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borrosos. –’¿Pero es un concepto borroso en absoluto un concepto?’ [...]

¿puede siempre reemplazarse con ventaja una figura difusa por una nítida? ¿No es a menudo la difusa lo que justamente necesitamos?

Alguien me dice: ‘¡Enséñales un juego a los niños!’. Yo les enseño a jugar dinero a los dados y el otro me dice: ‘No me refería a un juego así’. ¿Debe

haberle venido a las mientes la exclusión del juego de dados cuando me dio la orden?

Frege compara el concepto con un área y dice: un área delimitada sin claridad no podría en absoluto llamarse un área. Esto probablemente quiere decir que no podríamos hacer nada con ella. –Pero, ¿carece de sentido decir: ‘Detente aquí aproximadamente’?Imagínate que yo estuviera con otro en una plaza y dijese eso. Mientras lo hago ni siquiera trazo un límite, sino que quizá hago con la

mano un movimiento ostensivo–como si le mostrase un determinado punto. Y

justamente así es como se explica qué es un juego. Se dan ejemplos y se quiere que sean entendidos en un cierto sentido. –Pero con esta expresión no quiero decir: él debe ahora ver en estos ejemplos la cosa común que yo–por alguna razón– no pude expresar. Sino: él debe ahora emplear estos ejemplos de determinada manera. La ejemplificación no es aquí un medio indirecto de explicación–a falta de uno mejor. Pues también cualquier explicación general puede ser malentendida. Así jugamos precisamente el juego. (Me refiero al juego de lenguaje con la palabra ‘juego’)(1988: 92-93).

Wittgenstein no sistematiza una teoría del juego, pero enuncia los elementos semejantes a los juegos del lenguaje y a estos los denomina, simplemente, “parentescos” o

“parecidos de familia”:

Y eso es verdad. –En vez de indicar algo que sea común a todo lo que llamamos lenguaje, digo que no hay nada en absoluto común a estos fenómenos por lo cual empleamos la misma palabra para todos–sino que están

emparentados entre sí de muchas maneras diferentes. Y a causa de este

parentesco, o de estos parentescos, los llamamos a todos ‘lenguaje’. Intentaré

aclarar esto.

66.Considera, por ejemplo, los procesos que llamamos ‘juegos’. Me refiero a juegos de tablero, juegos de cartas, juegos de pelota, juegos de lucha, etc. ¿Qué hay común a todos ellos?–No digas: “Tiene que haber algo común a ellos o no

los llamaríamos ‘juegos’” –sino mira si hay algo común a todos ellos.–Pues si los miras no verás por cierto algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y por cierto toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira! Mira, por ejemplo, los juegos de tablero con sus variados parentescos. Pasa ahora a los juegos de cartas: aquí encuentras muchas correspondencias con la primera clase, pero desaparecen muchos rasgos comunes y se presentan otros. Si ahora pasamos a los juegos de pelota, continúan manteniéndose varias cosas comunes pero muchas se pierden.–¿Son todos ellos ‘entretenidos’? Compara el ajedrez con el tres en raya. ¿O hay siempre un ganar y perder, o una competición entre los jugadores? Piensa en los solitarios. En los juegos de pelota hay ganar y perder; pero cuando un niño lanza la pelota a la pared y la recoge de nuevo, ese rasgo ha desaparecido. Mira qué papel juegan la habilidad y la suerte. Y cuán distinta es la habilidad en el ajedrez y la habilidad en el tenis. Piensa ahora en los juegos de corro: Aquí hay

el elemento del entretenimiento, ¡pero cuántos de los otros rasgos

característicos han desaparecido! Y podemos recorrer así los muchos otros grupos de juegos. Podemos ver cómo los parecidos surgen y desaparecen.

Y el resultado de este examen reza así: Vemos una complicada red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Parecidos a gran escala y de detalle (Wittgenstein, 1988: 87).

