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Reconociendo el estado albanés en Kosovo, Europa definitivamente perdió su corazón. De un golpe mortal, el occidente hurtó de los serbios de Kosovo su patria y les convirtió en prisioneros en su propio país. Peter Handke

En la antigüedad, Kosovo era un territorio habitado por los dar- danos que formaban parte, según las crónicas, de las tribus ilirias. Los historiadores albaneses remontan sus orígenes a los ilirios, los cuales ya habrían estado en Kosovo en la época romana, mucho antes que los eslavos, que no emigraron hasta este territorio hasta el siglo VI. La historiografía serbia no reconoce estos orígenes,

como es lógico, y siempre han asegurado que su llegada fue anterior a la de los albaneses. De acuerdo con las siempre discuti- bles tesis albanesas, estos protoalbaneses habrían conservado su identidad étnica no solo durante la época de la ocupación romana, sino también en la época de las invasiones eslavas de la alta Edad Media.

«En cualquier caso la argumentación albanesa presenta una laguna, ya que los albaneses no aparecen mencionados en las fuentes hasta el siglo XI (1078-1079), y entre la antigüedad y

estas primeras menciones transcurre un periodo de tiempo de al menos seiscientos años. Resulta más que dudoso que la gran masa de población iliria de Dardania sobreviviese sin verse afectada por la romanización y la eslavización puesto que en otras zonas de la península balcánica tampoco fue ese el caso. Lo más probable es que los antepasados de los albaneses actuales conservaran sus len- guas y costumbres únicamente en territorios aislados, especial- mente en zonas de montaña; y es evidente que las llanuras de Ko-

sovo no presentan tales características. Es significativo que los al- baneses sean mencionados por las fuentes serbias antiguas como meros pastores nómadas», escribiría el historiador alemán Peter Bartl.

De esta forma, la tesis de un poblamiento albanés ininterrum- pido en Kosovo no se sostendría con firmeza; tampoco se sosten- dría la tesis serbia de que los albaneses siguieron emigrando hasta la región hasta los siglos XVIIy XVIII. La población de Kosovo, al

menos durante la Edad Media, era predominantemente serbia. Además, a partir de 1170, en que el príncipe serbio Stefan Ne- manja establece el primer Estado serbio de la historia, Kosovo pa- saría a ser el centro económico, político, religioso y cultural del pueblo serbio. De sus ricas minas, entre las que destacaban Novo Brdo y Trepca, se extraían metales preciosos que luego eran ven- didos a todos sus vecinos. Los bellos monasterios de Decani, Gračanica, la iglesia catedralicia de Bogodorica, Ljeviska en Prizren, así como el patriarcado de Pec, atestiguan la prosperidad que rei- naba durante la Edad Media en esta zona de Serbia. En Pec tam- bién se hallaba el centro eclesiástico de Serbia, la sede del patriar- cado serbio. Y en Prizren, además del ya citado monasterio de Ljeviska, estuvo la capital del viejo reino de los serbios de la dinastía Dushan hasta la mitad del siglo XIV, cuando aconteció la

gran «catástrofe» para la historiografía serbia, es decir la llegada de los turcos a la región.

Luego llegaría la famosa batalla de Kosovo Polje, en 1389, el comienzo de la decadencia serbia y de la dominación otomana en todos los Balcanes. La batalla del Campo de los Mirlos termi- naba abruptamente con el Estado serbio y significaba el fin de las aspiraciones de todo un pueblo en busca de su identidad y es- pacio vital. La conquista de este territorio, consolidada finalmente en el año 1445, implicaba la islamización de los nuevos súbditos y la imposición de los modos de vida y hábitos sociales turcos.

Pero su significado, como ya hemos dicho anteriormente, tiene una trascendencia fundamental para el pueblo serbio: el co- mienzo de una nueva era de oscuridad y dominación. «La derrota dejó una huella indeleble en la memoria colectiva del pueblo ser- bio: lo que para nuestros historiadores es el nacimiento de Jesu- cristo», afirma Ami Boué en la obra fundamental La Turquía de

Europa; «la batalla de Kosovo es más o menos para los serbios».

Cada acontecimiento que se cuenta se acompaña de la pregunta: ¿esto ocurrió antes o después de nuestro sometimiento? Y tiene razón Thomas A. Emmeret, cuando lo afirma en su reciente libro

El Gólgota serbio: Kosovo, 1389. En el curso de los tiempos, la ba-

talla de Kosovo comenzó a ser vista como el origen de todas las desventuras que Serbia debía sufrir durante los largos años de su- misión a los turcos. Al tema de la derrota se añadió el de la espe- ranza y la resurrección. Al haber sacrificado voluntariamente Lazar, y el pueblo su vida por la fe y la patria, los serbios sabían que a causa de este martirio a manos del infiel, Dios había protegido a su pueblo y le salvaría un día de la esclavitud».

