El estado de la cuestión nos invita a ser originales porque no hay otros críticos que hayan abordado antes esta proposición, aunque existen abundantes trabajos sobre la narrativa de Luis Landero, que encienden muchas luces sobre nuestra materia de investigación.
En principio, la narrativa landeriana se vincula fuertemente con las cuestiones eje de la filosofía y las ciencias sociales desde la segunda mitad del siglo XX. Es decir, la poética de Landero abreva en los interminables debates acerca de la discordancia verdad-mentira, verdadero-falso, real-ficticio… y en lo que se entiende por “realidad”. Por cierto, estas
cuestiones de la posmodernidad vuelven sobre principios básicos expuestos ya por Cervantes, en el Quijote. Así lo advierte, también, Alberto Rivas Yanes (1995): “En la novela
contemporánea se mantienen vigentes determinadas preocupaciones que planteó Cervantes a través del Quijote y el resto de su obra novelística, como la relación entre la realidad y la ficción, la literatura como modelo de vida o la búsqueda de la identidad a través del
Para Pozuelo Yvancos, no es el cervantismo temático (la pugna entre sueños quiméricos y grises realidades), sino un cervantismo detectable en cada párrafo de Juegos de
la edad tardía o El mágico aprendiz, “en eso que Cervantes tiene de inimitable, ir creando la
gracia del lenguaje, ir aparejando las historias como si las dijera en una conversación inspirada, con esa naturalidad que solamente consiguen quienes escriben desde la vida, desde
sí mismos” (2004: 298).
“El Quijote como hipotexto fundamental en Juegos de la edad tardía”, estudio de
Alfonso Ruiz de Aguirre (2005), es el trabajo que más entradas franquea no solo al análisis de la primera novela, sino que ilumina, también, las otras puesto que las relaciones transtextuales entre el Quijote y Juegos de la edad tardía revelan una correspondencia poética. Para llegar al objetivo, el crítico aborda las referencias intertextuales implícitas y explícitas a través de las citas, las alusiones y las menciones del nombre de Cervantes. Además, emprende el análisis de relaciones hipertextuales que se vinculan directamente con nuestra investigación: el choque entre la realidad y la fantasía, la búsqueda de una nueva identidad, la salida, la importancia de los nombres, el atuendo, la mitomanía y la locura, la ambigüedad en el tratamiento de los personajes, el diálogo como elemento caracterizador, el instinto de verosimilitud, la confusión entre el arte y la vida, los libros que demuestran la verdad de los sueños, la presencia de la ficción en los prólogos, el ideal bucólico, la ausencia de topónimo del lugar en que se origina la acción, la parodia, las cornetas como elemento paródico, las narraciones autónomas intercaladas y la transtextualidad.
Miguel Martinón (1994) analiza la estética neobarroca en Juegos de la edad tardía y aborda, por este camino, las prácticas transtextuales. Subraya una diferencia esencial entre el final del Quijote y el de Juegos de la edad tardía. Esta diferencia alimenta nuestras consideraciones acerca del juego del lenguaje éxito-fracaso:
Cuando las espaldas de Don Quijote dan sobre la arena de la playa de Barcelona, su derrota es total y su destino queda definitivamente fijado […]
Por eso el autor hace que su personaje rechace el proyecto de vida bucólica y
muera a poco de llegar a su “lugar”.
[…] La derrota de Gregorio también parece completa y su esfuerzo del todo inútil. Pero, como hemos visto, cuando se encuentra con Gil, en las últimas páginas de la novela, ve que se le abre la posibilidad de vivir su sueño de vida retirada (1994:224).
Para Ruiz de Aguirre son los aspectos temáticos los que marcan una línea directa entre el Quijote y Juegos de la edad tardía: el conflicto de identidad del personaje, el choque entre la realidad y la fantasía y la dialéctica como principio estructural constituyen la base sobre la que se sustentan ambas narraciones.
