Kosovo ha sido siempre una tierra ilírica, cualquier negociación está abocada al fracaso.
Ismail Kadaré
Pero ¿cómo nació el ELK? ¿Quiénes fueron sus fundadores? ¿Qué proyecto tenían para Kosovo? Una vez firmados los acuerdos de Dayton, que como hemos visto fueron impuestos por Washington, numerosos voluntarios musulmanes que habían luchado en Bos- nia-Herzegovina empezaron a interesarse por lo que estaba pasando en Kosovo, todo ello bajo la sugerente atención y consejo de una administración norteamericana cada vez más implicada en los Balcanes, donde ya habían consolidado su presencia militar y su capacidad de liderazgo político en Bosnia-Herzegovina y en Al- bania, y donde contaban para sus planes con el apoyo del régimen derechista del sátrapa Salí Berisha.
El ELK, fundado inicialmente en Macedonia, donde realizó numerosas acciones violentas de cariz terrorista entre 1992 y 1997, es acusado de preferir el terror al diálogo. En sus orígenes, como han señalado numerosas fuentes periodísticas, estuvo ligado a grupos musulmanes de carácter violento operando en Bosnia y Chechenia. No olvidemos que unos 5.000 albanokosovares de religión musulmana lucharon en las filas bosnias y croatas contra los serbios, aunque los bosnios siempre les acusaron de haber hecho muy poco por ayudarles durante la guerra civil que vivió este país.
La primera vez que apareció el ELK en Kosovo fue en abril de 1996, cuando un grupo de guerrilleros irrumpió en el Café Cakor, en Decani, disparando contra un grupo de ciudadanos serbios indefensos, causando la muerte de tres civiles y heridas a varios más. Era la primera acción «militar» del ELK, puro terrorismo. Luego reivindicarían una serie de ataques contra comisarías y es- taciones de policía. Belgrado empezó a impacientarse por la cre- ciente actividad de un grupo que ya había mostrado su capacidad de actuar y desestabilizar a la vecina Macedonia. Tanto los EE.UU. como la UE, en una apuesta peligrosa, guardarían silencio en tanto en cuanto pensaban que esta estrategia desestabilizadora re- gional habría de llevar al fin de Milosevic, aunque obviaron en sus análisis y razonamientos las tendencias centrífugas que iban a desatar. Esta tendencia era incentivada y vista con buenos ojos por Washington, que compartía intereses con Tirana, que no ocultaba su satisfacción por los nuevos problemas de Milosevic. Una vez concluidos los conflictos bosnio y croata en Dayton, parecía lógico que la presión se incrementara en Kosovo. Miles de milicianos musulmanes llegados de todas partes de la antigua Yugoslavia, incluyendo al general croata Agim Ceku, se incor- porarían a las filas del ELK, bien en la retaguardia, asesorando a sus dirigentes desde Albania, o bien en Kosovo, desestabilizando
la región. Ceku, que ya había participado en la denominada operación «Tormenta» en Croacia, en 1995, sería uno de los ar- tífices de las operaciones de limpieza étnica llevadas a cabo por los croatas en las zonas «recuperadas» a los serbios de Croacia y Bosnia-Herzegovina. Una limpieza étnica que, todo hay que de- cirlo, ha sido bien silenciada y ocultada por nuestros medios de comunicación.
«Agim Ceku, formado en los EE.UU. y en Europa, fue uno de los generales que encabezó la persecución en Kosovo. Este general no solo estuvo al frente de la limpieza étnica en la región, sino que actualmente es uno de los principales comandantes responsables de los Servicios de Policía de Kosovo (KPS)», es- cribirían sobre este hombre los dirigentes gitanos Carol Bllom y Oani Rifati.