Así comenzaba este periodo de dominio y sometimiento de los Balcanes bajo la tutela de la Sublime Puerta. La islamización de Kosovo comenzaría en aquellas fechas y el proceso, una vez que la presencia serbia se extinguía día a día, se puede decir que aún no ha concluido. Si tenemos en cuenta los registros fiscales turcos, podemos deducir que en aquellos días tan solo el 4 ó 5% de la población era albanesa. Una población que, en vista del do- minio serbio, había iniciado un tenue proceso de asimilación, entre cuyas consecuencias estaba la eslavización de sus nombres y la conversión al ortodoxismo. La conquista turca del territorio traería grandes cambios, pues concluiría esta asimilación referida y comenzaría la conversión masiva de los albaneses al islamismo, algo que no ocurriría con los serbios que seguirían practicando la fe ortodoxa.

Desde aquel momento histórico definitivo, y sobre todo a raíz de la consolidación otomana en 1453 —con la toma de Constantinopla— la presencia albanesa, que en aquellos momen- tos se suponía que no era mayor del 5% de la población total de la región, fue en aumento y a partir de 1582 hay noticias de que se habían convertido en el elemento étnico dominante en muchas comunidades kosovares. La albanización por razones políticas o económicas estaba en marcha. Por ejemplo, Gjakove, que en 1485 aparecía como un territorio fronterizo de población mixta serbio- albanesa poseía, un siglo después, una población predominante- mente albanesa; al parecer, en el año 1782 ninguno de sus habi- tantes era ya capaz de entender el serbio. Algunas comarcas serbias, que a finales del siglo XVestaban pobladas por comunidades de

esa etnia, estaban abandonadas cien años más tarde y fueron ocu- padas por inmigrantes albaneses de religión musulmana, de la misma forma que también este proceso se dio en ciudades como Prístina.

Con el cambio poblacional variaron, también, la cultura y la religión. Los serbios eran cristianos de obediencia, lo cual les aca- rreaba tener que pagar numerosos tributos; ante la presión mu- sulmana, la mayoría fue emigrando hacia otras tierras y una mi- noría optó por mejorar su suerte convirtiéndose en masa al Islam. Los repobladores llegados a la región mostraron menos reparos ante el nuevo credo y se convirtieron en gran parte, gozando de todas las facilidades que daba la pertenencia al Islam a la hora de habitar aquellas tierras.

Los serbios, mientras tanto, se marchaban: emigraron masi- vamente a Vojvodina, así como realizaron constantes movimientos migratorios hacia el norte a lo largo de los siglos, lo que explica que hoy en día la mayor parte de los serbios que quedan en la re- gión vivan en el valle de Ibar. Un estudioso austríaco, que realiza una suerte de censo de los primeros años del siglo XIX, señalaba

que la población albanesa podía llegar al 55%. Los cambios de- mográficos, incluso antes del final de la dominación otomana, determinarían en un futuro la debilidad serbia por controlar y administrar la región; los serbios estaban dispuestos a todo por conservar Kosovo, menos vivir allí.

Por un lado estaba la realidad, la triste y adversa historia que se imponía a los serbios; pero también estaba el mito y la leyenda, siempre tan presentes en el proceso de formación nacional de Serbia. «Durante la larga lucha de los serbios por construir un Es- tado nacional contra el Imperio otomano, iniciada en 1804, se fue tejiendo la leyenda, según la cual, en vísperas de la batalla de Kosovo Polje, un halcón voló desde Jerusalén hasta el cuartel ge- neral del Príncipe Lazar, llevando una alondra en el pico. El halcón era San Elías y la alondra era un mensaje enviado por la Virgen María. Horas antes de enfrentarse a las tropas turcas, Lazar era invitado por el Altísimo a elegir entre la victoria y el reino de este mundo o la derrota y la gloria de los cielos», escribiría al referirse a estos mitos serbios el periodista Carlos Bradac.

Lazar, al parecer, reflexionó, y escogió la segunda alternativa, dejando como consuelo a los serbios ser testigos, con su sacrificio, de la redención de Cristo y, al tiempo y por ese sacrificio, consti- tuirse en punta de lanza para la constitución del reino cristiano terrenal. La determinación de reconquistar Kosovo, presente en toda la historia de Serbia desde la batalla del Campo de los Mirlos, se apoyaba en unir los dos reinos —el mundano y el celestial— en el esplendor de una única victoria. Sorprende cómo hasta bien llegado el siglo XIXesta mentalidad, forjada por la Iglesia ortodoxa

y los cantores de la épica serbia, sobrevive en un mundo en pro- fundo cambio y donde las revoluciones liberales son ya el discurso movilizador de los nuevos nacionalismos en todo el continente europeo. En los Balcanes, sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en Europa occidental, la religiosidad ortodoxa iba a ser

uno de los ejes en torno a los cuales giraban los nuevos naciona- lismos antiotomanos.