Wittgenstein admite que no puede caracterizar mejor esas semejanzas que con la expresión “parecidos de familia”; pues así es como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento, etc.

Señala Lyotard que todo enunciado debe ser considerado como una “jugada” (2000:

27) hecha en un juego. Esta observación le lleva a admitir un primer principio: hablar es combatir, en el sentido de jugar, y los actos de lenguaje se derivan de una agonística general. Esto no significa necesariamente que se juegue para ganar (Lyotard 2000: 28), es decir, este no sería un “parecido de familia o parentesco” entre la diversidad de juegos. Para Lyotard, se

puede hacer una jugada por el placer de inventarla: ¿qué otra cosa existe en el trabajo de hostigamiento de la lengua que llevan a cabo el habla popular o la literatura? La invención continua de giros, de palabras y de sentidos que, en el plano del habla, es lo que hace evolucionar la lengua, lo que procura grandes alegrías.

En las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein se pregunta cuántos géneros de oraciones hay: en realidad, hay tantos como formas de vida hay:

23. ¿Pero cuántos géneros de oraciones hay? ¿Acaso aserción, pregunta y

orden? –Hay innumerables géneros: innumerables géneros diferentes de

empleo de todo lo que llamamos “signos”, “palabras”, “oraciones”. Y esta multiplicidad no es algo fijo, dado de una vez por todas; sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, nacen y otros envejecen y se olvidan [...]

La expresión “juego de lenguaje” debe poner de relieve aquí que hablar el

lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida.

Ten a la vista la multiplicidad de juegos de lenguaje en estos ejemplos y en otros.

Dar órdenes y actuar siguiendo órdenes–

Describir un objeto por su apariencia o por sus medidas–

Fabricar un objeto de acuerdo con una descripción (dibujo)–

Relatar un suceso–

Hacer conjeturas sobre el suceso–

Formar y comprobar una hipótesis–

Presentar los resultados de un experimento mediante tablas y diagramas–

(Wittgenstein, 1988: 39). Inventar una historia; y leerla–

Actuar en teatro–

Cantar a coro–

Hacer un chiste; contarlo–

Resolver un problema de aritmética aplicada–

Traducir de un lenguaje a otro–

Suplicar, agradecer, maldecir, saludar, rezar.

–Es interesante comparar la multiplicidad de herramientas del lenguaje y de sus modos de empleo, la multiplicidad de géneros de palabras y oraciones, con lo que los lógicos han dicho sobre la estructura del lenguaje) (Wittgenstein, 1988: 41).

Afirma Leocata que casi todos los ejemplos de innumerables modos de hablar suponen un intercambio de vida con otros.

Hay múltiples juegos, por lo que no sería posible llevar a cabo una relación completa de los que puedan existir, pues los juegos se hacen obsoletos y caen consecuentemente en la inactividad y el olvido para ser sustituidos por otros en razón de las necesidades comunicativas o las circunstancias humanas. Esta es –para Ochoa Torres– una de las razones por las que Wittgenstein renuncia a la tarea de investigar la esencia del lenguaje. Lo es, precisamente, en virtud de que en tal multiplicidad de usos y juegos no hay rasgos comunes necesarios que puedan justificar la aplicación de una misma palabra a todas las cosas o juegos. Hay, por ello, una plena convicción en la contingencia de los hechos lingüísticos. El

concepto “juego del lenguaje”, o incluso el de “lenguaje” mismo, no designa un fenómeno

unitario.

Lo importante–para Wittgenstein y para nuestro estudio sobre el lenguaje como vida– es que la expresión “juego de lenguaje” debe poner de relieve que hablar el lenguaje forma parte de una actividad o de una forma de vida. Benveniste (Problemas de lingüística general)

concluye: “La frase es la unidad del discurso”; y aún: “La frase, creación indefinida, variedad

sin límite, es la vida misma del lenguaje en acción”40.