El palimpsesto le permite afirmar que:
Más allá de los tópicos que relacionan Juegos de la edad tardía con el Quijote es fuerza señalar que el parecido entre ambas obras es tan marcado que en ocasiones puede el lector encontrarse ante un artículo dedicado a la obra de Cervantes y aplicar sus conclusiones casi directamente a la de Landero. En La
rara invención, Edward C. Riley aborda el problema de la identidad en el Quijote a partir del análisis de cuatro apartados: “los nombres múltiples, los
procedimientos literarios habituales del disfraz y la confusión de identidades
[…], lo que podría denominarse la realización de la personalidad, y, por último,
el problema de la identidad personal” (Ruiz de Aguirre, 2005: 489).
Alberto Rivas Yanes (1995) acomete lo quijotesco, entendiéndolo como principio estructural de Juegos de la edad tardía. Nos interesan sus observaciones acerca del empleo de la literatura como modelo vital.
Ruiz de Aguirre (2005) nos reconduce a “Don Quijote como forma de vida” y con ello, al trabajo de Juan Bautista Avalle-Arce (2002), el cual aporta a nuestra tesis influencias fundamentales sobre la mitomanía de don Quijote, a la que Avalle-Arce denomina “la locura de vivir” (2002: IV)y agrega: “Lesiones como las de don Quijote las conocemos ahora como mitomanía. En el fondo de todo mitómano moderno, y me refiero a la literatura, claro está,
yace un poso irreductible de quijotismo”. Pero la contribución más grande del análisis de Avalle-Arce es el referentea “la vida como obra de arte”, con sus triunfos y fracasos:
Uno de los motivos de nuestra envidia, y no el último por cierto, es que el hidalgo de gotera al inventarse su proyecto de ser lo hace en forma deliberadamente artística, con modelos literarios y todo. El vejete para poco que fugazmente divisamos en el primer capítulo de la novela, de inmediato cede lugar a un brioso caballero andante que imita con plena conciencia a Amadís de Gaula. Ya en plena madurez, el hidalgo de aldea se lanza a vivir un personaje que se ha inventado por encima de sus circunstancias y trata, con rabioso tesón, en convertir a su vida en una obra de arte. La medida de sus triunfos y de sus fracasos será el tema al que torno mi atención ahora (2002: V).
El trabajo de Avalle-Arce constituye, por tanto, el primer peldaño fundamental para ascender a la producción de Landero.
Michel Foucault nos permite subir otro escalón en la grada del análisis intertextual. Según el filósofo de Poitiers, al deshacerse la profunda pertenencia del lenguaje y del mundo, las cosas y las palabras se separan. Y así como don Quijote debe su realidad al lenguaje y permanece por completo en el interior de las palabras; así también, a menudo, la verdad de los personajes landerianos está en la “tenue y constante relación que las marcas verbales tejen entre ellas mismas” (2002: 55), más que en la relación de las palabras con el mundo. Sin
embargo, podremos corroborar que tampoco son seres hechos de puro lenguaje, texto, hojas
impresas…, ni las novelas son más discursivas que narrativas.
José García (1995) analiza la impronta de dos hipotextos, Don Quijote, de Cervantes16 y Bouvard et Pécuchet,de Flaubert. Con ellos aborda “la historia del fracaso de una ambición ridícula” (1995: 102) y la respuesta fársica de los personajes. La referencia al texto de Flaubert –e incluso los esbozos de una intertextualidad con Pobres gentes, de Dostoievsky–, es un hallazgo valioso para nuestra tesis, puesto que el tema de la copia y la originalidad se vinculan directamente con los juegos del lenguaje.
Para Marcelo Topuzian (1999), fabulación y deseo se unen en Juegos de la edad
tardía como operaciones complementarias. En la modernidad, la pregunta sobre el ser de la
ciudad es inevitablemente una pregunta sobre la aspiración, sobre el futuro o sobre la promesa. Con esta perspectiva, Topuzian inscribe a Juegos de la edad tardía en toda una
tradición de la literatura española acerca del idealismo y de la “pretensión”, la que va del
Quijotea las novelas de la “ambición burguesa” de Galdós (La desheredada o La de Bringas,
por ejemplo).
