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«E l cómo y el porqué de Cide Hamete Benengeli» en Hacia Cervan­

tes, 3.a ed., págs. 409419.

El recurso de hacer entrar a un supuesto autor en la no­ vela o el cuento tiene por objeto el acercamiento entre lector y personajes mediante la obliteración del verdadero autor, como intermediario, creando la ilusión, en el lector, de estar frente a personajes vivos y no ficticios. El objetivo último del autor es crear una ilusión de realismo sin dejar, al mismo tiempo, de dirigir al lector hacia el punto de vista del autor que puede ser claro o ambiguo. Galdós, Unamuno, Pirandello hacen hincapié, en sus novelas, nivolas, y teatro, en la dificultad de llegar a la total objetividad, dramatizán­ dola en la rebelión de los personajes contra el autor.

La introducción de un supuesto autor novelesco tiene, en el caso de Cervantes, la singularidad de que, además de pre­ tender crear ilusión de autonomía de personajes, pretende proyectar realidades concebidas desde tan distantes puntos de vista que resulten irreductibles a la unidad. Por tanto Cervantes evita dirigir al lector hacia su punto de vista. Va­ rios autores de una misma cultura, que es lo que tenemos hasta el capítulo IX del episodio del Vizcaíno (el narrador y (dos autores que deste caso escriben») pueden divergir en detalles, y hasta en datos, pero no divergen lo suficientemen­ te de fondo como para sugerir la existencia de perspectivas imprevistas de una situación dada, o de un personaje cuyo individualismo ha de rebasar la clasificación ético-social. De ahí la idea de un primer autor moro, un traductor alja­ miado y un narrador o editor cristiano que vean las cosas de modo distinto, lo cual no nos lleva a la objetividad realista ni al punto de vista único. Mientras la objetividad realista presupone premisas aceptadas, la verosimilitud cer­ vantina invalida el establecimiento de premisas unánimes como medio de acercarse a los datos. Es en el conflicto de premisas e interpretaciones donde se halla el fiel de la ver­ dad. No se trata, por tanto, de llegar a una verdad absoluta

sino a una verdad relativa, la de cada lector, a una ilusión de verdad por ser el lector quien la desgaja de situaciones inventadas con verosimilitud.

Al reanudar, pues, el curso de la historia (cap. IX), los títeres, Don Quijote y el Vizcaíno, cobran de nuevo vida pro­ pia al convertir Cervantes al «autor» del ya empezado rela­ to en un personaje bajo tres figuras: el moro Cide Hamete Benengeli, primer autor que escribe en arábigo, su traduc­ tor al castellano, el morisco aljamiado, cuya versión es bastante libre en ocasiones, y el narrador que teníamos antes y que desde ahora asume la responsabilidad de editar la traducción hecha por el traductor sobre el original del primer autor, Cide Hamete. En adelante le llamaré editor. Se trata de tres desdoblamientos de Cervantes, que escriben la misma historia, y ninguno de los cuales es, por su caracte­ rización, totalmente ni en todo momento identificable con él. Además, Cervantes se destaca de ellos individualizándose y apareciendo como personaje, «un tal de Saavedra», en la novela del Cautivo inventada (cap. X LIV de la segunda par­ te) por Cide Hamete, o tal vez por el traductor, como ambi­ guamente se nos sugiere en ese mismo capítulo. De una ma­ nera mucho más «atentada» e integrada, con gran «indus­ tria», se distancia de ellos en el episodio de la cueva de Montesinos al llamarlo «apócrifo» su primer autor y aludir así a un cuarto autor en conflicto con las opiniones sobre verosimilitud y verdad del historiador, del traductor y del editor.

V. E L V E R D A D E R O AUTOR

El nombre mismo de Cide Hamete Benengeli es un tour

de force ingenioso de Cervantes. Está compuesto sobre la

que, si corriente entre moriscos y personajes literarios en ia época, también trae asociaciones lingüísticas con la reli­ gión mahometana y cristiana, y fonéticas con la alquimia y nigromancia. En cuanto al apellido Benengeli, prefijado, a la árabe, con el Ben (hijo), trae una terminación latina, genitivo en i (de, o perteneciente a), que lleva a transponer el Engel (Evangelio, Evangélico o Inmortal, en árabe) que yace entremedias, en el Ángel cristiano. El nombre entero ha dado origen a numerosos comentarios y estudios de cer­ vantistas, quienes han presentido Za riqueza de sentido qué contiene, pero no llegan a un acuerdo sobre el significado exacto. El interesado encontrará más datos en el Apéndice a este capítulo.