No obstante, sigamos con el relato de lo acaecido antes de la intervención de la OTAN, en 1996. A esta situación prebélica se unió el escaso talante negociador de Milosevic y la falta de energía política por parte de Belgrado para afrontar con realismo el pro- blema de Kosovo —ni siquiera la oposición democrática serbia abogaba en aquellos días por el diálogo con los albanokosova- res—. Ibrahim Rugova, además, estaba cada día en una situación más difícil en la región; miles de jóvenes albanokosovares, con es- casas expectativas y condenados al ostracismo por el régimen de Belgrado, decidieron sumarse a las filas del ELK antes que seguir abogando por la «no violencia» que defendía el «presidente» no oficial de Kosovo.
Este estado de cosas, con la tensión en aumento, era bien cono- cido por EE.UU., que quería aprovechar la ocasión para acabar militarmente con el régimen de Milosevic; también por una UE incapaz de vertebrar una estrategia racional para la región. Mace- donia, preocupada en aquellos días por la deriva que estaba tomando la crisis y por las irreparables consecuencias que para la región
podían tener semejantes actitudes, ya había avisado, a través de sus fuentes oficiales y sus medios de comunicación, de las oscuras fuentes de financiación y contactos del ELK con el exterior.
En 1997, y una vez que los EE.UU. dieron carta blanca al ELK para que actuara en Kosovo, los ataques terroristas se incre- mentaron y alcanzaron una mayor virulencia, causando la muerte de agentes de la seguridad serbia, pero también de civiles indefensos de las dos etnias. Integrado por pequeñas células de hombres for- mados en las fuerzas armadas yugoslavas y en el antiguo servicio secreto de este país (el temido UDBA), el ELK tenía un objetivo muy claro: desestabilizar Kosovo para provocar una intervención militar de la OTAN, al estilo de la acaecida en Bosnia-Herzegovina contra los serbios, y proseguir, más tarde, el camino libre de obs- táculos hacia la independencia.
En aquellos días, tal como se señalaba en diversas fuentes, el grupo era un hervidero de voluntarios de las más diversas nacio- nalidades: bosnios, croatas, yemeníes, afganos, saudíes, iraníes y, sobre todo, albaneses procedentes de las fuerzas de seguridad y del ejército de este país. También agentes de sus servicios secretos, la temida Securimini, nunca disuelta y pieza clave en el debilitado sistema político albanés.
Según fuentes serbias, las primeras fuerzas del ELK fueron entrenadas en las bases albanesas de Ljabinot, cerca de Tirana, y en Tropoja, Kukës y Barjam Curi, todas ellas cerca de la frontera entre Albania y Yugoslavia, desde donde partirían más tarde hacia el interior de Kosovo. No olvidemos, que la frontera entre Albania y Serbia siempre ha sido absolutamente permeable; el tráfico de armas, drogas, combustible y todo de tipo de objetos para el con- sumo ha sido denunciado en el pasado por numerosas organiza- ciones internacionales que vigilaban el embargo de Yugoslavia. Lo mismo ocurría con Montenegro, país de obligada cita para to- dos los contrabandistas de toda la región.
¿Y de dónde conseguían las armas? En los Balcanes este asunto no constituye ningún contratiempo, máxime cuando en la Albania de los noventa era absolutamente fácil encontrar buenos «surtidos» de armas tras la disolución de las fuerzas de seguridad y defensa tras la denominada «estafa piramidal». Miles de armas fueron vendidas sin control a numerosas mafias, contrabandistas y grupos terroristas albaneses organizados en Macedonia y Kosovo, entre los que ya se encontraba muy activo el ELK. Las fuerzas del ELK se armaron con armas procedentes del viejo ejército albanés, con vetustos pero útiles rifles de asalto soviético, así como armas pro- cedentes de la Segunda Guerra Mundial y del disuelto Ejército Yugoslavo del Pueblo, muy fáciles de encontrar en los mercados negros albanés y yugoslavo. Completaba su «repertorio» con mo- dernas automáticas compradas en China y equipos de comunica- ciones de última tecnología procedentes de Singapur y otros mer- cados del sudeste asiático.