Entonces, dar órdenes y actuar siguiendo órdenes, relatar un suceso, suplicar, agradecer, maldecir, saludar o rezar no son más que ejemplos de la multiplicidad de juegos de lenguaje o de la multiplicidad de formas de vida. Wittgenstein se imagina un juego de lenguaje que consiste en dar órdenes y actuar siguiendo órdenes. Propone el ejemplo de un

personaje A que le dice a un personaje B: “¡Losa!”, indicándole un lugar, y para B se trata de

llevar una losa a ese lugar. Infiere que aquí la palabra losa no designa un objeto, sino que constituye una orden.

Es del segundo Wittgenstein (no del Wittgenstein del Tractatus) de quien trasciende esa postura antiesencialista, que influye en nuestra interpretación de los textos de Landero, la

40

cual rompe con la rigurosa conexión entre lenguaje y realidad. Así, en el texto Sobre la

certidumbre, Wittgenstein afirma que el lenguaje es acontecimiento. Dicho clásicamente: no

es un producto acabado (ergon), sino una producción permanente (energeia):

Un juego de lenguaje cambia con el tiempo [...] Cuando los juegos de lenguaje cambian, entonces hay un cambio en los conceptos, y con los conceptos cambian los significados de las palabras41.

Añade Navarro de San Pío (2004) que la comprensión del lenguaje que lleva a cabo Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas critica el tradicional uso metafísico del mismo, según el cual los conceptos son entidades que tienen un correlato en el mundo externo. Frente al uso metafísico contrapone un uso ordinario del lenguaje. El método lingüístico consiste, así, en rechazar todo tipo de presuposiciones como fundamento semántico de las palabras y situar a estas, contrastarlas, con el mayor número posible de ejemplos y casos en las que hacemos uso de ellas.

Trata de mostrar Wittgenstein que los problemas filosóficos surgen de la ignorancia de la diversidad del funcionamiento del habla humana: concretamente, los filósofos tienen tendencia a representarse cualquier actividad lingüística como una actividad de denominación o de designación de objetos.

Estima Pierre Hadot que para Wittgenstein, no se comprende el lenguaje en sí, se comprende tal juego de lenguaje determinado, situándose uno mismo en tal juego de lenguaje determinado, es decir, en una actitud concreta, en un modo de actividad, en una “forma de vida” (Hadot, 2007: 87). Cada juego funciona según modos y reglas propios. Eso quiere decir que no hay significado en sí, que el lenguaje tuviera que expresar, que no hay significado independiente de la actividad lingüística del hombre. El significado debe definirse en términos de actividad, ya que los juegos de lenguaje son ellos mismos sistemas de actividad:

“En un gran número de casos –si no en todos– la palabra ‘significado’ puede definirse así: el

significado de una palabra es su uso en el lenguaje”. Wittgenstein rechaza firmemente

cualquier correspondencia, término a término, de las palabras con los objetos concretos, cuyo significado sería en cierto modo preexistente al lenguaje. Descubrir su uso, en ese juego de lenguaje, será descubrir su significado (Hadot, 2007: 94).

“El significado de una palabra es su uso en el lenguaje”. Así lo explica Navarro de San Pío:

41Cfr. Wittgenstein, Ludwig. Sobre la certidumbre. Buenos Aires, Tiempo nuevo, 1979 en: Ruiz García, 1996:

En vez de afirmar que X significa Y, esto es, que la palabra X se identifica con una supuesta esencia semántica (mental o extra-mental) Y, diremos ahora: X se emplea en tales y cuales juegos de lenguaje, bajo determinadas circunstancias. La identidad eidética es sustituida por la descripción de circunstancias particulares de uso. Y es que el lenguaje, los múltiples juegos de lenguaje en los que participamos, no son más que diversas y posibles formas de vida. (2004: 226).

