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Más del 90% de los refugiados huyó después de iniciarse el bombardeo. La destrucción de su economía ha convertido a Kosovo en un erial económico que será incapaz de mantener a la población que regrese. La falsa propuesta de paz de Washington, basada en la ocupación de Kosovo por la OTAN, no tiene nada que ver con una misión humanitaria, sino que está diseñada para mostrar el poder militar de

EEUU e imponer la pax americana en Europa. James Petras, profesor norteamericano.

Aparte de los daños infligidos a las fuerzas militares y de seguridad yugoslavas, en este capítulo quiero referirme a los estragos causados por la OTAN en las ciudades y pueblos de Serbia y Kosovo, es decir, a los objetivos civiles sin ningún interés militar. Pese a que los dirigentes de la Alianza Atlántica habían asegurado que no se atacarían núcleos poblados por civiles durante la intervención, numerosos testimonios y pruebas atestiguan lo contrario.

En primer lugar, fueron atacados y destruidos numerosos edi- ficios civiles, entre los que debemos destacar, los ministerios de Defensa e Interior, la sede del Gobierno de Serbia, el ministerio de la República, el ministerio de Asuntos Exteriores, el Consejo ejecutivo de Kosovo, el Consejo ejecutivo de Vojvodina, el gobierno local de Novi Sad, las oficinas de correo de Nis y Prístina, las esta- ciones meteorológicas de Bukulja y el monte Kopaonik, por citar tan solo algunos de los muchos lugares públicos atacados.

Luego están las viviendas civiles, especialmente en Prístina, Novi Sad, Aleksinac, Djakovica, Prokuplje, Gračanica, Cuprija, Cacak, Surdulica y los suburbios de Belgrado, junto a muchas otras aldeas de Kosovo, dejando a miles de ciudadanos de la antigua Yugoslavia sin hogar. Aparte de estas viviendas, numerosas

instalaciones civiles, como las centrales eléctricas de Belgrado, Prístina, Krusevac, Obrenovac, Kostolac, Bajina Basta y Djerdap, las plantas termoeléctricas de Novi Sad y Vreoce; la central hidro- eléctrica de Polinje; y el abastecimiento de agua de ciudades como Zemun, fueron también reducidas a escombros por las fuerzas li- bertadoras de la OTAN.

A esta larga lista de horrores, hay que señalar las instalaciones de comunicaciones dañadas, entra las que no estaban solo los re- petidores y antenas del ejército, sino también centrales telefónicas —como las de Prístina, Kragujevac y Uzice, entre otras—, antenas de televisión y radio, como el famoso bombardeo a la Radio Te- levisión Serbia (RTS) en Belgrado, pero también el edificio de la RTS en Novi Sad, que emitía programación para las minorías na- cionales en Vojvodina en sus lenguas propias —húngaro, eslovaco, ruteno, rumano y romaní—; y más de 25 emisoras y antenas por todo el país.

Por cierto, conviene recordar que la OTAN, en el ataque a la RTS, intentó asesinar, con la ayuda de la prestigiosa CNN, a un alto líder serbio, tal como recordaba el periodista británico Robert Fisk, al que cito: «Dos días antes de que la OTAN bombardease la sede de la televisión serbia en Belgrado, la CNN recibió el soplo, desde su cuartel general en Atlanta, de que iban a destruir el edificio. Les dijeron que sacaran inmediatamente sus equipos de los locales, y así lo hicieron. Al día siguiente, el ministro serbio de información, Aleksandar Vucic, recibió por fax una invitación desde EE.UU. para aparecer en el programa de Larry King (en la CNN). Querían que estuviese en directo a las 2.30 de la madru- gada del 23 de abril y le pidieron que llegara a la televisión serbia media hora antes para maquillarse. Vucic se retrasó; por suerte para él, ya que los misiles de la Alianza cayeron sobre el edificio a las 2.06. El primero estalló en la sala de maquillaje, donde la joven ayudante serbia murió abrasada. CNN asegura que fue una

coincidencia y afirma que el programa de King, que pertenece a la división de programas, no conocía las instrucciones que los responsables de informativos habían dado a sus hombres de aban- donar el edificio de Belgrado. ¡Ummm!». Una buena muestra de cómo nuestros medios tomaron partido en esta peculiar «cruzada» contra los serbios y cómo fueron parte del engranaje de la maqui- naría de guerra atlantista. Pero continuemos con el relato de estos «daños colaterales» sin importancia para nuestra Alianza Atlántica. En definitiva era una guerra justa, para crear un «Kosovo demo- crático», y todo valía, la barbarie tenía un fin moralizador.