También estaba la «pista alemana», donde los servicios secretos de Alemania jugarían un gran papel a favor del ELK, tal como han revelado numerosas fuentes. El BND alemán, una suerte de Centro Nacional de Inteligencia pero en serio y eficiente, reforzó su presencia en los Balcanes, especialmente en Albania tras la caída del comunismo, y puso especial énfasis en apoyar a sus alia- dos y amigos en la región, Croacia y Eslovenia, entre ellos. Más tarde, y una vez que Kosovo se convirtió en una región estratégica para la política norteamericana y la OTAN, con el fin de desesta- bilizar a Milosevic, los alemanes apoyarían, sin ocultarlo, al ELK. De hecho, buena parte de los materiales, pertrechos, armas y equipos de transmisión de este grupo guerrillero pertenecían al desmantelado ejército de la Alemania comunista y a los servicios secretos de la misma, la temida Stasi. No es una vulgar anécdota que cuando se produjo la entrada de los primeros soldados ale- manes de KFOR en Kosovo, el teniente coronel Maximilian Eder
exigiese al ELK que «retirara de las hombreras de sus uniformes la bandera alemana». Hasta contaban con armas alemanas anticarro «Ambust», según aseguró el periodista José Egido, que tan solo se pueden adquirir utilizando procedimientos y canales oficiales.
Luego estaba el problema del dinero. Según un artículo publi- cado en la Revista Española de Defensa, financiada con dinero pú- blico y voz oficiosa de nuestro Ministerio de Defensa, a la que cito literalmente: «El ELK utilizó sus relaciones con la mafia kosovar de Suiza y Alemania para obtener dinero. Esta situación cambió cuando surgió en 1997 la asociación VT (sigas de Vendlindja The- rret/La Patria te llama), que centralizó todos los donativos proce- dentes de todo el mundo en una cuenta del Alternativ Bank, en Suiza, que las autoridades de Berna congelaron en 1998. Pero la VT, de la cual es responsable Yashar Salihu, sigue funcionando, y recolecta varios millones de dólares al mes. La mayor parte de ese dinero procede de las donaciones de los 600.000 integrantes de la diáspora albanokosovar en los EE.UU., Alemania y Suiza».
Gran parte de este dinero se recaudaba en la comunidad alba- nesa de los EE.UU., que lo ingresaba en las cuentas del ELK y después se utilizaba para la compra de armas y pertrechos militares. El dinero, en aquellos meses previos a la guerra, corría a raudales y las armas se compraban en varios mercados, incluidas las mafias yugoslavas que no tenían ningún reparo en vender a los albano- kosovares.
A partir de 1998, y una vez que el ELK se pertrechó sólida- mente de armas y equipos en los mercados antes descritos, sus cé- lulas comenzaron a atacar objetivos serbios en Kosovo, sobre todo en el oeste, entre Pec y Djakovica, con el fin de crear un territorio «liberado» en esta área que sirviese como base de operaciones lo- gísticas del grupo terrorista albanés. El ejército yugoslavo, fiel a Milosevic en aquellos días, respondió con su habitual dureza ata- cando las posiciones del ELK.
Los objetivos del ELK de aquellos días parecían haber cam- biado. Si bien en un primer momento defendían la creación de una Gran Albania, que abarcaba los territorios de las actuales Al- bania y Kosovo, la mitad del territorio de Macedonia y una pe- queña franja territorial de Montenegro donde se asienta la comu- nidad albanesa, en la actualidad los líderes del antiguo ELK, hoy Partido Democrático de Kosovo (PDK), solo defienden la inde- pendencia de Kosovo. Es decir, abogan por crear un ente nacional más controlable y manejable para sus objetivos políticos y econó- micos, muy ligados a los del contrabando y a las mafias locales que manejan los turbios negocios de Kosovo.