En la historiografía serbia sobre Kosovo, llama la atención la decisiva contribución de autores militares, que junto con el clero ortodoxo aparecen como los verdaderos forjadores de esta leyenda nacional. Así, los textos del general serbio Jovan Miskovic, publi- cados a finales del XIX en la revista militar Ratnik (Guerrero),

fueron durante más de cincuenta años la única monografía dis- ponible sobre Kosovo. Con un tono patriótico militante y escasa credibilidad histórica, la obra estaba dirigida a «inspirar a sus sol- dados en el amor a su patria y lealtad a la iglesia serbia ortodoxa y la tradición serbia», escribiría el analista Xavier Agirre al referirse a este periodo histórico donde el nuevo nacionalismo bebe de la religiosidad serbia inspiradora de los cantos épicos y sobreviviente a la ocupación otomano en los monasterios y las pequeñas iglesias. Pero sigamos con el relato de nuestra historia.

La albanización de Kosovo durante la época otomana respon- día a una razón obvia: se trataba de crear zonas islamizadas que no plantearan problemas al Imperio otomano y que fueran dóciles a las autoridades turcas. Este proceso de albanización-institucio- nalización, comenzado inicialmente por razones religiosas, conti- nuó a lo largo de toda la dominación turca —a finales del siglo

XIX, la proporción de albaneses llegaba al 58% del censo— y no

cesó incluso en el siglo XX, aunque las guerras balcánicas de 1912-

1914 determinaran que la región se integrase en la nueva Serbia, recién llegada a la escena internacional tras el colapso otomano.

La distribución territorial hecha por las grandes potencias eu- ropeas tras la Primera Guerra Mundial dejó fuera de sus fronteras naturales a uno de cada dos albaneses, de tal forma que en el futuro Estado albanés tan solo viviría una minoría de lo que era la población albanesa de los Balcanes. Fue entonces cuando se reconoció la pri- mera versión de Yugoslavia, nacida en 1918 como «Reino de los

serbios, croatas y eslovenos». Los serbios, por primera vez en mucho tiempo, gozaban del territorio «liberado» de Kosovo.

Durante los años de la primera versión yugoslava, los albaneses tenían garantizado el derecho de voto e incluso llegaron a tener algunos representantes en el parlamento. Sin embargo, una revuelta albanesa contra Belgrado, que tuvo su momento álgido en un le- vantamiento en Kacak, entre 1924 y 1925, imposibilitó un diálogo más fluido con los albaneses y la búsqueda de un acuerdo político entre las partes. El ejército yugoslavo, con ayuda de los métodos más represivos y violentos, puso orden en Kosovo e impidió la propagación del movimiento, que, dicho sea de paso, tampoco encontró el apoyo de la nueva Albania, pues el rey, Ahmed Zogu, había sido apoyado por Belgrado para reconquistar el poder y veía a este movimiento como un rival peligroso para sus intereses políticos.

Unos años más tarde, en 1937, el Círculo Cultural Serbio de Belgrado abrió un debate sobre la cuestión kosovar. Representantes del ejecutivo serbio, del Estado Mayor del Ejército y los círculos científicos y culturales serbios estudiaron el problema de la región y el sorprendente aumento demográfico de la población albanesa, que ya en aquellos días amenazaba con superar a la comunidad serbia. La única solución, tal como apuntaba el historiador Vaso Cubrilovic, era la deportación de las poblaciones albanesas o el intercambio de poblaciones, tal como habían hecho unos años antes otros Estados importantes de los Balcanes con sus respectivas minorías: Grecia y Turquía.

Como fruto de estas tesis, en 1938 los gobiernos turco y yu- goslavo firmaron un convenio que establecía el traslado de 40.000 familias «turcas» (albanesas) desde Kosovo hasta Turquía. El tras- lado de estas 40.000 familias, que serían aproximadamente 200.000 personas, se produciría de forma escalonada hasta 1944, a cambio de una compensación económica que pagarían las au-

toridades de Belgrado. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, este acuerdo sería cancelado y no se producirían las deportaciones previstas.

Recién llegada a los Balcanes la periodista y escritora británica Rebecca West, escribiría en estos años acerca de la paupérrima re- alidad de Kosovo: «Pobres colinas vacías que en tiempos de Milutin habían estado vestidas de pueblos… retiradas en lejanías que eran verdaderamente inmensas, porque un viajero podía recorrerlas du- rante muchas millas antes de encontrar un lugar en que reinara una vida apacible, con comidas completas y delicadas… había co- mido caza y carnes bien engordadas, en vajillas de oro y plata… Pero al perder los cristianos la batalla de Kosovo está vida desapa- reció… Nada… quedó… apenas nada, solo algo tan tenue como la sombra que proyectó el Sol oculto por una nube».