«La otra cara de ese afán de moralizar puede ser muy desagra- dable. En Belgrado, por ejemplo, un periodista de la CNN dejó atónitos a sus colegas después de que la OTAN bombardease un estrecho puente en el pueblo yugoslavo de Varvarin y matara a docenas de civiles, muchos de ellos ahogados en el río Morava. “Eso les enseñará a no estar en los puentes”, rugió. En sus trans- misiones no utilizaba ese tipo de lenguaje, por supuesto; la infor- mación de la CNN sobre las muertes en el puente fue acompañada de la observación de que se habían producido bajas civiles “de acuerdo con las autoridades serbias”, pese a que el equipo de la cadena había estado allí y había filmado el cuerpo decapitado del sacerdote local», escribiría el periodista británico Robert Fisk.

Las infraestructuras que fueron consideradas funcionales al transporte militar, tales como aeropuertos, puentes, autopistas, carreteras y vías férreas, fueron bombardeadas; las estaciones de autobuses de Vranje, Gnjilane, Prístina y Nis sufrieron considera- bles daños a causa de los bombardeos. Otro capítulo lamentable de los ataques de la OTAN fue la destrucción de numerosos puen- tes en el Danubio, lo que causó el aislamiento y la incomunicación de numerosos núcleos civiles, así como el bloqueo de la navegación en este río tan crucial no ya para Serbia, sino para toda la región. Puentes de gran valor arquitectónico, como el de Novi Sad —sus

habitantes quedaron horrorizados por el daño efectuado por el bombardeo—, y el «Puente de los Lamentos», de indudable valor histórico por las matanzas de judíos allí acaecidas durante la Se- gunda Guerra Mundial, también desaparecerían para siempre.

La infraestructura sanitaria, que como se puede suponer es- taba mayoritariamente al servicio de los civiles, tampoco fue respetada por la OTAN: sus instalaciones estuvieron sin luz ni agua durante buena parte del tiempo que duraron los ataques. Hospitales como los de Belgrado, Lekovac, Nis, Djakovica, Novi Sad, Valjevo y Novi Pazar, junto con numerosas clínicas, escuelas médicas y centros sanitarios locales de menor entidad, resultaron también dañados y afectados por la guerra. Miles de pacientes resultaron con alteraciones en sus tratamientos, se produjeron numerosas víctimas y hubo un alto número de casos de abortos y nacimientos prematuros.

Tampoco escaparon de estos ataques indiscriminados las ins- talaciones educativas: más de 200 centros escolares resultaron da- ñados con mayor o menor gravedad. A esta larga lista se unen unas 30 facultades universitarias, 10 colegios mayores, 50 institutos de enseñanza media, 90 centros escolares, 8 residencias de estu- diantes y numerosas instalaciones preescolares y guarderías.

Ninguno de estos daños, si excluimos los humanos, es com- parable con la destrucción del patrimonio histórico causado por las «fuerzas libertadoras». Aunque más adelante nos referiremos a este aspecto, hay que señalar que decenas de iglesias, conventos y monasterios, sobre todo de la región «liberada» de Kosovo, fueron dañados por los ataques aéreos. Los monasterios de Pec, antigua sede del patriarcado serbio y lugar emblemático para la religiosidad ortodoxa, Zica, Decani y Gračanica figuran en esta larga nómina de monumentos atacados; aunque tampoco debemos olvidar las ciudades medievales de Zvecan, Simederevo, Petrovaradin, o el cementerio ortodoxo de Prístina, como ejemplos de hasta dónde

llegó la brutalidad de quien dirigió las operaciones militares contra los serbios.

