3. Program Operations at the Rally Posts
3.3 Operations and Quality of Services at the Rally Posts
3.3.3 Education Sessions
Acabamos de oír cómo los discípulos solicitan a Jesús: Señor, enséñanos a orar. En realidad, al pedirle al Señor ya están rezando. El ejemplo de Jesús ha impactado tanto que, sin querer, han comenzado a rezar y han hecho una petición humildemente, con pocas palabras y con mucha confianza. La enseñanza de Cristo va a subrayar estos mismos elementos: la oración debe ser humilde, confiada y con pocas palabras.
“En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental” (2759). ¿Por qué este nombre de oración cristiana fundamental? Dice Tertuliano: “la oración dominical es, en verdad, el resumen de todo el evangelio...” (2761). Y san Agustín: “recorred todas las oraciones que hay en las Escrituras y no creo que podáis encontrar algo que no esté incluido en la oración dominical” (2762).
1 – Oración del Señor (dominical)
Esta oración alcanza todavía un valor mayor si consideramos de quién procede: “la expresión tradicional ‘oración dominical’ [es decir, oración del Señor] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús” (2765). Es una oración verdaderamente única, ya que, por una parte el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado, se trata de una verdadera revelación: nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a
quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11,27). Por esto, Jesús es Maestro de nuestra oración.
Pero además, Jesús es hombre y en su condición de Verbo Encarnado, conoce las necesidades de los hombres y precisamente a través de estas palabras nos las revela. De esta manera Jesús es también Modelo de nuestra oración (cf. 2765). Por ello dice santo Tomás: “la oración dominical es la más perfecta de las oraciones... En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también forma toda nuestra afectividad” (2763). Por eso dice el catecismo: “Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él” (2764). Por ello no es casual que en el centro mismo del Sermón de la Montaña que trae san Mateo, esté colocado el Padre Nuestro. Es en este contexto donde “se aclara cada una de las peticiones de la oración que nos dio el Señor” (2763).
Todavía más. Jesús es Maestro y Modelo de nuestra oración. Pero todo esto no deja, en cierto sentido, de ser algo externo a nosotros. La acción del Señor va más allá: “Jesús no
sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros espíritu y vida. Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abbá, Padre!” (2766). De esta manera, oramos “por Cristo, con Él y en Él” y por ello
es también Pontífice, es decir, Mediador de nuestra oración.
De este modo el Espíritu del Señor, al igual que a través de la doctrina, también por la oración “da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida”. Por lo cual, al decir las palabras de la oración dominical, damos cabida a una dimensión insospechada, ya que en última instancia, sólo el Padre es quien conoce cuál es la
aspiración del Espíritu. De allí que el catecismo concluye: “la oración al Padre se inserta en la
misión misteriosa del Hijo y del Espíritu” (2766).
2 – Oración de la Iglesia: Padre NUESTRO
Al insertarse de este modo y por eso mismo, se entra en una nueva dimensión: la dimensión comunitaria, expresamente señalada al enseñarnos a decir Padre Nuestro: “el Señor nos enseña a orar en común por todos nuestros hermanos. Porque él no dice ‘Padre mío’ que estás en el cielo, sino Padre nuestro, a fin de que nuestra oración sea de una sola alma para todo el Cuerpo de la Iglesia” (San Juan Crisóstomo, en 2768). Es decir, nos insertamos en la Iglesia, cuya cabeza es Cristo y cuya alma es el Espíritu Santo. De allí que, naturalmente, esta oración enseñada por Jesús ha formado parte siempre, de manera inseparable, de la vida de la Iglesia y está arraigada esencialmente en la oración litúrgica. Por eso, dice el catecismo: “este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes, ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor tres veces al día...” (1767), costumbre que la Iglesia mantiene hasta el día de hoy. “La oración dominical es la oración por excelencia de la Iglesia. Forma parte integrante de las principales Horas del Oficio Divino y de la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía” (2776; cf. 1769-2772):
a) En el Bautismo y la Confirmación, se realiza la entrega de la Oración del Señor que significa el nuevo nacimiento a la vida divina, su condición de hijos de Dios.
b) Pero es en la Eucaristía donde revela su sentido pleno y su eficacia. Allí alcanza una riqueza incomparable. Por su ubicación entre la Anáfora (Oración Eucarística) y la liturgia de la Comunión, realiza una doble acción: 1) recapitula todas las peticiones e intercesiones expresadas en el movimiento de la epíclesis; 2) llama a la puerta del Festín del Reino que la comunión sacramental va a anticipar. En realidad, por esta segunda acción, retoma las peticiones presentadas expresando su valor más profundo. Por eso dice el catecismo que “en la Eucaristía, la Oración del Señor manifiesta también el carácter escatológico de sus peticiones. Es la oración propia de los últimos tiempos, tiempos de salvación que han comenzado con la efusión del Espíritu Santo y que terminarán con la Vuelta del Señor... La Eucaristía y el Padre Nuestro están orientados hacia la venida del Señor”. Es decir que la dimensión comunitaria, si bien iniciada aquí en la tierra, apunta fundamentalmente a su
realización final, escatológica.
3 – Oración de Hijos: PADRE Nuestro
Un último elemento que importa subrayar de la enseñanza del evangelio de hoy es la confianza osada que el Señor mostró que debe tener la oración. De hecho, Jesús insiste en que insistamos: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá... Incluso el ejemplo del amigo importuno de la parábola, al igual que el de Abraham, nos invitan a esta actitud insistente. Y para que no tengamos temor de ser “pesados” pidiendo a Dios lo que corresponde, nos recuerda la Bondad infinita del Padre celestial: Si vosotros que sois malos...
¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!.
Todo esto está presente en la misma oración enseñada por Jesús, ya que comenzamos llamándolo Padre. Esta forma de dirigirse a Dios es totalmente inaudita y novedosa. Así lo subraya san Pedro Crisólogo: “la conciencia que tenemos de nuestra condición de esclavos nos haría meternos bajo tierra, nuestra condición terrena se desharía en polvo, si la autoridad de nuestro mismo Padre y el Espíritu de su Hijo, no nos empujasen a proferir este grito: Abbá, Padre... ¿Cuándo la debilidad de un mortal se atrevería a llamar a Dios Padre suyo, sino solamente cuando lo íntimo del hombre esté animado por el Poder de lo alto?” (2777).
Así comenta el catecismo esta maravilla que es posible por Jesús, en quien somos hijos (cf. 2ª lect.) y que nos dona sus palabras juntamente con su Espíritu: “Este poder del Espíritu que nos introduce en la Oración del Señor se expresa en las liturgias de Oriente y de Occidente con la bella palabra, típicamente cristiana: parrhesía, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado” (2778).
4 – Conclusión
Como vemos, queridos hermanos, la oración del Señor contiene una enorme riqueza. Sería muy bueno que cada uno, de manera privada, tomase entre sus manos el Catecismo de la Iglesia Católica y leyese todo lo que allí se contiene sobre ella. No en vano, las palabras del Señor son tajantes: cuando oréis, decid. “Es el corazón de las sagradas escrituras” dice el catecismo.
Una manera muy sencilla de rezarlo y saborearlo lo enseña san Ignacio de Loyola. Recomienda él decir una palabra, por ejemplo “Padre”, y luego por espacio de tres o cuatro respiraciones quedarse pensando en ella; luego continuar de la misma manera con la palabra o frase siguiente; y así sucesivamente.
CatIC 2558-2565 C-18
Lc 12,13-21 / Qo 1,2; 2,21-23 / Sal 90 / Col 3,1-5.9-11