Pero sigamos con el relato de lo ocurrido en 1998. En febrero de este año, las acciones del ELK se generalizaron en todo Kosovo, aunque con especial virulencia en la región de Drenica, donde varios cientos de miembros del ELK pusieron en jaque a las fuerzas serbias y provocaron decenas de bajas a las mismas. La reacción serbia, des- proporcionada ante los escasos reflejos de Milosevic por entablar un diálogo con los representantes moderados albanokosovares, fue sal- vaje: decenas de casas fueron incendiadas y en el pogromo desatado contra los albaneses varios de ellos resultaron heridos y muertos.
Mientras tanto, en la capital de Kosovo, Prístina, la tensión iba en aumento, produciéndose las primeras protestas de los al- baneses contra la represión y las formas utilizadas por el Gobierno de Milosevic, cada vez más aislado internacionalmente y alejado de la búsqueda de una solución política y racional al conflicto. Cientos de manifestantes albaneses fueron heridos por la acción de la policía. La tensión creció hasta el verano de este año, cuando la represión policial se generalizó en toda la región, quedando desplazados en estos momentos los líderes políticos moderados que, como Rugova, planteaban la no violencia.
En el verano de 1998, el ELK, sabedor del aislamiento de Milosevic y de su probable derrota política en la escena interna-
cional, intensificó sus acciones en todo Kosovo, al tiempo que la represión policial provocaba miles de desplazados y refugiados en el interior de la región. La economía estaba colapsada, los terro- ristas seguían atacando numerosos focos y la represión serbia se intensificaba. El ciclo infernal de Kosovo, nunca concluido, volvía a emerger con su habitual virulencia.
Más tarde, en octubre de 1998, un alto el fuego fue acordado entre las partes con el fin de buscar una solución política al conflicto y quizá con el objetivo, nunca ocultado por el ELK, de conseguir una intervención internacional. Como consecuencia del cese de las hostilidades, la OSCE desplegó sus famosos 1400 observadores con el resultado por todos conocido: fracaso estrepitoso de la misión y continuación de la política por otros medios: la violencia, hablando claro. El acuerdo entre las partes, nunca respetado por ninguna, se produjo a merced de la mediación de Richard Holbrooke.
Con respecto al cometido de la OSCE conviene recordar que varios de sus participantes, tal y como reflejaron la revistas Limes y Golias, denunciaron el sabotaje realizado por los EE.UU. antes, durante y después de la misión. Según denunciaban estas revistas, el Departamento de Estado norteamericano vació de contenidos la misión y marginó de la dirección de los equipos a los nacionales provenientes de Italia, Alemania y Francia. Además, la verificación de lo que estaba ocurriendo no se realizó con el tiempo suficiente: parecía que había un guión previamente escrito sobre lo que acae- cería después y por eso, cuando llegó la orden de evacuación, nadie, excepto los norteamericanos, la esperaba.
En la misma línea, el ministerio de Asuntos Exteriores aseguró en un comunicado que la OSCE no estuvo a la altura de las cir- cunstancias y que manipuló lo acaecido en Kacak, donde supues- tamente se había producido una matanza, para precipitar la in- tervención militar de la OTAN. «La misión de esta organización en Kosovo y Metohija permanecerá mal recordada (...) y su pre-
cipitada evaluación sobre lo que estaba ocurriendo en la región sirvió de motivo inminente para el bombardeo de la OTAN», re- zaba el comunicado oficial ruso.
El ELK continuaba con su rearme, consolidaba muchas de sus posiciones en el interior de Kosovo y ganaba una batalla deci- siva: internacionalizó el conflicto. Además, consiguió el apoyo de numerosos medios de comunicación europeos (especialmente bri- tánicos y alemanes, tendenciosamente antiserbios desde el co- mienzo de las hostilidades en la región) y el aislamiento del, polí- ticamente hablando, torpe régimen de Milosevic.