Por último, y no de menor importancia, están los ataques contra la estructura económica serbia. Si la Alianza Atlántica se había propuesto anular, destruir y dejar fuera de juego la economía yugoslava durante casi una década no cabe duda de que, una vez efectuados los ataques, el objetivo se consiguió sin mácula de duda. Casi toda la industria aeronáutica y las instalaciones petro- leras que fueron consideradas objetivos militares por la OTAN, fueron destruidas.

Sin embargo, lo que más llama la atención fueron los ataques contra las empresas farmacéuticas, entre las que debemos señalar Galenika en Belgrado, Zdrvlje en Leskovac y Velafarm en Nis, y los complejos industriales de Belgrado, Novi Sad, Kragujevac, Nic, Cacak, Valjevo, Prístina, Vranje Kosovska, Mitrovica y Kru- sevac. También se efectuaron durísimos ataques contra centros muy representativos de la economía yugoslava, como la potente industria petroquímica de Pancevo, que fue bombardeada repeti- damente y reducida a escombros por los vuelos de la Alianza; el moderno centro de oficinas de la USCE en Belgrado, que alber- gaba más de un centenar de empresas en su interior y que dejó en el paro a cientos de trabajadores; la fábrica-emblema de coches de Yugoslavia, Zastava, donde hubo más de un centenar de trabaja- dores heridos; las fábricas de tabaco de Nis, Vranje y Gnjilane; las fábricas de maquinaria y componentes de Rakovica, Nis, Krusevac, o Kula; numerosas empresas de materiales de construcción, de mobiliario, de componentes electrónicos, plásticos, textiles, y hasta de zapatos, como la fábrica Dijana, en Sremska Mitrovica. Algunos expertos cifran que los daños causados en la economía yugoslava podrían haber enviado a la cola del paro a más de medio de millón de yugoslavos, lo que significaría que entre uno y dos millones de personas habrían perdido su principal sustento

económico. Los daños de la intervención militar fueron inmensos; numerosas empresas se fueron a pique, escasearon numerosos productos básicos y se produjo un periodo de hiperinflación muy largo. La destrucción total de Yugoslavia, primer objetivo de la administración norteamericana en esta guerra de «baja intensidad», se consiguió en un tiempo relativamente corto.

Luego están las víctimas, aquellas que ni siquiera merecieron la atención de nuestros medios de comunicación durante el con- flicto. Mientras la OTAN, a través de sus portavoces oficiales, aseguraba que en todo el conflicto tan solo se habían producido unas 300 víctimas, la realidad era bien distinta, tal como han po- dido comprobar no solo fuentes yugoslavas, sino organizaciones independientes operando en Serbia y Kosovo. Un cálculo realista de víctimas situaría al número de muertos por encima de los 2.000 y a los heridos por encima de los 4.500, entre quienes figu- ran las víctimas albanesas, todas ellas alcanzadas por «error» durante los ataques, como en Djakovica, donde 75 refugiados albaneses, entre ellos 19 niños, resultaron muertos por el uso de las bombas de fragmentación.

Por citar algunos ejemplos más, otros 12 civiles murieron en Aleksinac; 10 en el centro de Prístina a causa del impacto de un misil; 55 pasajeros de un tren, en Grdelica, tras un ataque nunca reconocido por la OTAN; 87 refugiados muertos y 67 heridos tras el ataque a una columna en Korisa; 100 muertos, entre reclusos y guardias de seguridad, en el bombardeo a la prisión de Istok; 30 pacientes fallecidos en el ataque al sanatorio de Surdulica; y un sinfín de pequeños ataques, con resultado de víctimas civiles, en las ciudades de Belgrado, Novi Pazar, Novi Sad y Subotica y otra decena larga de ciudades atacadas. En definitiva, todo quedó en nada. De las víctimas, como eran serbias la mayoría, ni una palabra, ni un simple epitafio. Tan solo se trataba, en palabras de algunos de nuestros serviles medios, de daños «colaterales sin im-

portancia». Minimizar los daños causados a los serbios durante los ataques de la OTAN ha sido parte de la estrategia mediática que ha justificado la intervención-ocupación de Kosovo; los dis- cípulos de Goebels en Bruselas han actuado con tal desvergüenza que incluso emocionaría a ese gran maestro de la manipulación que murió en Berlín allá por la Segunda Guerra Mundial.