En Investigaciones filosóficas, Wittgenstein determina los vínculos entre nombrar y describir (1988: 69). Dice que no están a un mismo nivel: nombrar es una preparación para describir. Nombrar no es aún en absoluto una jugada en el juego de lenguaje, como tampoco colocar una pieza de ajedrez es una jugada en el ajedrez. Puede decirse: al nombrar una cosa todavía no se ha hecho nada. Tampoco tiene ella un nombre, excepto en el juego. Para Wittgenstein, esto fue también lo que Frege quiso decir al afirmar que una palabra solo tiene significado en el contexto de la oración.

Los juegos del lenguaje están sometidos a un aprendizaje y a un adiestramiento mediante los cuales, cuando comprendemos una palabra, somos capaces de ponerla en relación con la actividad que le corresponde. Por tanto, la concordancia y la aceptación se logran siempre a partir de la acción, y son estas las que precisamente confieren una naturaleza pragmática al lenguaje. Para Landero –diríamos lo mismo de Wittgenstein– las palabras también son actos, razón por la cual: “Las palabras pueden ser difíciles de proferir: por

ejemplo, aquellas con las que uno renuncia a algo, o con las que se confiesa una debilidad”

(Wittgenstein 1988: 349).Leocata estudia el lenguaje en relación con la acción y observa que hay una “dimensión axiológica” y una “dimensión práctica” del lenguaje (2003: 319) y destaca la importancia de un campo ampliamente investigado por Wittgenstein y los continuadores de su obra, como E. Anscombe y J. Austin. Presume Leocata que si el lector aceptara la tesis de la concepción de las formas de vida de Wittgenstein y su enfoque de los juegos del lenguaje, no le resultaría difícil apreciar la extraordinaria riqueza de la concientización del lenguaje como praxis.

Leocata entiende la índole práctica del lenguaje de dos modos distintos, aunque íntimamente ligados entre sí. Uno consiste en poner de relieve que el hablar no es solo expresión de ideas y representaciones, no solo es portador de sentimientos, sino también un modo de acción: el significado (Bedeutung) (2003: 320) de las palabras –diría Wittgenstein–

no es solo el “portador” de la palabra (es decir lo que en español suele traducirse como

determinado juego del lenguaje. Pero ese “uso” es desde un punto de vista, también un modo

de acción, y la puerta de acceso a un actuar extralingüístico.

Para Leocata, la interpretación wittgensteiniana del lenguaje como praxis, imprime ya el sentido de la acción en el uso del lenguaje, y por lo tanto, a través de éste, la dimensión intencional. Es decir, antes que la intencionalidad sea específicamente una intencionalidad de praxis y consiguientemente antes que la acción sea capaz de producir cambios en el mundo real, hay un cierto compromiso activo del pensar a través del lenguaje. Pensar es ya, en

cuanto encarnado en el lenguaje, un modo de obrar.

Añade Leocata (2003: 321), que ya M.Blondel, en el libro L’Action (1893) había remarcado el poder activo de la expresión y de la palabra. El énfasis puesto en este poder del lenguaje para cambiar las cosas es el motivo conductor de la obra de Austin Cómo hacer

cosas con palabras42. Es conocida la distinción, también continuada por John Searle, entre tres tipos de actos de habla43. La semiótica contemporánea, uno de cuyos antecesores es justamente Ch. S. Peirce, también ligado de alguna manera a los orígenes del pragmatismo ha puesto énfasis en el lado práctico y específicamente técnico del uso de los signos.

Una de las cosas que más impactan a Leocata en la lectura de las Investigaciones

filosóficas, es el sentido dinámico que Wittgenstein imprime a su concepción del lenguaje. Le

impresiona que este, en cuanto ejercido en un contexto de juego, sea acción: “Llamaré también ‘juego del lenguaje’ al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que está entretejido”44.

