en trecho, «a imitación del hilo del laberinto de Teseo» (I, 246), para que Sancho, quien ha de llevar la misiva de las locuras de su señor a Dulcinea, no pierda el camino de regreso.
llón de avemarias» (I, 250). A la Iglesia no le gustaron estas «irreverencias» que, como se sabe, se eliminaron de la se gunda edición de Cuesta. No creo que fueran pensadas, por parte de Cervantes, con intención «irreverente» (aunque sí maliciosamente para trastornar a los espíritus «literales»), sino como datos para el lector simple y corriente, sugeren- tes de la penitencia mística y su sentido, según la expresa Pon Quijote con deliciosa rusticidad en otra parte del mis mo episodio: «esa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué no hiciera en mo jado?» (I, 235). Para el lector no convencional, sensitivo al símbolo, añade Cervantes el dato de la libertad que el Caba llero de la Triste Figura le da a Rocinante (el cuerpo), caba llo «tan estremado por tus obras cuan desdichado por tu suerte» (I, 238). Estas palabras, delicadamente poéticas en contraste con el lenguaje popular anterior, evocan la aven tura carnal de Rocinante después de la aventura espiritual de Marcela, así como la separación de carne y espíritu: «—Libertad te da el que sin ella queda— », le dice Don Qui jote a Rocinante. La penitencia de Don Quijote es sublime, pero también ridicula: «dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto descubriendo co sas» que llenan de vergonzoso pudor a Sancho (I, 247). Cual quiera de las siguientes conclusiones es posible: el escarnio de la gratuidad del amor divino, o del amor humano, o del espíritu, o del cuerpo, o del ser humano que al llevar a la práctica sus abstracciones se confronta con la impertinen cia que representan, o de la vanidad de quien pretende esta blecer las reglas de un juego que no ha creado utilizando a la divinidad para sus propios fines: «por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa
de la tierra». Los caballeros fingen a sus damas «por dar subjeto a sus versos, y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo». Concluye Don Quijote: «pintóla [a Dulcinea] en mi imaginación como la deseo» (I, 243). Palabras entrañables y sobrecogedoras. El ideal es una necesidad de carácter privado. «Dios a imagen del hombre» pensará algún lector, y si es de hoy agregará la simbólica frase actual de «Dios ha muerto». Pero no puede ni debe aislarse ninguno de estos sentidos en particular para atribuírselo a Cervantes. Además, significaría el empobre cimiento de un episodio construido por Cervantes para ha blar de los anhelos, aspiraciones e ilimitadas necesidades psíquicas de todo ser.
Otros ejemplos de reenfoque de temas ya tratados, sin entrar en detalles, son los siguientes: El tema del redentor social en el episodio de Andrés resurge en el capítulo XXXI. El resultado de la intervención de Don Quijote en la vida de Andrés, en nombre de la justicia, es distinto del que espe raba Don Quijote que tuviera. En el capítulo XXXI, Andrés le revela que su intervención tuvo resultados negativos. El nuevo punto de vista sobre la aventura del capítulo IV no es para el lector, el cual ya conoce los resultados, sino para Don Quijote. Formará parte de su experiencia de la vida. El lector, por su parte, antes confrontado con la reali dad social del redentor, se confronta ahora con el dilema moral del redentor, que tiene que solucionar por su cuenta. Otro ejemplo es el de los galeotes. Resurge el tema en el ca pítulo XXX. Lo que en el capítulo X X II era justicia abso luta, encarnada por Don Quijote («he hecho lo que mi reli gión me pide», I, 305), en el capítulo XXX se considera desde el punto de vista social y se califica de asalto al or den público. La nueva perspectiva para el lector, es, ahora, el conflicto entre sociedad y religión, ese dilema irreductible
que trata Unamuno en sus ensayos. Un tercer ejemplo es el del yelmo de Mambrino que vuelve a surgir, muchos capítu los después, en la venta (XLV). Ahora, personajes reales irnos, novelescos otros, en serio o en broma —distintas pers pectivas sobre una misma realidad y su valor literal o poé tico— vuelven por la identidad del objeto que tienen delan te de los ojos, sin lograr ponerse de acuerdo. Hasta que Sancho propone el compromiso del baciyelmo. Es el com promiso social, que nada tiene que ver con la verdad, ya que
baciyelmo no es ni bacía ni yelmo. Para los personajes no
hay dudas sobre la identidad del objeto. Para Don Quijote es yelmo, y en efecto le protege de las pedradas de los ga leotes. Para el barbero es bacía, pues hace con ella la barba de sus clientes. El lector, situado fuera de la controversia, tiene la perspectiva más completa porque contempla los puntos de vista de los personajes. Si se inclina hacia la filo sofía, pensará tal vez, en la elusividad de la identidad de la materia a la cual damos nombre para reconocerla. Si, ade más, tiene sentido del humor, tal vez piense que la vida está hecha de baciyelmos, de irrealidades sobre las que se funda la continuidad de la sociedad. Su perspectiva enriquece el tema de la dificultad semántica: la palabra no define, como se pretende, la materia, ya que la palabra responde a exigen cias sociales. Tampoco se decide la verdad por voto de ma yoría, como pretende hacer Don Quijote, tomando pareceres. Lo único posible es «que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga», concluye finalmente Don Quijote (I, 483). Ahora bien, si el lector no tiene sentido del humor, y no percibe cuán verosimilar es la aventura del baciyelmo, ni cuánto parecido tienen con ella algunos casos de su propia vida, siempre podrá atribuir tan peregrina «confusión de la realidad» a caprichos del ar tista, Podrá hacer como el Cura, pagar el precio de la «rea
lidad» (la bacía, yelmo o baciyelmo) a cambio de una «cédu la de recibo» (I, 489), y desentenderse de la verdad.
El tema de cada uno de estos ejemplos es claro, aunque no las conclusiones de Cervantes sobre el valor o la futilidad de querer componer el mundo (episodio de Andrés), de dis tribuir justicia (episodio de los galeotes) o de definir y cata logar la realidad (baciyelmo). Pero estas preocupaciones son marginales, pues lo que Cervantes pretende es, ante todo, ficcionalizar la dificultad de las relaciones humanas sobre la base de la palabra en el terreno de la comunicación ideo lógica. Pero, si se insiste en desgajar la opinión cervantina, no queda otro remedio que hacerlo desde un conjunto de premisas establecidas tras debidas precauciones. Es decir, todavía es el lector quien tiene que sentar el punto de partida.