocos fueron rescatados de las invisibles garras de este mal, poquísimos, mayormente niños, que al verse huérfanos quedaban involucrados automáticamente, a la familia donde habían recibido la atención de socorro correspondiente.
De esta manera, mis padres acudieron a socorrer a varios wachipayres, salvando entre otros a dos niños de aproximadamente once y siete años de edad, quienes quedaron al amparo de mi hogar.
Fueron bautizados con los nombres de Manuel y Eliseo y vistieron ropas muy pronto; aprendiendo a la par el idioma español, que no tardaron en hablarlo suficientemente como para manifestar sus ideas y pensamientos.
Manuel y Eliseo crecieron paralela-
mente con mis hermanos mayores y cuando yo era pequeño, tuvieron especial cuidado en mi crianza, ayudando además en los menesteres domésticos de la hacienda.
Se ha dicho que “la cabra tira al monte” y eso fue lo que ratificó Manuel al cabo de pocos años, retornando a su espesa selva para reencontrarse con su vida nómada, a la que posiblemente no podía olvidar y prefirió su libertad absoluta, despojándose nuevamente de sus vestiduras y volviendo a alimentarse de frutos silvestres, aves y animales salvajes. Nadie supo más de él, desde aquella mañana en que dejó vacía su cama sin despedida ni explicación alguna.
Eliseo conservó las nuevas costumbres y el afecto que le prodigáramos ancló profunda- mente en su ser, que se quedó por muchos años en servicio de los trabajos domésticos de la casa. Hasta que mucho después se independizó forjando su propio destino. Hoy radica a no más de quince o veinte kilómetros de la hacienda de donde salió agradecido, dedicado a las labores agrícolas, criando algunos cuyes, patos, cerdos y gallinas, y cultivando los productos más conocidos de la región. Construyó su propia vivienda con techo de paja y paredes de chonta
elevada temperatura que les producía el mal en el cuerpo, se arrojaban en los ríos y no hallando remedio perecían fácilmente.
Algunos salían buscando la civilización en procura de auxilio para calmar sus aflicciones y efectos, pero casi todos al borde de la muerte, lo que no permitía a nadie cumplir con el deseo de salvarles la vida.
Muy pocos fueron rescatados de las invisibles garras de este mal, poquísimos, mayormente niños, que al verse huérfanos quedaban involucrados automáticamente, a la familia donde habían recibido la atención de socorro correspondiente.
De esta manera, mis padres acudieron a socorrer a varios wachipayres, salvando entre otros a dos niños de aproximadamente once y siete años de edad, quienes quedaron al amparo de mi hogar.
Fueron bautizados con los nombres de Manuel y Eliseo y vistieron ropas muy pronto; aprendiendo a la par el idioma español, que no tardaron en hablarlo suficientemente como para manifestar sus ideas y pensamientos.
Manuel y Eliseo crecieron paralela-
mente con mis hermanos mayores y cuando yo era pequeño, tuvieron especial cuidado en mi crianza, ayudando además en los menesteres domésticos de la hacienda.
Se ha dicho que “la cabra tira al monte” y eso fue lo que ratificó Manuel al cabo de pocos años, retornando a su espesa selva para reencontrarse con su vida nómada, a la que posiblemente no podía olvidar y prefirió su libertad absoluta, despojándose nuevamente de sus vestiduras y volviendo a alimentarse de frutos silvestres, aves y animales salvajes. Nadie supo más de él, desde aquella mañana en que dejó vacía su cama sin despedida ni explicación alguna.
Eliseo conservó las nuevas costumbres y el afecto que le prodigáramos ancló profunda- mente en su ser, que se quedó por muchos años en servicio de los trabajos domésticos de la casa. Hasta que mucho después se independizó forjando su propio destino. Hoy radica a no más de quince o veinte kilómetros de la hacienda de donde salió agradecido, dedicado a las labores agrícolas, criando algunos cuyes, patos, cerdos y gallinas, y cultivando los productos más conocidos de la región. Construyó su propia vivienda con techo de paja y paredes de chonta
batida, y allí mora encapsulado en la soledad y el recogimiento que él escogió, sin causar daños ni molestias a nadie, vendiendo esporádicamente en el poblado sus productos, y vistiendo como cualquier cristiano de esta pequeña parte del mundo, formando un hogar con la compañía de una mujer que ya le dio un par de hijos.
3
WAYRI
Muchas veces, cuando yo era todavía muy pequeño, pero entrado ya en razón, jugábamos en los pastizales del ganado; otras veces nos entregábamos a la tertulia, que especialmente me llegara a gustar por sus pláticas y amenos relatos. Eliseo frecuentemente me relataba las costumbres, fiestas y creencias de su tribu y de su padre, que era el wayri, conocido también con el término de curaca, que es quien gobierna los designios de una tribu.
Alguna vez, Eliseo y yo, después de que jugáramos prolongadamente, nos poniámos a descansar tendidos en la hierba. Entonces me dijo:
-A mi padre, muchas veces le oí conversar con sus familiares y los ancianos de la tribu: ellos decían que por
batida, y allí mora encapsulado en la soledad y el recogimiento que él escogió, sin causar daños ni molestias a nadie, vendiendo esporádicamente en el poblado sus productos, y vistiendo como cualquier cristiano de esta pequeña parte del mundo, formando un hogar con la compañía de una mujer que ya le dio un par de hijos.