Lo que me interesa asentar aquí es que, al componer el nombre de Cide Hamete Benengeli, Cervantes está pensando en poner elasticidad en la caracterización del pseudo-autor para sugerir, por una parte, cierto enigmatismo étnico, consi­ derado típico de los moros, con el que se ocultan intenciones y sentimientos; por otra parte, conflictos intelectuales y raciales con traductor y editor. El manejo técnico de estos conflictos sólo se perfecciona en la segunda parte. En la primera, las referencias al primer autor, hechas por el tra­ ductor o el editor, son sólo cuatro y no pensamos en la posi­ bilidad de atribuir a traductor o editor el comentario o la opinión expresados. El objetivo es un planteo, en forma dramática, del enfoque perspectivista que ha de ofrecernos la ilusión de realidad total y de verdad en los personajes de Don Quijote y Sancho. En la segunda parte del Quijote Cervantes va más lejos. La discusión literaria entre Don Quijote, Sancho y el bachiller Sansón Carrasco, así como ios juicios emitidos por ellos sobre Cide Hamete Benengeli, sig­ nifican un reenfoque mucho más maduro de la relación autor-personaje-lector —Castro, Gerhardt, Riley, Forcione,

han comentado sobre ella— para preparar al lector a con­ frontarse con los datos mismos, haciendo caso omiso de los puntos de vista particulares de los distintos autores y perso­ najes. Unamuno, tan genial en dar forma verbalizada a las intuiciones y aspiraciones de los clásicos castellanos, escri­ be la Vida de Don Quijote y Sancho haciendo caso omiso del autor Cervantes. No se trata ya de identificarse con uno u otro punto de vista que suponemos el verdadero, el del autor, sino de situarse dentro del propio como verdadero.

En la primera parte del Quijote, al introducir al autor Cide Hamete, en el capítulo IX (I, 82), se hace la caracteri­ zación, indirecta pero clara, no precisamente del primer autor, sino del editor. Es parecer del editor que Cide Hame­ te Benengeli, por ser moro —y los moros son enemigos tra­ dicionales de los cristianos—, no escribe de buena fe sobre el sujeto de la biografía por ser éste un caballero cristiano. Sospecha en el primer autor la tendencia a escatimarle ala­ banzas al héroe. La suspicacia del editor es tan apasionada que llega a considerar la personalidad étnica del primer autor como testimonio de su parcialidad y ésta como una falta a la verdad, lo cual toma por hecho consumado: «cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los his­ toriadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la his­ toria...» Su definición de «historia» es, sin embargo, ente­ ramente académica: «émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo pre­ sente, advertencia de lo por venir». Pero su sentido de «ver­ dad» es poético: «En ésta [historia] sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible». En cuanto a la historia escrita por Cide Hamete advierte que «si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del

galgo de su autor, antes que por falta del sujeto». Al hablar de este modo el editor se revela como personaje parcial, precipitado e inconsistente.

A partir del capítulo X V I notamos que el editor parece tranquilizarse justamente cuando menos objetivo parece ser el primer autor, como en el episodio de Maritornes, en el cual, por ser «algo pariente suyo» (I, 136), habla del arriero al que iba a visitar la moza. Pero el editor, admirado de cuanto se relaciona con Don Quijote, alaba la puntualidad del primer autor por contar la historia de Maritornes en tan substancioso detalle: las cosas referidas, «con ser tan míni­ mas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio Cide Ha­ mete» (I, 136). Le alaba por relatar las cosas no «tan cor­ ta y suncintamente, que apenas nos llegan a los labios, de­ jándose en el tintero, ya por descuido, por malicia o igno­ rancia, lo más sustancial de la obra» (I, 136). Y como modelo de libros buenos nos ofrece, con un elogio irónico y ambiva­ lente, por parte de Cervantes, puesto en su boca («...y con qué puntualidad lo describen todo! », I, 136), dos libros:

Tablante de Ricamonte, y otro sobre el Conde Tomillas. Del

primero dice Menéndez y Pelayo que es «muy corto y muy seco en la narración, a pesar de las aventuras que en él se acumulan»27. Al conde Tomillas se le trataba de alevoso en el romancero. Si queremos ver en ambas referencias un co­ mentario caracterizador del editor éste sería que su juicio no es de fiar y que, por lo que a contar se refiere, cualquier dato o relación que le dé pie a imaginar lo considera bueno y abundoso, porque la abundancia la pone él con su espí­ ritu creador.

La caracterización del editor a través de sus dudosos jui­ cios críticos, sus precipitadas opiniones, sus injustificadas