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Los medios occidentales no mencionan a los refugiados serbios de Kosovo y de Krajina. Esta exposición (la de París) no es suficiente. ¿Por qué nadie hace un documental sobre el tema? ¿Por qué hoy, aquí, no hay medios de comunicación? Es un escándalo para la eternidad.

Peter Handke, escritor austríaco.

Si bien es cierto que desde hace algunos años varios colectivos políticos y humanitarios albaneses claman por la libertad de unos 800 presos políticos albanokosovares —las cifras reales serían algo menores—, no es menos cierto que en la actualidad hay unos 1.300 serbios desaparecidos en Kosovo. Un muro de silencio, cuando no de censura, impide hablar de estos casos, pues pone

en evidencia a las sacrosantas Naciones Unidas y a su brazo militar en la región, nuestra inútil Alianza Atlántica. (Otras fuentes, como la agencia de noticias IPS, elevan las cifras del total de des- aparecidos en el conflicto de Kosovo hasta 5.000 albaneses y 1.300 serbios, aunque la cifra se antoja algo elevada.)

Según informaba la periodista serbia Vesna Peric Zimonjic, citando fuentes de Naciones Unidas, desde junio de 1999 han desaparecido más de 1.300 serbios que «solo están vivos para sus familias», que tienen que soportar «un voto de silencio» que impide conocer la verdad, y que no pueden poner en conocimiento de las organizaciones internacionales los casos en cuestión por te- mor a la represión de los radicales albanokosovares, y por el des- interés de las ONG occidentales hacia las cuestiones que atañen a los serbios.

«Todo el mundo sabe de la suerte de los albaneses, pero poco se dice de lo que paso con los serbios», afirmaba recientemente Ranko Djinovic, presidente de la Asociación de Familiares de Serbios Secuestrados y Desaparecidos en Kosovo. Por temor a las represalias a manos de los radicales albaneses, miles de serbios huyeron de Kosovo tras la intervención de la OTAN y otros miles lo han hecho después, tras la supuesta pacificación de la región. Nadie los nombra, pero entre los dos tercios de serbios que ya no viven en Kosovo, hay un grupo, el de los desaparecidos, que son los grandes olvidados por nuestra sacrosanta comunidad interna- cional y un sinfín de sinvergüenzas sin fronteras que operan en este maltratado y paupérrimo territorio.

Aunque, a veces, conviene citar a los que no están, como Mla- den Miric, de 50 años, visto por última vez el 29 de junio de 1999 en la capital, Prístina. Miric intentaba llegar al monasterio ortodoxo de Gračanica, para unirse a una caravana que partiría hacia Serbia. Se cree que, al igual que el resto de desaparecidos serbios, esté en una de las muchas «prisiones» no oficiales y tole-

radas por la OTAN que posee el ELK. «El se sentía seguro, nunca usó armas», señalaba Slavica, esposa de Miric. «Era pintor y dise- ñador y estaba a cargo de un monasterio de 800 años», agregó su esposa recientemente.

Pero la experiencia demuestra, tal como han reconocido las mismas Naciones Unidas, que los desaparecidos tan solo están vi- vos en la memoria de sus seres queridos, pues muy pocos han re- gresado o han sido liberados por sus captores. En los últimos años, y como muestra del fatal desenlace que suele acompañar a estos casos, la UNMIK —misión de Naciones Unidas para Ko- sovo— ha conseguido recuperar unos veinte cadáveres y entre- gárselos a sus familias.

Un caso realmente sobrecogedor es el de la familia de Pavle Kostic, que aún busca a 14 parientes que desaparecieron sin dejar rastro en la aldea kosovar de Orahovac y que podrían estar recluidos en algunas de las «prisiones» albanesas. La desfachatez de sus cap- tores llegó hasta el extremo de enviarles un supuesto abogado para negociar su libertad a cambio de 10.000 dólares por pariente.