Milosevic se había quedado solo en la escena política yugoslava, como en anteriores ocasiones. El ELK ya solo esperaba la inter- vención militar de la OTAN que le asegurase su victoria en el campo de batalla. En lo que respecta al interior de la región, los miembros del ELK eran implacables: no admitían ningún tipo de disidencia y todos los colaboradores del régimen serbio eran eliminados. El modelo de organización, muy parecido al de los primeros maoístas, aseguraría al ELK el control total de la pobla- ción y la instauración, en un futuro próximo, de un sistema de partido único, algo que no ocurriría porque Rugova, contra todo pronóstico, les gano las primeras elecciones. No obstante, conviene seguir con el relato de los hechos.
Una vez la OSCE se retiró de la región, quedaba claro que tanto los EE.UU. como Albania, pero especialmente el ex presi- dente Salí Berisha, deseaban internacionalizar el conflicto para derrotar de nuevo al régimen de Milosevic, aunque ello fuese a costa del sacrificio físico de la población serbia y del resto de las minorías de Kosovo. El ELK era el instrumento perfecto de la di- plomacia albanonorteamericana para destruir definitivamente Yu- goslavia: se preparaba el asalto final a Belgrado.
A principios de 1999 la situación se agravó, sobre todo debido a la persistente represión serbia contra los simpatizantes del ELK
y por las acciones de este grupo contra objetivos civiles y militares serbios. Dos millones de habitantes de la región se vieron atrapados por una guerra en la que no se vio solución a corto plazo. En fe- brero de ese año, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 211.000 personas de todas las etnias de Kosovo fueron consideradas refugiadas. El ELK, en aquellos días, extendió el terror indiscriminado: mató alcaldes, asesinó a civiles indiscriminadamente en cafeterías y asesinó a ci- viles inocentes de todas las etnias. Su estrategia estaba clara, había que extender el conflicto a toda la región y provocar la intervención internacional. Milosevic, mientras tanto, no entendía nada y no tuvo la suficiente capacidad política para atajar el camino por otras vías que no fueran las militares. La utilización de la fuerza en Kosovo fue el más craso error cometido por Milosevic en toda la década que duraron los conflictos yugoslavos.
Así las cosas, y tras producirse algunas bajas significativas en las fuerzas serbias, llegamos a la matanza de Racak, en enero de 1999. En la misma, y pese a que muchas evidencias mostraron que hubo cierta precipitación en acusar a los serbios de tan ho- rrendos crímenes, murieron entre 40 y 45 personas, aunque las cifras de las diversas organizaciones se contradicen. Nada más producirse, y sin que mediara investigación alguna, los EE.UU. acusaron a Milosevic de estar detrás de los crímenes. La situación empeoraba día tras día, mientras el ELK iba ganando la batalla mediática y se abría paso a una intervención militar para resolver el conflicto.
Pese a todo, la comunidad internacional quiso lavarse la cara y, bajo presión europea, pero sobre todo francesa, llegaron las ne- gociaciones de Rambouillet, donde se pretendía imponer a la parte serbia unas condiciones inaceptables para su rendición. Ser- bios y albanokosovares fueron empujados por la comunidad in- ternacional, y bajo presión de la OTAN, a aceptar un plan pre-
viamente pactado. La administración norteamericana señaló desde el principio que la no aceptación por la parte serbia significaría la intervención de la Alianza Atlántica contra Yugoslavia, lo que en términos prácticos era la guerra.
En febrero de 1999, mientras los terroristas del ELK seguían llevando a cabo sus planes de aterrorizar a la población mediante ataques sistemáticos y contundentes, las dos partes se reunían en Rambouillet, en las afueras de París, con el fin de lograr un acuerdo imposible de aceptar por Belgrado. Lo que allí se des- arrollaba no eran unas negociaciones, sino la búsqueda de un punto de partida para el proceso independentista que deseaba el