Cree Topuzián que Flaubert es la figura inspiradora de Landero, como lo fue para Galdós y Clarín; Flaubert, pero, sobre todo, el Flaubert políticamente desilusionado y paródico de La educación sentimental y Bouvard y Péuchet (1999: 141-142).
Beltrán Almería (1992) sostiene que la relación de Landero con Kafka y Cervantes17, y aun con Flaubert, Dostoievski y Camus, es más profunda que una cuestión de semejanza o de
influencia de los clásicos sobre el escritor novel: “El tipo de relación que mantiene Landero
con los novelsitas clásicos no se basa en coincidencias superficiales, sino en el contacto y
comunión profundos con las leyes sagradas de la novela como género” (1992: 34). Entre estas
concomitancias destacamos “el diálogo y la vida”. Lo que Beltrán denomina –siguiendo la
16También Pozuelo Yvancos menciona la impronta cervantina: “Landero vuelve a ser cervantino, él siempre lo
ha sido, pero aquí [con El guitarrista] lo es de otro modo a como solía. No es ya un cervantismo temático (la pugna entre sueños quiméricos y grises realidades de sus Juegos o de su Mágico aprendiz), sino un cervantismo detectable ya en cada párrafo, en eso que Cervantes tiene de inimitable, ir creando la gracia del lenguaje, ir aparejando las historias como si las dijera en una conversación inspirada, con esa naturalidad que solamente consiguen quienes escriben desde la vida, desde sí mismos, con la seguridad de haber alcanzado finalmente que el lugar desde el que escriben se desentienda de miedos y de complejos, incluso de la brillantez o el efectismo de una frase feliz, que las tiene también, y muchas, como ésta: «Yo reunía los desperdicios de la noche para alimentar con ellos el orgullo de mi desamparo»” (Pozuelos Yvancos, 2002: 32).
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También uno de mis primeros intereses consistió en esbozar estas intertextualidades: 1) Vélez de Villa, Analía.
“La esperanza y lo absurdo en la obra de Luis Landero:Juegos de la edad tardía”. En:Cuadernos del Lazarillo:
Revista literaria y cultural, Nº 23, 2002: 19-22. 2) Vélez de Villa, Analía. “Red de afinidades e inversiones. Cervantes y Kafka en Landero”. En: Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, Nº. 31, 2006:
clasificación bajtiniana– “diálogos en el umbral” y que nosotros vincularemos con la conversación o el lenguaje como interacción vital.
Topuzian (1999) se pregunta cómo es vivir en una ciudad, en definitiva, cómo es ser
moderno. Y ser moderno es tener afán, “pretender”, aspirar; es, en última instancia, tener una
imaginación “novelesca”. Para referirse al lenguaje de la modernidad: Topuzian (1999: 171) tiene en cuenta las líneas de Michel Foucault acerca del Quijote:
La verdad de Don Quijote no está en la relación de las palabras con el mundo, sino en esta tenue y constante relación que las marcas verbales tejen entre ellas
mismas […].Don Quijote es la primera de las obras modernas, ya que se ve en
ella la razón cruel de las identidades y de las diferencias juguetear al infinito con los signos y las similitudes; porque en ella el lenguaje rompe su viejo parentesco con las cosas para penetrar en esta soberanía solitaria de la que ya no saldrá, en su ser abrupto, sino convertido en literatura; porque la semejanza entra allí en una época que es para ella la de la sinrazón y de la imaginación (Foucault, 1966: 55).
Sin embargo, creemos que en los juegos landerianos si bien las palabras “juguetean al infinito con los signos y las similitudes”, el lenguaje es vida, vida fabulada, relatada, pero
vida, aunque más no sea como “promesa de realización”. Solo de las experiencias vitales de vacío puede surgir un relato como el de Gregorio Olías18; no, de un lenguaje que haya roto su viejo parentesco con las cosas.
18Parafraseo: “Sólo como experiencia de ese vacío puede aparecer el relato, sea «grande», o pequeño como el de Gregorio Olías” (Topuzian, 1999: 175).