• No results found

Bodies and structures enabling effective evaluation

2. EVOLUTION OF MONITORING AND EVALUATION

3.4 The management and implementation of evaluation activities

3.4.1 Bodies and structures enabling effective evaluation

No es sencillo definir qué es una emoción, o qué es el sentimiento; ni lo es poder distinguir entre la emoción y el sentimiento. No obstante, entendemos que una emoción es un estado concreto que se da en nosotros en un momento determinado cuando un agente externo nos “conmueve”, es decir, altera de modo puntual nuestro equilibrio psíquico y provoca reacciones intensas en nuestro organismo. Esas reacciones pueden ser positivas y agradables, si el acontecimiento o situación que provoca la emoción lo es, o por el contrario negativas o desagradables si así lo es la causa.

La emoción no sólo depende del agente externo, sino de la situación psíquica, mental, personalidad, entorno íntimo y experiencias anteriores de quien recibe el agente causal.

Por su parte, el sentimiento es un estado afectivo, caracterizado por su complejidad, ya que se produce por la combinación de elementos emotivos y/o imaginarios, que tiene cierto grado de estabilidad (esta es una de las distinciones con respecto de la emoción), y que puede persistir aun cuando haya desaparecido el estímulo causante. En los sentimientos hay un grado de consciencia que no encontramos en las emociones, y están estrechamente ligados a las tendencias profundas del individuo, Lewinsohn (2000).

Entre los sentimientos, encontramos el miedo, sentimiento de inquietud que experimentamos cuando estamos en presencia de un peligro o cuando nuestra imaginación nos lo presenta. Se trata de una reacción normal ante un peligro real. También debemos mencionar la angustia, confundible con el miedo y que se diferencia de éste en que es la reacción de inquietud ante un miedo sin objeto, es decir, inquietud ante un peligro indefinido. Atendamos ahora a sentimientos de tipo positivo. Entre ellos tenemos la autoestima.

La emotividad es la tendencia a sentirse perturbado, es decir, activado fisiológicamente, ante situaciones de estrés propias de la vida cotidiana, con dificultades para la relajación posterior. La angustia caracteriza esta tendencia, y se convierte en un factor típico de niños conceptuados como “difíciles” por la facilidad con que se angustian o enfadan y la dificultad para reconducirlos a la calma. “En resumen, podríamos decir que la emotividad se relacionaría con la reactividad de las personas a los estímulos ambientales negativos”, (Silva, 1995:407). Hoy en día no tenemos duda de que la percepción y las capacidades cognitivas están influidas por los estados emocionales.

Es importante que el individuo tenga un autoconcepto de sí mismo que medido por los valores sociales de su entorno desenvoque en una autoimagen positiva y por tanto en una autoestima positiva.

“El término autoestima expresa el concepto que uno tiene de sí mismo, según unas cualidades que son susceptibles de valoración y subjetivación”, (García,T et al. 1999:5). Los parámetros de lo positivo y lo negativo provienen de la experiencia personal del individuo, y a partir de ellos el individuo puede sentir un determinado grado de satisfacción consigo mismo. Si este grado de satisfacción se justifica mediante un proceso reflexivo llegaremos al autoconcepto: “la totalidad de los pensamientos y sentimientos de un individuo que hacen referencia a sí mismo como un objeto”,

El concepto y la evaluación que un individuo realice sobre sí mismo tiene un carácter multidimensional (concepción defendida por Shavelson, Hubner, Stanton, Musitu, García, Gutiérrez y Stevens, entre otros), puesto que afecta a su percepción de la totalidad que le constituye, aunque hay autores que defienden una unidimensionalidad globalizadora.

El autoconcepto puede verse modificado por el proceso de maduración del individuo, ya que varían sus marcos de referencia, su experiencia e incluso la flexibilidad o rigidez hacia sí mismo. Madurar significa tanto ir cambiando y ampliando la capacidad de adaptación del individuo con un mayor dominio de su capacidad de percepción y sus pautas conductuales, como aumentar la capacidad de autoenjuiciamiento. El proceso de maduración ofrece una mayor capacidad de perspectiva y de relativización.

La capacidad del individuo para aceptarse, o su incapacidad para ello son causa de estabilidad emocional o de una inestabilidad que puede derivar en patologías del comportamiento. La adolescencia y la juventud son momentos vitales críticos, pues aumenta la capacidad de autopercepción en tanto que aún están por afirmar las pautas fundamentales de la solidez personal; es decir, no podemos controlar en un grado apreciable nuestra conducta, nuestros sentimientos, nuestra manera de aprehender el mundo y de reaccionar, en tanto que se amplía nuestra capacidad de percepción de esa carencia de control, con lo que la insatisfacción hacia nosotros mismos puede acentuarse y llegar a convertirse en un factor muy negativo para una correcta “higiene conductual”. De ahí a la depresión hay un paso.

Sin embargo, no caigamos en los extremismos. La mayor parte de adolescentes han vivido, viven y seguirán viviendo episodios de frustración, de sentimiento de rechazo, de incomodidad consigo mismos y con su entorno. Recurramos a nuestra experiencia personal. Es posible que en nuestra adolescencia hubiese momentos en que nos sintiésemos rechazados por el mundo, e incluso insatisfechos con nosotros mismos, incapaces de salvar los muros que nos cercaban... Normalmente, esas situaciones ayudan a la maduración si en el individuo no hay algún elemento que le impida la superación de esos momentos “críticos”. El problema que nos debe preocupar es encontrarnos con alumnos carentes de la necesaria autoestima para respetarse a sí mismos o para ser capaces de continuar con su maduración, o encontrarnos con alumnos incapaces de una autovaloración coherente. No olvidemos que “con la edad se observa una progresiva comprensión del autoconcepto en términos cada vez más precisos de tipo intencional, volitivo y reflexivo, así como una tendencia a sistematizar conceptualmente los diversos aspectos del autoconcepto en un sistema unificado”, (García,T.et. al . 1999:7).