Mientras miles de prisioneros albaneses ya han salido de las prisiones yugoslavas, los desaparecidos serbios siguen sin aparecer y la incertidumbre entre sus familiares, cuando ha pasado ya un cierto tiempo desde las primeras desapariciones, va en aumento. Asociaciones de derechos humanos serbias e investigadores priva- dos buscan algún rastro de los desaparecidos y tratan de determinar los lugares donde pudieran estar ocultos, aunque sin resultados prácticos sobre el terreno. Las Naciones Unidas y la OTAN, como era de prever, tampoco pueden hacer nada, más que unir a sus habituales condenas la vergonzosa pusilanimidad que exhiben ante los nuevos verdugos.

Cuando muchos de los antiguos criminales de guerra de Yu- goslavia están siendo juzgados por el Tribunal Penal Internacional en La Haya, sería bueno que también llevaran ante los tribunales

a los responsables de todo lo acaecido en Kosovo. Pero, casi con toda seguridad, este proceso nunca se llevará a cabo y actos como estas desapariciones nunca serán juzgados. Los vencedores en esta injusta guerra contra el pueblo serbio han impuesto esta paz sin justicia, este armisticio sin perdón que ha condenado a todas las etnias no albanesas de Kosovo a un suplicio interminable ante el que solo queda la huida. Se impone, como vemos, el espíritu de la Tribu.

Un caso aparte en esta horrorosa historia es el denunciado tráfico de órganos humanos de prisioneros serbios a manos de ra- dicales albanokosovares, con la colaboración de Albania. La in- vestigación se inició tras la publicación de algunos párrafos del libro de la ex jefa de la fiscalía del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, la suiza Carla del Ponte. La agencia de no- ticias independiente Beta publicó extractos del libro Cázame a mí

y a los criminales de guerra, donde del Ponte revela que a lo largo

de sus investigaciones tuvo información de unos 300 serbios se- cuestrados y asesinados por traficantes de órganos en 1999. ¿Por qué calló esta señora que, en cambio, nunca se detuvo hasta que encarceló a todos los serbios acusados de supuestos crímenes contra la humanidad?

Los secuestros, al parecer, fueron obra de radicales albanoko- sovares. «Estamos verificando información de dos camiones que trasladaron presos serbios de Kosovo a Albania en 1999», informó a la agencia IPS el fiscal serbio para crímenes de guerra, Vladimir Vukcevic, al confirmar la apertura de una investigación. «La in- formación no oficial sobre el traslado y la posibilidad de que al- gunos presos fueran asesinados para vender sus órganos a trafi- cantes internacionales procedió de los fiscales del tribunal de La Haya», añadió al conocer esta noticia, tan terrible como demencial, pues deja a nuestras organizaciones internacionales a la altura del betún. No olvidemos que Carla del Ponte, durante nueve años y

hasta enero del 2008, fue jefa de la fiscalía del Tribunal Penal In- ternacional para la ex Yugoslavia, creado por la ONU en 1993 y que enjuició y dejó morir entre rejas a Milosevic. Un capítulo más nunca esclarecido, que deja en evidencia a la comunidad in- ternacional y a una Europa que nunca se atrevió a poner coto al estado de cosas que actualmente se vive en Kosovo.

Por último, y como nota final, debemos recordar que el jefe de las Naciones Unidas para los desaparecidos en Kosovo, Pablo Baraybar, reconocía que el número de desaparecidos albaneses podría llegar a los 2.460, mientras que el de serbios llegaba a los 670 —algunos encontrados recientemente en fosas comunes, se- gún mis últimas noticias— y otros 203 atribuibles a otras minorías. En cualquier caso, dado el descontrol, el desconcierto, la corrup- ción y el nepotismo que caracterizan a esta misión de la ONU, los datos debemos leerlos con cautela. Eso sí, al menos reconocen que el 20% de los desaparecidos son serbios, cuando del actual censo de Kosovo tan solo el 5% pertenece a esta etnia. Y otro asunto: ¿no habían dicho nuestros medios que pudo haber miles de desaparecidos en el conflicto de Kosovo? ¿Quién orquestó tanta mentira para justificar tanto dolor? La primera víctima de la guerra, claro está, sigue siendo la verdad.