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No es difícil determinar en algún momento dado si nuestra vida está entregada a Cristo. Sabremos la respuesta con sólo preguntarnos "¿Quién controla mi vida en este momento?" El trono simboliza el libre albedrío del hombre. Solamente cada uno de nosotros o Jesucristo puede sentarse como Señor de nuestro trono en un determinado momento. La "E" en el trono de un cristiano carnal representa su ego. Cristo está en su vida pero no se le permite controlarla. Ese tipo de vida, tan frecuente por desgracia, conforma una existencia desdichada. Los cristianos que no sueltan el timón de su vida, son improductivos y sin atractivos. Nada hay en su vida que hable del cambio que puede brindar Cristo, pues su programa autodirigido y su perspectiva egocéntrica son un mentís a su posición como nueva criatura en Cristo Jesús. Algunos hasta se animan a pedirle a Dios que bendiga sus egoístas propósitos, pero ello no los salva de la desdicha y la vacuidad.

La vida controlada por Cristo vence a la depresión. Jesucristo, por medio de su Espíritu Santo, se sienta en el trono de tal persona y dirige sus pensamientos, sentimientos y acciones. En la vida tomamos un incontable número de decisiones, grandes y pequeñas. ¿Dónde hemos de vivir? ¿Cuál es nuestra vocación? ¿Con quién nos casaremos? Y todas esas decisiones las habremos de tomar nosotros o las tomará Cristo. Una vida de fe y entrega a Cristo deposita todas las decisiones en sus manos. La Biblia enseña que: "Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas" (Proverbios 3:6).

El dibujo que insertamos describe el proceso de tomar decisiones, en el cual cada uno de los puntos representa una decisión en la vida.

El cristiano carnal decide su propia vida y toma sus propias decisiones, en tanto que el cristiano puesto bajo el control de Cristo las deposita en las manos de Jesús y en espíritu de oración pregunta: —Señor Jesús, ¿cómo quieres que actúe en esta situación? ¿Quieres que acepte el puesto que me han ofrecido? ¿Cómo quieres que responda a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos, a mi jefe, o a mi vecino?

En el dibujo vemos con toda claridad las diferencias prácticas entre los dos estilos de vida. El autorregulado lleva una vida desdichada. En cambio, el que es controlado por Cristo lleva una vida dinámica. Una se caracteriza por el desorden y la confusión, con el yo que camina a los tumbos de crisis en crisis. La vida controlada por Cristo se desliza en paz y en confianza, y evita muchas crisis (porque está dirigida sobrenaturalmente) y con toda confianza enfrenta las inevitables crisis que sobrevengan. Tales creyentes confían en que su director suplirá abundantemente todas sus necesidades.

Al volver de practicar esquí acuático con mis hijos, en la bahía de San Diego, nos dimos con un estudiante universitario llamado Bill. Me contó cuánto le signaba Cristo personalmente y de qué

manera controlaba íntegramente su vida. Al no verlo en el culto durante varias semanas, le pregunté a qué iglesia asistía regularmente. (He descubierto que los cristianos no pueden andar por mucho tiempo en el Espíritu a menos que asistan regularmente a una iglesia con bases bíblicas, donde puedan alimentar su mente, su corazón y su espíritu con la Palabra de Dios.) Me contestó: — Últimamente no he asistido a ninguna. — ¿Qué haces los domingos por la mañana, Bill ?— Su respuesta fue honesta: —Me quedo durmiendo. —Pero me dijiste que Jesucristo controla tu vida—. Con un dejo de mal humor en su voz me contestó: —No es obligación asistir a la iglesia para ser un buen cristiano. —No—, le dije — ¿pero si Jesucristo controla tu vida a las 9 y 30 horas los domingos por la mañana, dónde quisiera él que estuvieras?— Salió a la superficie la sutil elaboración mental de autoindulgencia, al responder: —El domingo es el único día en que puedo dormir. Trabajo y estudio durante toda la semana, y creo que merezco un día para descansar y dedicarme a mis cosas—. Cuando le llamé la, atención al hecho de que su excusa contenía implícitos cinco pronombres personales y que excluía totalmente a Jesucristo, comprendió de pronto que nunca había consultado con Jesucristo sobre sus decisiones respecto al domingo por la mañana.

Yo estaba en ventaja, durante esa conversación, pues sabía bien cuál habría sido la decisión de Cristo. Hebreos 10:25, dice así: "No dejando de reunirnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca."

Cada vez que debamos tomar una decisión en nuestra vida, debemos preguntar en espíritu de oración: —Señor Jesús ¿qué debo hacer al respecto?— Por lo general recordamos de pronto un versículo de la Escritura o un principio bíblico que nos ilumina. Si actuamos a la luz de ese versículo o de ese principio, tomaremos las decisiones adecuadas; si no lo hacemos así, una vez más caeremos en el hoyo del error. Nunca formulemos la pregunta en los términos de: — ¿Qué he de hacer al respecto?— La verdadera madurez espiritual, producto de un prolijo estudio de la Palabra y de un continuo andar en el Espíritu, se manifestará cuando haya perfecta concordancia entre la voluntad de Cristo y nuestra voluntad.

Las personas propensas a la depresión deberían escudriñar sus procesos pensantes para determinar si están controlados por Cristo. Su control no permite pensamientos de auto conmiseración y, consecuentemente, la vida controlada por Cristo es una vida libre de depresión.