Ahora se está en trance de cometer un error más. Al margen de todo derecho, con violación de los compromisos adquiridos, independizar un Kosovo, financiado por la Unión Europea, que recogerá y agravará las
conocidas virtudes del Estado y la sociedad albanesa, eso sí, bajo el amparo de una poderosa base militar. El primer resultado ha sido provocar la reacción ultranacionalista del electorado serbio. Europa pagará, a más de los costes financieros de la operación, las consecuencias de tales focos de desequilibrio, y el juego de los espejos, que reproducen los mismos errores, cada vez más distorsionados, continuará para convertirlos en horrores. Miguel Herrero de Miñón, miembro de la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales.
Mucho antes del 28 de junio, fecha de la celebración de la batalla del Campo de los Mirlos, el patriarca de los todos los serbios, el obispo de Belgrado, el anciano Pavle, había dicho que «En Kosovo no había habido una victoria de la humanidad y la justicia, sino de la venganza y el desacuerdo entre los pueblos. Nadie tiene el derecho moral a celebrar una victoria por largo tiempo si lo único que ha hecho es reemplazar un diablo por otro, y la libertad de un pueblo por la esclavitud de otros pue- blos». En este contexto, decía Pavle, no había muchos motivos para celebrar nada. Ni siquiera los serbios, que han habitado
esta tierra durante siglos y siglos, tenían muchos motivos para las celebraciones. La independencia ahora ha sido el punto y final a este ciclo infernal de afrentas y derrotas, de batallas per- didas y humillaciones.
Hoy, cuando han pasado 619 años de la batalla del Campo de los Mirlos, los serbios tienen que celebrar casi clandestinamente esta importante efeméride, como si el recuerdo de la batalla, como si su fiesta nacional fuera algo proscrito y que debiera celebrarse en secreto. Ahora es una fecha maldita, y más vale que el vecino albanés no se entere de que la celebra. Encerrados en un enclave- reserva serbia como es Gračanica, y protegidos por cientos de po- licías y militares de la KFOR que supuestamente les defiende de los ataques de los radicales albaneses, unos centenares de serbios presididos por el jefe la iglesia ortodoxa serbia, el Patriarca de Belgrado Pavle, asistieron a este triste acto, una muestra de hasta dónde ha llegado su nada afortunado destino. Luego el Patriarca se desplazó hasta Gazimestan, fuertemente protegido para evitar los improperios de los manifestantes albaneses que clamaban con- tra la agridulce fiesta de los serbios.
En el día de San Vito, Vidovdan para los serbios, se celebra la famosa epopeya de la derrota de este pueblo a manos de los turcos. Quince años después, cuando ha pasado tan solo una década y media desde aquel mítico Vidovdan que reunió a más de un millón de serbios venidos de todos los rincones del país para es- cuchar a Milosevic, los obispos de las provincias de Raska-Prizren, Atemije, Lipljan y Teodosje, acudieron a la liturgia ofrecida por el anciano Pavle acompañados de una decena de sacerdotes y ve- cinos de la asediada ciudad de Gračanica.
En definitiva, el desarrollo del acto estaba a la medida de lo que estaba ocurriendo en Kosovo, pues ¿qué celebrar cuando se ha perdido todo? ¿Qué esperanzas pueden tener estos asediados serbios en el corazón de unos Balcanes donde todos sus vecinos
les asedian con el beneplácito de una comunidad internacional muchas veces cómplice? Después de 619 años, como en una suerte de venganza de la historia, el Campo de los Mirlos se repite y lo acaecido revela que el proceso de desintegración comenzado en 1980, tras la muerte de Tito, parece no querer terminar nunca, al menos para los serbios.
El balance de estos años, al menos para los serbios, es demole- dor. Han perdido la región quizá para siempre, antes bajo control (¿?) de la comunidad internacional y ahora independiente (¿?); la mayor parte de la población no albanesa se ha marchado y el resto sobrevive como puede con la vista puesta en una futura huida. Los que no se van, los ancianos que pueden verse por las calles de las escasas aldeas serbias, no lo hacen porque no tienen donde ir y porque saben que en Serbia solo les esperan los fríos y destartalados campos de refugiados. ¿Qué es lo que hay que celebrar? Nada de nada, sino la derrota y la desolación que la misma conlleva.