En el coloquio de la vida ordinaria siempre se recibe y se da algo, a través del lenguaje: se suscitan efectos en el interlocutor, se expresan y se toman decisiones; hay, en fin, un modo de acción-recepción que se concretiza en el entendimiento mutuo, en el encuentro, o por el contrario, en la aversión y el rechazo. Si se tiene presente, además, el ámbito de los actos perlocucionarios, se comprenderá en qué sentido el lenguaje, al provocar determinados sentimientos o afecciones, puede influir en la conducta y en las decisiones de los demás45. El

42

Cfr. Austin, J.L., Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona. Paidós. 1988. No es casual que el libro de Austin introduzca varios ejemplos del lenguaje jurídico, restringiendo y formalizando más las intuiciones y provocaciones de Wittgenstein. Searle desarrolla lo específico de los actos de habla ilocucionarios, en su libro

Actos de habla. Barcelona. Planeta. 1994, págs. 31-38. Searle critica el concepto de Wittgenstein sobre el

significado (págs. 151-2). Un enfoque de la acción hecho en base a criterios de filosofía del lenguaje, puede verse en White, A.R. (comp.). La filosofía de la acción. México. FCE. 1976.

43 El acto locucionario, que es el acto de emitir una proposición de simple contenido descriptivo; el acto ilocucionario, que es el acto por el que hacemos algo por el solo hecho de hablar dentro de determinado contexto

socialmente reconocido y dentro de determinadas reglas; y el acto perlocucionario, que es el conjunto de efectos producidos en otras personas por el hecho de decir algo (por ejemplo, provocar en el otro temor, duda, alegría).

44IF, n. 7.

45 Para un enfoque analítico de la relación entre lenguaje y ética, cfr. Stevenson, S. Ética y lenguaje. Buenos

lenguaje es un modo de obrar, es acción, e influye, directa o indirectamente, en los proyectos y en la ejecución de acciones. Examina Leocata que muchas páginas de los últimos escritos de Wittgenstein señalan, casi como un Leit motiv, que al lenguaje le es inherente la posibilidad de la ambigüedad, del malentendido, del engaño y de la simulación. Las enfermedades del lenguaje no son solo debidas a problemas semánticos, semióticos o hermenéuticos. Destaca los interesantes aportes deRicœur en torno ala relación entre acción y narración. Al punto de que el lenguaje puede re-construir la acción humana, y hacer de ella un “texto” dotado de

significado. Toda vida humana es una vida narrable46.

Según Ochoa Torres, la relación que se hace de los juegos con la actividad se justifica plenamente cuando somos conscientes de que los juegos del lenguaje están sometidos a un aprendizaje y a un adiestramiento, mediante los cuales cuando comprendemos una palabra somos entonces capaces de ponerla en relación con la actividad que le corresponde. Por tanto, la concordancia y la aceptación se logran siempre a partir de la acción, y son estas las que precisamente confieren una naturaleza pragmática al lenguaje. Esto pone de relieve su carácter instrumental a la vez que presta una mayor base al holismo de la significación.

Ochoa Torres sostiene que los juegos del lenguaje son modelos simplificados que nos muestran o describen un contexto comunicativo en que están inmersos varios sujetos en una actividad llevada a cabo mediante el uso de palabras u oraciones.

Observa Leocata que para Wittgenstein, el lenguaje pasa a tener un más acentuado sentido vital y práctico. El juego del lenguaje es una forma de vida, y está enlazado con términos como vivencia, sentimiento y acción. Aprender un lenguaje es poner en práctica una forma de acción. El acercamiento del lenguaje al sentido del juego, implica un intercambio de vida que se da entre los interlocutores, supone un modo de vivencia o experiencia compartida dentro de un campo espacio-temporal determinado. El lenguaje no puede concebirse ya como un sistema rigurosamente armado que espera ser conectado con el mundo a través de la experiencia sensible, sino que es acción, praxis, innovación constante dentro de un número determinado de reglas. Eso genera una pluriformidad de juegos hasta el punto que el lenguaje como conjunto es comparado con un laberinto. En la vivencia del hablar, que es también una