Tras la disolución de Yugoslavia, como consecuencia de la Se- gunda Guerra Mundial, Kosovo pasó, momentáneamente, a ma- nos italianas, terminando durante unos años con la dominación absoluta que los serbios habían tenido, y quedando una suerte de Gran Albania bajo la égida del Gobierno fascista de Roma. Miles de serbios, según fuentes solventes, serían asesinados por los cola- boracionistas albaneses al servicio de Italia. La repetida práctica de la vendetta, como se ve, no solo es practicada por los serbios.

Concluida la contienda, y sin una gran participación de los albaneses en la liberación de Yugoslavia, la nueva Albania —que también se había «liberado» a sí misma bajo el liderazgo de los comunistas que comandaba el inefable Enver Hoxá— quedaba reducida a un 50% de la base territorial en la que vivían y viven los albaneses. Kosovo, por segunda vez en su historia, era integrado en Yugoslavia… un país nuevo controlado por el férreo puño del mariscal Tito.

Enver Hoxá, máximo líder del comunismo albanés y primer dirigente de este país tras la guerra, proclamó en 1943 el derecho

de los albaneses de Kosovo a decidir a qué Estado querían pertenecer: Yugoslavia o Albania. A finales de 1943, Tito, que ya desconfiaba abiertamente de las verdaderas intenciones de Hoxá, escribiría en una carta a los comunistas albaneses en los siguientes términos: «Plantear en estos momentos la incorporación de Kosovo y Metohija a Albania no significa otra cosa que llevar el agua al molino de las fuerzas reaccionarias e incluso de las potencias ocupantes que tratan de evitar la lucha armada del pueblo poniendo de relieve una cues- tión poco actual y para ellos inocua… No hace falta subrayar que la cuestión de Kosovo y Metohija no constituirá jamás un problema entre nosotros y la Albania democrática y antiimperialista. En estos momentos hay que fomentar el amor fraterno entre el pueblo albanés y los heroicos pueblos de Yugoslavia y luchar juntos contra los ocupantes alemanes… La nueva Yugoslavia que pensamos cons- truir será un país de pueblos libres, en consecuencia no habrá en él espacio para la opresión de las minorías albanesas». Así cerraba el problema albanés y Kosovo, definitivamente, quedaba situado bajo la órbita de la nueva Yugoslavia socialista y titoísta.

Sin embargo, a partir de la caída del jefe de la policía de Tito, Alexander Rankovic, en 1966, los albaneses comenzaron a agitarse en Kosovo y a plantear abiertamente sus demandas. Se multipli- caron las protestas de los albaneses por toda la región e incluso se dio cuenta de numerosos incidentes armados entre la policía yu- goslava y supuestos guerrilleros albaneses, que, según Belgrado fueron apoyados por el régimen «enemigo» de Tirana. Tito pondría fin a la «primavera de 1967», que no duraría más allá de la estación de 1968. El ejército federal yugoslavo fue enviado a Kosovo y los rebeldes quedaron fuera de juego. La primera gran insurrección del nacionalismo albanés en toda la dictadura comunista sería anulada a merced de una represión despiadada y sin contempla- ciones. Sería la última, pues hasta la muerte de Tito no volvería a haber más protestas.

No obstante, antes de seguir el relato de esta historia, conviene que atendamos a los censos de Kosovo de la época, ya que nos servirán para explicar los grandes cambios y transformaciones que se estaban dando en esta región. Los cambios demográficos, de- bidos sobre todo a la alta tasa de natalidad de los albaneses y a la permanente y constante emigración de los serbios, han sido fun- damentales a la hora de explicar el proceso de esta región.

Por ejemplo, el censo de 1921, realizado con la «primera versión yugoslava», ya reflejaba un claro dominio albanés en Kosovo, tal como se observa en los datos relativos a la composición religiosa: los musulmanes eran el 75% de la población, los serbios ortodoxos, los romanos católicos, los judíos y los grecocatólicos constituían el 25% restante. En lo que se refiere a las lenguas, el 65% del censo hablaba el albanés y el 26% el serbio, mientras que el resto de la población habla rumano, turco, esloveno, alemán y húngaro.

Diez años después, en 1932, el censo señalaba que el 62% de los 552.000 habitantes que tenía Kosovo eran de origen albanés y el resto (37%) pertenecían a otros colectivos étnicos. En 1939, otro censo señalaba que la población no eslava de Kosovo era el 65% del total de la región, aunque en este grupo se incluían gita- nos, grecocatólicos, arrumanos, turcos y, por supuesto, albaneses.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, las nuevas autoridades comunistas elaboraron un nuevo censo, en 1948, que reflejaba la siguiente composición étnica sobre una población censada de