Si se viaja hoy hasta Gračanica se podrá contemplar hasta qué nivel han llegado los desatinos de nuestra mal llamada comunidad internacional. Unos kilómetros antes de llegar a la antaño rica y próspera ciudad, con uno de los monasterios más emblemáticos para el ortodoxismo serbio, aparecen los primeros controles de la policía internacional. Los coches de los albaneses paran antes de llegar y esperan; tan solo los occidentales, una vez pasado el control de la vergüenza, pueden flanquear el control andando. Los albaneses no se atreven a pasar a la reserva étnica serbia. Tam- poco pueden, pues la omertá es implacable con los traidores y con los que se atreven a desafiar las leyes de pureza étnica impuesta por los señores de la guerra.
Y los serbios, como es lógico, procuran viajar lo menos posible y tan solo lo hacen cuando van protegidos por las fuerzas de la OTAN. Miles de personas de la etnia serbia se hacinan en la ciu- dad-cárcel creada por dicha organización, mientras que otros
tantos de miles ya se han ido para siempre. Cortes de luz diarios, escasez de servicios médicos, religiosos, sociales y educativos y una absoluta falta de seguridad, junto con un sinfín de penurias y penalidades, es lo único que un viajero observador puede en- contrar en la reserva étnica de Gračanica. La población es vieja, está desmoralizada y la tristeza se palpa en cada rincón; a los ex- tranjeros, en vista de que les hemos abandonado a su suerte, nos miran de reojo, como con desconfianza, pero no con desagrado; los serbios siempre han sido muy hospitalarios, incluso hasta en los peores momentos. Quien pudo comprobar in situ la dramática situación que viven los serbios de Gračanica fue el actual presidente serbio, Boris Tadic, cuando en su visita oficial a la ciudad y al em- blemático monasterio del mismo nombre fue atacado, cerca de Belo Polje, por un grupo de violentos radicales albaneses, con sus banderas del ELK, arrojando sobre la comitiva presidencial un rosario de piedras, huevos y objetos contundentes. Por suerte, el incidente tan solo se saldó con algunos cristales rotos en los coches de la caravana presidencial, pero fue una buena muestra del estado de cosas en Gračanica. También se le ha negado el paso a nume- rosas autoridades locales, ministros y parlamentarios serbios que trataban de visitar su territorio, ¿se ha visto cosa igual en otra parte del mundo, que una fuerza de protección internacional im- pida la libre circulación a los ciudadanos de ese país?
La cantonalización de Kosovo, que no era uno de los objetivos de esta «intervención humanitaria» de la OTAN, es ya un hecho. Mejor dicho, la libanización de Kosovo avanza. Y ahora, con la independencia, les espera a los serbios lo peor. (Ver, a este respecto, un video en youtube.com sobre una reciente matanza de tres jóvenes serbios en un bar de Pec: http://es.youtube.com/watch?v=ckuW-
nuerG4E).
Ya a finales de los ochenta, el intelectual serbio Milovan Djilas, en un arrebato profético, supo prever la catástrofe que se avecinaba.
Al parecer, el periodista americano Robert Kaplan le preguntó en una ocasión:
—¿Y qué me dice de Yugoslavia? —le increpó el periodista. —Como Líbano. Espere y lo verá —le respondió el veterano político que había luchado junto a Tito por el socialismo.
Luego llegaron las guerras de Eslovenia, Croacia y Bosnia- Herzegovina. Después la crisis de Kosovo que sigue su curso im- parable.
La profecía no pudo ser más certera. Y la celebración de Grača- nica el epílogo a este final de crisis sobre un fondo rojo para el pueblo serbio. ¿Será la reciente apuesta independentista el final de este calvario o un eslabón más a unir a la cadena de sufrimiento de un pueblo que parece abandonado por Europa y que no escucha sus lamentos?