3
WAYRI
Muchas veces, cuando yo era todavía muy pequeño, pero entrado ya en razón, jugábamos en los pastizales del ganado; otras veces nos entregábamos a la tertulia, que especialmente me llegara a gustar por sus pláticas y amenos relatos. Eliseo frecuentemente me relataba las costumbres, fiestas y creencias de su tribu y de su padre, que era el wayri, conocido también con el término de curaca, que es quien gobierna los designios de una tribu.
Alguna vez, Eliseo y yo, después de que jugáramos prolongadamente, nos poniámos a descansar tendidos en la hierba. Entonces me dijo:
-A mi padre, muchas veces le oí conversar con sus familiares y los ancianos de la tribu: ellos decían que por
los montes de más abajo existe un pueblo, donde están los machigangas, que son gente muy brava y no permiten que nadie entre en su aldea. Decía que cuidan una ciudad dentro del monte, que tiene una escalera muy grande y que al fondo se encuentran las casas, todo hecho de piedra. Pero el que entra en ese sitio no sale nunca más, porque está embrujado; y después de mirarme, como queriendo escrutar en mis ojos el efecto de sus palabras, concluyó: Allá no se puede entrar, pero dicen que hay muchas cosas muy bonitas.
Yo escuchaba embelezado, haciendo divagar mis pensamientos en alas de la propia imaginación, y al fin se convertían en una interrogante: ¿cómo será todo eso? A partir de ese momento el relato se repetiría frecuente- mente. Escuchaba aquellos cuentos con mucho entusiasmo, como los otros niños encuentran el sueño al escuchar a sus abuelas los clásicos cuentos de hadas. Ponía total atención que otro niño de mi edad tal vez no le daría importancia, por lo extraño y confuso; pero yo los oía, y eso era suficiente para que me gustaran. Siempre que las circunstancias favorecían, le exigía que me
siguiera relatando aquellas maravillas que contaba de su padre, el wayri.
En cierta ocasión y gracias a una circunstancia casual, había llegado en una oportunidad hasta aquella zona, cuando iba en busca de una “sachavaca” (tapir), herida por una flecha que le clavara no tan certeramente. Esta pequeña historia cuenta que su padre, joven aún, se acercó por las escaleras aquellas y descendió por ellas, llegando a una gran aldea abandonada cubierta de maleza y abrazada por la selva, pudiendo observar hermosos objetos de los cuales no quiso tocar nada, por temor a caer bajo el hechizo y morir por el efecto de su embrujo. Y que cuando salía por las escaleras por donde había descendido, fue perseguido por los machigangas que no pudieron darle caza debido a su gran agilidad. Finalmente escapó, saliendo ileso de aquel incidente, para llegar a su tribu y contar el suceso a su gente, advirtiéndoles que no fueran por aquella zona, recomendándoles que respetaran y consideraran como sabia esa advertencia.
los montes de más abajo existe un pueblo, donde están los machigangas, que son gente muy brava y no permiten que nadie entre en su aldea. Decía que cuidan una ciudad dentro del monte, que tiene una escalera muy grande y que al fondo se encuentran las casas, todo hecho de piedra. Pero el que entra en ese sitio no sale nunca más, porque está embrujado; y después de mirarme, como queriendo escrutar en mis ojos el efecto de sus palabras, concluyó: Allá no se puede entrar, pero dicen que hay muchas cosas muy bonitas.
Yo escuchaba embelezado, haciendo divagar mis pensamientos en alas de la propia imaginación, y al fin se convertían en una interrogante: ¿cómo será todo eso? A partir de ese momento el relato se repetiría frecuente- mente. Escuchaba aquellos cuentos con mucho entusiasmo, como los otros niños encuentran el sueño al escuchar a sus abuelas los clásicos cuentos de hadas. Ponía total atención que otro niño de mi edad tal vez no le daría importancia, por lo extraño y confuso; pero yo los oía, y eso era suficiente para que me gustaran. Siempre que las circunstancias favorecían, le exigía que me
siguiera relatando aquellas maravillas que contaba de su padre, el wayri.
En cierta ocasión y gracias a una circunstancia casual, había llegado en una oportunidad hasta aquella zona, cuando iba en busca de una “sachavaca” (tapir), herida por una flecha que le clavara no tan certeramente. Esta pequeña historia cuenta que su padre, joven aún, se acercó por las escaleras aquellas y descendió por ellas, llegando a una gran aldea abandonada cubierta de maleza y abrazada por la selva, pudiendo observar hermosos objetos de los cuales no quiso tocar nada, por temor a caer bajo el hechizo y morir por el efecto de su embrujo. Y que cuando salía por las escaleras por donde había descendido, fue perseguido por los machigangas que no pudieron darle caza debido a su gran agilidad. Finalmente escapó, saliendo ileso de aquel incidente, para llegar a su tribu y contar el suceso a su gente, advirtiéndoles que no fueran por aquella zona, recomendándoles que respetaran y consideraran como sabia esa advertencia.